Por María Noel Domínguez
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Después de años lejos de Uruguay, Carolina Sendic regresó con una historia personal que decidió transformar en libro. No es una biografía política ni una reconstrucción histórica en sentido clásico, sino una mirada íntima sobre Raúl Sendic: el padre, el hombre austero, el que acompañaba, enseñaba y escribía cartas desde la cárcel.
El texto se construye a partir de recuerdos, viajes compartidos, poemas, cartas inéditas y escenas cotidianas que permiten completar una figura pública muchas veces atrapada en su dimensión política. “Quise rescatar esa otra parte”, dice, en referencia a ese universo familiar menos visible.
Radicada en París desde hace años y dedicada al arte y la formación en pilates, Sendic comenzó a escribir durante la pandemia, pero fue en una residencia en Ardèche, en Francia —un lugar ligado a su historia con su padre—, donde el libro tomó forma definitiva.
El resultado es también, según cuenta, un intento de unión: entre hermanos, entre generaciones y entre lectores que puedan reconocerse en una relación universal, la de un padre y una hija atravesada por el afecto, la enseñanza y la memoria.
¿Hace cuánto que no estabas por Uruguay y qué sentiste al volver?
—En realidad hace un año, porque el año pasado tuve que venir por problemas familiares. Hacía más o menos un año, pero antes de eso había estado 15 años sin venir por aquí. Y cuando volví vi un Uruguay mucho más limpio, con pequeños progresos, por supuesto. Fue un regreso muy particular, porque también estuvo atravesado por razones personales y por todo lo que implicaba reencontrarme con este país después de tanto tiempo.
En el libro hay también una reconstrucción de tu lugar en esa historia familiar. Sos hija de Raúl y de Yenny Itté y además la menor de varios hermanos nacidos en distintas etapas de la vida de tu padre.
—Sí, exactamente. Mi madre fue una de las compañeras de mi papá. Él tuvo varias compañeras a lo largo de su vida. Su primera esposa fue Nilda, después estuvo Violeta, luego mi madre y, más tarde, su última compañera fue Xenia. Yo soy la hija de Yenny, la última, sí, la chiquita, la consentida. Esa constelación familiar también forma parte del libro, porque la historia de mi padre no puede separarse de la historia de su familia, de sus hijos, de cómo intentó mantenernos unidos incluso estando cada uno en lugares distintos y en momentos diferentes de la vida.
También corre a Raúl Sendic del lugar exclusivamente político y lo lleva a un plano más íntimo, más familiar. ¿Ese era el objetivo principal?
—Sí, completamente. El libro habla del ser humano y ese era justamente el objetivo: rescatar esa otra parte, que por supuesto también va con su rol como líder político, pero que no siempre fue mostrada. Yo quería completar ese personaje que fue mi padre. Para mí fue un gran hombre y el libro habla mucho de su altruismo, de su benevolencia, de su cariño, del amor que él le tenía a todo. Él amaba la vida y, por ende, a su familia y a sus hijos. Me interesaba mostrar eso: no solamente al referente político que todos conocen, sino al hombre que vivía, sentía, acompañaba y estaba pendiente de su mundo más cercano.
En esa reconstrucción aparecen testimonios, recuerdos y también cartas y poemas que él te escribió. ¿Qué lugar ocupan esos materiales?
—Un lugar central. Algunos de esos textos ya habían aparecido antes: cinco poemas habían salido en aquella edición de Cartas desde la prisión. Pero en este libro se completa con otras cartas nuevas que nunca habían salido a la luz. Hay cartas de los últimos tiempos en la cárcel, cartas posteriores, del período en que estuvimos separados por sus viajes, y hasta una carta que, si no me equivoco, fue escrita un mes antes de que falleciera. En esa carta él todavía me escribe con la esperanza de que se iba a salvar de ese síndrome, me contaba cómo venía con el tratamiento. Entonces ahí hay una dimensión muy fuerte, porque no es solamente un archivo: son palabras vivas, dirigidas a mí, a mis hermanos, a nuestra vida.
En todas esas cartas aparece, según contás, una preocupación muy concreta por la vida cotidiana de ustedes: los estudios, las notas, cómo estaban.
