Entrevistas

¿Cuál es tu problema?

Con Martín y Sebastián Cáceres, de Hermanos Láser

Conversamos sobre “El problema de la forma”, su trabajo más reciente.

23.10.2018 15:00

Lectura: 15'

2018-10-23T15:00:00
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La Biblia cuenta que Eva parió con dolor, tal como había anunciado el Padre, a Caín y Abel, y los dos se alimentaron de su leche. Luego, la envidia, el despecho y el inicio de las disputas entre agricultores y ganaderos hizo que el primero matara al segundo, y el resto de la historia es más o menos conocida.

Otra leyenda dice que Rómulo y Remo mamaron de las ubres de la misma loba, y años después el uno mató al otro y fundó la ciudad que después sería epicentro de un milenario imperio.

Afortunadamente para quienes tenemos hermanos, este no es el patrón de conducta predominante, y la historia nos habla de duplas exitosas que no debieron recurrir a la violencia, al menos públicamente. A los Wright les debemos la aeronáutica, a los Lumière el cine, y a los Koriotto la fabulosa jugada del tiro mellizo.

Es cierto que en el campo de la música popular hubo experimentos exitosos, aunque algunos no terminaron de la mejor manera. ahí están los hermanos Carpenter, los Gibb, los Davies, los Fogerty, los Wilson, los Jackson. Ah, y los Gallagher. Más acá encontramos, en la vecina orilla, a los Moura, los Rodríguez [Dárgelos y Uma], los Mateos (?), los Aldana (??). Y aún más cerca, en el barrio, los Fattoruso, los Ibarburu, los Solana, como para demostrar que Uruguay es el mejor país.

Los hermanos Martín y Sebastián Cáceres formaron parte, a principios de la primera década del milenio, de Vieja Historia, un grupo nuevo y novedoso que abrevaba en el folk estadounidense pero se paraba firme en 18 y Ejido. Tras la disolución de la banda y ya como Hermanos Láser, dieron vida a un disco [Hermanos Láser, 2013], un puñado de canciones delicadas e inquietantes.

Semanas atrás salió a la luz El problema de la forma, segundo trabajo de los Láser, que deja en evidencia que, el paso del tiempo, además de ser una de las obsesiones del grupo, es un buen catalizador de experiencias y, si se lo escucha, también otorga algo parecido a la sabiduría.

El problema de la forma es un trabajo que admite distintos niveles de lectura (escucha, en este caso). Superficialmente es un álbum con grandes canciones folk-pop-rock, cuidadoso (muy mucho) en sus melodías, delicadamente estribillero, de arreglos sencillos y punzantes. Más allá, en el hueso, desenvolviendo sus capas y texturas, es un disco reflexivo sobre el tiempo y el amor y sus circunstancias. En lugar de convertir las canciones de aparente inocencia en muletas para adolescentes, los Láser asumen la adultez en un trabajo electrizante y bello como un atardecer en Playa Fomento.

En esta charla, los hermanos Cácerres cuentan de sus tics y sus anhelos, repasan en proceso creativo que desembocó en su nuevo álbum, y nombran con respeto a Wilco, Jaime Roos y Jorge Luis Borges. Todo esto sin asesinarse.

*

¿Cuál es el problema de la forma?

M.C.: Venimos diciendo que es el modo en el que nosotros logramos encauzar la dificultad de completar esos espacios, o hacernos cargo de que esas cosas se conviertan en canciones, que al principio son nada. El problema de la forma tiene más que ver con algo lúdico, una experimentación. Tampoco nos lo queremos tomar tan en serio como un crucigrama, algo que tienda a dificultar el entendimiento. Más bien es como la pregunta, de cómo es que hacemos para arrancar y terminar cosas metiéndolas en canciones.

 

¿Y cómo hacen? ¿Hay respuesta?

M.C.: La respuesta final es que no importa si lo vas a saber o no del todo, pero tenés que embarcarte. Esa es mi opinión. Y después es también un pedacito de una canción ["Tormentas"] que se convirtió en una forma de pregunta. ¿Por qué siempre estamos atrapados en el problema de la forma, cuál es esa libertad que nos gustaría tener y por qué no se suelta todo más rápido? ¿Por qué no ocurre de otra forma? Eso es lo que se complementó, desde adentro del disco, y logró convertirse en el nombre. Al principio nos daba un poco de "cosa" que ese fuera el título del disco, por la apariencia de complejo que tiene.

