A las 9:30 de la mañana del 1º de noviembre de 1755, víspera del feriado de Todos los Santos, la capital portuguesa fue estremecida por un violento terremoto que fue el factor desencadenante de una trágica cadena de sucesos terribles. Se estima que el sismo duró 6 minutos, tiempo en el que se produjo la destrucción casi completa de la ciudad de Lisboa, con réplicas que se sintieron de forma terrible en lugares del sur de España, como Huelva, e incluso en Marruecos.

Fue uno de los terremotos más mortíferos y destructivos de la historia, y los historiadores estiman que alcanzó la magnitud 9 en la escala de Richter.

El sismo tuvo su epicentro en el Océano Atlántico. Así, y como si los lisboetas no hubieran tenido suficiente con el temblor, minutos después la ciudad fue golpeada por un tsunami, cuya altura habría sido de entre 10 y 15 metros, y que alcanzó a la población en medio del caos generado por el terremoto.

Pero eso no fue todo. Como se señala líneas arriba, era la víspera de una importante fecha religiosa. Las iglesias estaban repletas de gente, y de velas encendidas. Muchos murieron aplastados en los templos, y las candelas generaron voraces incendios que duraron cinco días.

Se estima que el sismo, la marejada y el fuego se cobraron la vida de unas 90.000 personas en Lisboa, algo menos de un tercio de la población de la ciudad.

Alrededor del 85% de los edificios de Lisboa, por entonces una de las ciudades más grandes de Europa, fueron destruidos, incluyendo palacios, catedrales y bibliotecas.

La Ópera del Tajo, abierta solo seis meses antes, fue completamente consumida por el fuego, así como el enorme complejo del Palacio Real de Ribeira, que se encontraba en la orilla del Tajo, donde hoy está el Terreiro do Paço, una vasta plaza situada junto al río Tajo, y que es el corazón de la vida lisboeta.

En la biblioteca de la ciudad se perdieron 70,000 volúmenes y cientos de obras de arte, incluidas pinturas de Tiziano, Rubens y Correggio. Los preciosos Archivos Reales con miles de documentos relacionados con toda la exploración oceánica del mundo, muchos de ellos secretos, también desaparecieron irremediablemente.

El terremoto también destruyó las iglesias más grandes de Lisboa, especialmente la Catedral de Santa María y las Basílicas de Sao Paulo, Santa Catarina, Sao Vicente de Fora y la de la Misericordia.
La Patriarcal, una de las basílicas más opulentas de Europa, fue destruida por completo. El Hospital Real de Todos los Santos fue consumido por incendios y cientos de pacientes murieron quemados.


La tradicional 'calçada lisboeta' nació literalmente de los escombros de la ciudad. Foto: Gerardo Carrasco

Las ruinas del convento de Carmo, situado entre los céntricos barrios de Baixa y Chiado, fueron mantenidas intocadas como recordatorio de la tragedia, y pueden visitarse hoy en día
El terremoto de Lisboa tuvo un gran impacto político y socioeconómico en Portugal, pero también en el resto del mundo.

En aquel entonces, Portugal era todavía uno de los imperios más poderosos del planeta, y Lisboa una de las ciudades más ricas y con mayor flujo comercial, por lo que su devastación tuvo un impacto económico global. La tragedia marcó definitivamente la decadencia imperial de Portugal, y señaló lo que algunos historiadores denominan la prehistoria de la Europa Moderna.

El sismo dio lugar también a los primeros estudios científicos que marcaron el nacimiento de la sismología moderna.

Tras el sismo, y de la mano del marqués de Pombal, Lisboa inició un trabajoso y largo proceso de reconstrucción, creando una ciudad que ya no sería la misma. La ya mencionada plaza donde antes estaba el palacio real, es sólo un ejemplo de ello.

Hoy en día, una de las características más particulares de Lisboa son sus veredas de pequeños adoquines. Ese tipo de embaldosado surgió durante la reconstrucción, como forma de aprovechar los escombros del sismo.

La Torre de Belén, majestuosa atracción de Lisboa, sufrió un destino curioso. Edificada sobre una roca en medio del Tajo y frente al Monasterio de Jerónimos, tenía la función de ser defensa y aduana de la ciudad, controlando el tráfico fluvial.

El terremoto no derribó la torre, pero modificó el curso del río. Hoy en día, el edificio está junto a la orilla norte del curso de agua, y se accede a él por un puente que cruza sobre un insignificante hilillo de agua. De hecho, quienes se acercan sin usar el puente no se mojan más arriba del zapato.


La Torre de Belém, edificada en el centro del río Tajo, quedó junto a la orilla norte. Foto: Gerardo Carrasco

Explicar el terremoto fue una tarea difícil para las autoridades religiosas de la época. Ocurrió en vísperas de un día sagrado, y casi todos los templos de la urbe fueron destruidos. Pero el Bairro Alto, distrito rico en tabernas, casas de juego y prostíbulos, se vio muy poco afectado.