Son las 9 de la mañana de un miércoles y el centro de Montevideo se mueve al ritmo de su rutina habitual. Ni desierta ni populosa, la avenida 18 de Julio alberga su pedestre flujo de pedestres. Sin embargo, el caminante que llegue a la explanada del Palacio Municipal se topará con una excepción: cientos de jovencitas y algunas decenas de jovencitos concentrados en bulliciosa y alegre multitud bajo el deslavazado sol del otoño.
Podría suponerse que se trata de un numeroso grupo de viaje estudiantil, o que están a la espera de alguna celebridad de la música o el deporte. Pero al acercarse más, el curioso viandante podrá comprobar que muchos llevan en las manos unos voluminosos libros en cuyas portadas aparece el nombre de Inma Rubiales.
Ese juvenil gentío madrugó para aguardar a una jovencísima escritora española que, en medio de una gira sudamericana, se encuentra de paso por Montevideo. Y están allí desde temprano en la mañana en una suerte de vigilia de armas a la espera de su ídola, cuyo arribo al lugar está previsto recién para las siete de la tarde.
“Durante todo el proceso de publicar esta novela y las siete que vinieron después, he estado muy presente en redes sociales, recibiendo feedback de los lectores, e incluso compartiendo los libros en internet, y la verdad es que nunca me ha supuesto un gran agobio”, señala.
Para la escritora, esto se debe en parte a sus lectores y seguidores. “Tengo la suerte de que, aunque es una comunidad muy grande, siento que es como muy nicho. O sea, es una comunidad de jóvenes lectores, y siento que es muy generosa, al menos con mis libros”, considera.
“También sé cómo relativizar bastante bien cuando, a lo mejor, hay algún momento de más crítica hacia los libros o lo que sea, siento como que lo llevo bien”, entiende.
No alimente al troll
Como toda persona que destaca en las redes, Inma está expuesta a los ataques de los haters que nunca faltan. Sin embargo, asegura que eso no le sucede a menudo. Y cuando pasa, adopta la sabia postura de no darles lo que buscan: su atención.
“Siempre me digo: ‘¿Cómo voy a prestar atención a esta persona, que igual es una entre 100.000, y no le voy a hacer caso a los otros 100.000?’. No tendría mucha lógica. Ahora mismo recibo tantos mensajes y comentarios positivos de lectoras en redes sociales, que me resulta imposible contestar a todos. Y cuando viene uno que es negativo muchas veces surge el impulso de decir: ‘Pues a este voy a contestarle, a decirle que no lleva razón’. Pero me detengo a mí misma porque, ¿qué sentido tiene que invierta tiempo en responderle a esta persona cuando tengo miles de mensajes pendientes de otras personas que me están apoyando?”
Además, Inma tiene claro que “el anonimato en redes nos hace a todos muy valientes, y eso es lo que hace fuertes a los haters. Pues es algo con lo que hay que lidiar, y entiendo que los escritores de otras épocas también tendrían sus haters, solo que sin redes sociales. Seguro que les llegaban cartas”, comenta con humor.
De mil amores
Menoscabada durante décadas, la novela “de amor” ha sido frecuentemente asociada a un puñado de lugares comunes empalagosos: relaciones imposibles por diferencias sociales, parlamentos repletos de cursilerías, rupturas lacrimógenas y módicas intrigas de alcoba. Sin embargo, el género romántico puede albergar tan buena literatura como cualquier otro, y tiene probada capacidad para convocar lectoras y lectores. Basta con recordar a Corin Tellado, quien publicó más de 5.000 novelas del género, fue traducida a 26 idiomas y solo tardíamente obtuvo el reconocimiento de la crítica “seria”.
En el caso de Inma, sus novelas como Todos los lugares que mantuvimos en secreto o Hasta que nos quedemos sin estrellas, trascienden el amor romántico y tienen la virtud de abordar, en clave centennial, asuntos de absoluta actualidad que se funden con otros que son eternos y universales.
Todo ello dentro del género denominado new adult, que se caracteriza por tener como protagonistas a personajes de entre 18 y 25 años y que aborda las encrucijadas existenciales que suelen surgir en esa etapa de la vida.
“Escribo historias de amor, pero hay muchos tipos de amor, y creo que mis novelas los abarcan todos. Está el amor romántico, por supuesto, pero también el de la amistad, el familiar, el amor hacia uno mismo, la autoestima”, enumera.