—Sí, completamente. Eso era muy de él. Siempre estaba atento a cómo nos iba, no solamente a nosotros como hijos, sino a todos los jóvenes. Desde el ejemplo, impulsaba a estudiar y respetaba profundamente lo que cada uno quería hacer, lo que amaba. En las cartas eso se ve clarísimo: se interesaba por las notas, por si alguien había mejorado en matemáticas, por si otro había bajado el rendimiento, por la vida concreta, diaria. No era una preocupación abstracta. Era genuina. Estaba realmente interesado en nosotros.
Y en tu caso ese apoyo fue muy importante, porque tu camino fue otro, lejos de la política.
—Sí. Yo nunca estuve mezclada con la política; al contrario, me incliné mucho hacia lo artístico. Bailé 25 años y después, como consecuencia de trabajar tanto con el cuerpo, seguí como instructora de pilates y luego como formadora de pilates en París. Siempre mi padre me apoyó. Siempre me dijo: “Sigue tu carrera, sigue tu vocación”. Y eso fue muy importante para mí, porque hubo gente más sectaria en mi familia que decía que eso no era una verdadera carrera, que era un hobby. Y él no. Él me decía: “Si esto es tu vocación, dale para adelante”. Entre tanto, ese hobby duró 25 años.
En un momento decís que, más que una vocación, eso terminó siendo tu definición.
—Sí, exactamente. Era mi definición. Y, además, ese camino me llevó a viajar por el mundo entero, a conocer muchísimo sobre el cuerpo humano y a construir una vida profesional que después derivó en lo que hago hoy, que es formar profesores en París. Para mí fue muy importante haber tenido a un padre que, en vez de intentar llevarme hacia otro lado, respetó lo que yo era y me alentó a seguirlo.
También contás mucho de los viajes que hiciste con él después de su salida de la cárcel, y de los encuentros en Cuba. ¿Cómo era viajar con Raúl Sendic y con el peso de ese apellido?
—Era muy simple, justamente porque él hacía todo simple. Puede ser que en Uruguay o incluso en algunos lugares de Europa la gente reaccionara al apellido, al “Raúl Sendic, Raúl Sendic”, pero mi padre fue un hombre muy modesto. Eso cabe remarcarlo mucho, porque era así de verdad. Nunca hacía de su apellido una cosa grandilocuente. Para él era él. Siempre estaba muy cerca de la gente del pueblo, muy cerca incluso de la persona que limpiaba el piso. Todo era sencillo porque él no quería nada estrafalario ni ningún exceso en ningún sentido.
Esa austeridad aparece una y otra vez en el libro.
—Sí, totalmente. Cuando viajamos por Europa, que realmente hicimos mucho recorrido —yo menciono Copenhague, Suecia, Malmö y tantos otros lugares; él incluso siguió después a Hungría, a Rusia, a la Unión Soviética—, siempre dormíamos en casa de los compañeros, como él les decía. Comíamos lo mismo que ellos comían. Si preguntaban qué queríamos comer, él respondía: “Lo mismo que ustedes”. Si uno quería otra cosa, no. Todo era así. Y yo aprendí mucho de eso, de adaptarse a lo que hay y al lugar donde estás.
Hay detalles muy pequeños que terminan definiendo algo grande de su personalidad.
—Exactamente. Por ejemplo, eso de los zapatos, esa austeridad permanente: todo tenía que ser sencillo, sin exceso. Y también los post-it, que para mí son una imagen muy fuerte. Yo lo cuento en el libro: él usaba papelitos de colores para organizarse y me decía “esto es un continente, esto es otro”, y cada color representaba una zona. Yo le decía: “Pero, papi, si te mandan agendas de cuero carísimas de todo el mundo”. Y él ni las abría. Prefería esos papelitos. Ayer, en el museo, vi que esos post-it estaban ahí y me emocioné muchísimo, porque me acordé perfecto de estar sentada en un escalón mientras me explicaba cómo organizarme con ellos, cómo podía hacer lo mismo con mis materias. Son escenas muy pequeñas, pero ahí está condensada su forma de ser.
Y esas escenas también te devuelven a tu adolescencia.
