-¿Qué sos, Carmen Pi?
-Soy música-, dice.

Carmen Pi canta, dirige coros, toca el piano, pero no es cantante, ni directora, ni pianista, pese a las críticas que tragó de a una como grageas cuando era una adolescente que no sabía lo que quería hacer, o quería hacer de todo.
¿O es que acaso no se puede?

A Carmen Pi le tocó nacer en Perú, vivir sus primeros años en Ecuador y pasar su adolescencia en Malvín. Hija del antropólogo Renzo Pi Hugarte y de la directora de coros Lilián Zetune, respiró música desde la cuna y siempre supo que esa sería su aire vital.

Desde entonces estudió música, se probó en la canción popular, integró y dirigió coros (el solemne De Profundis y las desacartonadas Coralinas conocen de su trabajo), participó en decenas de discos y espectáculos y se largó sola. O casi, si se toma en cuenta que Puntos Cardinales (Bizarro, 2010), su trabajo debut, está firmado como Carmen Pi Cuarteto (Pi, Di Yorio, Alonso, Bacchetta).

Ahora, años después, insiste con Jardín Carmín (Bizarro, 2014), un disco de canciones íntimas y frescas, y en el que, dice, encontró la libertad para ser ella misma. Nada menos.

¿Qué sos, Carmen Pi?

Soy música. Es el amor de mi vida. Siempre fue mi vocación, sentía que era eso.

Tu carrera es bastante atípica, porque te desenvolviste en la música culta académica y también hiciste cosas relacionadas con lo popular. A la vez, lograste un crossover que no es muy común, al menos en Uruguay, ¿no?

No, no es común acá. Yo estudié en la Escuela Universitaria de Música. Me encantaba la música, pero me gustaba todo, y no sabía mucho para dónde ir. Así que estudié canto, dirección de coros, dirección de orquesta con García Vigil, y mucha gente me decía: ‘Te tendrías que dedicar a una sola cosa’, y a mí me gustaba todo. Y me apasionaba la música popular. En vez de estudiar las partituras que me mandaban me ponía a tocar otras cosas, escuchaba rock.

Cuando tenía 15 años escuchaba Sumo, Los Redondos, Los Buitres, la música de mi época. Y en la Escuela de Música, si no hacías música clásica, no te podías dedicar a otra cosa. De hecho en uno de los exámenes, en tercer año, me bajaron la nota por cantar música popular. Y después de eso me cansé. Aprecié mucho a mis profesores, pero hacía muchos años que estaba, y dejé. ¿Por qué no se puede? Por una cuestión de dedicación puede ser, pero si vos tenés la ductilidad para hacerlo, lo podés hacer. Está en vos si realmente querés dedicarte a una o a otra, pero que sea un impedimento técnico, no, no lo es, para mí. En mi experiencia, que canté 20 años en De Profundis, como solista, como coreuta, cantando Renacimiento, Barroco.

¿Y en qué momento decidiste que tenías que componer y cantar tus propias canciones?


No sé cuándo hice ese clic. Sí fue de grande. Después de mi primera etapa temprana, que era como más rocker... no había escuela. No había profesores de canto. Era música clásica o la nada. Y para mí era la música clásica como formación, pero por otro lado sacaba temas, cantaba, me nutrí como cualquier músico que se hace solo. A nivel de canto, siento que me hice un poco sola. Hay un montón de cosas en el lenguaje de cantar música popular, o soul, blues, o jazz, que no tiene nada que ver con la escuela. Pero sí me dio mucho la formación.
Creo que la composición la empecé tarde. Mi primera etapa fue más bien de música clásica, pero después empecé a tocar con otros músicos, y a relacionarme con otra gente, a la que miraba siempre de lejos, como con deseo de que alguien me llamara para tocar o cantar...

Foto: Prensa Bizarro

¿Quién fue el primero que te llamó?

