Nicolás Ibarburu es un nombre omnipresente en la música popular uruguaya de los últimos 30 años, por estirar un poquito hasta el número redondo. Empezó con Larmossa Banda siendo casi un niño, y después siguió con Pepe González y Sankuokai. Mientras cualquier pibe empieza a soñar con subirse a un escenario, Ibarburu ya jugaba en las ligas mayores. La banda de Jaime Roos, Ruben Rada, Fito Páez, Hugo Fattoruso y un largo y prestigioso etcétera contaron con su habilidad para las seis cuerdas.

Ibarburu puede tocar casi cualquier cosa que se proponga, y eso hace que sea una garantía de calidad en cada proyecto que integra. Pero un día, hace algunos años, se aburrió de la comodidad. Se dio cuenta de que el tedio y la pereza le estaban ganando la partida, y decidió pegar un volantazo.

Dejó la banda de Jaime Roos y se embarcó en la grabación de Casa Rodante, su segundo disco como solista, en el que saltó sin red a la hora de poner la voz a canciones que tenía compuestas de hacía tiempo. El resultado es un trabajo de canciones sencillas (no fáciles), donde tuvo que ponerle freno al violero virtuoso y darle más alas a la garganta. Así las cosas, Casa Rodante se escucha sin sobresaltos, pero sin aburrimiento, y allí se nota la huella pop y funkera con trazabilidad rioplatense.

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Estás viajando mucho con tu nuevo proyecto, muchas veces a lugares donde tocaste en el pasado con tipos muy grosos, para mucha gente, pero sin tanta responsabilidad. Ustedes, los hermanos Ibarburu, son tipos que no tuvieron adolescencia, cuando un guacho de su edad sueña con un escenario grande como algo lejano, para ustedes era ya un laburo. ¿Cómo manejás esta nueva situación?


Sí. Das en el clavo en una cuestión interesante. Como todo, tiene ventajas y desventajas. Yo estaba acostumbrado, desde muy chico, a ir a tocar con Jaime, con Rada y cosas así, donde sabés que la gente va a alucinar. Después, con lo tuyo, tenés que ir a remarla a un boliche, a un centro cultural con dos mesas, y convencerte, preguntarte de verdad por qué lo hacés. Son cuestiones súper removedoras, pero es muy motivador, también. Hacerla de nuevo, de abajo. Eso que no vivimos de chicos, lo estoy viviendo ahora, más de veterano, después de los 40. ¡Y está de más! Ahora, en Argentina, está yendo cada vez más gente, se re disfruta.

 

Cambia la cosa, porque tenés que defenderte a vos mismo. Con Jaime metés tus arreglos, pero son las canciones de Jaime...

Ahí te das cuenta de que lo que estabas haciendo era el proyecto de otra cosa. Con los años se te va volviendo una necesidad proponer algo. Yo hago canciones desde muy chico, pero siempre estuve más como de violero sesionista, o instrumentista de una banda. Con Jaime había un sentimiento y todo con la banda, pero claro, es el material de otra persona. Está buenísimo salir a buscarla. Cuesta más, pero se disfruta más.


Era como una olla a presión que en algún momento tenía que estallar. ¿Cuándo reventó? ¿Fue un proceso o hubo un clic? Porque estabas en una posición cómoda...

Para mí fue salir de esa famosa zona de confort. Me di cuenta, en un momento, pensando en esa ficha, con el instrumento hecho mierda, sin hacerle el mantenimiento, los amplificadores todos rotos, porque me descansé. Me di cuenta de que tenía que timonear eso. Que iba a tener 80 años e iba a seguir haciendo eso. Y en realidad estaba postergando un montón de otros sueños, ganas de hacer otras cosas. De hecho, lo bueno fue que las canciones siguieron surgiendo. Por ahí eso fue el motor. Fue cuando tomé la decisión de irme de la banda de Jaime, hace tres años. Ahí empecé a direccionar este disco, Casa Rodante, que fue salir totalmente de la zona de confort. Salir a remarla. Fue una experiencia que empecé con Juli [su pareja, Julieta Rada], de ir más a Argentina, y volver a ir. Intercambiar con otros músicos, estar más en el under, porque yo empecé en una cosa súper grande, pero a la vez era ajeno a eso. Está buenazo, volví a los 17.

 

¿Qué te llevó a tomar la decisión? Vos ya tenías un disco solista [Anfibio, Barca, 2009], había un precedente...

