Por Gerardo Carrasco
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Los historiadores no tienen un criterio unánime acerca de los denominados “miedos del milenio”, que habrían inquietado al mundo cristiano hacia el año 1000, cuando el orbe cristiano cambió de tres a cuatro cifras en el almanaque: unos dicen que sí hubo, otros que no, algunos afirman que más o menos, y también están los que opinan que vaya uno a saber.
En cuanto al segundo cambio de milenio, nos queda muy a mano y sí podemos recordar los temores que se vendían en librerías y quioscos. Por ejemplo, las profecías mayas, o el famoso Y2K, que en el fondo obedecían a un mismo asunto: problemitas de lectura en el calendario, ya fuera en hombres o en máquinas.
Sin embargo, cuando los años 2000 llegaron, supieron aportar su cuota de caos apocalíptico: entre 2001 y 2008 el fantasma de la crisis financiera recorrió el mundo, cerrando corralitos acá y pinchando burbujas inmobiliarias acullá.
Uruguay no fue la excepción, y en el primer lustro del milenio el pueblo oriental debió apechugar situaciones muy difíciles. Por ejemplo, padeció la crisis del 2002, que produjo un quiebre bancario, súbito aumento del dólar, desempleo y carestía; y también tuvo que sufrir el inmenso dolor de que Richard “Chengue” Morales errara ese cabezazo decisivo contra Senegal en Corea del Sur.
Pero no todo era gris y desalentador: en medio del no future, el rock uruguayo y la cultura under cambiaban de piel: el sótano de Pachamama bullía de actividad, y las mesas del boliche La Ronda reunían a artistas, intelectuales y ebrios (a veces las tres categorías en una misma persona), y por momentos recordaban a las tertulias de café que habían animado el ambiente cultural montevideano en la primera mitad del siglo que acababa de terminar.
Asimismo, las revistas de distribución gratuita —Pimba, Freeway, Neo— eran pregoneras en un mundo que se digitalizaba, pero con un ADSL todavía costoso y sin imaginar aún las redes sociales.
En medio de ese cambio de tiempos, numerosas bandas de rock salieron a los escenarios y corrieron suertes dispares: Sordrormo, Lapso, Doberman, Los Oxford, Vinilo, fueron algunas, junto a una que destacó por su pujanza juvenil y por su autoconfianza rayana en la soberbia: Astroboy.
En 2003, y en un proceso vertiginoso y lleno de adrenalina, el grupo lanzó su EP “Cinco Estrellas”. En el grupo reducido de amigos que presenciaron ese surgimiento se encontraba Ignacio Alcuri, quien ese mismo año publicaría su primer libro de relatos, “Sobredosis Pop”, nombre que fue sugerido precisamente por uno de los músicos de Astroboy.
Ahora, más de dos décadas después de aquellas grabaciones y conciertos, Alcuri interrogó uno por uno a los protagonistas y se convirtió en voz en off y guía turístico de ese momento que empieza a dejar de ser actualidad y se convierte en historia reciente. Y tratándose de quien es, no pudo evitar salpicarlo todo con algo de humor.
Ese trabajo plasmó en el libro que lleva el nombre ese EP primigenio de Astroboy, y que se publica en la colección “Discos” de Estuario Editorial.
¿Aquí está su disco?
Narrador, novelista y próximamente poeta (trabaja en un libro de sonetos dedicados al cine de los 80), Alcuri se había mantenido hasta ahora en el universo de la ficción. Pero una charla casual con un colega comunicador abrió un nuevo frente en sus actividades.
“Estoy escribiendo y publicando libros hace 22 años, siempre de ficción, la mayoría de cuentos, más allá de que hay una novela, algunos experimentos, incluso una historieta. La no ficción la fui desarrollado por la vía de los hechos en el periodismo, sobre todo en los últimos años, pero no era algo que me desviviera. No era un objetivo, porque por lo general no tengo ningún objetivo, me voy encontrando con las cosas”, comenta con humor.
Y esa serendipia se produjo durante una charla con el periodista Carlos Dopico, un experto en música uruguaya en general y en rock en particular.
“Habíamos coincidido en un trabajo y salió el tema de esta colección de Estuario acerca de discos, y entonces hice el ejercicio de fantasía acerca de qué disco elegiría para escribir un libro. El universo de posibilidades se empezó a achicar muy rápido: tenía que haber cierta relación emocional, capaz que no necesariamente con los músicos, pero sí con esa música, yo no soy de escuchar tanta música, aclara.
Ese requisito “emocional” se redujo rápidamente a una línea de tres. “Podía ser un disco de Leo Maslía, uno de The Supersónicos, o uno de Astroboy”, enumeró.
“En esa fantasía rápidamente me incliné por este último, porque había compartido mucho con la banda desde sus comienzos, incluso desde antes de la prehistoria de la banda, por ser compañero de facultad de Javier [Vaz Martins, bajista de la banda] y por verlos en los primeros ensayos, en los primeros toques”, cuenta.
