“Qué poco se habla de Alemania en Uruguay”: la joven que emigró y cambió “la perspectiva”
Micaela, quien se fue con su esposo, recomienda la seguridad del país y dijo: “De hecho, tengo miedo de volver a Uruguay”.
Por Clemente Calvo
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“Qué poco se habla de Alemania en Uruguay”.
La conclusión de Micaela Rosano Nápoli llega después de repasar su experiencia. Son las 18 horas en Uruguay, pero las 23 en Abtswind, un pequeño pueblo en el estado de Baviera donde viven poco más de 800 personas. Allí, las casas de piedra y entramado de madera, construidas entre los siglos XVIII y XIX, se suceden entre calles tranquilas, viñedos y bosques que proyectan el encanto de los pueblos rurales alemanes.
Micaela tiene 27 años, y en marzo de este año se mudó a Alemania junto a su esposo, David. Aunque llevan pocos meses en Europa y saben que su estadía tiene fecha de vencimiento, ambos ya sienten que la experiencia modificó sus planes: “Nos cambió la perspectiva de cómo queremos vivir”, comenta en diálogo con Montevideo Portal.
El proyecto de la pareja comenzó con un sueño sencillo: viajar por el mundo y vivir nuevas experiencias. Como tantos jóvenes uruguayos, encontraron en las Working Holiday una puerta de entrada para hacerlo. Se trata de visas que permiten residir y trabajar legalmente durante un período determinado en países con los que Uruguay mantiene acuerdos, entre ellos Australia, Nueva Zelanda, Francia, Japón, Portugal, Reino Unido, Países Bajos y, por supuesto, Alemania.
Pero el país germano no estaba en los planes iniciales de Micaela y David. Antes de llegar a Baviera, la pareja había apostado todo por Nueva Zelanda. Ahorraron, reunieron los documentos y esperaron el día en que se habilitaran los cupos. Cuando finalmente llegó, la página colapsó y las 200 visas disponibles para uruguayos se agotaron en apenas 30 minutos.
El golpe fue duro, pero no significó el final del proyecto. Al día siguiente comenzaron a buscar alternativas y Alemania apareció en el camino. El idioma era una de las principales preocupaciones y también tenían ciertos prejuicios sobre el país, pero la posibilidad de obtener la visa con mayor facilidad terminó inclinando la balanza. Poco después, pusieron en pausa sus trabajos y se fueron.
Hoy, además de trabajar y conocer el país, Micaela documenta su experiencia en redes sociales. Desde su perfil de Instagram comparte videos sobre su vida en Alemania, explica trámites y ofrece consejos para otros jóvenes que evalúan tomar el mismo camino y salir de su zona de confort.
De milagro en milagro
“Teníamos trabajo fijo y todo en Uruguay, pero sentíamos que una forma más fácil de conocer el mundo era hacer esto”, explica Micaela. “Estando en Europa, es más fácil viajar a Asia o recorrer Europa en términos económicos. Además, la visa Working Holiday te permite trabajar legalmente: pagás impuestos y todo, como cualquier ciudadano. Así empezamos”.
Antes de emigrar, Micaela trabajaba como administrativa en un instituto de formación militar del Ejército. Al mismo tiempo, estudiaba el profesorado de Matemática en el Instituto de Profesores Artigas (IPA) y daba clases en algunos liceos cuando le asignaban suplencias.
La posibilidad de acceder a este tipo de visa tampoco era algo completamente ajeno para ella. La había conocido a través de familiares y personas de su entorno. “Mi cuñado hizo la Working Holiday de Nueva Zelanda. Después, un verano cuidando una nena, conocí a otro chico que era familiar de ella que también estaba en Nueva Zelanda con la Working Holiday. Pasó la pandemia, él se terminó quedando y ahora vive allá”, cuenta. La experiencia de quienes ya habían tomado ese camino terminó de despertar la curiosidad de la pareja. “Dijimos: bueno, ¿por qué no?”.
Nueva Zelanda fue, entonces, la primera opción. Junto con Australia, son destinos que despiertan especial interés entre los uruguayos que buscan este tipo de experiencia por las posibilidades laborales y de ahorro que los jóvenes suelen destacar. Para Micaela y David, sin embargo, el plan se frustró antes de empezar.
La visa neozelandesa habilita una única ventana de solicitud al año y, para Uruguay, dispone de 200 cupos. Micaela llegaba confiada: su cuñado había conseguido la suya rápidamente. “Mi cuñado la consiguió a los diez minutos. Teníamos fe en ese sentido porque dijimos: ‘Si para otra gente fue tan fácil, ¿qué es lo que se nos puede complicar?’”, admite.
