Diego Presa integra Buceo Invisible, ese inclasificable experimento que reúne a músicos, poetas, plásticos y performers. Allí pone su voz, su guitarra y gran parte de los textos. Sin embargo, a comienzos de este año, se metió en el estudio casi solo, dispuesto a despojarse de los adornos que presta una banda y sacarle brillo a un puñado de canciones propias. El resultado es un breve disco que lleva su nombre (Diego Presa, Bizarro, 2012), habitado por sombras fugaces, polaroids y grabados hechos de palabras. Se escuchan, pero también se ven.

"Buceo Invisible desde siempre apuesta por el trabajo colectivo. Es un desafío que tomamos con mucha convicción, a pesar de lo difícil que puede llegar a ser", dice Presa.


"La parte musical del colectivo ha cambiado mucho a lo largo de estos años. Se ha ido consolidando un núcleo de músicos, que cada vez funciona más como un grupo. Ya no se da aquella dinámica del compositor y arreglador que le pide a los músicos qué tocar. No, cada músico aporta su sensibilidad, conocimiento técnico y sudor a la hora de enfrentar el hecho creativo. Y esto enriquece y potencia el resultado final. Esta forma de trabajo implica sus tiempos, renuncias y negociaciones. Entonces me dieron ganas de encarar una serie de canciones con otra metodología. Se dio de manera muy natural. Había algunas músicas y letras que no habían sido trabajadas en el grupo, y quise desarrollarlas a mi tiempo y con los elementos que tenía a mano. Y se sumaron otras que terminé de componer en el proceso mismo de grabación. Quise encerrarme en un cuarto solo con algunos cables y papeles y ver qué salía de todo eso".

Eso que salió es un disco extraño, donde distintas vertientes de la música popular convergen en canciones que, por momentos, escapan de los formatos tradicionales. "No hay intenciones deliberadas ni rutas a priori, y no creo alejarme tanto de las formas de la canción popular. Pienso que hay muchas maneras de acercarse a la canción, que si bien es un género acotado en su duración, ofrece muchas líneas de fuga, muchos lugares hacia dónde ir. Por otro lado, es cierto que tiendo más a la imagen y a la síntesis que al desarrollo narrativo. Por lo menos por ahora. En general trabajo mucho con metáforas visuales, con imágenes. No sé, aparecen desde siempre. Y uno siempre escribe, en definitiva, sobre las mismas cosas".

Fotos en blanco y negro de Lee Miller, un buzo azul, la linterna mágica. Un cuento de verano de Rohmer. Lo que ves.

Determinadas inflexiones, algunos quiebres de la voz, la manera en que Presa pronuncia ciertas palabras, remiten a una influencia de Eduardo Darnauchans que Presa, en principio, desestima, y cree que hay que buscar esas raíces, lírica e interpretativa, por otro lado.

"Nunca pensé que existiera una huella notoria de Darnauchans en mi manera de interpretar las canciones. Él tenía un estilo muy personal y único, que respondía a una serie de influencias muy particulares, que iban, entre muchas vertientes, desde la música sefaradí hasta el Spinetta de Almendra, y no creo que todo eso esté presente en lo que yo hago" explica. "Además, pienso que Darnauchans escribió las canciones más bellas de la música popular uruguaya. Yo escucho mucha música y también leo poesía, supongo que uno va tomando elementos de ambos mundos, como también de las novelas, del cine, de la televisión, de la calle". Y apunta: "Acabo de terminar de leer 2666 de Roberto Bolaño. Me pareció una maravilla, jodidazo pero muy bello. Y escucho a los de siempre, Leonard Cohen, la Velvet, a Silvio, a Patti Smith, más algún disco inesperado que cae en mis manos." Ahorita mismo.

Buceo Invisible hizo punta, a fuerza de necesidad, en la búsqueda de espacios alternativos, ajenos a la música popular. Diego Presa también, y es común verlo tocando entre anaqueles, jugando de local en librerías. No es fácil. Nunca fue. "Cuando empezamos con Buceo trabajábamos de manera muy cerrada, nunca buscamos un espacio dentro de la escena musical de Montevideo. Hacíamos lo que hacíamos para nosotros y los amigos que se arrimaran. Y la convocatoria se daba en círculos muy pequeños y de boca en boca. Con el tiempo, naturalmente, esos círculos se ampliaron, sobre todo porque duramos, porque seguimos proponiendo.

A partir de la edición de Música para niños tristes (Perro Andaluz, 2006), decidimos tirar al agua la botella con el mensaje. Porque lo sentimos como una prolongación lógica del proceso grupal. Queríamos tocar más, mostrar más nuestro trabajo, creo que porque adquirimos más oficio y confianza. Y se generó un feedback muy estimulante.
Acceder a buenas salas, a mejores condiciones técnicas, y a más público implica también otra exigencia y un compromiso mayor con lo que hacemos. Justamente creo que ese contexto no nos limita, sino que nos impulsa a mejorar y a arriesgar artísticamente". El camino, escribió Cervantes, es siempre mejor que la posada.

Escuchá La linterna mágica, primer corte del álbum