Por The New York Times | Danielle Braff

El invierno pasado, Trysta Barwig estaba agotada.

Se sentía abrumada por su puesto de administradora de programas y el trabajo le obligaba a viajar, con demasiada frecuencia, lejos de su casa en Atlanta. Necesitaba un descanso. Así que, cuando su jefe le pidió que volviera a hacer las maletas, utilizó la que se ha vuelto su mejor excusa: la exposición a la COVID-19.

“Supuse que sería más fácil decirle esto a mi jefe que responder a un millón de preguntas relacionadas con las razones por las que no podía ir”, comentó Barwig, de 31 años, quien también es la fundadora de un blog de viajes, This Travel Dream. “Fue muy comprensivo y me eximió de los viajes por trabajo”.

Fin del problema.

Ahora que las fiestas están a la vuelta de la esquina, en algunas partes del mundo, se están volviendo a hacer planes. Y también está regresando la ansiedad social, al menos entre las personas que son introvertidas por naturaleza o que pudieran sentirse un poco oxidadas después de unos dieciocho meses de interacciones restringidas.

Algunas personas están empezando a mentir sobre su exposición a la COVID-19, pues consideran que es una ruta de escape de esos planes —desde el trabajo y las citas románticas hasta las consultas con el dentista— con la que pocos discutirán. Otras personas han usado esa mentira todo el tiempo.

Claro está que la exposición real a la COVID-19 no es ninguna broma y mentir al respecto es un lujo que mucha gente no se puede dar, incluida una cantidad enorme de trabajadores esenciales que pusieron en riesgo su salud a lo largo de la pandemia.

Larry Burchett, un doctor de urgencias y médico familiar en Berkeley, California, mencionó que las personas que no están vacunadas y en verdad estuvieron expuestas a alguien que dio positivo por COVID-19 deberían hacer una cuarentena de catorce días, aunque no tengan síntomas. Los individuos vacunados que estuvieron en contacto con alguien con COVID-19 (a menos de dos metros y aunque sea por quince minutos) no tienen que hacer cuarentena a no ser que tengan síntomas, pero deberían hacerse pruebas entre cinco y siete días después de la exposición, comentó Burchett, según los lineamientos de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC, por sus siglas en inglés).

Sin embargo, incluso con el permiso para eludir la cuarentena, que los CDC dieron a la gente vacunada y sin síntomas, algunas personas no dejan de decir la mentira.

En marzo, antes de que mucha gente fuera vacunada, John Junior pensaba que había conocido a la mujer perfecta en internet. Junior, un activista defensor de la salud mental en Cheshire, Inglaterra, conversó con ella en línea durante dos meses antes de hacer los arreglos para conocerse en persona. Junior compró boletos para el cine e hizo reservaciones en una pista de bolos, tan solo para recibir, el día de su cita, la indeseable excusa de la exposición al COVID-19.

“Me escribió por mensaje que su tío había pasado a dejarle unos regalos un par de noches antes y tiene síntomas de COVID”, comentó Junior, de 33 años. “Me dijo que no puede salir de la casa en caso de que tuviera COVID”.

Junior dudó de su historia, así que ella le subió el tono y le dijo que en realidad había dado positivo. Junior mencionó que ella le envió una fotografía de la prueba por Snapchat cuyo resultado positivo era evidente que había sido creado con un marcador negro. Según Junior, es la tercera vez que le cancelan una cita por una supuesta exposición a la COVID-19.

Sara Bernier, fundadora de Born for Pets, un blog con consejos para el cuidado de las mascotas, ha estado del otro lado de la ecuación. El año pasado, conoció a alguien en línea e hizo planes para verse en persona, hasta que él empezó a mandarle mensaje sugerentes el día previo a la cita.

“Como me cuesta mucho decir algo tan simple como ‘no’, creé una historia elaborada en la que me había dado COVID y me iba a ser imposible llegar”, comentó Bernier, de 29 años y residente de Nueva York.

A los terapeutas no les sorprende que la exposición a la COVID-19 se haya vuelto una excusa tan conveniente —y tan horrible— de nuestros tiempos.

“Para la gente que no quiere hacer algo, ya sea por ansiedad, temor existencial o la idea de que será más fácil quedarse en casa y ver ‘El juego del calamar’ que arreglarse y salir al mundo, la excusa de la COVID parece hecha a la medida: es oportuna, prominente y parece que la motiva una preocupación altruista por la salud de los amigos, colaboradores o extraños”, comentó Suraji Wagage, cofundadora y directora del Centro de Terapia Cognitiva Conductual en California.

“Es difícil que la parte receptora reaccione de forma negativa y esto no la haga parecer como que no le importa la salud de los demás o la propagación de la pandemia mundial”, explicó Wagage.

Además: la excusa puede ser reciclada sin necesidad de despertar sospechas, pues puedes estar expuesto en repetidas ocasiones y en cualquier momento a la COVID-19, agregó Wagage.

No obstante, de hecho la razón por la que esta excusa es tan buena es que tiene sus riesgos, comentó Wagage. Debido a que durante tanto tiempo salimos de nuestra casa con moderación, si acaso, nos hemos condicionado a una socialización limitada. Como resultado, es más difícil hacer lo que antes parecía común, como reunirse con amigos para cenar o incluso ir a trabajar a una oficina. Jamie Hickey, un especialista en recursos humanos de Coffee Semantics en Filadelfia, relató que en junio pasado estaba previsto que él y su esposa asistieran a dos bodas en un lapso de diez días. En realidad no querían ir, pero no se les ocurrió algo, como una mentira rápida, que pudiera excusarlos de los dos eventos.

“Así que les dijimos que tuvimos un encuentro cercano con alguien que había dado positivo por COVID y que yo había dado positivo, pero no tenía ninguno de los síntomas malos”, comentó Hickey, de 42 años. “Les dijimos que no queríamos ir a un gran evento y que hubiera la posibilidad de contagiarle el virus a alguien”.

La broma funcionó demasiado bien: la pareja se inundó de llamadas telefónicas, mensajes de texto y correos electrónicos de decenas de personas que querían saber que los Hickey estaban bien. ¿Necesitaban sopa? ¿Atención médica? ¿Ayuda de cualquier tipo? Después de todo, la COVID-19 no es una broma.

A final de cuentas, Hickey admitió que habían mentido, lo cual produjo muchas lecturas sobre su falta de principios.

“Al final, habría sido más fácil tan solo ir a las bodas y beber gratis”, admitió. Abrumadas ante la posibilidad de socializar, algunas personas están usando una mentira que poca gente debatiría: la exposición a la COVID-19. (Kimberly Elliott/The New York Times)