Sí, todo lo que generó ese disco me alimentó para volver. Me pasaron cosas muy lindas con ese disco. Lo toqué muy poco, porque había armado una banda gigante, con tres tambores, éramos como nueve, y era muy difícil laburar con eso. Toqué muy poco ese disco, y después volví a hacer otras cosas, produje los discos de Juli, hicimos los tres discos del trío con mis hermanos [Trío Ibarburu, junto a Martín y Andrés]. Lo que más me movió fue ver gente a la que le gustó ese disco, gente versionando canciones mías. ¡Yo no lo podía creer! Es muy hermoso... Loli Molina, Juampi Di Leone, que grabó una canción con Juan Quintero... Hay momentos en que uno duda de todo. La experiencia con Anfibio, mi primer disco, fue medio fea, en ese sentido. Al tocarlo en vivo. No estaba familiarizado con la cantada. ¿Viste cuando escuchás tu voz grabada por primera vez? Aceptarse uno es bravo. Aceptar tu cuerpo, tu personalidad. No soy un gran cantante, tengo mis limitaciones, pero canto mis canciones porque son mías. Martín Buscaglia me dijo una vuelta "El pájaro no canta por su belleza, canta porque tiene una canción". Es algo muy lindo eso. Pensás en [Bob] Dylan, en esos tipos que no son cantantes pero que cantan igual, y me gusta ir por ahí. Empecé a disfrutar ahora. En Anfibio no lo había podido hacer, pero ahora me encontré más con eso, y disfruto de cantar las canciones. La vengo pasando muy bien. Hemos tocado, aparte, muchas veces.

Foto: Montevideo Portal | Martín De Benedetti

¿Te tuviste que pelear con vos para eso? ¿Salieron esos diablitos que se ven en los dibujos animados?

Sí, de esos tengo varios. En el cuarto, y otros enterrados en el fondo [Risas]. Todavía la siguen peleando. Ahora me da placer, y me da la sensación de estar haciendo algo más arriesgado, que me da más motivación. Hay lugares de confort, yo podría hacer algo instrumental, como lo que hacemos con el trío, que me encanta, y es, en un punto, mucho más relajado. Pero me gusta esa cosa de presionarme a mí, exigirme, intentar cantar las canciones. Sé, por suerte, que a algunos poquitos les gustan, y eso motiva. Como dice el Hugo [Fattoruso], si hay uno que está escuchando, vale la pena. Y nos está yendo lindo. Ahora tocamos para 250 personas en Villa La Angostura [Neuquén, Argentina], y estuvo divino. Eso va motivando en la marcha. Sale de la necesidad de hacer algo, de que no se me pase la vida sin hacerlo. No estoy buscando llegar a algo, pegarla, no estoy en esa.

 

¿Cuál es el desafío de bajar a hacer unas canciones chiquitas, que puedas tocar en boliches con tres músicos? Porque, con las bandas que tocaste, si bien había un espacio para el lucimiento, eran básicamente canciones, y con tus hermanos, por ejemplo, tomaron un camino más experimental. ¿Tenés que poner un freno al tipo que mete dedo?


Sí, por más que estamos presentando este disco, en el show que estamos haciendo ahora hay alguna cosa instrumental, para el lucimiento de los músicos, pero más dosificado. Manda la canción. Y hacemos cuatro o cinco temas del disco Anfibio, y estoy re copado. Para la Zavala Muniz vamos a estar con el octeto, pero también tocamos en climas chiquitos, super coloreado. Flauta, dos teclas, otra viola, percusión... Podemos tocar más el disco. A veces pasa que grabás cosas que después no podés reproducir en vivo. Me re motiva eso, también. Estamos buscando ese balance. Tocamos tres temas instrumentales y el resto son canciones. Cuando aparece el instrumental se disfruta más que cuando vas a ver algo que es solo música.

 

¿Y cómo te encontrás ahí, teniendo que cantar tanto? Porque vos tocás la viola "de taquito", casi naciste tocando, pero cantar es una novedad. Es otra faceta, y además es "Vo, miren que esto ustedes no lo conocen"...


Claro, y tener que hablar, contar de las canciones. Hay como otro viaje que estoy empezando a disfrutar. Se fueron acumulando canciones y tengo cosas que contar. Paso momentos de incomodidad, pero me gusta buscarlo, y seguirlo. Y cada vez me sale más fluido, entonces estoy copado, porque me estoy exigiendo cada vez más. Está bueno.


¿Hubo algún maestro, alguna guía?

Ahora que me decís eso me viene a la mente una entrevista que escuché a Hugo Fattoruso, que comentaba que se sentía como un artesano. Como el tipo que va a un pueblo, y llega con la mermelada, y vende lo que hace. Ahora estoy con el disco independiente. Por primera vez veo un mango, y me siento mejor. Si me pongo en un viaje de pensar que toqué con Fito, con no sé quién, no canto nunca más. Pero lo veo de este otro lado y garpa. Me hace bien. Tengo muchas devoluciones lindas, de gente que descubre las canciones y se copa, y eso te va ayudando a luchar contra los diablitos, las inseguridades.


