Alfredo Etchegaray, el uruguayo que cruzó América en una Land Rover y entró al Guinness
En 1987, integró una expedición que unió Prudhoe Bay con Tierra del Fuego en 56 días. Viajó junto a príncipes y dormían en los vehículos.
Montevideo Portal
Hay aventuras que se planifican en mesas de restaurantes parisinos y terminan con una batalla de vino espumoso en el confín del continente. La de Alfredo Etchegaray empezó, en cierta forma, en Punta del Este, donde el uruguayo había cultivado vínculos con figuras internacionales que llegaban al balneario y, en algunos casos, lo elegían para vivir. Entre ellas estaba el príncipe Rodrigue d’Arenberg.
De esa amistad nació una expedición que en 1987 unió Alaska con Tierra del Fuego en cuatro vehículos Land Rover, entró en el Guinness World Records y dejó en Etchegaray una manera de ver la vida que todavía no se ha agotado.
El certificado Guinness fija las fechas con precisión: del 4 de febrero al 1º de abril de 1987, de Prudhoe Bay a Ushuaia, en 56 días, 12 horas y 27 minutos. Etchegaray recuerda, según consignó el portal Punta del Este Internacional, que el grupo siguió un poco más allá, hasta Bahía Lapataia, donde termina la ruta 3 argentina. Después de casi dos meses al volante cruzando un continente entero, el festejo fue una batalla de vino espumoso.
Los hombres detrás del mapa
El proyecto fue impulsado y financiado en buena parte por el príncipe Pierre d’Arenberg y su primo Rodrigue. De los cuatro Land Rover preparados en Bélgica, uno fue aportado por el importador Beherman Demoen; los otros tres los pagaron los príncipes. La expedición tenía también una finalidad solidaria: apoyar a Amade, la organización de ayuda a la infancia fundada por Grace de Mónaco. Rodrigue era amigo de Carolina de Mónaco, y ese vínculo acercaba la aventura a una causa con proyección internacional. Las crónicas de entonces presentaron la iniciativa como una forma de recaudar fondos y darle visibilidad a Amade.
El grupo reunió a nueve participantes: Pierre y Rodrigue d’Arenberg, Alfredo Etchegaray, Eduardo Milieris, Fabrizio Granero, Achille Guest, Alexis Corneille, Yves Delannoy y David Lefranc. Etchegaray tenía 31 años y aportó un oficio que ya ejercía fuera de la ruta: organizar y resolver. Buscó contactos a través del Rotary Club, los clubes de Leones, el Automóvil Club del Uruguay y otras instituciones. En un viaje que debía atravesar tantas fronteras, abrir una puerta podía ser tan necesario como tener combustible.
Tres de los cuatro vehículos completaron la travesía. Eduardo Milieris y Fabrizio Granero regresaron antes de la llegada. Etchegaray atribuye esas salidas a diferencias de convivencia dentro del equipo; en el caso de Granero, sitúa el regreso en Los Ángeles, después de un accidente ocurrido en Alaska donde el joyero italiano sufrió una luxación de hombro tras deslizarse un Land Rover por una ladera.
La vida entre dos extremos
A -40 °C, la primera preocupación era mantener los motores en marcha. Muy pronto llegaron el accidente y la necesidad de comprar abrigo y botas adecuados. Sin embargo, las averías mecánicas fueron pocas: muchos de los repuestos que llevaban cruzaron América sin utilizarse. La resistencia de los autos no garantizaba comodidad. Por los cierres entraba polvo, la aislación térmica era insuficiente, en el norte se formaba hielo en el techo y en Centroamérica el calor se hacía sentir dentro de la cabina.
Dormían en los vehículos, en hamacas paraguayas o, cuando podían detenerse, en hoteles donde aprovechaban para bañarse.
Lo más difícil, dice Etchegaray, podía ser la monotonía. Montaña arriba, montaña abajo, horas de conducción y esperas en las aduanas. Las radios enlazaban a los cuatro vehículos: el primero advertía lo que encontraba y, entre aviso y aviso, circulaban preguntas de historia, geografía y cultura. Era una manera de mantenerse atentos y acompañarse.
Etchegaray compartía vehículo con Rodrigue. Los unían el interés por la cultura y la disposición a levantarse temprano. Rodrigue fumaba y cuidaba sus cigarrillos, difíciles de reponer en ciertos tramos; Etchegaray no fumaba, y cuando el cansancio vencía a su compañero, tomaba el volante. La comida también pertenece a la memoria del camino: puestos de agua de coco, platos encontrados al paso y bandejas traídas de Europa que se calentaban mediante un sistema químico al tirar de una cinta. Achille Guest extrañaba las hamburguesas estadounidenses, un detalle que quedó como pequeña broma compartida en medio de una travesía exigente.
El continente no siempre dejaba pasar
En Honduras y Nicaragua atravesaron zonas afectadas por el conflicto entre contras y sandinistas: pueblos con edificios marcados por disparos, numerosos controles y dificultades para abastecerse.
En Ecuador encontraron las consecuencias de un terremoto. Guatemala le dejó a Etchegaray una imagen más serena: el lago Atitlán, cerca de Sololá, con un volcán al fondo, y la amabilidad de personas que a veces no querían ser fotografiadas. Cartagena de Indias, con su arquitectura colonial y sus músicos callejeros, lo sedujo tanto que años después volvió con su familia.
Entre Panamá y Colombia, el continente interrumpió la marcha. Para sortear el Tapón del Darién, embarcaron los Land Rover desde Colón hasta Barranquilla y ellos viajaron en avión. El reloj del récord siguió corriendo. Desde Colombia quedaba todavía el largo descenso hacia el sur, hasta que el mapa se volvió paisaje y aparecieron Ushuaia y Lapataia.
La vuelta y lo que quedó
Al regresar, Etchegaray organizó una recepción en la casa de la calle Mercedes, en Montevideo, construida por sus abuelos en 1925. Recuerda al grupo vestido de blanco y la presencia de un representante de Hermès, amigo de los príncipes.
La travesía captó la atención de medios internacionales: el diario Anchorage Daily News cubrió el inicio del recorrido; la revista francesa L’Événement documentó los detalles técnicos; la revista argentina Plaza Magazine entrevistó a los expedicionarios en Buenos Aires; y los cables de la agencia Associated Press difundieron la hazaña a nivel global.
Rodrigue d’Arenberg, fallecido en 2007, dejó una huella especial en Punta del Este, donde una calle lleva su nombre. Etchegaray organizó numerosas fiestas para él y mantuvo ese vínculo más allá de la expedición. En sus recuerdos de aquellas temporadas aparecen también Mariel y Margaux Hemingway, que visitaron el balneario en momentos distintos y se cruzaron con un ambiente donde personalidades internacionales, anfitriones y proyectos podían nacer alrededor de una mesa.
Hubo otra expedición imaginada por Pierre y Rodrigue que no llegó a realizarse: París-Pekín, inspirada en la travesía automovilística de 1907. Alfredo recuerda una reunión en Maxim’s de París para hablar de aquel proyecto. Tierra del Fuego había sido una meta, pero no había agotado las ganas de seguir viajando.
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