Entrevistas

La hora del té

Conversamos con Guillermo Lamolle sobre “Té de benteveo”, su primer libro de ficción

Conversamos con Guillermo Lamolle, que acaba de publicar “Té de benteveo”, su primer libro de ficción: “no tengo ganas de caminar por el lado más amable”, dice.
08.09.2016 13:38
2016-09-08T13:38:00
Compartir en

Té de benteveo (Criatura Editora), de Guillermo Lamolle, es un libro extraño. "Son cuentos", dice el autor, aunque esa definición, por momentos, quede corta ante la extravagancia de algunas ficciones, el juego intelectual de enfrentar a los personajes a las paradojas de sus vidas, el humor absurdo, la fantasía atravesada por pinceladas de terror.

Guillermo Lamolle, músico, periodista, científico, murguista, debuta en la ficción con Té de benteveo, un compendio de cuentos escritos a lo largo de cuatro décadas, en los que buscó una literatura que le gustara a él, sin hacer concesiones a los textos sencillos y los desenlaces obvios, y descubrió que, como autor, podía ser tan todopoderoso como quisiera.

*

¿Qué son estos textos?

Son cuentos. Cuentos normales.

 

Yo no los veo tan normales...

Para la época que estamos sí. Si los hubiera publicado en 1820 serían vanguardistas. Pero en todo lo que está ahí, no creo que haya un invento mío. Se sale de lo más usual del cuento, sí, pero no creo que haya inventos.

 

¿Qué hay detrás de estos cuentos? ¿Necesidad de contar, de reírte?

Necesidad de que existan cuentos como los que a mí me gusta leer, y que sean recién hechos. Porque lo que me gusta leer a mí tiene alguna década ya. Los cuentos nuevos que leo no me gustan. Tampoco he leído mucho.

 

¿Qué leés?

Me gusta el cuento que, por lo general, no tenga una ubicación geográfica ni temporal definida, o que la tenga, pero no sea ésta. Sea el futuro, sea el pasado, y que no sean costumbristas, que no se parezcan a un artículo periodístico o político. Que haya algo de fantástico, pero no necesariamente...


Un cuento alejado de la tradición decimonónica europea, del cuento de Quiroga...

Quiroga sí, porque tiene lugares geográficos definidos, pero son muy de él, son exóticos para mí.

 

¿No podés ver 18 y Ejido en un cuento?

Si lo veo tiene que haber algo raro. El hecho de hablar de 18 y Ejido, en sí, no me parece un valor. Y habitualmente se considera un valor. Si en un cuento mío aparece 18 y Ejido, la siguiente esquina va a ser la Quinta Avenida y Corralitos.


¿Tenés un sistema, un método para escribir, o lo hacés cuando "aparece la musa"? Te pregunto porque los textos tienen una elaboración que apela a la inteligencia, exige al lector...

Puede ser. No sé si es buscado. Sí, claro, trato de que sí. Si me preguntás, prefiero que el lector se esfuerce un poco. Muy pocas veces escribo sabiendo el cuento. En general arranco sin saber para dónde voy. Por ejemplo, escribo un párrafo de cualquier cosa, y a partir de ahí sí, voy armando. No se puede escribir tres páginas así porque es un embole, pero un párrafo sí. A veces hasta lo elimino. Cuando termino el cuento veo si ese párrafo tiene sentido o no. Pero el método es agarrar la computadora, escribo en algo que se parece al Notepad, sin negritas, ni cursivas, y arranco a escribir ahí. Es como agarrar la guitarra y tocar "chin, chin", y a partir de ahí sale el cuento. Es un método muy de músico. Tocar cualquier cosa a ver si te sugiere algo, y a partir de ahí desarrollarlo.


Pero gran parte de la música popular está basada en la repetición, y en Té de benteveo no la hay...

No, porque no es música popular.

 

¿Es literatura popular?

Tal vez sea lo menos popular de lo que hago. Depende de a qué le llames popular. Recién salió, y no sé qué tan popular va a ser. Igual no tendría que ser demasiado popular para ser más popular que todo lo que hice. Pero a priori es mucho menos popular, hay mucha menos gente que lee que la que escucha música. Aunque si pensás en los que escuchan Asamblea Ordinaria, o los discos míos, son muy pocos. Es probable que el libro venda más que esos discos.

 

¿Sos consciente de esa limitación, de ese andar por el lado menos amable? ¿Lo hacés a propósito?

Sí, a propósito, y por dos motivos. Porque no tiene gracia caminar por el lado más amable, por el que hay millones de personas caminando, y porque, en realidad, lo que me gusta es esto. Las dos cosas me llevan a ir por esa carretera auxiliar. Lo que me gusta está ahí. Lo que está en el lado más amable, en general, no me gusta.

 

¿Y está bueno ser esa rara avis?

No es que busque ser raro.