Hecha esa elección, la fantasía comenzó a tomar cuerpo: Alcuri se contactó con la editorial, hizo su propuesta y hubo humo blanco. Ya con el “qué”, resuelto, quedaba por resolver el “cómo”.
“Una de las cosas interesantes que tiene la colección es que cada autor tiene un acercamiento al disco completamente distinto. Hay ficción, hay periodismo puro y duro, hay libros corales, y todos van contando cómo se hizo el disco en cuestión. Yo no pretendía que el mío tuviera originalidad, pero sí cierta chispa”, recuerda. Esto últimos se vio favorecido gracias a que los Astroboy “tenían ese falso agrande, que no era tan falso, tal como como lo cuentan ellos: el primer disco se llama Cinco Estrellas, que es el máximo puntaje que puede tener un disco, Y además ellos son cinco”, detalla. Así las cosas, se decidió que cada una de las “estrellas” tuviera su momento de brillar.
Y como modus operandi, utilizó una técnica casi policíaca: “interrogó” a los “sospechosos” por separado, para evitar que se pusieran de acuerdo en un álibi. El mecanismo —recuerda el autor— también remite al uso intensivo de la analepsis —o flashback— como herramienta narrativa, algo experimentado en 1950 por el cineasta nipón Akira Kurosawa en su película Rashomon, y que acabó por dar nombre a ese recurso.
“Entonces decidí entrevistar a los cinco por separado, pero que después cada uno esté en un episodio propio. Jodiendo con Rashomon, les dije que hicieran un ‘Rashoboy’ o Un ‘Astromon’”, recuerda el autor. “Cada uno cuenta su historia, yo las ordeno por separado, y con eso el lector se puede hacer una idea de que experimentaron ellos —y un poquito yo también— en esos comienzos vertiginosos de la banda”, explica.
Entre el marco y la puerta
Cuando se habla de historia, el término “bisagra” se usa tanto para un barrido como para un fregado, y amenaza con vaciarse de significado: es perfectamente válido decir que 1453 fue “un año bisagra” debido a la caída de Constantinopla, pero resulta cuestionable plantear que 1993 también lo fue porque Uruguay Catalogne ganó entonces en Martini Pregunta respondiendo sobre Elton John.
Sin embargo, y por las razones presentadas al comienzo de este artículo, los primeros cinco años del milenio tuvieron en Uruguay algo de “antes y después, especialmente para la joven generación de entonces, y en particular para Alcuri y los Astroboy.
“Quizás la decisión de elegir el disco Cinco Estrellas incluía la importancia de esos años, para mí, incluso como persona. Era un Uruguay postcrisis, recién había terminado, la crisis de 2002 y había un montón de coletazos. 2003 es el año en el que yo saco mi primer libro, Sobredosis Pop, y también el año en el que sale Cinco Estrellas. No sé si eso influyó en la decisión, pero me ayudó después a la hora de contar la historia. Porque un poquito de esa historia está en ese año tan especial, que creo que fue fermental para cierta sensibilidad pop de Montevideo, que ya había comenzado antes: en el 2000 había salido el libro “Posmonauta, de Natalia Mardero, y por ahí llega Danny Umpi con un primer disco que le pone “Perfecto”, que es otra afirmación fuerte, y aparece el primer disco de Max Capote que se llama “Grandes Éxitos”, que también es un chiste”, ejemplifica.
“Era una época en la que estaban pasando un montón de cosas. Y lo sentías, por ejemplo, cuando ibas BJ [popular boliche y espacio de recitales] y también en una de las primeras ebulliciones —por lo menos de este siglo— de la Ciudad Vieja, que siempre tiene como ciclos. Parece que levanta, parece que se gentrifica o algo, pero después no”, comenta.
Ese contexto de cultura urbana excedía el objetivo del libro, pero resultó de utilidad para el autor. “Me ayudó a acordarme, a tratar de ver qué sentía yo en aquella época”, y no para elegir el disco a historiar.
“El disco elegido es ese, entre otras cosas, porque la gracia está en que Desde que hacen su primer ensayo juntos hasta que sale el EP, pasa muy poquito tiempo”, algo que refleja “esa efervescencia, esa rapidez, ese vértigo, que es un poco lo que se cuenta en el libro. La historia son ellos quemando etapas muy rápido, tan rápido que pocos años después se quedaron sin etapas para quemar y terminaron tomando un impasse que fue de 15 años”, explica.
Vengan esos cinco
Desde sus primeros tiempos, la banda Astroboy está integrada por Martín Rivero (voz), Javier Vaz Martins (bajo), Leandro "Tuco" Boné (guitarra), Pablo Fiallo (batería) y Francisco "Paco" Risso (guitarra y coros).
Entrevistar por separado a los cinco acerca de hechos acaecidos más de veinte años antes, presentaba el riesgo —o la oportunidad— de que se presentaran tantas versiones como entrevistado, y algunas de ellas podrían resultar encontradas.