—Sí. Yo era una adolescente muy rebelde, muy inquieta. Y él, en vez de entrar en el conflicto, muchas veces me calmaba con el sentido del humor. Como que mi carácter resbalaba sobre su manera de ser. Yo enseguida sentía que nada era tan trágico. Eso me encantaba de él. Incluso hoy trato de hacer algo parecido con mi hijo, aunque no siempre resulta. Pero esa forma de canalizarme, de no aplastarme, de no volver todo un drama, era muy propia suya.
¿Cómo fue el proceso de reunir todo eso y decidir: “Ahora sí, quiero contarlo en un libro”?
—Fue interesante, porque yo había empezado a escribir un poco durante el confinamiento. Pero quedó ahí, como tantas cosas de esa época en que parecía que nos íbamos a morir todos. El año pasado, cuando vine a Uruguay por razones personales, alguien me habló de Fin de Siglo, de Alicia y Estefanía, me consiguieron el número y las llamé. Me quedaban dos días para estar aquí y les propuse esto. Pero yo casi no tenía nada: unas tres hojas, muy poco. Les prometí que cuando llegara a París les enviaba algo más. Lo vieron, lo aceptaron y enseguida se entusiasmaron.
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¿Y ahí empezó el verdadero trabajo?
—Sí, porque yo viajo mucho por mi trabajo y pensaba: “Dios mío, ¿en qué momento lo voy a terminar?”. Entonces, le prometí a Estefanía que lo iba a tener para el primero de septiembre. En agosto me fui a Ardèche, una región de Francia de la que hablo mucho en el libro porque allí estuve con mi padre, y me aislé en un lugar maravilloso, frente a la campiña. Desde ahí brotó bastante natural. No todos los días fue fluido: había jornadas en que escribía una palabra, decía “esto no sirve”, borraba párrafos enteros y volvía a empezar. Pero, en general, brotó.
¿Qué fue lo más valioso de ese proceso de escritura?
—Volver a entrar en la adolescencia. Recuperar ese lenguaje adolescente, esa manera de sentir. Y también algo importante para mí: como yo me crie en Cuba, aprendí a leer y a escribir allá, mantengo un lenguaje cubano. Digo “guagua” y no “ómnibus”, “carro” y no “auto”, por ejemplo. Y me gustó mucho que en Fin de Siglo respetaran eso. Porque, al final, el libro también tiene algo universal: puede tocar a muchas familias, a un padre y una hija adolescente, más allá del país.
Justamente, vos nunca viviste del todo en Uruguay. ¿Eso te dio una distancia particular para escribir sobre tu padre?
—Sí, creo que sí. Yo nunca viví realmente aquí. Viví muy poquito tiempo con mi padre, no sé si llegó a un año. Después volví cuando él falleció, muchos años más tarde, pero fue casi un trampolín, porque en ese tiempo me fui para Francia. Entonces estuve bastante desconectada de Uruguay en ese sentido. Mantuve contacto con algunos de mis hermanos, pero no sabía tanto de cómo se veía aquí a Raúl Sendic padre. Y eso también me ayudó a mantener cierta neutralidad.
Aunque el libro es muy personal, también hay mucho trabajo de memoria y de documentación.
—Sí, claro. No es solamente mi memoria. Yo me asistí de muchos recortes de periódicos, guardé todo lo de la época de la muerte y de antes, porque siempre me enviaron cosas y yo todo lo guardé. También me ayudó mucho el libro de Blixen para algunos datos que necesitaba exponer. Y, además, una gran amiga, Ana Laura García, y mi madre me ayudaron muchísimo cuando me fallaba un poco la memoria. Yo les escribía por WhatsApp, les preguntaba si una fecha era así, si una escena había pasado acá o allá. O sea, no es solo mi escritura: ellas me aportaron muchísimo.
Tu madre vive en París, como vos, pero en este momento está en Uruguay.
—Sí, vive en París; no conmigo, pero en París. Y ahora está aquí, y va a ir a la presentación en la Fundación Mario Benedetti. Eso también me da mucha alegría.
¿Cómo estás viviendo esta presentación del libro? ¿Con nervios, con ansiedad?