 

Viste que está de moda ser raro, escribir unas cosas que no entiende nadie...

Siempre hubo, pero eso lo detesto. Esos textos que los agarrás y no sabés de qué están hablando, abstrusos, me parecen un embole. Capaz que soy yo el limitado, pero me parecen un bodrio. Pero en general te das cuenta si sos vos el limitado o el otro se está haciendo el crá. No soporto eso. Creo que los cuentos míos se siguen. Te exigirán cierto esfuerzo, pero se siguen. Casi como un cuento infantil, te diría. La estructura es de cuento infantil. Se va, viene, pero si te ponés en ese personaje, medio niño, lo seguís sin problema.

 


La estructura es de cuento infantil, pero hay algunos cuentos capaces de transmitir cierto terror cósmico, como el de los tipos que van por el campo un día de calor ["Los peces muertos"].

Ese es medio de terror, sí, sí. Me encanta. Sin embargo, no está buscado por el lado del terror. Ese calor, que se exagera y se exagera la descripción al máximo, se puede tomar simplemente como eso. El lenguaje de esa gente suele ser exagerado, además. Hasta estuve hablando con troperos para ver qué cosas de las que nombra ahí son factibles. Las distancias que tienen que recorrer, todos esos detalles, las pavadas que dicen. Me hicieron críticas, "no, mirá si se van a poner a guaranguear los troperos", y le pregunté a un tropero y me dijo que sí. Y con la distancia me pasó al revés. Yo pensaba que era mucha, y me dijo que era corta la que yo había puesto, y la alargué. Cosas así, todo en un cuentito de una página. A veces, en determinados cuentos, está bueno tener a alguien a mano para preguntarle, por más que lo que ocurre es fantástico.

 

¿Recurriste a esa herramienta de consulta en otros cuentos?

No, en general no, pero sí traté de que, dentro de la fantasía, los detalles fueran verosímiles. Como en la Ciencia Ficción, tanto en la que yo escribo como en la que escriben otros, me gusta que haya cierta verosimilitud en las distancias, las velocidades, y que, cuando algo se sarpa te inventen una excusa, también verosímil.

 

Como que de una planta salga un tipo todo pegajoso vestido de Peter Pan ["Té de benteveo"]

Pero ahí es tan fantástico que no necesita ser verosímil. Sí que cuando aparece Artigas, no necesariamente vaya adelante, como te lo pintan en la escuela. Que vaya en cualquier lado, conversando con sus amigos. No como en los cuadros de Blanes. Traté de darle un aire verosímil. Lo único uruguayo que hay en todo el libro es esa parte en que aparece Artigas, que no sé por qué está ahí. Hasta en esa fantasía busco cierta verosimilitud.

 

¿Cuánto influye el científico que sos a la hora de hacer estas cosas?

No sé. Supongo que esa forma de buscar lo verosímil tiene que ver con la tendencia a ser científico, que la tengo de antes de hacer ciencias. Me gusta fantasear con los pies en la tierra, algo así. Se puede fantasear muy lejos con los pies en la tierra.

 

¿Qué es lo que leés, que no sean tus cuentos?

Leo mucha Ciencia Ficción, de cualquier tipo, de cualquier autor. Leí Cortázar, esas cosas. Me gusta releer a Cortázar. Soy un desastre para los nombres; he leído autores que no me acuerdo quiénes son. Moby Dick...


Ahí, en Moby Dick, está también esa cuestión de la verosimilitud...

Sí. No creo que tenga que tener detalles reales, pero sí que lo parezcan. No me importa si son reales, pero cuando estás leyendo y un detalle patina, es poco serio. Es como cuando en la Ciencia Ficción se mezcla la magia. ¡Hacete Harry Potter si querés magia! Y después me pasa que leo un libro que no cumple ninguna de esas normas y me encanta.

 

Decís que escribís porque te gusta leer cuentos que no hay, pero quizás es demasiado esfuerzo para un producto tan breve, que se lee en pocas horas. ¿Qué es lo que hay detrás?

Es que un libro de 10.000 páginas también es breve comparado con todo lo que hay escrito. Hay una necesidad de hacer cosas. Hay gente que la tiene y gente que no. Yo siempre estuve haciendo algo. Hay gente que lo saca por otro lado, que juega bien al fútbol. Yo no juego bien a nada, y, por algún motivo psicológico que desconozco, me da por escribir, o componer música, o actuar, o cosas así, de relacionarme con mucha gente a la vez. Dentro de esas cosas, escribir es de las que da menos trabajo. No tenés que coordinar horarios, no tenés que registrar el tema antes de tocarlo. Sí tenés que tener alguien que te pague la edición, pero mientras podés escribir en diarios, en revistas, y hasta te pagan por ello. Y no tenés que negociar la parte estética con nadie, que es muy duro. Por un lado es divino que te aporten ideas que te gustan, y por el otro tenés que pelearte porque están queriendo sacar algo que vos querés que esté. Eso es lo más desgastante que existe sobre la Tierra. Y eso pasa en todo lo que uno hace colectivamente. En Carnaval, más que más. Entonces escribir es lo más fácil, siempre que sepas escribir.