Una fórmula simple y eficaz
“Me gusta ver mis historias como novelas en las que hay dos personajes. O sea, el chico y la chica, que se encuentran muy perdidos, cada uno con su vida. Cada uno de ellos tiene sus aspiraciones, sus miedos, sus inseguridades, y se van acercando en sus caminos hasta encontrarse a sí mismos. Es como que van acompañándose uno al otro”, expresa.
“También utilizo la excusa de la historia romántica, que nos encanta y que nos apasiona, para tratar otros muchos temas que considero importantes y que creo que le interesan mucho a la gente joven, como pueden ser el duelo, la salud mental, el sentirse perdido, las amistades tóxicas, las amistades sanas, las relaciones tóxicas románticas...", revela.
“Creo que mis novelas son como un batiburrillo de un montón de cosas. Por eso son tan largas, y también por eso siento que de alguna manera conectan tanto con el público joven. Es que, al contrario de lo que, por desgracia, quizás se piensa, no buscamos cosas superficiales, y me incluyo también en medio de ese público. Queremos cosas profundas y libros con los que nos sintamos reflejados, que sean casi un espejo, porque la novela romántica no tiene por qué ser superficial, puede profundizar en temas más complejos”, plantea.
“Cosa de chicas”
Entrevista adelante, Inma recuerda que la gran mayoría de la literatura romántica es escrita por mujeres, y aventura que quizá eso tenga que ver con ciertos prejuicios y condescendencias que sufre el género. Por otra parte, cualquiera que se asome a las presentaciones de Inma comprobará que las mujeres también copan el otro lado del mostrador de la literatura “rosa”. Cada vez que la autora se dispone a firmar autógrafos, convoca a una multitud de chicas —y adultas— salpicada por la presencia de algunos varones.
Y si bien sabe perfectamente que su gran público es femenino, la autora entiende que su obra puede ser disfrutada y valorada también por los chicos.
“Quizá existe todavía, por desgracia, un prejuicio en torno a la novela romántica, el creer que son cosas de mujeres, cosas de chicas, cuando la realidad es que el amor es para todo el mundo”, sostiene.
“Creo que escribo novelas para todos, e igual que mis chicas se sientan identificadas, estoy muy segura de que habrá muchos chicos que se sentirán muy reflejados también con los personajes. Tengo amigos que leen novelas del mismo modo que lo hacen mis amigas, no hay una diferenciación”, asevera
“Sí que suelo hablar de mis lectoras en femenino, porque el mayor porcentaje de quienes vienen a verme son mujeres, y me sale de manera natural. Me parecería muy raro referirme a una sala en la que hay 500 chicas y un chico, como ‘lectores’. Me sale hablar de lectoras, pero a ellos también los incluyo, claro está”, apunta.
Un menú variado
Así como no es posible hacer tortillas sin cascar huevos, no hay forma de ser un escritor solvente si no se es también un buen lector. E Inma Rubiales lee con la misma pasión y prodigalidad con la que escribe. Y a la hora de improvisar una lista de autores favoritos, menciona una serie ecléctica en la que predominan las mujeres contemporáneas.
“Empecé leyendo a Gerónimo Stilton [de la escritora italiana Elisabetta Dami], con 8 años, que me volvía loca. Luego, en la adolescencia era muy fan de Los juegos del hambre, y recuerdo que me pareció que tenía una crítica social muy interesante”, opina acerca de la famosa saga de Suzanne Collins.
“Ahora leo de todo. Muchas novelas románticas, por supuesto, y también novelas contemporáneas. Me gusta mucho Hamnet, de Maggie O'Farrell, Lecciones de química, de Bonnie Garmus, y también los libros de Rosa Montero. Leo de todo, indistintamente y según me va apeteciendo en cada momento. Puede ser novela negra, fantasía y tal”, detalla.
Más allá de la escritura
A lo largo de su adolescencia y juventud, Inma ha tenido que acompasar su fiebre creativa con las actividades cotidianas que la vida impone, como los estudios. Pese a que sus días no cuentan con más horas que los del resto de los mortales, la autora ha sabido hacer caber en ellos su grafomanía y el resto de la existencia.
"La verdad es que he sido siempre muy exigente conmigo misma y bastante
aplicada”, explica Inma, quien empezó a considerar la escritura como un medio
de vida, “cuando estaba en segundo de la carrera, que fue cuando entró en juego la editorial Planeta”.