—No, estoy muy en paz. Después de escribir este libro, me siento muy bien. Siento que se abrió una caja de Pandora de recuerdos, pero en un buen sentido: de volver a ver a ese hombre de otra manera, de volver a ver el ser humano, el hombre, el padre. Me dejó una sensación de paz.
También tiene algo especial que seas vos quien lo cuenta, porque no tuviste una exposición pública como otros integrantes de la familia.
—No era conocida, no. Y, además, como digo, más allá de ese tiempo de tránsito acá, nunca he vivido en Uruguay; no tengo la cultura uruguaya en el sentido profundo, no la recibí. Ayer mismo, en la presentación en el Museo de la Memoria, un señor vino y me preguntó por qué tenía ese acento, de dónde venía. Eso muestra también ese lugar un poco lateral desde el que hablo.
En el comienzo del libro aparece fuerte la idea de que tu padre quería a sus hijos unidos, pese a las distintas etapas, las distintas madres y las distintas vidas de cada uno.
—Sí, completamente. Nosotros nos conocimos todos en Cuba, en distintos momentos. Yo conocí a Albertico y a Jorge siendo muy chiquita, y a Raulito y Ramiro muchos años después, cuando ya eran más grandes. Pero sí, nos conocimos todos en Cuba. Y en mi padre estaba muy fuerte esa voluntad de unión. Cartas de la prisión está dedicado a los cinco. Ese era uno de sus grandes objetivos. Entonces, para mí, este libro también está hecho en son de unión. Ojalá una, en todos los sentidos.
¿Ese deseo de unión ya te volvió desde los lectores?
—Sí. Ayer, por ejemplo, una persona que me entrevistó me dijo que el libro le había aportado mucho para la unión con su familia, con su hija, con su exmujer. Esas cosas me llegan muchísimo porque ese era uno de los objetivos. Que no fuera solo una evocación personal, sino que también tocara algo más amplio.
¿Consultaste a tus hermanos para escribirlo?
—No. No consulté a nadie. Esta es mi historia. Consulté a Alicia y a Estefanía en el proceso editorial, pero a mi familia no. Porque era importante también preservar esa autenticidad: la de mi vínculo, mi mirada, mi recuerdo.
En lo que contás aparece muy fuerte una relación de hija con admiración, pero también con carácter, con postura propia.
—Sí, siempre tuve mi postura. Yo era inquieta, muy inquieta. Me crie con mucha libertad, además como artista, dentro de un ambiente como la Escuela Nacional de Arte, que es otro mundo. Entonces, él siempre me proponía cosas, ideas, pero me iba canalizando. Nunca aplastándome. Eso para mí fue muy importante.
En la última etapa de su vida, recordás además a un Raúl Sendic preocupado por cuestiones que iban más allá de la coyuntura política inmediata.
—Sí, totalmente. Yo lo recuerdo muy preocupado por los temas del planeta, por cuestiones más universales. Tenía una gran visión. Justo ayer hablaba de eso, de su mirada, no solo la física, que era maravillosa, sino su mirada política y geográfica, más global. Hoy esas preocupaciones son evidentes para todos, pero él ya las veía. Mi padre pronosticó muchísimas cosas.
¿Te hablaba de eso directamente?
—Sí. La última vez que lo vi en Cuba, aunque él ya estaba muy cansado y enfermo, me habló de muchas cosas. Lo hizo con mucha suavidad y con mucha modestia, pero me pronosticó tantas cosas que hoy veo que me impresiona. Fue un hombre de una gran visión, un hombre de vanguardia. Eso es algo que admiro muchísimo.
Y aun cuando se esperaba de él una respuesta más política, partidaria, insistía en mirar más lejos.
—Exactamente. Podía hablar de política perfectamente, porque la política en Uruguay siempre está muy presente, pero él marcaba temas vinculados a algo más amplio. Como dijo, creo, Marenales cuando falleció: “Hemos perdido la brújula contra el dogmatismo”. Porque él era muy abierto, muy tolerante. Y eso es algo que yo veo que escasea cada vez más, en la política, pero también en todos los niveles. O piensas como yo o no existes. Y eso es una lástima.
Sin embargo, este no es un libro para discutir política partidaria.
