Gustavo Verdesio, nacido en 1959, es un prestigioso académico uruguayo que, desde hace largos, largos años, enseña literatura latinoamericana en la Universidad de Michigan.

Egresó de la muy autóctona Facultad de Humanidades y se doctoró en la Universidad de Northwestern, y ha venido publicando, a ritmo de boxeador, sobre literatura, arqueología y antropología.

Pero antes estuvo el rock, esa comezón que te agarra cuando sos un pibe y a veces se queda para siempre, picando en el lado incorrecto, que es donde deben hacerse las ronchas.

Le tocó ser adolescente durante la Edad Media uruguaya, cuando el rock era mal visto por todos lados. Para la milicada era falopero, libertino, puto, y para la resistencia cultural era falopero, libertino, puto, y además imperialista. Para entonces, el rock era, como la juventud, una enfermedad que se curaba con los años.

Así, era contradictorio que un guacho rockero tuviera una posición política. Perteneciente a la Generación 83 (búsquenlos en los cargos de Gobierno, y encontrarán un buen puñado de nombres), Verdesio tenía una pata en cada lado. Militante en la clandestina FEUU, en los ratos libres gastaba púas con vinilos de rock. De todos lados, pero de acá también. Y de la vecina orilla, "porque la expresión rioplatense solo tiene sentido si hablamos desde Uruguay", dice.

De esa causa, la del rock, nunca dejó de ser militante. Una prueba de ello es su pretensión, casi obsesiva, de publicar una serie de trabajos, emulando la colección 33 1/3, que hablara discos hechos de este y el otro lado del Plata.

La culpa, lo dice en No es solo rock and roll [Número 0 de la colección Discos, que publica desde setiembre Estuario], fue un poco de Martín Pérez, periodista argentino con quien, en una charla informal, parieron la idea del proyecto.

La editorial dio el sí, y ya están a mano de los lectores los dos primeros trabajos: la introducción a la obra, a cargo de Verdesio, un ensayo sobre los orígenes del rock en el Río de la Plata, su actitud ante las dictaduras y una reflexión sobre el rock chabón, esa mezcla de suburbio, clase baja, talud y guitarra eléctrica, que merece más de una lectura; y Tango que me hiciste mal, repaso del primer álbum de Los Estómagos, con la firma de Gabriel Peveroni. La lista de trabajos a publicar tiene pinta de extensa, no solo por la riqueza de la discografía de la región, sino por la cantidad de autores interesados en brindar su aporte: en días estará en la calle Caída Libre, de La Trampa, bajo la mirada del escritor y periodista Ramiro Sanchiz. Y habrá más. Mucho más.

En conversación con Montevideo Portal, Gustavo Verdesio explica de dónde viene la idea de la colección, y dispara certeros dardos sobre la Academia, la crítica, y también, saludablemente, sobre el rock, ese que queremos tanto.

Foto: Montevideo Portal | Julia Peraza

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¿Cómo surge la idea de la colección? Sos un tipo que viene de la Academia, pero el rock es un tema que no es tocado habitualmente por los altos estudios. Es extraño, porque muchos de los académicos de hoy deberían haber bebido de esa agua, por una cuestión generacional...

Es cierto que hay muy poca cosa hecha. Yo tengo 57 años. Soy generación rock & roll, totalmente. Pero mi generación, la Generación 83, es más conocida, con toda razón, por la política. Yo fui secretario ejecutivo de la Asceep-FEUU, y todos mis amigos de la época son estos tipos que ahora has visto en los ministerios. En mi época nadie escuchaba rock.

 

Es cierto, estaba mal visto...

Estaba mal visto. [El escritor Gustavo] Espinosa y yo íbamos a Humanidades con discos en inglés, y nos miraban como cerdos imperialistas. ¡Ni sabían que en la Asceep-FEUU yo era dirigente de ellos! Yo viví eso del rock y la militancia, y muy poca gente tenía una pata en cada lado.


No se puede dejar lo político afuera.

No, claro que no. Lo que pasa es que, casi siempre, entendemos lo político como partidario, entonces los pibes del 80 y pico parecían poco políticos. Yo cuestiono mucho lo que dice Rafael Bayce sobre el apoliticismo de los jóvenes de la época.

 


¿Cómo llegás a esto? En el libro decís que fue Martín Pérez quien tiró el gato arriba de la mesa...

Sí, y en noviembre pasado me encuentro con Ramiro Sanchiz y Martín Fernández [director de Hum/Estuario]. Le traía a Sanchiz, de regalo, el libro de Low, de David Bowie, que además tiene The idiot, de Iggy Pop, porque se grabaron juntos. Es un libro precioso. Y se lo saco de la mano a Sanchiz, se lo muestro a Martín, y le digo "algo así tenés que sacar vos". Lo mira y me dice "convenceme". Le empecé a contar, me pidió que le mandara una propuesta, que le envié recién en febrero. Yo estaba muy complicado, había aceptado dar cursos en España el semestre de invierno del Norte. Cuando llego a Granada le mando el proyecto, e inmediatamente me dijo que sí. Le pregunté a quién había tocado, y me dijo que a nadie. Yo tiré algunas propuestas y todo el mundo me dijo que sí. Todo el mundo. No hubo nadie que me dijera que no.