En ese momento "sí que tenía amigas que me decían: ‘Inma, ¿por qué no dejas los estudios?’. Porque yo estaba en ese momento, como sigo estando ahora, muy centrada en la escritura. Tenía muchos proyectos al mismo tiempo, giras de firmas, novelas… y aún así decidí que quería terminar la carrera”, recuerda.
Actualmente, Inma es licenciada en Publicidad y Relaciones Públicas, “algo que además va muy ligado al tema de la comunicación y las redes sociales, y que al final me sirve mucho también para mi trabajo como escritora”, destaca.
"En cuanto a otros temas, tampoco tuve tiempo de desarrollar mi vida antes de que la escritura llegara. Salí del instituto y al año fue como ‘vas a ser escritora’, y me pareció genial. No he tenido tiempo de renunciar a nada, porque mi vida siempre ha sido la escritura”, refiere. Asegura desconocer lo que es una crisis vocacional.
“Desde los 8 años ya iba por ahí diciendo: ‘Voy a ser escritora best seller’. Y la gente se reía y me decía que eso solo podía conseguirlo uno en un millón. Y yo les contestaba que alguien tenía que ser ese uno, y que bien podía ser yo. Estaba súper convencida de que lo iba a conseguir”.
Volver al origen
Inma acaba de publicar una reedición de su ya mencionada ópera prima, Un amigo gratis, la narración que la puso en el camino de la fama cuando era poco más que una niña.
"A mí, personalmente, me gusta mucho, porque es una novela que escribí con 14 años, la publiqué con 17 y ahora, siete años después, he recuperado los derechos que tenía la primera editorial, que era más pequeñita, y la he relanzado completamente reescrita y actualizada. Y aunque sí que tiene un punto más juvenil, más inocente que lo que estoy escribiendo ahora, ha sido muy bonito retomarla porque es volver a mis inicios, al comienzo de mi trayectoria. Ha sido una reconciliación muy abrumadora el encontrarme de pronto con esa niña de 14 años y ver todo lo que ella pensaba, los miedos y los sueños que ella tenía, lo mucho que ella pensaba en mí y todo lo que yo pienso en ella ahora”, dice.
“Hablo de ella como si fuera otra persona. Hablo de la Inma de 14 años como de una persona totalmente ajena a mí, y que me ha enseñado muchísimo. Ella escribía unas metáforas sobre la importancia de dejar ir a la gente de tu vida, de aprender a soltar, de quererse a uno mismo, y ahora leo eso y digo: ‘¡Guau!, esta chica lo tenía todo clarísimo sobre la vida, el amor, la muerte, y yo estoy perdidísima en la vida’”, ríe.
“Creo también que la madurez trae consigo la conciencia de la propia ignorancia. Conforme creces, te crees menos rey del mundo. Uno en la adolescencia está un poco en plan ‘lo sé todo y voy a conquistar todo’, y luego vas creciendo y te vas dando cuenta de que en realidad somos muy ignorantes, y de que todavía queda mucho por aprender. Y la verdad es que me gusta tomarme un café con esa Inma de antes para que me explique un poco de qué va la vida, porque yo estoy más perdida que ella”, insiste.
Si yo pude, tú también
En cada aparición pública, Inma Rubiales recibe a cientos adolescentes que tiene la edad que ella tenía cuando empezó a publicar. Además de transmitirle su admiración, muchas le cuentan que aspiran a ser también escritoras.
Para la autora eso es motivo de orgullo y por ello procura alentarlas a que persigan sus objetivos.
“Siempre les digo que nos veremos en librerías y así como de broma les digo: ‘Algún día yo iré a tu firma, y me saltaré la cola diciendo que te conozco porque has venido a una firma mía’. Me gusta mucho animarlas a luchar por su sueño, y espero de corazón que encuentren en mí no sé si un referente, sino algo así como una prueba de que lo que están soñando es posible”, remarca.
“Cuando era más pequeña tenía la figura del escritor como un señor con traje que me sacaba 50 años y que escribía novelas históricas. Y ahora resulta que una escritora también puede ser una chica casi de tu edad, que escribe novelas románticas, o de sentimientos, sobre cosas que te pasan a ti y sobre las que tú también reflexionas, y siento que esa cercanía también puede inspirarlas a que piensen: ‘Bueno, sí, Inma ha podido, ¿por qué yo no podría? Me gusta ser como una prueba de que eso es posible”, concluye.