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El ascensor ya sube

Adiós al Indio, artífice de un fenómeno que “no podía triunfar” y conquistó a millones

La banda que “no se parecía a nada” y con letras “incomprensibles”, logró pasar un mensaje. Y todo el mundo lo entendió.

05.06.2026 11:26

Lectura: 4'

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Por Gerardo Carrasco
  [email protected]

Vacaciones de invierno de 1988. El autor de estas líneas tiene 15 años y está atento como un francotirador en la copa de un árbol de la selva vietnamita.

En su viejo radiograbador monoaural suena el programa radial Meridiano Juvenil. Conducido por el ya legendario Deqo Núñez, fue un verdadero referente y escaparate para el rock regional en Uruguay.

Los dedos del oyente rozan con nerviosismo las teclas “play” y “rec” del ya entonces viejo aparato holandés. Se trata de una práctica habitual en muchos jóvenes en aquel momento: no había YouTube, Spotify, ni nada parecido. Los discos y casetes no eran baratos ni abundaban. Tampoco incidía algoritmo alguno, y conocer bandas era cuestión de boca a boca entre amigos, pegarse a la radio y grabar, rezando para que el locutor no "pisara" los temas.

En ese momento, suena una guitarra prometedora y el joven oyente aprieta las teclas. Un cantante de voz ronca suelta estrofas extrañas al ritmo de una música igualmente singular. Para ese joven, lo que suena no se parece a nada que haya escuchado antes. De hecho, en ese primer momento, no tiene claro si le gusta mucho, poquito o nada. Pero se guarda la grabación para repetirla más tarde.

El tema en cuestión era “Vencedores vencidos”, de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, y ese escucha de solo 15 años no imaginaba que ese día comenzaría un eterno romance musical.

Tu negocio es muy difícil de explicar

Si bien este breve texto no pretende trasladar una experiencia individual a lo general, los hechos demuestran que la fascinación experimentada por ese adolescente en 1988 no fue única. Ni original.

Surgidos a fines de los 70, en el caldo de cultivo de una movida jipi, teatral y performática, Los Redondos dieron su gran salto en los 80, y consolidaron un éxito que sorprendió a todos: a ellos mismos, al público y, especialmente, a la industria.

Con un estilo de hacer rock que no se asemejaba a lo que sonaba por entonces en las radios rioplatenses, la banda comenzó a pasar de boca en boca, en casetes copiados. En ese entonces su sonido quizá no era perfecto, pero sí era arrollador. Y por encima de esa energía musical flotaba la figura del Indio, el taumaturgo que —no tengo pruebas ni dudas— fue el gran responsable de su trascendencia. Su voz, su enigmático carisma —valga el oxímoron— y las letras que componía hicieron la diferencia.

Obviamente, un análisis reduccionista podría concluir que las letras “hablaban de droga” de forma solapada, pero eso no les quita mérito en absoluto: la belleza puede acechar en una vasta y explícita canción de gesta, o en un breve y enigmático haiku.

Con Solari en el micrófono, Los Redondos lo cambiaron todo: la banda que sonaba raro, que tenía letras inextricables y que rehuía el contacto con la prensa y la farándula se convirtió en un fenómeno masivo incomprensible para muchos.

El Indio y los suyos generaron un fenómeno de hinchada, casi de religión, algo que quedó claro en las "misas ricoteras", descomunales recitales que la banda ofrecía a campo abierto, porque no había recinto capaz de albergar a sus seguidores. En aquel entonces, quedó claro que Los Redondos habían hecho algo más que pasar a jugar en las “grandes ligas”: habían creado su propia liga, y eran reyes absolutos. No podían ganar, pero ganaron.

Durante más de una década, la banda generó verdaderos himnos y hasta una suerte de cultura propia dentro de la cultura rock rioplatense.

¿Cómo no sentirme así?

En el comienzo del siglo XXI, la disolución de Los Redondos dejó desamparados a los fieles ricoteros. Y si bien el Indio y su compañero Skay Beilinson iniciaron exitosos proyectos solistas, nada fue igual. El espejo mágico se había roto y ya no nos veíamos reflejados.

Por ello, en cada recital de Skay o del Indio, se escuchaba siempre el mismo cántico: "Olé, olé, olé, olé, olá, solo les pido que se vuelvan a juntar".

Luego llegaron las malas noticias: la enfermedad del Indio, su paulatino alejamiento de los escenarios, y la noticia que hoy atravesó como un puñal a más de una generación.

En el momento de la despedida, queda la música y la constatación de una originalidad más del artista: Carlos Alberto Solari ya era una leyenda hace años y entró en la inmortalidad mucho antes de morir.

Por Gerardo Carrasco
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