¿Por qué se demora tanto? ¿Por qué no se hizo antes?

Yo tengo que hablar bien de Martín [Fernández]. Para mí, se requiere una persona que esté dispuesta a no ganar mucho dinero. Un editor que tenga ganas de hacer algo culturalmente relevante, que no depende del dinero que vas a ganar. Creo que en Argentina eso lo ven de otra forma. Capaz que me equivoco. Amir Hamed dijo que Martín es el gestor cultural más importante de los últimos diez, quince años. Lejos. La literatura uruguaya, hoy, no sería lo mismo sin Martín. La cultura uruguaya nunca estuvo tan bien en su vida. Falta aparato crítico, y de ahí viene la necesidad de la colección. Tiene que ver con que, yo entiendo, acá hay mucha más creación artística que reflexión sobre ella. Y el artista a veces necesita que lo continenten un poco, le pongan un mapa.

 

¿Uruguay no se caracterizó por tener una tradición de reflexión crítica?

Eso, para mí, es un mito. Creo que acá hay varios mitos. Uno es la Generación del 45, que Ami Hamed se ha encargado de desmitificar. Y la Generación del 68 tiene un debe importante de reflexión. Y la mía, la Generación 83, es la peor. El único tipo que ha intentado hacer cosas reflexivas y de una manera muy idiosincrásica, no del todo compartible, es Sandino Núñez. De una manera que, a veces, no todo el mundo comprende. Creo que hay mucha menos reflexión crítica que lo que la gente piensa. También ha pasado que la producción de conocimiento en toda América Latina era amateur, de aficionados, diletantes a un ritmo de lectura que después no se sostiene en ningún lugar académico. Y en la época de la dictadura empezó a cambiar el nivel de reflexión en todo el mundo. Empezó a trasladarse la reflexión a los profesionales del pensamiento, que son los académicos, la gente empezó a hacer doctorados en lugar de conformarse con licenciaturas, y eso acá demoró mucho en llegar. Recién el año pasado se abrieron los doctorados en Humanidades, por ejemplo. A mí me pasó con las maestrías. Yo fui profesor del primer curso de la maestría en Literatura Latinoamericana en 2001, 2002, y algunos de mis estudiantes se terminaron recibiendo hace tres, cuatro años. Los ritmos acá no son de profesionales. Todo va cambiando. Pero cuando empezó a cundir la idea de que la reflexión necesita profesionales, que tiene que ver con un estudio sistemático, este país quedó afuera. Bolivia, país al que nosotros despreciamos, tiene mucho mayor producción académica en las Humanidades que nosotros, y mucho más seria.

 

¿Y qué tiene que ver el rock con esto?

Te pongo ejemplos: Aldo Mazzucheli tuvo banda, Amir Hamed lo mismo. Espinosa. Sandino Núñez tenía una banda en Tacuarembó que se llamaba Kosmos. Bandas domingueras. Comparadas con lo que sonaron y suenan bandas ahora no tenían nada que hacer. Pero eran rockeros.

 


Bueno, pero eso pasa también con las bandas que admiramos. El otro día escuché el Tango que me hiciste mal, y es espantoso. Es decir, tiene grandes canciones, pero suena muy mal. Lo comparás con discos casi contemporáneos, como Unknown Pleasures, de Joy Division, por ejemplo, y no tiene nada que hacer.


Sí. Pero hay excepciones. Comparás a Los Shakers con los mejores grupos de aquella época y no perdían. O Los Mockers. Eso fue algo impensable.


Sí, quizás porque tenían las mismas posibilidades, o imposibilidades técnicas de la época.

Es muy probable. Sí sé que, en este país, desde que me fui a Estados Unidos, en el año 87, empecé a notar un creciente provincianismo, más allá y a pesar de que, por ejemplo, llegó el cable muy tempranamente, que la gente viaja cada vez más, desde hace unos años todo el mundo tiene internet... A pesar de ello, siento que el uruguayo se vuelve cada vez menos cosmopolita.

 

Yo creo que el cable fue enemigo del rock, también. Porque te mostraba todas las bandas, y era mucho más fácil la copia, la imitación, que la búsqueda de una voz propia.


Puede ser. Y fue muy injusto, en otro orden, lo que pasó en Montevideo Rock II, no solo con Los Tontos. Abuchearon a varios. A Los Tontos los cagaron a pedradas, pero todas las reseñas hablaron pestes de los uruguayos. Fue el final. El sello final de esa época fue la separación de Los Estómagos.

