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Por The New York Times

Cómo (no) perder el tiempo con un hombre más joven

No teníamos futuro juntos, ¿entonces por qué no enamorarme perdidamente?

19.03.2022 09:50

Lectura: 8'

2022-03-19T09:50:00-03:00
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Por The New York Times | Rosemary Howe Camozzi

Estábamos casi en el puente sobre la autopista I-5 en Eugene, Oregón, cuando me preguntó: “¿Cuántos años tienes?”.

“Cuarenta y cinco”. Acababa de preguntarle su edad y me sorprendió saber que solo tenía 32 años. Ahora le tocaba a él sorprenderse. Estaba segura de que habíamos terminado.

Pero se limitó a decir: “ah”, y siguió conduciendo.

Más tarde, al estar acostados, después de subir a la cima de una montaña, mirando un cielo despejado, me dijo: “¿Cómo es que no tienes canas?”.

“No lo sé, pero nunca he teñido mi cabello”.

“Se nota. El cabello de ese color no sale de una botella”.

No sabíamos mucho el uno del otro, excepto que él era reportero de noticias en un periódico local, y yo era becaria tras terminar la carrera de periodismo, que estudié en una etapa posterior de mi vida. Le gustó un artículo que había escrito sobre un coleccionista de sellos en el que usaba la palabra “filatélico”.

Me gustó su manera desenvuelta de entrevistar a la gente por teléfono, sin mencionar cómo lucía cuando vestía con pantalones caqui y el pequeño rizo de pelo castaño que le caía sobre el cuello de la camisa. Era inteligente y muy divertido.

Recién divorciada, yo tenía tres hijos de entre 11 y 19 años. David había renunciado a un trabajo de reportero en Indiana para trasladarse a Oregón y poder cuidar a su abuela, que lo había criado después de que su madre abandonara a la familia. Nunca se había casado.

Ocho meses después, él y yo acabamos trabajando en otro medio de comunicación, donde formábamos parte de un grupo de periodistas a los que les gustaba ir a beber cerveza y conversar después del trabajo. Nadie sabía que estábamos saliendo, pues David creía firmemente que los romances en el trabajo eran una mala idea, en teoría.

En la práctica, pasábamos mucho tiempo juntos. Él era un ávido surfista y a mí me gustaba estar en la playa con nuestros perros. Acampábamos, hacíamos senderismo, cocinábamos. Nunca se nos acababan los temas de conversación ni las bromas. Celebrábamos cada solsticio y equinoccio con una excursión y un día de campo en el bosque; dejábamos golosinas para los animales salvajes y hacíamos el amor sobre una manta para celebrar el cambio de estación.

Un frío día de solsticio de invierno, nos encontramos solos en la cima de un monte de roca, observando con atención cómo una enorme nube negra se dirigía hacia nosotros en un cielo que, por lo demás, era azul. Cuando la nube nos alcanzó, nos refugiamos bajo un saliente de roca, riendo incrédulos mientras la nieve caía sobre las plantas y las piedras. A solo 30 metros del camino, el suelo estaba intacto.

Poco después, estaba cortando verduras en la barra de mi cocina cuando sentí que el amor me llegaba, como un golpe físico en el pecho. ¿Es este el tipo de amor que se ve en las películas?, me pregunté. A pesar de mi largo matrimonio, siempre había pensado que esa intensidad sentimental debía ser falsa. Ahora sabía que era algo real.

Claramente, David también me amaba y no tenía miedo de demostrarlo, pero no pude evitar preocuparme por nuestra diferencia de edad. Él quería formar una familia, y yo ya tenía una.

Un día, mientras esperábamos para cruzar la calle, volteó a verme y me planteó exactamente ese tema, diciendo que quería casarse con alguien que también tuviera todo eso por delante.

“Lo sé”, le dije, cuando comenzamos a cruzar. “Yo tampoco quiero casarme contigo”.

Se detuvo de repente, con expresión herida. ¿Qué esperaba? Ya sabía que no quería terminar algún día viendo a mi hombre más joven mirando a mujeres aún más jóvenes. Solo pensar en eso era doloroso, pero la alternativa —perderlo era igual de mala.

Albergué un sueño vacilante de que las cosas podrían funcionar. No vi cómo podríamos lograrlo, pero tal vez sería con la gracia de algún milagro, como en las películas. El hecho de que yo pareciera más joven de lo que era no ayudaba a ver las cosas con claridad.

Nos separamos dos veces en los años siguientes. Dejábamos de hacer planes y él se alejaba. Fue difícil, pero dejé que se fuera porque, según la lógica, no debíamos ser pareja de todos modos.

