Entrevistas
Vida de un viajante

Con Ernesto Tabárez, de Eté & Los Problems

Conversamos con Ernesto Tabárez, de Eté & Los Problems, sobre “El éxodo”, su trabajo más reciente.

02.01.2015 18:39
2015-01-02T18:39:00


En 1811, José Gervasio Artigas juntó a sus fieles y arrancó para el norte. Tres mil años antes, dice la Biblia, un tal Moisés acaudilló al pueblo judío durante 40 años desde Egipto hasta la Tierra Prometida. El éxodo, la gesta del abandono, la inseguridad y el camino. Siempre el camino.

A fines de 2014, Ernesto Tabárez, también conocido como Eté, publicó, junto a Los Problems, El éxodo (Bizarro), un trabajo de canciones poderosas, melodías entre la euforia y la angustia y letras como fierrazo en la nuca.

Antes, Tabárez ya había mostrado su solvencia como compositor e intérprete en Malditos banquetes (Sondor, 2007), y Vil (Bizarro, 2012), y como productor (Un mundo sin gloria -Bizarro, 2012- lleva su firma).

Todavía antes, el joven Tabárez dejó su casa cuando empezó a entender que no iba a poder vivir si no era con música, vivió con colegas y maestros, (Eduardo Darnauchans lo albergó en su casa), y trabajó como empleado hasta el límite de lo soportable. Desde ese entonces, quizás, Eté viene caminando su éxodo.


*

¿Estás escuchando El éxodo?

Sí, lo escucho. Cuando saco discos los dejo de escuchar más adelante. Ahora lo estoy escuchando, porque se lo voy entregando a gente amiga, y voy a la casa, lo pruebo en todos los equipos de audio que puedo, para ver cómo suena en distintos lugares.

¿Sos obsesivo?

A mí me gusta cómo suena un disco. Para mí es muy importante. Alguna gente cree que no lo es tanto, que lo que más importa son las canciones, y es cierto, sin duda. Pero hay una declaración en cómo sonás. Vos estás diciendo algo en cómo suenan los discos, y este las dice. Dice cosas sobre lo que pensamos sobre la música. O algo así.

¿Qué cosa?

Que es un disco tocado por la banda, juntos, que grabamos mirándonos a la cara, muy cerca, que tiene básicamente lo que se toca y poco más. Y como suena una guitarra te pone en un lugar. Yo me puedo calentar más por cómo suena una guitarra que por un verso, ponele. Es una estupidez, capaz, pero a mí me gusta que, si es una guitarra eléctrica, esté el ampli en el medio. Si es acústica, que se escuche la madera. Sentir la verdad de los instrumentos. No me gustan los procesos que los alejan de lo que son.

¿Es un descubrimiento medianamente nuevo o toda la vida fuiste así con el sonido?

Me pasó con Andy (Adler, productor de Malditos banquetes). Lo aprendí con él, que es un militante del sonido. Y yo le creo. Aprendí mucho con él, a disfrutar algunas cosas, y a identificar qué era lo que me daba placer de algunas cosas. Creo que las personas que escuchan un disco pueden no saber nada de guitarras, por ejemplo, pero eso les afecta en cómo lo reciben. Vos podés no haber visto nunca un amplificador, pero que esté o no te afecta. Por ejemplo, la sensación salvaje de los primeros discos de los Rolling Stones tiene algo que ver con ese sonido de guitarras. Los Beatles dejaban un montón de sonidos de dedos, y escuchabas la púa... eso te mete dentro de la música.

Foto: Montevideo Portal l Gerardo Carrasco

¿No es una cosa bien de la posmodernidad preocuparse por esas cosas? Me refiero a que antes era natural que sonara así.