—No, no es el objetivo. Justamente lo que devuelve el libro es la parte humana. Espero que así le llegue a todos, como un pequeño hogar a los corazones de todos.
Porque en definitiva ahí está lo más potente: más allá de la valoración política que cada uno tenga de Raúl Sendic, en un momento llegaba a su casa y corregía deberes.
—Claro, exactamente. Y además, estando en Cuba, no me decía “agarrá un fusil”; me decía “vamos a la escuela de danza”. Siempre acompañándome, siempre interesado. Y no solo conmigo: con todos los jóvenes, con todos mis amigos. En las cartas eso se refleja mucho. Siempre estaba atento a si Fulana había sacado buenas notas en matemáticas o si alguien había bajado en otra materia. Estaba de verdad interesado en nosotros.
También contás que enseñaba sin imponerse.
—Sí, jamás me impuso nada: me explicaba. Y muchas veces me explicaba a través de los animales, porque a mí me gustan mucho y creo que a todos los Sendic también. Me hablaba de la sabiduría de los animales, de cómo se despliegan, cómo se mueven, cómo se unen, cómo se separan. Los leones, por ejemplo. Era admirable, porque era una enseñanza sin imponerte. Yo creo que lo mejor que uno tiene para envejecer no son las arrugas, sino la sabiduría. Y él, para mí, es el ejemplo de sabiduría.
Y en todo eso aparece siempre el humor.
—Sí, el sentido del humor estaba omnipresente. Nos veíamos casi todos los días y siempre había algo. Además de algún regaño, claro, había una estrategia, una picardía para saber en qué andaba yo. Pero había confianza. Él era muy pícaro.
Hay una escena muy linda en el ascensor en Cuba.
—Sí, en el último período. Había un ascensorista que tendría dos o tres años más que yo, y mi padre se reía con él, disfrutaba subir y bajar en ese ascensor porque el muchacho hacía chistes todo el tiempo. Y yo lo quería fulminar, claro. Pero mi padre estaba muerto de la risa, casi solidario con él. Me acuerdo de sus ojos tan pícaros. Son escenas muy graciosas y muy tiernas, y también quise que eso estuviera en el libro.
El libro
Yo tenía 15 años. Quince años aguardando, sin saberlo, esa noticia; esperándola sin esperar. Por eso, cuando partí con aquellos dos extraños rumbo al encuentro de mi padre, no sentí júbilo ni temor, sino una calma profunda y extraña, como si todo ya estuviera escrito, como si cada paso me hubiera sido marcado desde antes. Era el 22 de noviembre de 1985.
Editorial Fin de Siglo
Así comienza el relato de un reencuentro: el de una hija adolescente con un padre recién liberado después de 13 años de prisión y tortura como rehén de la dictadura uruguaya.
Desde Cuba, Francia, Suiza y Uruguay, la narración de Carolina Sendic nos va revelando a su padre a través de lo cotidiano y en su lado más humano: el hombre austero y curioso, de humor singular y profunda ternura, que aprende sobre la marcha los pormenores de la paternidad después de tantos años de ausencia. La historia política funciona como telón de fondo de una experiencia profundamente íntima: la construcción de un vínculo marcado por caminatas, conversaciones, silencios, cuidados y afectos compartidos.
El texto se enriquece con testimonios de quienes lo conocieron y acompañaron —Guillermo Chifflet, Henry Engler, Mario Benedetti y Eduardo Galeano, entre otros—, y con un fascinante conjunto de fotografías y cartas inéditas. En palabras de Samuel Blixen: “El libro construye otro Sendic, que completa el que conocemos y que lo perfecciona en otro costado de su conocida humanidad. Ese Bebe imprevisto emerge del relato cuando padre e hija se abandonan, sin prisas y sin apuros, al rescate de una vivencia que debía haber comenzado quince años antes y que el destino interrumpiría muy poco después”.
Así, estas páginas rescatan a un hombre alejado del bronce de su leyenda —vulnerable y coherente, dulce y astuto, exigente y reflexivo— para tejer una historia acerca de la memoria, la dignidad, la resistencia sin odio y la posibilidad de reconstruir lazos después del horror.
Por María Noel Domínguez
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