Entrevistas
Al andar se hace camino

Con Maxi y Pablo Porciúncula y Matías González Balbi, de Senda 7

Conversamos con Maxi y Pablo Porciúncula y Matías González Balbi, de Senda 7, a propósito de “Parte del camino”, su álbum debut.
21.09.2016 14:28
2016-09-21T14:28:00


La Senda 7 es una calle del Complejo América, en Colón. Allí es la patria chica de los hermanos Porciúncula, el lugar en el que dejaron crecer sus berretines de cantores populares, y donde se gestó Senda 7, un grupo que vivió mucho tiempo en los deseos de Pablo y Maxi antes de ser canción.

Parte del camino (Bizarro, 2016), el trabajo debut de Senda 7, es un disco que podría ser de pop internacional si la murga no estuviera omnipresente. Y los Porciúncula saben de eso de ser artistas uruguayos dando vueltas por el mundo: ambos formaron parte del Agarrate Catalina, esa explosión de uruguayez rimbombante, y Maxi sigue ahí hasta el día de hoy. Andá a hablarles de internacionalismo.

Pero más allá de la murga, el carnaval y sus códigos, y la música tropical, donde Pablo hizo sus primeras armas (fue parte de Sonora Cumanacao, que con el cambio de siglo mutó en La Cumana y se vistió de pop latino), los dos tenían la inquietud de probar sus canciones en otros ámbitos. Así que, después de agitarse durante años y darle a la guitarrita en las sobremesas, una invitación los puso a trabajar: llamaron a Matías González Balbi, un viejo conocido, para que los secundara en la percusión, y la bola se echó a rodar. Todo lo demás, lo que vino y lo que vendrá, es parte del camino.


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¿De dónde sale la idea de Senda 7?

M.P.: En un principio Pablo tenía un repertorio de canciones, y andábamos con ganas de cantarlas juntos. El proyecto maduró sin ejercerlo, sin tocar en boliches, o intentar grabar una maqueta para hacer un disco. Fue en la casa de nuestra madre. En nuestra mente pasaban esos escenarios, ese repertorio, hasta que lo hicimos. Decidimos armar la banda y plasmarla, al menos en un show. Y las canciones fueron variando, madurando durante ocho años, o más. En el camino, una amiga que tenía un boliche nos invitó a tocar, así que armamos un repertorio, invitamos a Mati, y armamos un ensayo intensivo. Cinco ensayos de cinco horas, metíamos merienda en el medio y sacamos 18 canciones que son las que nos acompañan hasta hoy. En el camino se fueron sumando más integrantes.

¿Se plantearon hacer una banda que escapara de lo estrictamente murguero?

M.G.B.: Escapamos de lo murguero por reducir la cantidad de integrantes, pero tiene un poco de eso. Nosotros decimos que esos géneros, ritmos que tocamos, los hemos conocido, en su mayoría, dentro de la murga. La murga es el género que "ejercemos" desde chicos, y nuestras canciones tienen mucho de eso. Capaz que después fueron tomando para otro lado, pasando por otras cosas.

P.P.: Es que la musicalidad de la murga se compone por un montón de géneros que pasan. Empezamos a aprender que tal bajada de la Contrafarsa era de Djavan, y que tal otra, de la Falta, era de Queen. Eso también está bueno. La murga te abre un montón de ventanas para que estés escuchando otras cosas.

M.P.: No. De hecho, seguimos haciendo murga. Se nota en el disco que no nos estamos escapando. Nos sentimos cómodos tocando otras cosas y nos divierte. No es escapar, es conocer otros géneros. Lo nuestro no es dejar de hacer murga, sino, desde la murga, tratar de mostrar que a los murguistas no nos gusta solo la murga.

M.G.B.: Siempre vamos a ser murguistas.

Foto: Montevideo Portal | Marcos Sánchez

¿Qué no encontraron en la murga que los llevó a armar una banda?