A los 17, 18 años, un compañero de liceo que se había armado una banda me invitó a hacerle coros. Ese muchacho resultó ser Tabaré Cardozo, y la bandita que se había armado con unos pibes de Malvín eran los Ibarburu. Esa fue mi primera vez. Yo era un perro. Hacía coros, punto. Mi camino entonces estaba más en De Profundis, con quienes viajé, y grabamos discos. Después, por el 2000 y algo, fue Popo Romano que me invitó a tocar como tecladista de su banda. Yo le expliqué a Popo que era una cantante que tocaba el piano y acompañaba muy bien, pero que no era tecladista. Y él me insistió, me insistió, me insistió, hasta que le dije sí, y me lo tomé como un desafío. Y después vino Jorge Schellemberg, y luego Pinocho Routin. Todas cosas muy disímiles. A la vez, iba a las jam sessions y cantaba jazz, y me enfrentaba a esa cosa de improvisar con la voz, y estuve muy copada con eso toda la década del 2000.

Y eso que te pasó cuando estudiabas, que te bajaban la calificación por cantar música popular, ¿no te pasó al revés cuando llegaste a la música popular?

Sí, también. Al principio, cantando jazz con alguno de los jazzeros, no en el lenguaje en sí, pero sí a veces en algunas cosas de la emisión de la voz, como que era más clásica.

¿Le dabas pelota a esas críticas?

Siempre le doy pelota a las críticas. Siempre está bueno escuchar a los demás. También está bueno que no te importen. Creo que ahora me siento más libre, y por eso este disco me hace más feliz, porque es como que me despojé de todo.

Por decirlo de una forma un tanto hippie, parece que en este disco las canciones ‘fluyen’...

Me siento bien con el hippismo, tengo un ‘grado hippie’. Y sí, fluyó, totalmente. Me sentí más auténtica. Si quiero hacer una canción de tres acordes la hago, no me complico la cabeza. Chau a todo. Está todo bien, tengo un montón de cosas aprendidas, incorporadas, pero ahora es esto. Yo doy clases, acompaño a mis alumnos, hago arreglos, la formación me sirve, pero hay un momento en el que uno tiene que hacer su propio camino, y despojarse de la mirada del afuera, que es muy fuerte. Despojarse de lo que uno cree que esperan los demás, sean tus padres, tu institución, tus colegas, la mirada del superyo. Llega un momento en que el superyo no puede estar dominando la vida de uno. Y ahí es cuando uno se siente auténtico y feliz. Las canciones tienen dos acordes, pero no tengo que demostrarle nada a nadie. Antes no lo sentía. Y si quiero hacerle una canción a mi hija, se la hago, y si quiero hacerle una canción a mi esposo, a mi amor, se la hago. Y si quiero hacer una canción para mi papá como despedida, la grabo y la pongo en el disco. Antes me cuestionaba mucho más, y ahora no. Estoy muy contenta con este disco, muy libre. Las canciones son muy distintas entre sí pero son parte de mi mundo.

¿Cómo es pasar de ser una intérprete de grandes canciones de grandes autores a ser autora de tus propios temas?

Es un peso, para mí es un peso. En Uruguay tenemos tremendos cancionistas que dan a luz canciones increíbles. Yo siempre me consideré música y no compositora. Durante muchos años no me sentí cantante tampoco, porque no creía que cantara bien, y realmente no lo hacía. Es algo que fui cultivando hasta que me gustara. Ahora sí me considero cantante, porque encontré la personalidad en mi instrumento. Me siento cómoda.

Y cuando empecé a escribir, y miraba a todos esos grandes compositores, desechaba todo lo que hacía, porque me parecía que todo estaba hecho. Y de hecho, todo se hizo, para mi gusto. Pero en este disco fue eso, que me despojé de la mirada del afuera. Si me pongo a pensar en lo que hicieron otros, o qué van a decir, no lo hago. Me viene todo el peso. Los Drexler, los Cabrera, los Rada, ¡no hago nada! ¡Si escuchás sus canciones y son perfectas! La verdad es que no me tengo mucha fe ahí, no creo que sea mi fuerte, pero ta, hablé de lo que me nació decir.

Foto: Prensa Bizarro

Habiendo trabajado mucho tiempo como intérprete, en algún momento sentiste la necesidad de decir tus cosas. ¿De dónde sale esa necesidad?