 

S.C.: No hay nada matemático para resolver. Simplemente es una pregunta al aire, una semilla ahí, para germinar.

Martín Cáceres. Foto: Montevideo Portal | Pablo Scutari

Es interesante, porque hay artistas preocupados por la forma, otros por el contenido. No se da a menudo que ambas cosas estén presentes de manera eficiente, digamos. Hermanos Láser pertenece a este último grupo, preocupado por la forma en que tienen que ser presentadas esas canciones. "Volcán" o "Cárcavas", ¿Podrían ser punk rocks o cumbias?

S.C.: Es que la forma puede afectar el contenido. La forma incorrecta podría afectar el contenido. No sé, es una pregunta, lo estoy dejando abierto. ¿O hay contenido tan bueno, tan impoluto que no se ve afectado por una mala forma? No sé.

S.C.: Subiendo como otro nivel en la pregunta, ¿De qué forma uno logra encapsular esas cosas y convertirlas en algo tangible? Dar por cerrada una canción, terminar un disco, animarse a soltarlo, qué es lo que estamos aprendiendo de ese proceso... Están nuestras miserias metidas ahí. A veces es el camino que uno tiene que hacer para terminar como de aceptarse a uno mismo, de aceptar eso y lograr desprenderse. Porque en el momento que vos soltás un disco ya no es más tuyo. Cada quien va a encontrar ahí lo que esté buscando, lo que necesite, sin importar lo que nosotros hayamos querido poner ahí adentro.


No podés salir a perseguir a cada escucha para decirle "eh, mirá que lo que yo quise decir es esto".

S.C.: Y lo importante es no hacerlo. A veces, hablando con gente, he escuchado "Claro, el problema de la forma, porque vos fíjate que no sé qué", y te sale con algo que es muy lejano a lo que, de repente, sentíamos nosotros con eso. Pero es lo genial. Que cada quien pueda hacer su propio viaje ahí, con esas mismas piezas.


¿Qué pasó entre su primer disco, de 2013, y este, el segundo, con las obsesiones artísticas de Hermanos Láser? La preocupación por el paso del tiempo es una constante en El problema de la forma, por ejemplo. Ustedes no son unos veteranos, pero hace más de 20 años que vienen laburando en la música...

M.C.: En realidad, tratar de que no gane la ansiedad.

 

Bueno, ese es un disco de Fede Graña [compañero de los hermanos Cáceres en Vieja Historia, su antigua banda].

M.C.: [Risas] Es la brillantez de ese disco. Vamos aprendiendo, desde esos lugares de ansiedad, un montón de cosas. De los amigos aprendemos un montón, también. De cómo lo hacen ellos. En el medio, entre los dos discos, lo que hubo fue una suerte de gran sala de espera, en búsqueda de no lanzarnos sobre cualquier cosa que fuera la necesidad de tener un tema. Que la cosa se pudiera terminar de tamizar, y que cristalizara por un tiempo. Creo que pasa siempre, cuando recogés esa cosa de ir escuchándote. No sé cuántas veces he escuchado cada parte de estos temas. Ahora no, le estamos dando un descanso prudente porque necesitamos un mínimo de distancia para que también termine de cristalizar. Ya no hay nada más para cambiar. Es la consciencia de que, ahora, no hay una perilla que mover, una letra, un acorde, una melodía que podamos cambiar. Eso es lo más loco que te da el tiempo. La capacidad de distanciarte de lo que hiciste, y mirarlo con otra perspectiva. "Este sorete, o esta cosa hermosa, lo hice yo".

S.C.: La creación todo el tiempo va modificando al creador. Parece que estuviera hablando de Borges, pero pasa en lo más mínimo que uno haga. Después de hacerlo, uno ya no es el mismo. Entonces, ¿Cómo hacer para salir de ese loop en el que uno se está, todo el tiempo, persiguiendo la cola? Es decir, yo hice esto, pero ahora que ya lo hice, ya no soy ese que era antes, y entonces ya quiero que lo que haga represente al que soy hoy, porque esto lo hizo el que era ayer. ¿Cómo hacer para salir de ese loop en el que uno, a veces, termina reesculpiendo la piedra todo el tiempo, porque quiere que sea representativo de un hoy al que nunca logra alcanzar?