M.P.: La inquietud de compartir nuestras canciones en otro formato que no sea el de la murga, que es más teatral, de ópera. Y poder musicalizar las canciones con artistas que admiramos de chicos, y de no tan chicos. Teníamos ganas de que sonara una banda: un teclado, unos timbales, trompetas. Nos debíamos eso, teníamos ganas de darnos el gusto.

P.P.: Mati dice que este disco nos dio la chance de sacarnos las ganas de jugar a ponernos a la par de músicos referentes, que se hicieron su tiempo para dejar su corazón ahí. Así fue una especie de producción colectiva. Cada uno, desde su lugar, empezó a darle una personalidad a las canciones. Se convirtieron en versiones que nosotros ni imaginábamos.

¿Cuántas piñas volaron ahí?

P.P.: Piñas no, pero sí discusiones muy lindas. Me acuerdo de Martín Brizolara, nuestro técnico de sonido, que decía "este acorde está mal", y yo "a mí me gusta". ¡Pero pará, si este tipo sabe un montón y se está poniendo la camiseta a full! Ahí entendimos que nos estaban dando una mano de corazón.

Esas ganas que tenían hace ocho años, con el tiempo, se convirtió en un disco, y antes de eso les tocó llenar la Sala Balzo. ¿Era eso en lo que soñaban?

M.P.: Siempre soñamos, desde niños, hasta hoy. Para llegar a eso tuvimos que hacer mucho esfuerzo, y pasar por muchas cosas antes, y cuando querés acordar se agota la sala una semana antes. No nos dio mucho tiempo para darnos cuenta de que llegamos a esa instancia, de que nos pasó eso. Eso nos recuerda que está buenísimo, y cuando miramos para atrás nos damos cuenta de que el esfuerzo siempre vale. El fruto, tarde o temprano, llega.

¿Cuál es el techo?

P.P.: Yo sueño con recorrer el mundo entero con la música, que es una cosa que nunca sabés hasta dónde te va a llevar. Pero también nos dimos cuenta de que tenemos un vehículo para dar una mano en momentos importantes, en lugares importantes. A veces la gente no se entera, pero es importante estar. Lo entendimos cuando nos juntamos hace un par de años para hacer una movida para el Día del Niño, y terminamos llenando un merendero en Bella Italia, con un montón de juguetes. La música es una herramienta para hacer cosas tan o más importantes que ir a tocar a un recital con las mejores luces. Yo sueño con eso: con que Senda 7 sea una banda tan popular que movilice, más allá de un show. Que haya gente atrás apoyando determinadas causas.

¿Para quién son esas canciones? ¿Qué piensan al componerlas?

M.P.: Que nos guste a nosotros, primero que nada. Pero también nos vamos dando cuenta de la empatía de las canciones con la gente. Son historias reales, siempre. Es una cosa que me deja tranquilo. Sentir que nos movilizó algo, y que es auténtico. Y si le gusta a la gente, mejor.

M.G.B.: Para mí va por ahí. Si bien no estoy dentro de la composición, veo eso reflejado. La canción "Luna de mar", para la abuela de ellos, la siento familiar. Como si yo se la pudiera haber hecho a mi abuela. Más allá de que sean canciones comerciales o no, van para otro lado. Dicen cosas que a uno realmente lo conmovieron, lo llevaron a hacer una canción.

¿Quiénes son los espejos, los maestros a la hora de agarrar una viola y hacer un tema?

M.P.: La Vela Puerca, por una cuestión de generación y de fusión con la murga. "José sabía", y terminar un recital agitando una remera con La Vela Puerca, me llevó a eso.

Así que la gran entrada a la música, para ustedes, se dio a través de la murga...

M.P.: Sí, en mi caso sí.