Creo que no, que en realidad querían sonar así. De hecho esa generación fue la que más trabajó en la evolución de los amplificadores. Los tipos buscaban sonar poderosos, distorsiones nuevas... lo que no buscaban era una cosa que ahora quizás algunos quieren conseguir y es cierta limpieza, cristalinidad. Que tampoco está mal, depende de la música que estés tocando. Lo que más me molesta es escuchar un plug in. Podés sonar bien incluso con plug in, pero tenés que trabajar. A mí me gusta escuchar algo y darme cuenta de que ese sonido fue buscado, pensado, trabajado.

¿Preferís grabar a tocar en vivo?

No. Me encanta grabar, y disfruto de toda la música. Me gustan las pruebas de sonido, que son un embole. Cuando estoy haciendo eso no estoy haciendo otra cosa, y el resto de las cosas de la vida es menos divertida, menos interesante que estar ahí. Estás en la música. Me gusta ir a ensayar, disfruto todo. Me gusta mucho hacer discos. Haría cinco discos por año si pudiera escribir las canciones, pero tocar es el mejor momento de la vida. Yo me dedico a ese motivo, porque nada me hace sentir lo que siento cuando termino de escribir una canción, cuando en un ensayo una cosa que tenía en la cabeza pasa a la banda y queda como yo quería o mejor...

¿Cuándo descubriste que era eso lo que tenías que hacer?

Chico, supongo. Lo decidí más adelante, pero de adolescente quería hacer esto. Me fui bastante chico de la casa de mis padres, viví un tiempo con el Darno, también con un tipo que tocaba la batería conmigo, como ya pensando en eso y tratando de trabajar en canciones espantosas que en el fondo eran mi entrenamiento. A hacer canciones se aprende haciendo canciones, no se estudia. Luego de eso tuve un trabajo como de un año, de saco y corbata, y me empecé a sentir muy infeliz, y me deprimí mucho. Un día me echaron y las personas que me echaron, buenas personas, que tenían buena onda conmigo, me dijeron ‘andate a hacer música, Ernesto'.

¿Por qué te fuiste de la casa de tus viejos?

Las cosas que yo quería hacer, que terminaron llevándome a ser quien soy, que eran quedarme toda la noche tocando, leyendo, y escuchando discos... eso e ir al liceo de mañana no eran compatibles, y el liceo me dejó de importar bastante rápido. A los 15 años no me importó más. Entré a la Escuela Universitaria de Música al ciclo preuniversitario, y me fui a lo de este amigo primero, después a lo del Darno, e hice un intensivo ahí.

¿Darnauchans te enseñaba con un método o vos aprendías solo de estar con él?

El Darno me mandaba a comprar cigarrillos, yo qué sé... me pasaba mucho material, y era muy bueno en el sentido de darme lo que necesitaba para funcionar. ‘¿Escuchaste no sé qué? Llevate esto'. Lo escuchaba, y después lo hablábamos, y empezaba a entender como nunca antes, a escuchar una canción y hablar de su forma, de los recursos que usó el autor... charlar de canciones, que es algo que sigo haciendo con mis colegas al día de hoy. Yo nunca había tenido un colega para hacer eso. El Darno me introdujo en un mundo que yo no conocía: cómo se hace una canción, cómo se ensaya. Y después me daba premisas para hacer canciones: ‘hacé una canción con personaje femenino que se cante en primera persona. Andá'. ¡Y eran horribles! De esas canciones no hay ninguna en mis discos. Fueron, en general, canciones fallidas, muchas muy feas, pero eran para ir aprendiendo. La idea era aprender el oficio. Algunas cosas me las enseñó directamente y otras las aprendí mirando, y sobre todo escuchando.

¿Y en qué momento descubriste que ya no eran intentos fallidos sino canciones?

