El psiquiatra Ariel Gold volvió a escribir después de años, impulsado por una inquietud que —según cuenta— ya no lo dejaba dormir. No fue una decisión planificada, sino la respuesta a un cambio que empezó a detectar en su práctica clínica: algo estaba pasando con los niños que no encajaba en los modelos tradicionales.

Durante décadas, la consulta en salud mental infantil estuvo marcada por problemas de autorregulación: conductas impulsivas, dificultades para controlar emociones o comportamientos. Pero, en los últimos años, Gold empezó a notar algo distinto, más profundo y más difícil de explicar.

Lo que emergía no era solo un problema de conducta, sino una falla en el desarrollo de la empatía. Niños que no registran al otro, que no sienten culpa ni arrepentimiento, que no logran conectar emocionalmente. Un fenómeno que, según plantea, no es individual, sino cultural.

En esta entrevista, Gold desarrolla una idea tan inquietante como urgente: la empatía no es un valor abstracto ni una cuestión moral, sino un sistema cerebral complejo que hoy está en riesgo. Y si no se desarrolla, advierte, no solo afecta la convivencia: compromete el bienestar, los vínculos y el futuro de toda una generación.

Que no estamos registrando al otro. Y para que funcione la empatía, primero tenés que conectar. ¿Qué quiere decir conectar? Que tu atención salga de vos y se ponga en el otro. Pero si estás con tus problemas o con un aparato a 15 centímetros, no registrás nada.

Entonces no es que la persona sea mala. Es que ni siquiera prende los sistemas de empatía.

Hoy los educadores están cada vez más desautorizados. Los padres cuestionan todo. Entonces tenés niños sin autorregulación y sin empatía. Y eso no es libertad. Eso es ser esclavo de tus emociones.

Eso se ve mucho en lo cotidiano…

Totalmente. Vos ves gente en una sala de espera, y nadie registra a nadie. Podrías pasar en ropa interior y no se enteran. En el ómnibus pasa lo mismo. Yo siempre digo: si a mí me pasa algo, salvo que haga ruido, nadie se da cuenta. Y no es de malos: es cultural.

O niños que pasan al lado de alguien todos los días y ni lo saludan. Antes eso estaba incorporado. Hoy no.

¿Qué rol tienen las pantallas en esto?

Un rol enorme. Porque interfieren con la atención. Y, si la atención está tomada, no podés activar la empatía. Entonces empezamos a tener dificultades para desarrollar estos circuitos de forma fluida.

También hablás de la educación…

Sí, porque hay otro problema: los límites. Hoy los educadores están cada vez más desautorizados. Los padres cuestionan todo. Entonces tenés niños sin autorregulación y sin empatía. Y eso no es libertad. Eso es ser esclavo de tus emociones.

¿Qué consecuencias tiene eso?

Nos va la vida en esto. Porque sin empatía no hay comunidad. Y además impacta en la salud mental. Hoy vemos niveles altísimos de depresión. Y uno de los factores es el deterioro de los vínculos. Nos llevamos mejor con las cosas que con las personas. Y al final, lo que queda, son los afectos.

La empatía no es un lujo. Es una necesidad de supervivencia. 

Sin embargo, planteás que esto se puede revertir…

Sí, pero empezando por lo cercano. Yo no tengo soluciones macro. Pero en la casa, en el aula, se puede trabajar. Poner límites, enseñar a registrar al otro, generar conexión. Eso es clave.

¿Y qué lugar ocupa la empatía en todo esto?

La empatía no es un lujo. Es una necesidad de supervivencia. Porque, además, cuando vos ayudás a otro, tu cerebro libera sustancias que te hacen sentir mejor.

La más importante es la oxitocina, que genera calma, bienestar, vínculo. Y eso se activa al hacer algo por otro. Entonces no es solo un valor moral. Es algo biológico, necesario para vivir mejor.

¿Qué te gustaría que quedara como idea final?

Que si no formamos personas convivibles —con autorregulación y empatía— vamos a tener generaciones que van a sufrir mucho. Porque podés tener todo lo material, pero si no tenés vínculos, sos profundamente infeliz. Y eso es lo que estamos empezando a ver.

Entrevista completa: 

La entrevista completa a Gold:

El libro

La empatía constituye una de las habilidades esenciales para el bienestar personal y la convivencia social. Sin embargo, en una época marcada por la desconexión emocional y la constante estimulación digital, su desarrollo presenta desafíos cada vez mayores. Ser empático hace bien propone un recorrido claro y accesible por los fundamentos básicos de la empatía, junto con estrategias efectivas para promoverla en niños, niñas y adolescentes.

Dirigido a padres, madres y educadores, este libro ofrece herramientas prácticas basadas en evidencia científica para fortalecer la comprensión emocional, la escucha activa y la capacidad de respuesta compasiva. De esta manera, favorece la construcción de vínculos saludables, una comunicación más genuina y entornos donde los niños, niñas y adolescentes puedan crecer emocionalmente seguros. Mediante ejemplos cotidianos, orientaciones concretas y reflexiones actualizadas, la obra invita a crear hogares y aulas donde la empatía sea una forma de relación y una fuente de bienestar. Nos recuerda, además, que la empatía no solo beneficia a quien la recibe, sino también transforma a quien la practica.