.
Los británicos llenaron la sala, en una velada que puede ser catalogada como histórica para el rock de nuestro país. Crónica de Leo Silveira y galería de fotos.
El lunes se citó en La Trastienda para el show de los astros británicos, The Cult. Con un público que llenó la sala, fue la vuelta de la banda al país, que había tocado por única y última vez, más de 25 años atrás, allá por 1991.
Además de la concurrencia completa, la velada estuvo marcada por la nostalgia de canciones de antaño, y por espectadores que no podían creer estar viendo a los heroés de su adolescencia arriba del escenario. Fue de forma unívoca una locomotora de rock.
Para relatar lo que fue una noche histórica para la música uruguaya, presentamos la crónica de Leo Silveira de cómo se vivió ese regreso y qué nos dejó.
Crónica: La invasión Apache
El domingo a la tarde el escritor francés Jean Echenoz, de paso por la ciudad, en una charla sobre su obra -que está impregnada de música- sentenció que el rock está muerto, pero no enterrado. Pero el rock siempre da revancha, los que lo amamos lo sabemos, y el lunes en La Trastienda muchos estábamos ahí para vivir eso: la revancha contra el tiempo.
A las 21hs era la hora marcada para encender la máquina para viajar y ya desde media hora antes la sala estaba prácticamente completa. Al llegar a la entrada se notaba que no era una noche más, no solamente por el armado de vallado para ordenar el ingreso o el puesto a la derecha de la puerta con el cartel de merchandising oficial, sino porque era la noche del rock: The Cult estaba en Uruguay de nuevo.
Una banda que hacía más de 25 años no visitaba el país y que en esa ocasión nos dejó con gusto a poco o casi un sabor amargo. The Cult, esa banda inglesa de los 80 comandada por Ian Atsury y Billy Duffy, surgida como "Southern Death Cult" e influenciada por la música y el visual de los años 60, cuyo nombre era una referencia a una tribu de indios norteamericanos que vivían cerca del río Mississippi. Es que Ian (cantante) vivió de joven en Canadá, cerca de una reserva indígena y su música tiene un aire poético, con referencias a esa cultura más la polenta del hard-rock de la guitarra de Duffy.
Ya dentro de la sala, el sonido calentando el ambiente era The Doors y Morrison, que cumplía a las mil maravillas con abrir "las puertas de nuestra percepción".
Cuando no pasaban quince minutos de la hora marcada, se apagaron las luces quedando solo un tenue azul sobre el escenario y se sintieron esos instantes de electricidad previos al comienzo del despegue, y un haz de luz cayó sobre Billy Duffy para arrancar con los firmes acordes de "Wild flower" del disco Electric (1987) y así explotar en un "Oh,oh,oh! Oh,oh,oh!" generalizado, haciendo saltar y cantar a todo un público, que en gran parte peinaba canas, pero se gozaba como adolescentes.
Inmediatamente, Ian, pandereta en mano, ataviado con campera y gafas negras que conservaría hasta el final del show, continuó con "Rain" y casi sin respiro se descargaron las enérgicas "Peace dog" y "Lil´Devil", a esa altura ya con un sonido demoledor en medio de los pasitos de baile apenas insinuados marca registrada de siempre del cantante. Siguieron con "Nirvana" (Love, 1985) y, luego, bajaron un poco el ritmo para cumplir con presentar un par de canciones del "Hidden City" (el disco que ilustró el afiche de su gira sudamericana), "Birds of Paradise" y "Deeply Ordered Chaos", composiciones climáticas y líricas que fueron bien recibidas por el público, que en ningún momento dejó de balancearse ni salió de ese viaje catártico en el que nos encontrábamos inmersos.
Para el final no podían faltar "Rise", "Sweet Soul Sister" y "Fire Woman"; estas dos últimas del gran disco "Sonic Temple" de 1989, nítidamente hard-rock, con un atractivo que varía entre lo sexy y lo espiritual, que destaca la cultura indígena en sus letras. Tampoco podía faltar antes del final "She Sells Sanctuary", que fue coreada y celebrada de principio a fin, al mejor estilo "pogo"
El show terminó alto, muy alto. Es una descarga emocional intensa la que sentimos en este viaje tan particular que nos da el rock´n roll, y ya en los bises nos regalaron panderetas, palos y púas y se entregaron con "King Contrary Man", otra joya del disco "Electric", y con una más del nuevo disco, "G O A T".
Como un gesto de cariño, se habían percatado que entre el público una persona sostenía una cartulina muy bien escrita y la levantaba pidiendo "Electric Ocean". Billy Duffy, con elegancia digna del mejor lord inglés, se disculpó de que esa canción no estaba bien ensayada por la banda, pero que le iba a regalar unos acordes con su guitarra, que fueron aplaudidos a rabiar con los muchos vasos en alto en un gran brindis cómplice.
El viaje en el tiempo terminó, muchas caras conocidas de la música local se reconocen al volver las luces. El show ya es historia, una grande de verdad. Fue corto, sí. Pero todos estamos de acuerdo que no era necesario más. Es intenso, sí. Muy intenso, contiene muchas vivencias y memorias en cada sonido. Apenas pasada hora y media, nadie quiere volverse a casa pero es lunes. El rock siempre dará revancha y, tal vez esté muerto como dicen algunos, pero esta noche y tantas otras más las puertas de la percepción se abrirán para mostrarnos que el rock es infinito...
Por Leo Silveira | (@LeoSMattiauda)


%%NNotComUsrRegNick%%
%%NNotComFechaHora%%
%%NNotComTexto%%