Cuando arrancaron con Acorazado Potemkin, en 2009, los tres tipos ya tenían un frondoso prontuario. Juan Pablo Fernández había sido cantante y guitarrista de Pequeña Orquesta Reincidentes, rara avis de la música rioplatense, que tradujo primero la influencia de Nick Cave al lenguaje de esta parte del mundo, y luego se nutrió de los sonidos que hallaron en los puertos para redondear una propuesta inigualable de intensa originalidad.

Federico Ghazarossian venía de tocar el contrabajo en Me Darás Mil Hijos, pero su historial arrancaba mucho antes, en los sótanos porteños, con Don Cornelio y la Zona, banda de post punk guerrillero, y seguía en Los Visitantes, el grupo que anticipó la alterlatinidad con sello propio.

Luciano Esaín había pasado por la batería de Plaimobyl y Valle de Muñecas, y siempre fue de pegarle muy duro a los parches.

Pero Acorazado Potemkin es otra cosa, tal vez muy distinta a la suma de las experiencias de cada uno de sus integrantes, pero que marca una continuidad con una tradición medular del rock de esta parte del mundo. Mugre (2011), y Remolino (2014), sus primeros discos, son dos mazazos de desesperación punk, embarrados de tanguez y poesía orillera. Labios del Río (2017), los encuentra un paso más adelante, más cerca del borde.

Juan Pablo Fernández dice que el disco se demoró pero que esta vez los "agarró bien armados". El resultado de ese trabajo es una colección de canciones basadas en las obsesiones de la banda: el amor, el abandono, la tristeza, en las que a veces el humor funciona como válvula de escape. Otras, las más de ellas, funcionan como un mundo áspero del que es difícil escapar.

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Este Labios del Río es como una confirmación del trabajo que habían hecho en los discos anteriores, redondea el concepto de Acorazado Potemkin...

Puede ser. Quizá hubiéramos preferido sacarlo el año pasado, pero necesitábamos templar algunas cosas. Eso hizo que el disco nos saliera mejor. Me parece que algunos temas maduraron mucho, que fue más clara la selección de covers... [hay dos: "Dos de nosotros", de The Beatles, y "Semilla de piedra", de Lila Downs]. Nunca es demasiado cerebral lo que hacemos. Siempre trabajamos sobre lo que nos gusta, y sobre lo que nos va entusiasmando. Pero me parece que, una vez que se empieza a redondear una idea más global, cierra mejor. Hicimos una preproducción en un estudio entre marzo y abril, y nos dimos cuenta que había un disco, y que estaba bueno apretar el acelerador, pensar en un show de presentación... Empezamos a hacer todos los cálculos como para ir para adelante, y nos dimos cuenta de que ese entusiasmo tenía que ver con algo, que había sustancia, y ahí, por suerte, nos agarró bien armados. Con Manza, Mariano Esaín, que es nuestro productor, muy comprometido y compenetrado con aprovechar el estudio, y con ganas de invitar a músicos de distintos palos. Me parece que terminó saliendo algo lindo. Es una de las pocas veces que nos propusimos algunas cosas y las pudimos cumplir.

 

Los invitados aportan unos colores preciosos, pero no deja de ser Acorazado Potemkin. No es que llamaron al Bahiano para cantar un reguetón...

