Atajó en Nacional, terminó el liceo en Tanzania y ahora consiguió una beca en EE. UU.
Lucía Barrón tiene 20 años y es de La Unión; su paso por África y el voluntariado le abrieron las puertas para estudiar en Norteamérica.
18.07.2026 15:28
Por Clemente Calvo
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“Siempre fue un sueño y un anhelo que lo veía muy lejano”.
Lucía Barrón tiene 20 años y, desde que era niña, tuvo claro que uno de sus grandes objetivos era estudiar en el exterior. De chica tuvo la oportunidad de viajar a otros países, y cada frontera cruzada significó una lección de vida. “Pude ver cómo [viajar] te abre la cabeza y que el mundo es muchísimo más grande que Montevideo, que es donde yo crecí”, cuenta a Montevideo Portal.
Sin embargo, siempre fue consciente de que entre el deseo y la realidad se interponía una barrera difícil de sortear. El primer obstáculo era el económico: “Es muy difícil, muy caro, y las becas que se pueden conseguir muchas veces no te cubren el 100%”, reconoce. El segundo, los nervios propios de salir de la zona de confort: “Se veía bastante lejano, aparte de ese miedo de dejar tu casa, tu familia para irte a la universidad, y el idioma. Mi inglés no era perfecto para nada; estudiaba dos horas por semana”.
Todo cambió en 2023. Mientras navegaba por Instagram, se encontró con un video de Anahí De León, una joven de Canelones que contaba su experiencia cursando el Programa del Bachillerato Internacional (IB) en Colegios del Mundo Unido (United World Colleges, UWC), una red educativa integrada por 18 instituciones en cuatro continentes. En ese instante, sintió que había encontrado la oportunidad que tanto llevaba buscando. Lo que no pensó, quizás, era que ese sueño la llevaría hasta Tanzania.
Para el común de los uruguayos, el país de África Oriental puede sonar tan exótico como lejano y desconocido. Lucía no era la excepción: “Al principio, con la emoción, no caía mucho. Después dije: ‘Ah, voy a Tanzania’. Con mi familia teníamos cierta incertidumbre porque estaba muy lejos y había mucha diferencia horaria. No sabíamos cómo era el país, así que nos pusimos a investigar”, recuerda.
Dos años después de aquel momento, el pasado 22 de mayo, Lucía se graduó de su bachillerato internacional. Y no solo transformó la incertidumbre en un idilio con un país que la terminó enamorando, sino que su paso por la UWC le abrió una nueva puerta gigante: una beca para estudiar Relaciones Internacionales y Estudios Medioambientales en la Universidad de Lewis & Clark en Portland, Oregon. En apenas un mes, la golera que corría por todo Montevideo armará las valijas una vez más, esta vez rumbo a Estados Unidos (EE. UU.).
Una vida de atleta
Si hay algo que siempre marcó la vida de Lucía es el deporte. Su camino comenzó bajo los tres palos de la categoría sub 12 de Danubio, donde jugó durante dos años hasta que, en 2020, dio el salto a Nacional, el club de sus amores.
Aunque el fútbol femenino en Uruguay todavía pelea por su profesionalización y los clubes no están obligados a pagar salarios, algunas instituciones sí ofrecen una estructura de alto rendimiento. Fue en Nacional donde Lucía empezó a experimentar una rutina cada vez más cercana a la de una deportista profesional. “Me exigían que le dedicara gran parte de mi vida. Me tocó sacrificar un montón de cosas, como vida social, cumpleaños y viajes con mi familia”, recuerda.
Su rutina era maratónica: de lunes a sábados, todas las mañanas salía de su casa en La Unión para tomar el ómnibus 300 rumbo a la Ciudad Deportiva de Los Céspedes. Entre el viaje y la caminata, el trayecto le llevaba cerca de una hora. “Después, hacía lo mismo corriendo para el otro lado para poder llegar, con suerte, a comer. A veces ni comía para poder llegar al liceo, donde muchas veces tenía que entrar tarde”, recuerda.
Con el tiempo, el fútbol dejó de ser su única pasión. Descubrió que lo que realmente la movilizaba era el deporte en todas sus formas y comenzó a practicar, además, fútbol sala —también como golera— y voleibol, estirando sus días al límite. “Mis padres me iban a buscar recién a las 22:30. Y mi día empezaba a las 6:30, cuando salía de casa”.
Hasta que, cuando estaba en tercero de liceo, Lucía descubrió la ONG DESEM Junior Achievement. A través de una competencia organizada en alianza con su centro educativo participó por primera vez en un proyecto de voluntariado. “Con mi clase hicimos una empresa y competimos”, recuerda. Esa experiencia fue bisagra: “Vi que había otra cosa más del fútbol y el estudio”, confiesa.