Bueno, Borges decía que nadie baja dos veces a las aguas del mismo río, pero también es cierto que es muy difícil dejar de ser quien se fue en el pasado.


S.C.:
Está dicho por ahí, lleva tiempo ser el mismo.

M.C.: Dar toda la vuelta para llegar a entenderse.


¿Se encuentran ustedes en las composiciones del pasado?

S.C.: En algunas sí. Cuando terminás un disco, como decía Tincho recién, tenés que darle un descanso y tomar distancia porque es algo en lo que estuviste muy metido. A veces, cuando dejás reposar algunas cosas durante varios años, y podés volver a escucharlas, te sorprenden. Me pasa de sorprenderme gratamente con el que está ahí, que entiendo sigo siendo yo, pero a la vez encontrás cosas de esa persona que sabías. Valentías al tomar decisiones, por ejemplo.

M.C.: Es una cápsula de tiempo que podés utilizar, positiva o negativamente. Para criticarte o rescatarte. Es por eso que, de repente, nos vamos haciendo más grandes y es cada vez más difícil tomar las decisiones así, a la ligera. Más allá de que toda nuestra experiencia nos ayuda a darnos cuenta de que no estamos mal haciendo algunas cosas. Igual sabemos bien que ese sentimiento de estarse perdiendo en algo es lo que realmente hace a las cosas, y no repetirse en fórmulas. Eso creo que es lo que está inmerso en nosotros y en las búsquedas que hacemos. Un rato para perdernos, un rato para encontrarnos, y de ahí salen las canciones. Igual, siempre queremos hacerlo de forma más sencilla. Queremos disfrutar y no quedar quemados de hacer discos.


Pero este es un disco muy trabajado. Tiene capas, texturas. ¿Se puede tocar en vivo?

M.C.: Sí, se puede. Y se puede tocar en varios niveles, además. Está el chasis, la canción pelada, que muchos no la reconocerían.

S.C.: En la forma de trabajo que tenemos, la canción tiene que funcionar con una guitarra y una voz, y ser suficiente. Esa es la prueba de fuego para saber si un proyecto vale la pena de ser continuado.

M.C.: Es la forma en que nos las mostramos.

 

¿Nacen así, de guitarra y voz?

S.C.: No, no. No necesariamente. Pero para saber si es buena tiene que pasar la prueba del fogón. Si la canción tiene carne, se tiene que ver ahí. Solo una guitarra y una voz tienen que ser suficientemente valiosas. Lo demás es la decoración. Ahí entra un poco de nuestras obsesiones. Si vamos a soltar una canción, queremos que realmente valga la pena. Que verdaderamente nos movilice.


¿Cuáles son esas obsesiones?

M.C.: ¡El tiempo! [Risas] Primero porque lo dijiste vos, y también lo recogí de otros, y porque es una obsesión de todos. Es una obsesión científica. No abordada desde el lugar del tiempo convencional, del transcurso en la misma dirección. A veces vamos mucho más rápido, a veces más lento, a veces nos distraemos para ganar tiempo, o nos concentramos para ganar tiempo. En eso se batalla todo el día. No estaría nada mal que la existencia estuviera dibujada ahí, y sería un acierto. No sé si lo logramos. Creo que no. Hablaste de Borges y no puedo creer que podamos estar rozando algo a ese nivel de discusión. Pero me impresionó que hubieran quedado plasmados algunos conceptos del tiempo y que algunas personas los estén levantando y compartiendo. Pero las obsesiones nuestras están en cómo hacerlo fluir.

Sebastián Cáceres. Foto: Montevideo Portal | Pablo Scutari

Está bien, el tiempo es una obsesión, y muchas canciones hablan del tiempo, pero ¿Es un disco conceptual?

S.C.: No. Conceptual es Dark side of the moon. Sí es un disco, y eso ya es decir un montón, más en estos tiempos donde la música circula y se consume de una forma que ya no tiene que ver con los discos. Desde que el disco se desprendió del objeto físico, que era lo que hacía que tuviera una relación con el tiempo, porque uno conectaba a través del objeto y se disponía a un transcurso de tiempo que, hoy, no se entiende.

M.C.: Claro, en ese sentido sí es conceptual. No vamos a hacer un álbum con tres temas para poner ahí, sino algo que te haga volver a esa experiencia.