La motivación para componer puede ser un estado anímico, algo que leí, que vi, que me pasó. Obviamente, uno no se puede quedar con lo que a uno le pasa, porque sería muy simplista y se acabaría enseguida. ¿Qué tan interesante puede ser uno para estar cantando siempre sobre su vida? Creo que la mirada más aguda es cuando alguien logra decir algo mínimo, o muy cotidiano, con una profundidad increíble, pero son los menos los que pueden hacerlo.

¿Dónde te sentís más cómoda? ¿Componiendo, arreglando, cantando?

No sé. Creo que interpretando. Y arreglando. Y también acompañando.

¿Por qué?

Porque viajo con la música (risas). Porque soy más música que cancionista, no hago canciones con facilidad. Y escribo más bien poco. Creo que el vehículo en el que mejor me expreso es a través de la interpretación, o de la reinterpretación.

Sin embargo Jardín Carmín es un disco de composiciones propias...

Y sin embargo... se ve que lo necesité. Es una forma de mostrarme. No muestro todo lo que hago, pero esta es una veta más, y la disfruto, y me entusiasma.

¿Qué te pasó entre Puntos Cardinales y Jardín Carmín para que todas las canciones fueran tuyas, para que te dejara de importar la mirada del otro?

Fui madre. Eso me cambió el mundo. Claro, me pasaron también un montón de otras cosas, pero lo más radical fue eso. Cuando estaba embarazada decía ‘estoy creando vida dentro mío’, es una locura. Te replanteás todo el mundo: por una lado ves todo una maravilla, de dar vida, luz, y por otro lado, toda la crueldad del mundo aparece tan exacerbada... ¿Estoy trayendo vida acá? Es una dicotomía tremenda. Por un lado todo es maravilloso, y por el otro una atrocidad. Eso antes. Y cuando tenés el bebé, es otro viaje. Estás para él. La madre es la fuente de todo. Pirás. Es un aprendizaje constante, y eso me cambió. Movilizó muchas cosas en mí, la foto se te mueve, tu mundo cambia, tus intereses cambian, y tus prioridades cambian. Y eso hizo que todo lo accesorio me dejara de importar, porque las cosas relevantes, ahora, son otras. Está bueno despojarse. A veces, los egos de las personas, sobre todo de los artistas, complican bastante.

¿Eras complicada antes?

Sí. Creo que todos somos complicados. No digo que ahora no lo sea, y el ego siempre está presente, pero creo que tengo, ahora, un ego un poco más trabajado. Gracias a mis años de terapia, y gracias a la vida. A aprender, a abrir los ojos y no ser necia.

Soy obtusa, algo inconclusa/ soy perenne y soy alegre. / Llevo alas, patas de rana, y por si acaso, llevo mis ganas// Soy sirena con un par de piernas, /soy guerrera rabiosa / y en el pecho llevo un atadito rosa

¿Quién sos?

Soy medio buscadora. Hubo un momento en que dije ‘quiero hacer música’, pero no sabía qué, y busqué esto, lo otro, y todos me decían que tenía que hacer un camino, y no hice caso. Y creo que no me fue mal. Me siento feliz con lo que soy. En un momento me angustié, veía que me iba por las ramas, y me doy cuenta, ahora, que todo ese irme por las ramas me nutrió. Capaz que ahora coseché todo eso que fue sembrando, y por alguna razón ahora salen las canciones, y no antes. Capaz que antes no tenía tanto que decir, o no sabía cómo decirlo, y ahora encontré un vínculo y una seguridad en mí misma para hacer y mostrar. Me preguntás quién soy. Soy hija, soy madre, soy música, soy inquieta, soy amiga, soy amante, soy compleja, soy ‘obtusa, algo inconclusa’... soy Carmen.


Carmen Pi se presenta el viernes 10 de octubre y el sábado 1 de noviembre en Tractatus (Rambla 25 de Agosto 540, esquina Ituzaingó), acompañada por Nacho Imbellone y Juan Ibarra, y el 18 de diciembre lo hará junto a su banda e invitados especiales en la Sala Vaz Ferreira.