[Risas] Es un muy buen ejemplo. Lo vamos a tomar para el próximo disco. Lo que pasa es que hay una cuestión práctica, y es que siempre tenemos una idea de identidad, una pretensión de originalidad, de un trabajo común, de encontrar un lenguaje común entre los tres. Los tres venimos, no sé si de estilos distintos, pero sí con historias distintas y curiosidades y gustos diferentes, y también hay una parte práctica que el grupo no va a contar siempre con todos estos músicos para tocarlo en vivo. Las canciones tienen que funcionar tranquilamente con nosotros tres, y el invitado tiene que aportar, a veces haciéndose lugar a los codazos, a que haya una nueva lectura de lo que hacemos. Me parece que fue muy importante. Hay una pianista, Elbi Olalla; Mariana Parawäy, una cantante; mi hermano, Mariano Fernández, cantante de Me Darás Mil Hijos; Juliana Moreno, que es una flautista; y Christine Brebes en violín. Hay unos matices muy ricos y muy distintos, y por suerte, algo que nosotros trabajamos mucho, que es que cada canción sea un universo en sí mismo, con esa limitación, nos ayuda a elegir qué persona, qué parte, qué cosa, y darle mucha bolilla a eso, tratar de ser profundos en eso para que, después, el todo sea algo más.

 

Eso de que las canciones sean un universo en sí mismo es muy cierto. En vivo, esos temas tienen una densidad de la quedás imantado, cuesta desengancharse...

Sí. Nos encanta eso, que haya como una burbuja. A nosotros mismos nos pasa, cuando preparamos una lista para un show o algo así, decimos, "uh, recién van cuatro temas", como que pasaste por una infinidad de mundos, unos juegos de melodías, de arreglos, que creo que construyen una burbuja especial, que, para mí, es una de las cosas más lindas, que más nos gusta trabajar, que necesitamos que le llegue a la gente.

Los tres vienen de estilos distintos, pero también es cierto que, tanto vos como Federico, han transitado por bandas que se inscriben dentro de un sonido muy rioplatense, una tradición que por ahí arranca con Manal, en los 60... No sé si está bien esto, o es un disparate...

No, un disparate no es, porque nos encanta Manal, es una referencia para nosotros. En la música de Buenos Aires ha habido muchos tríos, distintos entre sí. Soda Stereo no es lo mismo que Divididos, ni que Invisible, pero nos encanta trabajar de a tres, y buscar salir de la monotonía que, a veces, te obliga el trío. Tenés que trabajar muchos recursos. Somos gente permeable, y trabajamos mucho las canciones como para que nuestros gustos y lo que pasa alrededor pueda fluir. A partir de ahí podemos justificar que haya algo que termina siendo muy porteño, muy rioplatense, y a la vez muy personal. Me gusta mucho como cantan, siempre seguí a Palo [Pandolfo], Moris, Javier Martínez, Miguel Cantilo, gente que, de alguna manera, canta como se habla. Como si recuperara en la poesía el habla cotidiana. Entonces, cuando vos respetás eso, tenés que respetar los acentos, las inflexiones, la melodía se subordina un poquito a eso, terminás fraseando invariablemente con eso. A mí me dicen que canto muy tanguero... No me termino de dar cuenta, y también me gusta cuestionar eso... Morrisey también frasea un montón, y no tiene nada que ver con nosotros, y mete 400 palabras en un verso, y después canta otro larguísimo con dos sílabas. De alguna manera, es evidente que se puede trazar ciertos recorridos con esa historia, y para nosotros es un orgullo y un honor ser parte de esa constelación.

 

También está el registro de las letras, con historias y personajes fronterizos, muy al borde. No es ese lumpenproletariado del rock chabón, pero tampoco es el abordaje de la clásica clase media rockera que llora el abandono desde su casa en Palermo...

Eso lo tomo como algo que, capaz, tiene que ver con que no estamos siempre mirándonos el ombligo. Es algo tan fácil de identificar en cualquier rama del arte. El rock, el cine, el teatro, la plástica... tiene que ver con ser permeable a lo que pasa alrededor, mirar al costado. Por supuesto, escribimos mucho en primera persona, entonces uno termina haciéndose cargo de que está metido en el barro hasta las rodillas. No te queda otra que mojarte. Tiene que ver con saber mirar al costado y, si contás algo muy personal que te está pasando, quizá ahí aparece algo genuino, algo auténtico...


Que no deja de ser una decisión política, por más que las canciones no lo sean. Hay una toma de postura ahí...