Decís que recién ahora ves un mango... ¿Es cruel la industria del disco?

Sí. La experiencia discográfica que tuve siempre, las dimensiones que nos movemos nosotros, no vemos nada, ni un peso. La gente que vende más discos tal vez sí, pero tenés los costos de fabricación, el estudio... Los primeros dos discos de Pepe González los grabamos en el 95 y el 98, y nos dieron Sondor, un mes, entero. Ahora es imposible pagarlo. En esa época el beneficio estaba ahí. Los sellos tenían un sentido, pero ahora tampoco aportan tanto. Y a lo que es emergente, que no es masivo, no le dan ni bola. Te aseguran distribución, y un poco de prensa. Me servía mucho más la ecuación independiente. Puse la guita de mi bolsillo, fabriqué 1.000 discos, y cuando vendí los primeros 200 recuperé la plata. En los toques ya llevo vendidos 600 discos. Y los vendo así, como mermelada. Hoy los discos se venden en los toques. La gente ya no consume discos de las disquerías, a no ser que sea Ricky Martin.


O los compra cuando va a pagar las facturas...

Exacto. Hay circuitos que sí se mueven. A mí me pasó un poco por incompetente, que a la vez tuvo algo bueno. No pude subir el disco todavía. Lo quiero poner en Limbo, pero me faltan unos papeles y unos registros, y entonces, como no se puede escuchar online, la gente se copa y lo compra. Y funcionó. Por lo menos veo unos manguitos.

Foto: Montevideo Portal | Martín De Benedetti

¿Y cómo te llevás con las herramientas tecnológicas y las redes sociales?

Yo soy de madera, soy un cavernícola. Pero me he ido adentrando, y con subir las cosas al Facebook, las fechas y eso, me manejo. Está buenísimo, es terrible herramienta para laburar. Creo que cambió todo con eso, es un antes y un después.

 

En ningún momento, ahora que decís que sos un cavernícola, pensaste "Che, soy Nico Ibarburu, toqué con todos los monstruos, no tengo por qué hacer esto", de publicitar tus shows, colgar tus canciones...

Lo que pasa es que Montevideo te pone en tu lugar fácilmente. Eso es lo bueno. No hay eso de inflar las cosas. Acá es más posta, más austero todo. Nunca pasé por eso. En algún momento sí, pero en el mal sentido. De pensar "es un desastre lo que hago", pero después me di cuenta de que te hace crecer. Esa aspereza, el saber que nada es gratis, salir a buscarla. Seguir haciendo canciones... Me gusta mucho hacer parcerías con amigos, compartir la bohemia de Montevideo. Es lo más lindo. Este disco es un disco solista, pero tiene un espíritu colectivo. Me gusta compartir la música, no viajo tanto con eso de creérmela. Es el camino más largo para estar bien.

 

¿Estás mejor que en el pasado con esto?

Sí, estoy mejor, sí. Siempre fui extra perfil bajo, y no está bueno. Ya el hecho de decidir pararme a cantar mis canciones con una banda, me hizo superar kilómetros. Creo en mí más desde otro lado: desde las canciones, y de la cosa de compartir. No mengua esa seguridad. Si te la creés mucho te podés caer.

 

Elogiaste la bohemia de Montevideo. ¿Es distinto Buenos Aires?

Buenos Aires también. Tiene una efervescencia muy linda, pero acá tengo un montón de hermanos, y eso está en el disco. Hernán Peyrou, el tío Panki [Fabricio Breventano], hay un tema con Martín Buscaglia, otro con Nico Sarser. Es una motivación, ver amigos que están en una búsqueda parecida, tomarte unas birras, y compartir esa experiencia es re motivador.

 

Es como un cumpleaños.

Exacto, viene uno, te muestra unos temas, escuchás música juntos. Es lo que más disfruto de Montevideo. No digo que sea solo acá. Capaz que pasa en otros lados. Pero me gusta mucho cómo se da acá, y la mística esa del Carnaval, y el candombe, me pega mucho. Me gusta mucho estar acá.

 

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Nico Ibarburu presenta Casa Rodante el 31 de octubre, desde las 20:30, en la Sala Zavala Muniz del Teatro Solís, en el marco de Encuentros con el Jazz 2017 Made in Uruguay. Estará acompañado por Martín Ibarburu en batería, Juan De Benedictis, en guitarra y coros, Fernando Vera, en bajo, Manuel Contreras, en teclados y coros, Hernán Peyrou, en teclados y coros, Juan Pablo Di Leone, en flauta traversa, armónica y coros, y Fede Blois en percusión.