Cuando estaba trabajando en esa empresa que te decía. Era un momento en el que tenía que hacerme cargo de mi economía. Me conseguí ese trabajo y repartía libros en Banda Oriental, y no estaba escribiendo nada. Cuando me empezó a ir mal en el laburo comencé a escribir de a poco. Antes de despedirme de ahí me habían dado como una licencia para ver si encaraba... tuve unas tres semanas de licencia y escribí cuatro canciones. Ni bien me quedó tiempo pude componer, y ahí sí ya aparece ‘El gesto de la nada', la semilla de Malditos banquetes. Pensé que cuando volviera a trabajar iba a volver con más ganas, y volví mucho peor. Ya ahí salía del trabajo y me iba a la casa de Santi Peralta, que es el guitarrista de Los Problems, y buscábamos arreglos y no sé qué. Nunca lo había pensado, pero fue en esas circunstancias que me di cuenta de que estaba listo. Ahí dejé ese trabajo y no trabajé más en ninguna cosa que no tuviera que ver con la música.

Le debés tu carrera artística a tus ex empleadores...

Sí, a estos dos tipos: Orlando Rodríguez y Álvaro Luján, que me echaron diciendo ‘andate a tocar, esto te va a matar'.

Foto: Gerardo Carrasco l Montevideo Portal

Eté, phone, home

En cada uno de tus tres trabajos hay un concepto general en torno al que se desarrollan las canciones. El primero habla de la noche y sus destrucciones...

Sí, más bien de la resaca entendida como la consecuencia de tus actos. No necesariamente de la noche. De hecho todas las canciones van a las consecuencias.

Vil es sobre el mal y en este caso estás hablando de viajes...

De caminos. De moverse.

¿Estabas enojando cuando empezaste el disco?

No. Estaba triste. En Vil estaba más enojado. Yo empecé a escribir para este disco muy de a poco. Estuve más de un año y medio sin escribir una palabra, y bastante preocupado por eso. Es decir: estaba escribiendo, pero no se parecía a nada, no había forma. En un momento me separé de mi pareja, y me quedé solo, con todo ese material. Me senté a hacer un disco, y lo escribí concretamente en dos meses. En los anteriores iba escribiendo canciones, en este acumulé mucho material, pedazos de textos, ideas, explicaciones de una canción que quería escribir, bocetos de tarareos, y lo saqué en dos meses. No me sentía enojado. Hay una sensación extraña. A veces tiene como euforia, algunos momentos de enojo...

¿Es la canción la que te atrapa y no te suelta hasta que está terminada?

La canción es el fruto de lo que me come la cabeza, no es lo que me come la cabeza. Me pasa que hay muchas cosas que no entiendo de mí y me las explico con canciones. Muchas canciones me explican a mí qué me pasa, y otras no me lo explican, pero lo subliman, lo vuelven algo mejor que yo, y eso ya es un alivio.

¿Escribís para vos?

Escribo para las canciones, quiero que queden hermosas, esa es mi preocupación. Que sea lo más linda que pueda ser siendo mía.

¿Y te preocupa que la gente entienda lo que dicen tus canciones?

Sí. Que alguien lo entienda es de lo que se trata. Cuando alguien viene y me dice algo de una canción, que es, o bien lo que yo pensé al escribirla o una cosa nueva que es conmovedora, me hace sentir muy bien. Mi música es muy llana. No sé. Los Redonditos de Ricota hicieron un montón de canciones que no entiende nadie, todo el mundo creyó que hablaban de drogas y le encantó. Creo que, en ese sentido, mis canciones son más fáciles que las de ellos. Yo le mandé ‘Jordan' a un amigo y la definió en tres palabras: triste, profunda y hitera. Me pareció genial. Si yo pudiera hacer discos enteros así lo haría. Hitera no en el sentido de hacer dinero, sino que le llegue a otra gente, que a mi madre le pueda gustar. Ojo, no busco hacer canciones que le gusten a los padres, ni me gusta hacer canciones que le gusten a nadie en particular, pero sí que los demás sientan lo mismo que yo siento cuando escucho canciones de otros. Quiero ser para otros lo que otros son para mí.

Foto: Gerardo Carrasco l Montevideo Portal

Hacer canciones que le gusten a los padres es lo último que debería hacer alguien que hago rock...