A las 18 horas se abrió la convocatoria. En cuestión de minutos, la página colapsó por la cantidad de personas que intentaban ingresar. Micaela no quiso darse por vencida. “Estuve hasta las 22:30 actualizando la página, no me quería rendir”, recuerda entre risas. Pero esta vez la experiencia de su cuñado no se repitió: los 200 cupos se agotaron y la pareja quedó afuera.
El sueño, sin embargo, seguía en pie. Si Nueva Zelanda ya no era una opción, había que buscar otra.
“Dijimos: ‘Bueno, es lo mismo. Vamos al lugar donde se gane más y listo’”, cuenta Micaela. Entre las opciones que evaluaron también estuvieron Portugal y Francia, pero terminaron inclinándose por Alemania. “El sueldo mínimo acá es casi el doble que en Portugal. Era ir a vivir a Portugal a ganar casi lo mismo que en Uruguay. Y elegimos Alemania en vez de Francia porque no sabíamos ninguno de los idiomas”.
La información la encontraron a través de YoMeAnimo.com, una plataforma que reúne datos sobre las Working Holiday y las experiencias de viajeros en distintos destinos. Al comparar los requisitos, Alemania terminó de convencerlos. “Para mi sorpresa, era bastante fácil y barata. La de Nueva Zelanda salía US$ 500 y la de Alemania nos salió menos de US$ 100”, detalla.
Entre los requisitos que menciona Micaela para la visa están tener entre 18 y 30 años, contar con pasaporte vigente, seguro médico, pasajes de ida y vuelta —o el dinero para adquirir el boleto de regreso— y un comprobante de alojamiento por al menos 15 días. También es necesario demostrar que se cuenta con dinero suficiente para afrontar los primeros gastos.
“Te piden una cierta cantidad de plata que justifique que no vas a venir acá a vivir del Estado. Si no encontrás trabajo, tenés que tener un sustento económico para pagar un alquiler y comida. Si no me equivoco, son 1.300 euros”, explica.
Para Micaela, ese requisito no es un simple trámite. Es una suma que, según entiende, permite afrontar el período inicial mientras se consigue trabajo y alojamiento. “Hay una cosa real: si llegás sin trabajo y tenés que pagar un alojamiento, en un mes se te van 500 o 600 euros. No es plata que a ellos se les ocurre por poner un requisito. Es realmente necesario, y lo mismo con el seguro médico”.
Con Alemania corrieron mejor suerte. Micaela pidió una licencia sin goce de sueldo en su trabajo; sacaron los pasajes y, en marzo, ella y David emprendieron el viaje. Su primera parada fue Frankfurt, capital financiera del país, desde donde comenzarían una nueva etapa de sus vidas.
Biergärten, pero de vino
Parte de la decisión de documentar su experiencia en redes sociales responde al interés de Micaela por evitar que otros viajeros cometan los mismos errores que ellos tuvieron que atravesar al llegar a Alemania. Y los primeros días no fueron nada fáciles.
De Frankfurt viajaron a Berlín, donde se instalaron durante la primera semana. Allí se encontraron con una de las principales dificultades de su llegada: la barrera del idioma.
Si bien es posible comunicarse en inglés en buena parte de las situaciones cotidianas, desenvolverse en la calle sin conocer alemán puede ser un desafío. “De verdad no entendés nada. Ves un cartel y decís: ‘¿Qué pingo dice acá?’”, admite. Por suerte, Micaela tenía un amigo que vive en Berlín desde hace seis años y que la ayudó a dar los primeros pasos. “Me dijo: ‘Tomate un Uber a tal lado y yo te espero ahí y te explico cómo funciona el transporte para que te puedas mover esta semana’. Fue mi error no haber investigado el transporte”, reconoce.
La primera semana, Micaela y David la aprovecharon para conocer Berlín como turistas, aunque la incertidumbre estaba presente. Tenían que enfrentarse a un mundo desconocido, mientras corría el tiempo para conseguir trabajo y se acercaba el final de la reserva del Airbnb.
Una vez más, un contacto apareció en el momento indicado. “Una conocida que vive en el sur me dijo: ‘Yo conozco una persona cuyo hermano tiene un local y necesitan gente’. Ahí conseguimos trabajo”, cuenta.
Micaela es consciente de que, durante esos primeros días, tuvo una suerte que quizás otros viajeros no tengan. “Entiendo que mi caso es particular porque conocí a alguien, como pasa en Uruguay, donde para todo tenés un conocido”, admite. Sin embargo, con el tiempo tuvo una mala experiencia laboral que la llevó a cambiar de trabajo. A partir de entonces, comenzó a recomendar a quienes llegan al país que busquen oportunidades directamente a través de Google Maps.