P.P.: Yo, desde niño, fui fan de Karibe con K. Gerardo Nieto me parece el mejor cantor del mundo. Cada vez que lo escucho le descubro cosas diferentes. Tengo una tremenda admiración por él. Es un animal. Y me da ese orgullo de que es uruguayo, y vas hasta la casa. Con el tiempo nos hicimos amigos. Y hasta determinada edad solo escuchaba eso: Karibe con K. Después empecé a escuchar otras cosas, por la murga. Cada uno tiene sus gustos. Me encanta ir a lo del Mati, que siempre está escuchando otra música. Artistas que yo no curtí. Ahí entendés la influencia de lo que toca y lo que escucha.

Foto; Montevideo Portal | Marcos Sánchez

¿Qué se escucha en lo de Mati?

M.G.B.: Mi familia no es de músicos, pero con siete años arranqué en la murga. Edén (Iturrioz), que arregla la murga hace 17 años [murga infantil La Zafada, donde se iniciaron Matías González Balbi y Maxi Porciúncula] llevaba música, nos presentaba cosas. Y fui por ahí, investigando, con cosas que me pasaban amigos, intercambiando... Además, desde la percusión está bueno descubrir otras cosas. Escucho de todo: tropical, rock and roll, inglés, los Beatles, Mateo, Opa, Tótem, Psiglo, bandas de acá que me marcaron. Soy bastante abierto.

M.P.: Estamos en una época que se permite eso. Antes, me parece que etiquetaba un poco más. No se podía escuchar rock and roll y cumbia, porque se llegaba a la violencia.

P.P.: Yo, entre 2000 y 2005, fui cantante de la Sonora Cumanacao, una orquesta de Conciliación, que después, como todas se volvió de pop latino. En ese momento me veía lejos de conocer, como conocemos hoy, a Ale Spuntone, Guzmán Mendaro, a Hugo Fattoruso. Y después me di cuenta de que era mentira el prejuicio. Cuando Ale Spuntone nos invitó a compartir con él y Guzmán un show en La Trastienda, yo fui a la casa y me atajé. Le dije de primera: "todos los músicos que me nombres no los voy a conocer, guitarristas, solistas, bandas, canciones, no conozco. Yo vengo de otro género". Y me dijo: "A mí no me interesa, quiero invitarlos porque me gusta ‘Claridad’". Todo eso picando un salamín. Eso fue una enseñanza, que las cosas pasan en el momento en que tienen que pasar, y gracias a Dios no estamos en un momento de "cumbieros por un lado, la marcha por el otro".

Así como los argentinos tienen su "rock barrial", que habla de la realidad de los pibes de la esquina, que se toman un vino y se fuman un faso, lo de ustedes también podría ser, salvando las distancias, un "rock barrial" montevideano, ¿No? Porque tiene eso de la esquina, la murga, los tambores, la realidad de los pibes de barrio...

P.P.: Sí, pero con el matiz de que también se arrima la familia. La madre, la tía a la que le gusta escuchar canciones, y su salidita es ir a ver una banda. Y va con el hijo, que para el Día del Niño pidió el disco de Senda 7.

M.P.: El público es un reflejo de lo que tocamos. Se engancha gente diferente. Eso nos llama la atención: que haya una familia entera, gurises, muchas chiquilinas.

¿Cómo hacen para componer esas canciones que contenten a un público tan diverso?

M.P.: Es que en la banda hay de todo, también.

M.G.B.: Somos de diferentes edades, y cada uno arrastra, así como sus influencias, sus vínculos, sus amistades. Quizá sea por eso.

P.P.: Hay algo que nos identifica a todos, y es que somos todos iguales. Eso se ve, se nota. Y se nota también que el Mati tiene otras costumbres, que Germán viene con la onda de él, que Bruno viene de Salto con toda la música de Brasil que escuchó...

M.P.: Pero cuando estamos juntos está bueno. Se trabaja tranquilamente. Y ahí somos iguales.

 

Jorge Costigliolo | Montevideo Portal
jcostigliolo@montevideo.com.uy