Contenido creado por Martín Otheguy
Cultura

Todos tienen algo que contar

Con Juan Andrés Ferreira, autor de la novela "Mil de fiebre": "Derivó en una especie de saneamiento emocional"

"No hay nada que me aburra más que escribir sobre mí", contó a Montevideo Portal el autor de una novela ambiciosa a la que se dedicó "como un monje a su fe".

02.10.2018 13:20

Lectura: 8'

2018-10-02T13:20:00
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Montevideo Portal

Mil de fiebre (Random House, 2018) es presentada como la primera novela del periodista Juan Andrés Ferreira, aunque no es ciertamente su debut en la ficción. El muy recomendable (e hilarante) Piedad para los idiotas, que recogía una serie de crónicas apócrifas, fue firmado por Ferreira bajo el seudónimo Sandor Szavost. "Se recopilaban notas de autores ficticios, entonces ¿por qué no hacer que el recopilador fuera ficticio?", explica Ferreira cuando es consultado por Montevideo Portal sobre el porqué de negar la paternidad de la criatura. "Para ese mundo apócrifo se necesitaba un autor apócrifo. Creo que tenía sentido. Supongo también que durante esos años no me sentía muy seguro y me escudé en esa estrategia", aclara.

Esa seguridad sí está presente en Mil de fiebre, que absorbió su energía durante varios años y le insumió un tiempo largo de pulido concienzudo de sus historias. En él, las tramas y subtramas se van enredando en su intento por llegar a la luz, sin quedar relegadas en la historia, siempre impulsadas por una serie de personajes animados por el "vapor", como uno de ellos define a esa brumosa y embriagadora sensación de inspiración, que es casi una epifanía. Su único parentesco con el anterior libro de Ferreira-además del sentido del humor de su autor- es el apellido Szavost, que aparece en otro personaje de la novela.

En Mil de fiebre está, por ejemplo, Werner Gómez, un blogger de Salto, ermitaño, grafómano paranoico e incendiario, quien se dispone a trabajar en el proyecto más ambicioso y arriesgado de su vida: la Gran Novela Salteña. Los reclamos de su madre y un descubrimiento fascinante y perturbador, sin embargo, se interponen en el camino.

O Luis Bruno, un periodista deportivo con trastornos de conducta que atraviesa su peor momento. Abandonado por su esposa, recién echado del trabajo, ve una nueva oportunidad en su Salto natal, donde lo contratan para desempeñarse en un periódico local.

También deambula por allí un enigmático escritor de culto (Eldon Szavost) cuya existencia no queda clara pese a la veneración que se le profesa. En el medio, hay clubes secretos que organizan orgías escatológicas y una muy moderna obsesión por la salud física, mental y los "farmalimentos", además del desfile de otros personajes.

Si algo de esto remite en una primera impresión al escritor estadounidense David Foster Wallace no es casualidad. "Tengo un ejemplar de La broma infinita en la mesa de luz. Es el ejemplar para rayar y llenarlo de anotaciones. Cada tanto leo algún fragmento, no importa que haya leído ese fragmento cinco, diez, quince veces; para mí leer a Foster Wallace es como (o mejor que) tomar vitaminas. Es un escritor que me cambió la vida. De verdad. Suena exagerado o medio boludo pero es verdad", dice Ferreira. Con él charlamos brevemente sobre Mil de fiebre, definida por su editorial como "una de las novelas nacionales más importantes y ambiciosas de la última década".

¿Cómo ves esta definición de la editorial? ¿Fue la ambición un motor para escribirla?

Creo que es una novela ambiciosa, sí, aunque no fue la ambición un motor para escribirla. Simplemente sentí el deseo y el compromiso y la necesidad de hacerlo. Me comprometí con la novela y su mundo del mismo modo que un monje se compromete con su fe. Aunque, por supuesto, el lector no tiene por qué enterarse, todo el proceso demandó mucha energía durante algunos años. Trabajé sobre cada personaje, del primero al último, como protagonista de su propia novela. En los cuadernos y libretas de trabajo de Mil de fiebre aparecen varias veces las frases "Todos tienen algo que contar" o "Todos importan" o "No hay secundarios". Realmente es así. Todos los personajes tienen su historia y todos tienen algo que decir; todos importan, solo que la novela que le llega al lector elige mostrar lo que sucede con algunos de ellos.