Cada vez que nos separábamos, salíamos con otras personas. Mi corazón ocupado no dejaba espacio para nuevos romances, pero hice algunos amigos. Observar la vida de citas de David, en cambio, me resultaba duro, como cuando empezó a salir con una bibliotecaria que vivía al otro lado de la calle donde ambos trabajábamos. Veía su camioneta frente a la casa de ella por las tardes, y casi me hace enloquecer.

En otro momento salió con una periodista que se parecía un poco a mí y era solo cinco años mayor que él. Una noche, rompí en pedacitos algunos de sus artículos periodísticos y les prendí fuego en la entrada de su casa. Fue un poco gratificante.

Después de sus episodios de citas, David siempre encontraba un motivo para que nos juntáramos a beber una cerveza. Y entonces volvíamos a relacionarnos. Decía que éramos dos chícharos en una vaina. Pero su decisión de casarse con una mujer más joven y tener una familia no había cambiado, y yo no podía o no quería preocuparme por el futuro.

Pasamos cinco años en una relación intermitente, y luego él y su abuela se mudaron de Eugene a un pueblo de la costa de Oregón, a casi 153 kilómetros de distancia. Yo iba allí casi todos los fines de semana, y pasábamos el rato en la playa, haciendo senderismo, leyendo, cocinando y disfrutando de todas las cosas que nos gustaban hacer juntos.

Reíamos con facilidad y también funcionaba todo lo demás, hasta que una mañana ocurrió algo inusual para la costa de Oregón: nevó. Estábamos tomando café y mirando por la ventana de una diminuta cabaña azul de alquiler con los suelos de madera torcidos, una vivienda tan anticuada que cuando tocabas la estufa recibías una descarga eléctrica. La cabaña estaba encaramada al borde de un acantilado, y los copos caían con rapidez y fuerza hasta la playa de abajo.

Fue en este paisaje surrealista cuando David dejó su taza de café y dijo suavemente: “Rosemary, nosotros nos vamos a mudar de regreso a casa. Quiero llevar a mi abuela a Hawái para que pase allí sus últimos años”.

Sabía que había estado pensando en irse, pero se me cortó la respiración y apenas pude responder. Finalmente, pude enunciar algo como “eso tiene sentido, lo entiendo”. Pero estaba destrozada.

Sin embargo, una vez más, me animé. Decidimos hacer un viaje de diez días a la Gran Isla para que pudiera encontrar un lugar donde vivir. Hicimos listas de reproducción de música, alquilamos un auto y la pasamos de maravilla. A los dos se nos daba muy bien ignorar el futuro. Luego se mudó y rompimos, pero nos extrañamos muchísimo y volvimos a estar juntos al poco tiempo.

Mi jefe incluso me dejaba trabajar a destajo desde la casa de David en Hilo. Me sentía bien, aunque un futuro con él seguía siendo un sueño imposible.

Una noche, en una llamada transoceánica, mencionó que había una mujer en su clase de yoga que estaba interesada en él. “Pero no puedo hacer nada al respecto”, dijo, es decir, por mí, por nosotros.

Dije lo primero que se me ocurrió: “Deberíamos romper”.

“¿Qué?”.

Pude oír su voz de sorpresa. “Sí”, dije. “Si quieres salir con otras personas, tenemos que separarnos”.

“Supongo que tienes razón”. Él no creyó que sería tan fácil.

No podía enojarme: los términos eran claros. Aun así, mis amigos dijeron que era la primera vez que me veían realmente deprimida.

Seguimos en contacto, por supuesto, y hablamos por teléfono de vez en cuando, pero con el tiempo los periodos sin saber el uno del otro se hicieron más largos. Entonces, tras un año de silencio, recibí un correo electrónico.

“Lo sé, lo sé”, había escrito. “Ha pasado mucho tiempo. Hay que ponerse al día. Tengo un nuevo trabajo. Me casé y todo eso. Pero oye, he querido comunicarme contigo, y el sol poniente acaba de golpearme en la cara, y es el equinoccio después de todo, así que, por Dios, ¡hola!”.

Y así fue. Tal y como había dicho, se había casado con su mujer ideal. Unos años más tarde, también tendría el hijo que había soñado. Sin embargo, nuestra amistad ha perdurado, y seguimos viéndonos en el solsticio.

Algunos han dicho que él fue egoísta. O que yo perdí mi tiempo. Ninguna de las dos cosas es cierta.

¿Qué es cierto? La nota que escribí en un trozo de papel y que guardé en el cajón de mi mesita de noche después de romper aquella última vez, en la que decía: “Mucho después de que te hayas ido, mis piedras guardarán tu calor”. No teníamos futuro juntos, ¿entonces por qué no enamorarme perdidamente? (Brian Rea/The New York Times)