Sí, vale, vale. No renunciamos a esa discusión. Nos interesa mucho darnos cuenta de que lo que está pasando alrededor. Siempre decimos que nos gusta que nos interrumpan en la sala de ensayo. Cuando problemas, conflictos sociales, desde lo personal y lo privado hasta lo público y lo político se terminan cruzando, y sos permeable a eso, termina adquiriendo una dimensión que puede ser política. Le escapo un poco a esa cosa de poner la chapa de lo social, estoy seguro de que no me hace ni mejor poeta, ni mejor cantante ni compositor estar comprometido con algunas causas. Pero sí nos hace más sensibles al mundo alrededor, y nos hace mantener los ojos abiertos. Y estamos en un momento en el que hay que tener los ojos muy, muy abiertos todo el tiempo.

 


Acorazado Potemkin es porteño por Buenos Aires, pero también tiene una cosa de puertos, de intercambio, hay como una constante mención del río, el agua. ¿Es una obsesión?

No sé. Quizá lo que vos ves como algo fronterizo termina siendo motor de ciertas situaciones límite, ciertos cruces. Después podemos hacer chistes como que el Acorazado necesita puertos donde anclar. Acá estaba La Portuaria, que mezclaba muchos estilos, y me parece que hay algo de confluencia, que tiene que ver más con la mezcla. Y también con la futilidad, con las cosas que van y vienen y se dejan por el camino. Saber dejar cosas atrás. En una letra ponemos que en la frontera no hay rencores, porque no se vuelve. Empiezan a aparecer figuras para explicar esa sensación que vos decís, que no termino de darme cuenta porque tiene que ver con una sensibilidad, con un hecho estético. Y yo no siento que sea un hecho estético deliberado. Pero, si me invitás a ponerme a reflexionar sobre eso, me parece que tiene que ver con sentirse un poco al costado, un poco de paso en algunas cosas. Muchas veces, cuando uno escribe letras, puede ponerse en el lugar del turista, del cronista, de testigo, o puede estar dentro mismo del remolino. Creo que depende del momento y, por suerte, hay algo de que cada canción tiene que imponer una regla, cada canción tiene sus propias reglas. Quizá en un tema sea más directo eso que decís, y en otro sea más lateral. Debería surgir de una cosa concreta de cada laburo, por cada canción, desde la música y desde la letra.

 

Después de tantos años de laburo, de tantos discos, del conocimiento de la canción, ¿Se puede seguir siendo inocente a la hora de componer, aun sabiendo los "trucos" para emocionar, para que la canción funcione?

Acá no hay nada inocente. Nada, nada. Sí te puedo garantizar que somos tres músicos que disfrutamos mucho, mucho, mucho el tocar, y nos permitimos el entusiasmo y la emoción como cuando te volvés a enamorar, como cuando te duele una tristeza. Como dice la letra de "Uno", no se puede amar sin presentir. Pero hay una instancia en la que tratamos siempre de recrear que cada canción, contrario a algunos mitos del rock, sea como la primera vez que la escuchás. Está ese mito de tocar como la última vez, darlo todo, y es exactamente al revés. Capaz que tenemos que lograr que el que nos esté escuchando, escuche la historia como si la estuviéramos contando por primera vez. En ese sentido, aunque nos hemos tomado alguna licencia de ficción, que es el laburo de sonido de un disco, que no se puede recrear en un escenario, buscamos que la canción construya esa intensidad de punta a punta, para que puedas hacer un viaje, pasar por distintos lugares, y vivirlo como si fuera la primera vez. Cuando interpretamos las canciones trabajamos un poco eso. Después, algunas cosas las dejamos libradas al azar, a la magia, y otras cosas las ensayamos confiando en que va a aparecer una magia en el estudio o en show, pero que no puede depender del azar.

 

Acorazado Potemkin presenta Labios del Río el 18 de noviembre en Bluzz Live (Defensa y Daniel Muñoz), con Flopa Lestani como artista invitada.