Cultura

El culto a Ray

A 100 años del nacimiento de Ray Bradbury, los invitamos a su calesita de cuentos

Una vuelta al año en la calesita de Ray Bradbury, un repaso de doce cuentos ciclotímicos para acompañar el transcurso de las estaciones.

21.08.2020 09:26

Lectura: 9'

2020-08-21T09:26:00
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Por Martín Otheguy

Este sábado 22 de agosto se cumplen los cien años del nacimiento de Ray Bradbury, escritor estadounidense que nos dejó el 5 de junio de 2012. Al menos físicamente. 

Ray Bradbury vivirá siempre, gracias a esa obstinada costumbre de alcanzar la inmortalidad que tienen los libros como los suyos. Su literatura sigue siendo un viaje inolvidable en todas direcciones, ideal para llevar en un rincón del alma en cualquier época del año.

Bradbury fue un empecinado en celebrar la vida y la literatura, lo que demostró con su optimismo irredimible y una incontinencia creativa casi sin igual. Su obra no fue pareja ni consistente, algo imposible de lograr para cualquier persona que -como él- dedique al menos seis horas de todos los días de su vida a producir literatura, pero dejó un extenso y memorable legado de cuentos y novelas tocados por una luz extraña y única.

Pese a ser asociado comúnmente con el horror, la fantasía y la ciencia ficción, sus obras abarcan temas cercanos y están en realidad más vinculados con el pasado que con el futuro. Su Marte, el planeta con el que se lo asocia gracias a una serie de relatos bellísimos (a lo largo de toda su obra, no solo en Crónicas marcianas), tiene más que ver con su infancia perdida que con el futuro espacial.

Tiene además una gran cantidad de relatos influidos por sus viajes a México e Irlanda -uno se pregunta qué otros rumbos podría haber tomado su literatura de no haber tenido fobia a los aviones-, que demuestran su capacidad de observación y su buen ojo para la pintura costumbrista.

Si bien su mejor década literaria es la del '50 y su producción decae a partir de la década del '70 (su último gran libro es probablemente Mucho después de medianoche, de 1975), siguió escribiendo incansablemente hasta su muerte y supo dejar cada tanto alguna joya lúcida como testimonio de que la mano mágica del maestro aún estaba presente.

El siguiente pretende ser un recorrido del año junto a Bradbury, a modo de homenaje por los cien años de su nacimiento y en agradecimiento a los años de compañía fiel desde las páginas. No es un repaso a sus mejores cuentos, sino simplemente una calesita en torno a algunos de los relatos que -por gracia de los climas e imágenes poderosas de su pluma- pueden asociarse de alguna forma a las distintas estaciones

Enero

"El helado de lima y vainilla a la antigua" (El vino del estío, 1957)

El vino del estío, pese a poseer en abundancia esa prosa sentimental que tanto irrita a los detractores de Bradbury, es un libro que recaptura en forma brillante la sensación perdida de los veranos de la infancia. En él está además la génesis de buena parte de la literatura de Bradbury, la necesidad de retornar a la época pura de la niñez y la idealización de la vida rural de los pequeños pueblos norteamericanos. Su capítulo mejor logrado -sin título en realidad- es una hermosa historia de amor platónico ambientada en el comienzo del verano entre un joven veinteañero y una anciana de 95 años. Este romance atípico, en lugar de resultar chocante, se vuelve entrañable gracias a la elegancia de Bradbury, que nos deja observarlo desde lejos y con nostalgia mientras se va desarrollando en los jardines del Medio Oeste estadounidense.

Febrero

"Las vacaciones" (Las maquinarias de la alegría, 1964)

¿Qué niño no soñó alguna vez durante su infancia, al empezar el verano, que el planeta entero se vaciaba de gente y que el mundo se convertía en un enorme parque de juegos? Esta idea, fascinante y perturbadora a la vez, es el nudo detrás de "Las vacaciones", un relato en el que un niño y sus dos padres se enfrentan a un mundo que se vacía de gente de la noche a la mañana. En el verano desierto, repleto de imágenes de "silencios de abejas, flores y océano", los padres comienzan a dudar de los verdaderos deseos de su hijo.

Marzo

"El lago" (El país de octubre, 1950)

No hay ningún otro relato que sea capaz de transmitir mejor la sensación del final del verano, esa época en que "las olas se vuelven tristes sin ninguna razón" y en que la playa comienza a quedar silenciosa mientras se percibe cómo el otoño se acerca por la costa. Como todo en Bradbury, no es sin embargo un simple ejercicio nostálgico, dejando entrever detrás de la prosa edulcorada una sombra truculenta. El regreso del protagonista al lago de su infancia está marcado en este caso por perturbador retorno de una niña ahogada, que vuelve a completar un castillo de arena veinte años después.

Abril

"El emisario" (El país de octubre, 1950)

Escritor dado al romanticismo oscuro ("nieto" de Edgar Allan Poe, como él mismo supo decir) no hay época más apropiada para Bradbury que el otoño. Decenas de sus cuentos de desarrollan en esa estación en la que "el mediodía pasa rápidamente, donde se demoran la oscuridad y el crepúsculo, y la medianoche no se mueve". Dentro de un libro dedicado especialmente al otoño, "El emisario" reúne los mejores elementos del legado de Bradbury: la evocación nostálgica, la imaginación y el sentido del horror, que en este caso tienen como protagonistas a un niño enfermo, una maestra fallecida y la curiosidad inoportuna de un perro fiel.