La chispa se encendió y Lucía empezó a buscar organizaciones sociales donde volcar su energía. Primero, lo hizo a través de América Solidaria y su programa Concausa, donde compitió con un proyecto de limpieza de playas organizado por y para adolescentes. “Aprendimos un montón, lo presentamos ante gente muy importante e incluso llegamos a enseñárselo al presidente [Luis Lacalle Pou]”, explica con orgullo.
Poco después, se involucró en TECHO (Un Techo para mi País). “Iba todos los sábados o domingos de mañana a construir. Después, tenía que salir corriendo a la práctica de fútbol o al partido. Andaba corriendo por todo Montevideo, y a veces mi familia también”, admite entre risas.
Los sábados de mañana, Lucía y los demás voluntarios viajaban en un ómnibus de Cutcsa contratado por la organización a distintos barrios vulnerables de Montevideo. “Nos dividíamos por equipos y cada uno tenía una casa y una familia asignada a la que le construíamos una vivienda de emergencia. Estábamos toda la mañana construyendo: arrancábamos excavando para los pilares, limpiando el terreno donde iba a ir la casa...”.
Para Lucía, TECHO fue el lugar donde más aprendió. Allí, incorporó valores como el trabajo en equipo, la disciplina, la constancia y, sobre todo, la empatía. “Vos ahí estás construyendo una casa para una familia que realmente la necesita y ellos están super agradecidos contigo. Estás con los gatitos, los perritos, los niños, y el momento de la entrega de la casa es mágico porque la familia llora y te abraza. Es muy conmovedor”, dice.
Lo que comenzó como una forma de ayudar a otras personas terminó convirtiéndose en una experiencia decisiva para su futuro. Su compromiso con el voluntariado sería, de hecho, uno de los aspectos que la UWC más valoraría al momento de seleccionarla.
Tanzania: la tierra de los safaris
“En una palabra, yo diría que Tanzania es un país diverso. Tiene muchísimos ecosistemas: los safaris, la sabana, Zanzíbar que es una isla paradisíaca de agua cristalina y cálida; tiene el Kilimanjaro —la montaña más alta de África—, oasis como Maji Moto. Todo lo que te puedas imaginar. Es muy diverso y rico en cultura, en comida, y la gente es muy amable. Yo quedé enamoradísima del país”, explica Lucía.
Con más de 67 millones de habitantes y alrededor de un centenar de grupos étnicos, Tanzania es, además, uno de los países con mayor estabilidad política y seguridad del continente africano.
Llegar allí, sin embargo, no fue una elección propia, sino de los organizadores. “No es que vos puedas elegir el colegio al que vas a ir, sino que depende de tu perfil. Algunos colegios son más académicos y otros más deportivos”, detalla. El proceso de selección es tan extenso como exigente. Incluye varias entrevistas, un formulario con preguntas personales y hasta un campamento con actividades grupales para que los evaluadores conozcan a fondo a cada postulante.
Para aplicar, además, le pidieron un proyecto de voluntariado, y Lucía presentó su campaña de limpieza de playas en Uruguay. “Ellos buscan estudiantes que quieran involucrarse, aportar y dar algo a la comunidad”, señala. “Yo tenía un perfil más deportivo y encajé con el de UWC East Africa, en Tanzania, donde le dan muchísima importancia al deporte. Al final, realmente fue donde tenía que ir. Fue el lugar perfecto para mí”, dice. Apenas supo que quedó seleccionada, avisó a su técnico de Nacional que dejaba el equipo. Al poco tiempo, estaba emprendiendo un viaje de más de 10.000 kilómetros rumbo a África.
A diferencia de la rigidez del sistema uruguayo, en la UWC cada alumno diseña su propio camino académico. “Tenés seis materias y elegís una de cada grupo: una de Humanidades, una de Lenguaje, una de Adquisición de Lenguas, una de Matemáticas, y así vas armando tu propio currículum según lo que más te guste. Por ejemplo, si querés estudiar Administración de Empresas, podés elegir Negocios y Economía”, ilustra Lucía.
La exigencia también la definía cada estudiante según sus metas. “Tenías que seleccionar tres materias de nivel superior (Higher Level) y tres de nivel estándar (Standard Level). La diferencia está en la cantidad de horas y en la profundidad con la que se trabaja cada materia”, cuenta.
A la carga académica se sumaba el programa obligatorio CAS (Creatividad, Actividad y Servicio), compuesto por una serie de actividades extracurriculares. “Tenés que dedicar cierta cantidad de horas a creatividad, yo hice crochet y participé en el anuario. Después está la actividad que incluye todo lo relacionado con deporte: hice ultimate frisbee, voleibol, básquetbol, todo lo que te imagines. Y, por último, servicio, que es el voluntariado. Nosotros íbamos a escuelas a enseñar inglés y también íbamos a orfanatos”, suma.