 

Y el episodio de Clandestino, cuando casi todo el rock se volvió contra lo que debería defender, en una actitud conservadora impensada...

También. Eso fue terrible. Hay mucho escrito sobre eso.

 

¿Y dirigir una colección de libros sobre rock, ahora, es una forma de reivindicar esos fenómenos? En el sentido de ocupar ahora un lugar en la Academia que te "autorice" a hacer algo así...


Puede ser... Le preguntás a la gente qué hago yo, y no sabe. No sabe. Pero como soy viejo me respetan. Nadie sabe que tengo cincuenta y pico de artículos en revistas académicas arbitradas, nadie las lee. Pero soy viejo. Sandino, Amir Hamed, Espinosa, yo, no somos tanto mejores que hace 30 años. Pero tampoco éramos tan boludos. Ni ignorantes. Acá la gerontocracia es repugnante. Por eso, mis mejores amigos hoy, en este país, no pasan de los 35, 40 años.

Foto: Montevideo Portal | Julia Peraza


¿Creés que esto puede marcar una tendencia para estudiar el fenómeno o va a quedar en el caso puntual? ¿Ves interés en otro lado?


Lo que asombra es la falta de estudios serios. La mayoría de los libros que hay son muy amateur y con muy poco aparato crítico. Algunos son muy ricos en data. Eso es lo lindo. Los que han tenido reflexión, como el caso de [Miguel] Grinberg [autor de, entre otros, Cómo vino la mano. Orígenes del rock argentino, 1977], han dicho una o dos cosas importantes. [Sergio] Pujol [autor de Las ideas del rock (1984) y Rock y dictadura. Crónica de una generación (2005), entre otros] es probablemente el tipo que ha hecho las cosas más serias. [Carlos] Polimeni [autor de Luca, un ciego guiando a los ciegos (1990), entre otros] gente que tiene un espíritu más sistemático. Esta colección pretende documentar una banda sonora. Y no quiero hacerlo académicamente. Sí con rigor. Pero yo vivo de la Academia y no voy estar todo el tiempo haciendo lo mismo. Esto es una liberación. Me permite, como director de la colección, elaborar una colección de voces que sé que tienen cosas para decir, con una voz peculiar. Esas no son voces del montón. Tienen un registro muy personal y no necesariamente tienen que haber vivido eso. Esto es sobre discos, no sobre conciertos, movimientos, nada de eso. Quiero que escriban sobre los discos que les volaron la cabeza.


Arrancaste con Tango que me hiciste mal, de Los Estómagos, escrito por Gabriel Peveroni, que se hizo tremendo trabajo...


Es una novela que podría ser también un libro de no ficción. Hay mucho testimonio. No solo de él, sino de las entrevistas que ha hecho. Es magnífico. Si me hubieras preguntado qué esperaba del primer número de la colección, no te habría dicho lo que hizo Gabriel. No. Superó mis expectativas. Hizo todo lo que yo esperaba y más. Es genial. Y puso la vara altísima.

 


Génesis

El rock uruguayo (o el rock en Uruguay, para ser más preciso), dio sus primeros pasos en los 60. A los mascarones de proa que fueron Los Shakers y Los Mockers luego se sumaron Los Delfines, Los Moonlights y Totem, y luego vinieron Siddharta y Polenta, por poner ejemplos disímiles y arbitrarios. Pero para los que crecieron a partir de la dictadura, el puntapié inicial lo dieron Los Estómagos. Es injusto, sí, pero es verdad.

Tango que me hiciste mal, el primer disco de la banda, es un mojón ineludible para entender qué pasó después, pero sobre todo para entender qué pasaba entonces. Oscuro, desesperanzado, hasta triste, el debut de Los Estómagos es la mueca desagradable de una criatura de padres, sino desconocidos, al menos ausentes. Este álbum es el leit motiv del primer capítulo de la colección Discos, y tiene como autor a Gabriel Peveroni.

Pero, parece, el libro se escribió solo. Peveroni apela a sus recuerdos, su archivo (su vasto archivo), y su tenacidad para incorporar datos recientes, en una obra que puede ser leía como una novela facturada (y fracturada) sobre su generación.

Las canciones que integran el disco suenan en sus páginas de manera visceral, y vuelven al presente como su hubieran sido escritas hoy.

Peveroni traza un viaje, en el sentido literal, en el que van cayendo los temas, atravesados por memorias, propias y ajenas, de los actores de la época, los músicos, los fans, los detractores.

Pero hay más, porque el libro, amén de reconstruir la historia de ese disco emblemático (que suena mal, que tiene lados flacos), permite volver a un tiempo de rabia y desesperación difícil de contar con palabras por estos días, y huir del invierno una vez más.