Pero conseguir trabajo no significó que todo saliera bien. “Yo tuve una mala experiencia laboral”, admite. Durante cuatro meses, Micaela estuvo trabajando en un hotel, donde se encargaba de limpiar habitaciones y preparar el desayuno por las mañanas, mientras que David hacía pizzas al estilo italiano.
En un momento, Micaela revisó las horas trabajadas y descubrió que algo no cuadraba con su remuneración. Según cuenta, le faltaban unas 30 horas de trabajo por contabilizar o el pago no coincidía con lo establecido. Ante la situación, decidió enfrentar a su empleador y finalmente renunció.
Micaela sostiene que una situación de este tipo puede generar múltiples problemas, como la retención del pasaporte o la cancelación de la visa. Por eso, la experiencia reforzó una de sus principales recomendaciones para quienes llegan al país: “Pedí tu contrato, fijate las condiciones y no aceptes que te paguen menos del mínimo”, aconseja.
Así, tuvieron que empezar de nuevo. La experiencia llevó a Micaela a desarrollar una estrategia que, según cuenta, le resultó efectiva para encontrar nuevas oportunidades laborales.
“Primero, date cuenta en qué zonas está la temporada más fuerte de trabajo. Por ejemplo, en verano, cerca de las playas al norte o de los lagos en el sur. Y, en base a eso, fijate en Google Maps: hotel, restaurante, lo que sea, y mandá mail a las direcciones que aparecen en las páginas web”, explica. También menciona los grupos de Facebook y WhatsApp donde circulan ofertas laborales, aunque advierte: “Como estamos todos en la misma, se saturan”.
Una de las estampas características de Baviera son los Biergärten, cuya traducción literal es “jardín cervecero”. Son espacios amplios al aire libre, con mesas y bancos de madera bajo la sombra de castaños, donde se comparte cerveza y comida en un ambiente informal. La tradición nació en Múnich durante el siglo XIX, cuando las cervecerías almacenaban la cerveza en sótanos excavados junto al río Isar y plantaban árboles sobre ellos para mantenerlos frescos.
“Nosotros trabajamos en uno así, pero de vino en vez de cerveza porque en la zona donde estamos se produce mucho vino”, cuenta Micaela. Su esposo David, como no podía ser de otra manera, trabaja en la parrilla, mientras que ella se desempeña como ayudante de cocina, donde prepara entradas y postres.
El trabajo en hoteles y restaurantes es, justamente, una de las principales recomendaciones de Micaela para quienes llegan a Alemania. La razón es que, según su experiencia, muchos de estos establecimientos ofrecen alojamiento y comida a sus empleados, generalmente a un costo menor que el del mercado. “Es 10.000 puntos a favor”, subraya.
“Por ejemplo, ahora vivo en una casa donde somos cinco y trabajamos todos en el mismo lugar. Tenemos cocina, living, toda una casa. Es grande y espaciosa. En mi empleo anterior, trabajaba en un hotel donde había una parte que era solo para empleados”, indica.
A esto se suma que, en determinadas zonas de Alemania, existe un mecanismo legal que limita cuánto puede cobrarse por un alquiler al iniciar un nuevo contrato, con el objetivo de contener las subas en los mercados inmobiliarios con mayor demanda. “Hoy pagamos 280 euros cada uno de alquiler. Son 560 entre los dos, alrededor de $26.000 con todos los gastos incluidos: agua, luz e internet”, explica.
Si bien ambos cobran el salario mínimo, Micaela asegura que sus ingresos les permiten ahorrar y, al mismo tiempo, hacer escapadas durante los fines de semana. Para moverse utilizan una suscripción semanal de transporte público sin límite, que cuesta 63 euros, aproximadamente $3.000. En comida, gastan alrededor de 300 euros por mes, unos $14.000.
“Después, todo lo otro queda para el bolsillo: son entre 1.000 y 1.200 euros, que son entre $46.000 y $55.000. Eso es lo que cada uno ahorramos por mes”, detalla Micaela. Entre ambos, asegura, llegan a ahorrar unos $92.000 mensuales.
En su caso, ese dinero tiene un destino claro: viajar y conocer otros lugares. “Si quiero irme a República Checa, por ejemplo, me tomo un bondi de madrugada, viajo, duermo en el bus, llego a República Checa, me quedo dos días y vuelvo. Esa es nuestra filosofía”, resalta.