Escribí Mil de fiebre hace cuatro años y hay detalles o subtramas que, sinceramente, no tengo muy presentes ahora. En la versión final quedaron afuera más de 200 páginas sobre Natalia Vordal, David Arronda, la Fundación Génesis y el grupo de autoayuda para suicidas, por ejemplo, que finalmente no fue necesario incluirlas, aunque me sirvieron para conocer un poco mejor a los personajes y sus circunstancias. Trabajar a partir de esa idea creo que fue fundamental para involucrarme por completo. Pienso que ese trabajo tuvo algo de interpretación. Quiero decir que realmente, mientras escribía, me ponía en la piel del personaje y miraba con sus ojos. De esa manera me aproximaba a una forma de ver el mundo, una forma de pensar y estar. Me ponía los lentes de Werner y miraba el mundo de una manera que creo que Werner mira el mundo. Me ponía los lentes de Luis y veía y sentía la realidad a través del túnel de visión de Luis. También me ponía los lentes de Angelina, de Exigido, de Jorge, el padre de Luis, de Erika, la madre de Werner, del tío Eduardo, del Peluche, de la doctora Placeto, de Xuxa y Barbosa. Así aparecieron valores, conductas, tics, apetencias, fobias, manías de cada criatura. Me ayudó mucho y fue muy desgastante. Y supongo que eso es bastante ambicioso, pero en verdad no pude hacerlo de otra manera.

En tu libro hay justamente un escritor que intenta con todas sus fuerzas hacer una novela ambiciosa. ¿Hay ahí un juego de espejos o paródico entre el escritor ficticio y el escritor Ferreira, más allá de lo absurdo de los proyectos de Werner?

Me gusta escribir ficción para salir de mí. No hay nada que me aburra más que escribir sobre mí. Claro que en el proceso de escritura es inevitable que de alguna manera también acabe hablando de mí. El epílogo de El hacedor (Jorge Luis Borges) lo explica perfecto. Un hombre se propone dibujar el mundo y durante años construye un espacio "con imágenes de provincias, de reinos, de montañas, de bahías, de naves, de islas, de peces, de habitaciones, de instrumentos, de astros, de caballos y de personas. Poco antes de morir, descubre que ese paciente laberinto de líneas traza la imagen de su cara". Me interesa y me estimula mucho imaginar y crear y escribir sobre vidas y obras, tiempos y lugares que solo existen en la ficción, tengan o no un correlato con lo que sucede al otro lado, fuera de las páginas.

La novela tiene varios personajes centrales: un blogger escritor, un periodista, un escritor de culto. ¿Qué te llamó la atención de esas profesiones o de sus estereotipos para explotarlas literariamente?

Me interesaban los personajes. Su humanidad. Sus oficios son anecdóticos, caminos o atajos más o menos conocidos o familiares para llegar a otros lugares, nuevos o desconocidos. Werner, bloguero y aspirante a escritor, me daba la oportunidad de investigar la mente de una persona que vive, precisamente, dentro de su mente, un individuo enamorado de (y aferrado a) sus propias construcciones mentales. Luis es un personaje que se siente desamparado, a la deriva, que carga con una culpa tremenda. Es un hombre lleno de ira y temor. Werner y Luis no tienen nada que ver el uno con el otro y, sin embargo, hay una conexión. Además de que ambos se someten a experiencias que mueven sus cimientos, tanto Werner como Luis son pensadores compulsivos. Están enjaulados en sus pensamientos. Y, por lo general, la gran mayoría de esos pensamientos versan sobre ellos mismos y sobre lo que ellos piensan que los demás piensan sobre ellos mismos. Eldon Szavost, el escritor de culto, es un espectro dentro de la novela, un vehículo para explorar asuntos como el fandom, la idolatría al borde del ridículo o la idealización a veces absurda de la figura y el trabajo del artista.

¿Te resultó una novela catártica, como se la anuncia (si es que hay una novela que no lo sea)? ¿Y por qué, en ese caso?

No lo sé. Supongo que sí, que fue catártica, en tanto que trabajar en ella, habitarla, derivó en una especie de saneamiento emocional. En algún momento he pensado que Mil de fiebre es una novela sobre la búsqueda y la reconciliación con el padre. De hecho, lo primero que escribí, cuando la novela ni siquiera era un proyecto de novela, era un relato sobre Jorge, el padre de Luis. Y Luis, precisamente, apareció luego de escribir sobre su padre.

 

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