Al mismo tiempo la responsabilidad es mayor, es toda tuya...

Sí, pero eso no me asusta. Si estuviera hablando de la mafia por ahí sí, pero estoy hablando de seres que no existen, y me divierte mucho hacer ese mundo de varios planos de realidad. A veces sé que el personaje estuvo pensando tal cosa, y al siguiente párrafo salió hacia donde no sé, porque no lo vi. Descubrir yo mismo todos los "todopoderosismos" que puede tener el autor con respecto a los personajes. Podés ser un dios absoluto que sabe lo que ellos no saben, o como si estuvieras haciendo una crónica en la que algunas cosas las viste, otras te las contaron, y otras no tenés idea. Jugar con eso. Poner dos cosas contradictorias en el mismo párrafo me divierte.


Además de divertido, ¿te es útil?

¿Qué quiere decir útil? Yo estoy descubriendo mucho de la literatura escribiendo.

 

La utilidad es relativa, ¿Para qué sirve una obra de arte?

Si, para mí sí, en el sentido que me hace feliz, y estoy aprendiendo mucho de literatura, al descubrir ese tipo de cosas que te comentaba, que el autor es muchas cosas distintas, tener más o menos poder sobre sus personajes, hablar de sí mismo o no. Cuando uno lee toma esos juegos pasivamente. Desasnarme de eso ya esa una utilidad para mí. Ahora leo con otros ojos.


¿Te produce temor, o pudor, reflejarte demasiado en tus personajes? ¿Existe ese riesgo?

El riesgo es que todos fueran "lamollescos", porque sería muy aburrido. Que me vean a mí, que descubran algo mío, no me importa. No creo que haya nada mío que sea avergonzante. Es como cuando dicen, cuando soñás, que todos los personajes del sueño son vos mismo. En el fondo sos vos. Pero trato de estar alerta a eso: si un personaje se parece demasiado a mí en una cosa, trato de que no se parezca en otra. Que no haya uno que sea yo. No hay otra manera: inventar de otra manera un personaje que no seas vos, te va a salir, por oposición, tu conjunto complementario. No hay forma de saltearse eso.

 

¿Leés sobre literatura?

No mucho. A veces husmeo algo, y si me interesa lo leo. Incluso hasta me dan ganas de comprarme los libros.

 

¿Te alimenta eso?

No, lo que me alimenta es leer a otros autores. Mientras voy escribiendo. Y si es algo medio largo, ir cambiando de escritor para no caer en uno. Paso de uno a otro. Y si son escritores mentalmente emparentados con uno, tendés a camuflarte y terminar escribiendo igual que el tipo, o lo que uno piensa que es el tipo, sin darte cuenta.

 

Agustín Acevedo Kanopa decía hace poco que hay escritores que son "pegajosos" ...

Sí. No creo que sean los escritores, sino la relación que uno tiene con los escritores. Si es un autor que justo le descubriste una veta que decís "Qué papa ir por acá", después es muy fácil caer en eso. Me pasó con Levrero, que tenía un método en el que es muy fácil caer. La Novela Luminosa es el extremo. No sabés qué escribir y el tipo te hace un libro. No lo podés hacer vos, pero la tentación siempre está. no puedo leer a Levrero mientras estoy escribiendo. Si lo leo es para acordarme de qué no tengo que hacer, porque tiendo a parecerme en algunas cosas. No es que me crea Levrero, ¡por favor!, pero tiendo a camuflarme con ese estilo de escritura. Me pasa con Cortázar, y me pasaba con el viejo Benedetti, el de Montevideanos.


¡Es lo que no te gusta! Benedetti está lleno de 18 y Ejido...

Sí, pero en una época me gustaba. Ahora no me gustaría. Igual Benedetti escribía tan bien en esa época que no me molestaba. "Los pocillos de café" es un cuento que podría haberlo escrito un ruso, y ubicado en el siglo XVIII. El cuento funciona igual. No me molesta que se mencione Montevideo, si el cuento tiene una polenta propia. Me molesta que esa referencia sea considerada un valor: "agarramos por Andes y estaban los tambores", eso no. Es una cosa medio populista. Eso que nos gusta en las películas uruguayas, no es un valor estético. Está bien que te haga gracia y disfrutes viendo la Rueda Gigante, o algo que reconocés, que no es lo habitual cuando vas al cine. Pero no es un valor.

 

El Carnaval tiene eso, en su mayoría...

Pero es eso. Con el Carnaval me pasa al revés: cuando es algo muy universal, me aburre.

Jorge Costigliolo | Montevideo Portal
jcostigliolo@montevideo.com.uy