“No tuve miedo a que los cinco contaran lo mismo, porque incluso si pasaba así, iba a tener suficiente material para elegir lo que cada uno recordara o contara mejor. Después me encontré con que, por más parecido que hayas experimentado algo…no es que lo hayas vivido distinto, pero a veces simplemente lo recordás distinto, o usás distintas palabras para contar lo mismo”, cuenta.
Sin embargo, para dar base a esas narraciones que necesariamente serían fragmentarias, el autor requería de una columna vertebral fiable.
“Necesitaba algo como un orden cronológico de los hechos, y entonces empecé por Javier, que es mi amigo más cercano y también un poco el historiador y el ‘memoriólogo’ de la banda”, señala.
Con ese cimiento, resultó más fácil interrogar al resto de la banda y dar un orden al relato coral que surgía.
Narrador omnisciente
Además de aparecer en una divertida y sincera introducción en primera persona, Alcuri acompaña las entrevistas como una suerte de voz en off que hace que los reportajes funcionen de manera orgánica y ordenada.
“En un primer momento, mi idea era que, además de los testimonios de ellos cinco, pudiera estar el de alguien que, como yo, hubiera tenido una relación cercana con la banda en esa época”, cuenta. Uno de los nombres que se le vino a la mente fue el de Fernanda Cortinas, propietaria entonces del boliche Pachamama. Sin embargo, esa “ampliación de la búsqueda” fue desechada.
“Me di cuenta de que era mucho laburo y de que no coincidía con un formato que me gustara. Entonces, cuando decidí entrevistar solo a los cinco, me dije ‘bueno, los cinco y un capítulo cero en el que hable yo’, porque los acompañé desde el principio. Entonces empecé con la autoficción, a partir de los primeros toques, luego con el regreso en 2023 con los tres toques que hicieron en Magnolio Sala, y lo poquito que me acordaba, porque tengo muy mala memoria”, confiesa.
“Aparezco como una voz narrativa. Para mí, la referencia más parecida a eso que hago es Ron Howard, el director de cine que hace la voz en Arrested Development, y que la usa sobre todo para generar contradicciones. Por ejemplo, un personaje dice ‘hoy fui a trabajar’, y la voz en off dice ‘se quedó durmiendo toda la mañana’. Mi idea no era exactamente esa, pero sí acompañar con un poco de humor, porque es lo que me sale y porque además no estamos hablando de una banda con una trayectoria sagrada, que tocaba en iglesias”, comenta risueño.
“Entonces mi voz aparece ahí ordenando un poco y haciendo algún chiste, nunca burlándose de ellos, por supuesto, sino aportando desde lo que no puedo evitar, que es un poco el humor, porque está en todo lo que hago”, admite.
Para poco es mucho y para mucho es poco
En su breve carrera, Astroboy cosechó aplausos en diversos escenarios. Y si bien sería injusto calificarla como un fenómeno “de nicho”, también lo sería decir que alcanzó la categoría de fenómeno de masas. Por ello, el autor corría quizá el riesgo de escribir un libro dirigido a un público objetivo muy acotado.
“Sinceramente, yo estaba tan adentro del fenómeno Astro Boy, BJ, Pachamama, que ni siquiera ahora me puse a pensar en el alcance de ese fenómeno, o cuántos conocieran la banda. Sé que, en estos años y luego de su regreso—sacaron un disco hace poco— se sorprendieron con que la gente los seguía escuchando, y de saber que gente de mí generación se los había hecho escuchar a sus hijos”, dice.
Por ello, el riesgo de apuntar un público poco numeroso “no fue una preocupación, porque básicamente era el libro que podía hacer y que quería hacer. Podía pasar que cuando le mandara la propuesta a la editorial me dijeran, ‘No, mira, no los conoce nadie’, y ahí se terminaría la historia, pero como que no me puse a pensar en eso”, rememora.
Además, ocuparse de temas “ de nicho” es habitual para Alcuri. “Es una cosa que a mí me sale bastante bien. Por ejemplo, escribo muchas notas sobre historietas, de cómics, entonces me gusta y me sale eso de tratar de explicar un poco lo muy chiquito o lo de muy pocos, a un público más general”, considera.
“Yo creo que si lees el libro, y aunque no hayas escuchado nunca a la banda, te pinta una época y creo que, obviamente, te da ganas de escucharla”, invita.
En cuanto al feedback de la obra, Alcuri valora que haya sido, en primera instancia, del agrado de los Astroboy.
“A mí me gustó que a la banda le gustara. No se trataba de hacer la biografía no autorizada. Para mí era importante, incluso desde un punto de vista del éxito del texto, que ellos se vieran reflejados ahí y que dijeran, ‘bueno, esto es la historia que conté yo, por lo tanto, no me puede disgustar’. Les gustó mucho el libro, a mí me puso muy contento”, dice.
“Si atravesaste esa época, creo que te va a gustar muchísimo. Y si no, creo que es interesante porque pinta, no solamente la época, sino una banda muy particular que llegó en un momento también muy particular y que tiene una historia súper interesante”, concluye.
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