Creo que ya fue esa discusión. Yo antes lo pensaba, y lo dije mil veces. Hay rockeros que ya tienen 50 años. Andy (Adler) tiene 52, es de la generación de mis padres, y sin embargo, es un tipo al que le puede gustar lo que hago. Partiendo de la base de que el rock como tal es una música que tiene más de 50 años, cambia esa regla. Lo que sí creo es que el rock no puede ser una música que le guste a los caretas. Si te gusta el rock, te tienen que gustar los estímulos fuertes, las cosas extrañas, las cosas que no tienen nombre. Creo que la guerra, ahora, es contra eso. Contra lo que no es extraño, lo obvio, lo fácil. No simple: fácil, que es otra cosa. Me pasa a veces que ponés una canción y ya sabés todo, que llegó el estribillo y no va a pasar nada más. Es aburrido hacer música obvia. Los Ramones fueron un gran ejemplo: cualquier tipo de 14 años que se compre una guitarra puede tocar canciones de los Ramones, pero ninguno puede HACER canciones de los Ramones. Fueron tipos que se garchaban de parado a cualquier banda. A todas. Porque tenían una convicción, y no estaban jodiendo. Yo siento como una pereza generacional, que nos perdonamos cosas, decimos ‘dejalo así, está bien'. ¡Y no! ¡Que esté bien en serio!

¿Por qué pasa eso?

No sé. Es más fácil laburar menos que laburar más. Eso es seguro. Y porque... mi generación es muy festiva. No sé si es peor que ser una generación amarga como la de finales de los 80, ponele. El problema es que en esa festividad se celebra todo por igual. Me ha pasado con algunas cosas que he mostrado, a amigos o conocidos, que me dijeron ‘está buenísimo así'. Pero yo sé que no. Y cuando lo mejoré me dijeron ‘ah, ahora está impresionante'. Y siempre tiene que ser impresionante. Al menos para mí. En este disco le pongo el cuero a cualquier verso. Peleé conmigo mismo por un artículo. A mí me da mucha vergüenza subir a tocar, y lo que me permite hacerlo es que confío en lo que voy a decir. Si no tengo eso, no tengo nada.

Volviendo a los conceptos de los discos, ¿qué nace primero, el concepto o la canción?

Nacen juntos. Las cosas que tengo en el coco generan el concepto y la canción.

¿Y si aparece algo que no corresponde?

Si es muy bueno se queda, y modifica el concepto.


¿Te ha pasado?

Sí, claro. La canción manda. Nada manda más que una canción. Los conceptos son mi herramienta de trabajo, no son para que el otro los escuche. Lo que hay que escuchar son las canciones. Lo otro es un marco de premisas que me planteo, que tiene que ver con la forma en que trabajaba con el Darno. En este disco me pasó que la última canción que escribí no entró. La grabamos, la empezamos a mezclar, y no entraba, no encontraba un lugar. Y, en ese momento, era mi canción favorita. Me mataba dejarla afuera, pero a la vez estaba cuidando el disco. Y a la canción, porque ponerla ahí, débil, era mandarla en un lugar en el que no cayera como una bomba, que es lo que tiene que pasar.

¿A dónde va el camino que planteás en el disco?

No sé, en algún momento me pregunté si llegaba a algún lado. Y el camino termina caminando. Yo siento que estoy en un éxodo personal, y capaz que cuando sienta que llegué puedo decir adónde llegó. Lo sabremos después. Ahora es un disco de caminar. Termina diciendo ‘¿es eso una luz? Caminemos'.

¿Es un disco que refleja un momento de tu vida?

Todos los discos reflejan un momento de mi vida.

¿Pero cuando terminás el disco das por cerrado ese momento?

Para mí los discos cristalizan cosas que venían pasando. Por eso decía que también me explican mi vida. Las canciones saben antes que yo. Hay versos en El éxodo que no sé de dónde vienen. La música es más grande que yo.

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Jorge Costigliolo | Montevideo Portal
jcostigliolo@montevideo.com.uy