Llevar todo adelante requería una disciplina de hierro. La rutina arrancaba de madrugada en el gimnasio, seguida por el desayuno, una ducha rápida y el inicio de clases a las 7:50. Tras el toque de salida a las 15:00, el día continuaba a mil por hora: “Después de eso, o me tomaba una siesta, o iba a hacer alguna actividad de CAS. Por ejemplo, los miércoles íbamos a una escuela a enseñar inglés o hacer deporte”, dice. Tras cenar a las 18:00, la noche se reservaba para los libros de estudio y la convivencia comunitaria. “Jugábamos juego de mesa, conversábamos, jugábamos al frisbee, al voleibol o al fútbol, o mirábamos una película todos juntos porque teníamos un proyector. Sobre las 23 o a las 12 de la noche recién nos íbamos a dormir”, cuenta.
En el campus convivían 86 estudiantes de 60 nacionalidades diferentes, por lo que el intercambio cultural era constante. “Fue muy divertido al principio porque teníamos choques culturales con todo: la música, la comida, las costumbres, las reglas de convivencia”, recuerda Lucía. “Empezábamos a escuchar mucho afrobeat, que es la música que se escucha allá. Mi compañera de cuarto era de Irán y, cuando limpiábamos la habitación, ponía música en persa. A mí me encantaba”, agrega.
Foto: cedida a Montevideo Portal
Dos años en Tanzania dejan una mochila cargada de anécdotas memorables. Lucía exploró las alturas escalando las montañas de North Pare —aunque confiesa que, a diferencia de algunos amigos, no se animó con los 5.895 metros del imponente Kilimanjaro—; descubrió con asombro que sus compañeros sirios tomaban mate (una herencia cultural de los migrantes que retornaron a Medio Oriente desde el Río de la Plata en el siglo XX), y vio por primera vez elefantes en estado salvaje, animales que define como sencillamente “imponentes”.
Sin embargo, asegura que lo más transformador no ocurrió durante un safari ni en una excursión, sino en una de las actividades de voluntariado.
“Con mi equipo, que era mayoritariamente latino —excepto por dos compañeros de Somalia y una chica de India—, decidimos ir a un orfanato para niños con SIDA que quedaba en Arusha, nuestra ciudad, para ayudar en lo que pudiéramos”, recuerda.
Lo que encontró allí la marcó para siempre. A pesar de convivir con una enfermedad compleja, los niños irradiaban una energía que la sorprendió desde el primer día. “Cuando llegamos, algunos de los más chiquitos estaban muy enfermos, vomitando o bastante débiles, pero realmente estaban súper felices. Apenas llegábamos, se nos trepaban arriba. Teníamos a un compañero paraguayo con dos niñas a upa y otro niño en la espalda. Transmitían una alegría tremenda. Nosotros ayudábamos, ellos nos enseñaban a bailar... fue una experiencia muy linda”, recuerda.
Aunque la tarea inicial era enseñar inglés, con el paso de las semanas el grupo sintió que podía hacer algo más. “Nos preguntábamos cuál era el verdadero cambio que estábamos generando. Sentíamos que no le cambiábamos la vida ni hacíamos algo realmente significativo. Al final les llevamos juguetes, armamos un sistema para organizar su ropa e hicimos un puente para que pudieran ir a bañarse al río”, dice con orgullo.
El siguiente desafío
Decir adiós después de dos años de convivencia tan intensa no fue fácil. Dejar atrás Tanzania y, sobre todo, a la comunidad que se convirtió en su familia fue un proceso profundamente movilizador.
“Dejar todo eso fue muy fuerte porque fue como dejar mi vida atrás otra vez. Cuando me fui de Uruguay dejé el fútbol, mi familia, mis mascotas... Llegué a Tanzania solo con las valijas y un montón de expectativas. Ese lugar se convirtió en mi nuevo mundo, con todas esas personas. Ahí también cambié muchísimo, crecí un montón como persona y cambió mucho mi manera de pensar”, reflexiona Lucía.
Ahora, el reloj vuelve a correr: le queda apenas un mes para meter su vida en una valija y emprender un nuevo viaje. Esta vez, sin embargo, ella fue quien eligió su propio destino.
“Elegí la Universidad de Lewis & Clark porque le da muchísima importancia a la sustentabilidad y está ubicada en un bosque, en Portland, muy cerca de la ciudad. Me gustó ese enfoque, el cuidado de la naturaleza y que también tiene muchísimas oportunidades de voluntariado y actividades afuera del campus”, destaca con entusiasmo sobre su próximo hogar en el estado de Oregon.
Además, el nuevo capítulo también marcará el reencuentro con un viejo amor: “Me aceptaron en el equipo de fútbol, voy a ser la golera. Bueno, allá le dicen soccer (ríe)”.
Las inscripciones para una nueva edición de UWC están abiertas, y el mensaje de Lucía es claro: “Para cualquier joven que esté pensando en postularse, mi consejo es que lo haga. Aunque tenga dudas, que se anime, porque UWC es una experiencia que realmente te cambia la vida, la forma de pensar y la manera de ver el mundo”.
Por Clemente Calvo
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