Mayo

"El peatón" (Las doradas manzanas del sol, 1953)

En el futuro distópico y alienado de varios de los cuentos de Bradbury, cualquier conducta sociable o antigua resulta sospechosa. En el caso de Leonard Mead, protagonista de "El peatón", su crimen es "entrar en aquel silencio que era la ciudad a las ocho de una brumosa noche" y caminar por las calles en pleno otoño, en lugar de refugiarse en la luz histérica de la televisión como el resto de los habitantes. La pandemia, involuntariamente, echa nueva luz sobre el relato.

Junio

"La tercera expedición" (Crónicas marcianas, 1950)

Aunque no es estrictamente uno de los cuentos otoñales de Bradbury, sí juega con la idea de la nostalgia propia de la estación, sólo que esta vez la utiliza para un efecto aterrador que el escritor sólo pudo igualar en cuentos más volcados al género del terror como "El pequeño asesino". La llegada de la tercera expedición terrestre a Marte adquiere un tono inquietante cuando los astronautas descubren que en las casas marcianas viven sus propios antepasados, y que nada es realmente lo que parece. Es quizá el mejor ejemplo de ciencia ficción clásica (aceptada incluso por los puristas) de la obra de Bradbury, ingresando en el primer volumen del " Science Fiction Hall of Fame", una antología de los mejores cuentos del género elegidos por los propios escritores.

Julio

"El mendigo del puente de O'Conell" (Las maquinarias de la alegría, 1964)

Los mendigos irlandeses de Dublín, como un ejército de caras anónimas y sin embargo vagamente conocidas, es el telón de fondo de esta historia invernal hasta los huesos, en la que el protagonista se fascina con la intrigante figura de un indigente en el puente de O'Connell, parado estoico bajo la lluvia día tras día. Lejos de la ciencia ficción, la fantasía o el horror, géneros con los que comúnmente se asocia a Bradbury, el relato es una lección sutil de empatía.

Agosto

"La larga lluvia" (El hombre ilustrado, 1951)

"La lluvia continuaba. Era una lluvia dura, una lluvia constante, una lluvia minuciosa y opresiva. Era un chisporroteo, una catarata, un latigazo en los ojos, una resaca en los tobillos. Era una lluvia que ahogaba todas las lluvias, y hasta el recuerdo de las otras lluvias", comienza Bradbury en "La larga lluvia". Un grupo de hombres camina por el planeta Venus en búsqueda de una estación solar que nunca aparece, y lo único que los rodea, como en un desquiciante ejercicio solipsista, es la lluvia enervante, que va lavando sus rostros, borrando su personalidad, desahuciando el espíritu a medida que se extiende la sensación de un invierno que durará para siempre.

Setiembre

"La muerte y la doncella" (Las maquinarias de la alegría, 1964)

El comienzo de la primavera, vista como la tentadora invitación a un renacimiento, una segunda oportunidad, sobrevuela la trama fantasiosa del cuento "La muerte y la doncella", en el que una anciana mantiene raya a la muerte durante décadas con la puerta de su casa herméticamente cerrada. Pero cuando la primavera calienta los días y se anticipa el verano, hasta la Muerte puede tomar formas hermosas.

Octubre

"Encuentro nocturno" (Crónicas marcianas, 1950)

La primavera en Marte no es igual en la Tierra. En algunas noches, cuando los colonizadores terrestres perciben claramente la sensación de que no se encuentran en casa, el tiempo parece disolverse, estirarse. Casi puede oírse la música de las fiestas primaverales en los canales, cerca de las montañas Eniall. O eso al menos cree el marciano del relato, que llega como un fantasma de otras épocas a un curioso encuentro nocturno con un terrestre, resistiéndose al avance de la civilización en el planeta rojo.

Noviembre

"El hombre del cohete" (El hombre ilustrado, 1951)

Un hombre dividido entre el amor a su familia y a los misterios del espacio es la trama aparentemente simple de esta historia, que toca en realidad otros temas vinculados a las separaciones, las ausencias y las relaciones familiares. En un delicado juego estratégico, como si fueran piezas de ajedrez, madre e hijo conspiran con pequeñas trampas para retener al padre en la casa, un astronauta que sólo se queda unos pocos días antes de partir a su próxima y extensa misión. Ni siquiera en las noches de primavera, cuando la familia entera se reúne y todo parece volver a la normalidad, el hombre logra evitar sentir el llamado de su destino entre las estrellas.

Diciembre

"Eran morenos y de ojos dorados" (Remedio para melancólicos, 1960)

Los protagonistas del relato -que puede ser considerado una pieza perdida de Crónicas marciana"- sienten la llegada de un verano extraño en Marte. Las flores, las frutas, los animales, todo ha cambiado ligeramente, aunque tengan mejor olor y sabor. La promesa tentadora de un mejor verano, que asoma ya en los ajedrezados canales de las villas marcianas, está teñida de una sombra amenazadora e indefinible. Sus protagonistas deberán resolver la disyuntiva antes que sea demasiado tarde, mientras perciben que el color de sus ojos cambia lentamente cada mañana.

Por Martín Otheguy