Es un disco breve, podría estar contenido en un vinilo...

M.C.: Sí, o en un capítulo de Netflix [Risas] La brevedad es necesaria en todo. Estamos cada vez más en la ansiedad de resumirnos, porque si no, no logramos comunicación. No existen más esos discos que traen esos temas larguísimos. Existen sí, pero no son de consumo masivo, digamos. Entonces la concentración, todo lo mejor que tengas para decir, decilo ahí.

S.C.: La síntesis es algo que le admiramos a nuestros artistas favoritos. No me hagas El salmón. Elegí. Filtrate y hablame. Eso es lo que tomamos de los artistas que nos gustan.


¿Cuáles son esos espejos?

M.C.: De todo. Decir alguno suelto es difícil. Te diría que uruguayos hay un montón.


Jaime Roos, por ejemplo. El problema de la forma está lleno de imágenes jaimeroosianas. La Ciudad de la Costa, la curva de la Rambla en el Buceo. Yo conozco esos lugares, pero si viene un marciano va a poder reconstruir esas imágenes a partir de su descripción, aunque no sea igual.

M.C.: Sí, o La Hermana Menor, hablando del colchón de flores amarillas. Se ve que es una necesidad que tenemos. Estamos en una ciudad chiquita, que tiene sus lugares icónicos. Fijarlos en un lugar implica una dificultad tremenda, porque ya los vieron todos, los hablaron todos. Cada vez que se te ocurre algo para decir en una canción, revisá las canciones de Cabrera porque seguro que está ahí. O de Jaime Roos, o de Tussi, de Garo. Creo que hay una cosa del recorrido que tiene este lugar. Lo hacemos grande porque es pequeño. Lo magnificamos por la necesidad de vivir en un espacio un poco más grande, y habitarlo desde otra perspectiva. Me parece súper valioso eso. Si algo de eso queda plasmado en el disco, es genial. Me gusta que los discos se conviertan en un lugar. Ese colchón de hojas amarillas del Tussi es un momento, un lugar, convoca. El hombre solo, de Jaime Roos, que no es un lugar, pero es una estatua hecha de realidad. En todo este tiempo hemos estado encontrándonos mucho con la música uruguaya, y a la vez se nos confunde con un montón de cosas que siempre escuchamos, siempre venimos escarbando desde el exterior. Y solo me animo a decir Wilco [Risas], porque es un punto en el que todos más o menos nos encontramos, nos hallamos.

 

El otro día, Martín Rivero decía que, en tiempos de Astroboy, se desmarcaba de la música nacional más por desconocimiento que por elección.

S.C.: A determinada edad, uno necesita enemigos para moverse. Para que te caliente la sangre y te impulse a crear, a romper. En aquel momento tenían que romper con toda la uruguayez, era su motor para hacer cosas. A nosotros, en un punto, también nos pasó. Sentíamos que todos ellos estaban haciendo brit pop, y eso nos movía a ir a escuchar country. Y eso no es algo que tenés que defender por el resto de tu vida. Simplemente, en esas etapas, uno necesita rivales.


Hermanos Láser, igual que Vieja Historia, siempre me parecieron bandas actuales, pero no modernas.

S.C.: Estoy de acuerdo. No entraríamos en ninguna playlist de lo cool y el trendy de nada. Por otro lado, tampoco sonamos vintage ni pretendemos una cosa o la otra. Además, ¿Qué es moderno? Lo que hoy decimos que es la música moderna se parece mucho a la música de los 80.

 


¡Ojalá! Hace unos días entré a un supermercado, y estaban pasando una canción de Whitney Houston, que siempre detesté. Sin embargo, en comparación con la música pop mainstream de hoy en día, me pareció música celestial.

M.C.: ¡Ya salía todo tan bien! Lo que pasa es que tenemos que dar toda esa vuelta para reconocernos a nosotros mismos. Creo que lo que pasa es que hicimos las máquinas y las dejamos hacer nuestros movimientos, y ahora queremos aprender cómo los hacen ellas. Vamos y venimos, porque nos damos cuenta de que los descubrimientos están en el error también.

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Hermanos Láser se presenta este miércoles en Sala Camacuá.

Jorge Costigliolo | Montevideo Portal
jcostigliolo@montevideo.com.uy