Pero Micaela aclara que no todos los jóvenes que hacen este tipo de experiencia tienen las mismas prioridades. “No todos lo viven de esa manera. Hay otros chicos viajando que tienen otras realidades familiares y capaz mandan esa plata a su familia”, agrega.
Para ella, sin embargo, el resultado es el mismo: la posibilidad de aprovechar la experiencia en Alemania para generar un margen económico que en Uruguay, según su relato, es más difícil de conseguir.
Destino infravalorado
Todo inicio es complicado, pero con el paso del tiempo y a medida que se conocen los rasgos culturales del país, la adaptación se vuelve más sencilla. A las ventajas económicas que Alemania ofrece frente a otros destinos para quienes buscan una Working Holiday, Micaela suma una de las mayores sorpresas que se llevó durante su estadía: la idiosincrasia alemana.
“Se habla mucho [en Sudamérica] de que el alemán es frío, no es simpático”, dice. Su experiencia, sin embargo, fue diferente.
Micaela describe su vida en Abtswind como “vivir en un pueblo del interior” de Uruguay y cuenta una anécdota con uno de sus vecinos que, según ella, resume buena parte de la cordialidad que encontró en el lugar. En una ocasión, mientras conversaba con ellos, pronunció una de las pocas frases en alemán que conoce. Sorprendidos, sus vecinos la felicitaron y le preguntaron si sabía alemán. Micaela volvió al inglés y respondió que estaba aprendiendo. “Bueno, entonces hablaremos en alemán para que aprendas”, le contestaron.
Además, sus vecinos les regalan tomates, ciruelas, sandías y huevos, incluso cuando apenas habían cruzado unas pocas palabras. “Nos invitan a comer a su casa, a hacer la cosecha de uvas, que es como un ritual acá. Viene la revista del pueblo, te saca fotos. Es todo muy protocolar. La interacción que he tenido con la cultura alemana es muy cercana, a diferencia de lo que pensamos”, afirma.
Pero también hubo aspectos que le llamaron especialmente la atención por su contraste con Uruguay. Uno de ellos fue la limpieza. “Otra de las cosas que me llamó la atención porque viví toda la vida en Montevideo es la basura: acá no hay basura en la calle”, subraya.
Micaela también destaca la forma en que se organiza el reciclaje en los hogares. “Acá tengo un basurero para plástico, uno para cartón y papel, otro para restos que no se pueden reciclar y otro para basura orgánica. Si vos tirás mal la basura, los vecinos te van a golpear la puerta y te van a decir: ‘Lo estás haciendo mal’. Hay una cultura de la limpieza y el orden bastante armada”, detalla.
El otro aspecto que marcó especialmente su experiencia fue la seguridad. Micaela aclara que solo puede hablar desde lo que vivió en Alemania y que no sabe si ocurre de la misma manera en otros países europeos. “La seguridad con la que vivo acá es algo que me toca mucho. Supongo que, como a todos los ciudadanos de nuestro país, nos ha pasado tener situaciones de violencia en la calle en las que te sentís vulnerable. Acá no tengo esa sensación. De hecho, tengo miedo de volver a Uruguay”, admite.
Esa percepción incluso la llevó a replantearse sus planes para cuando termine su estadía. “Vivir acá a mí y a mi esposo nos cambió la perspectiva de cómo queremos vivir. Es lamentable porque amo Uruguay, me encanta, pero al menos a mí la seguridad es algo que me toca bastante. No tengo esa sensación de alerta todo el tiempo: de estar mirando qué pasa a mi alrededor, quién viene, si tengo que cruzar la calle, qué ropa me pongo dependiendo de la hora que voy a salir”, explica.
En ese sentido, el final de la visa no necesariamente marcará el final del viaje: no descartan tramitar otro permiso que les permita seguir en Europa y continuar conociendo nuevos lugares.
Enfrentar los miedos
A través de sus videos en redes sociales, Micaela recibe constantemente mensajes de personas que evalúan hacer una Working Holiday y buscan consejos para animarse a dar el paso. Muchos le escriben con las mismas dudas que alguna vez tuvo ella. “Me dicen: ‘Ay, tengo miedo’. Yo les digo: ‘Hacé las cosas, aunque tengas miedo’”, cuenta con énfasis.
Para Micaela, el primer paso es también el más importante. “Ya todos los ‘no’ posibles los tenés porque no lo estás haciendo. Cuando te lo ponés como meta, o cuando comprás un pasaje, ya empezás a trabajar para eso. No vas a comprarte un pasaje para tirar plata”, sostiene.
Después llega una experiencia que, según su relato, trasciende lo laboral y lo económico. “Siento que es una experiencia enriquecedora en cuanto a lo social y a las habilidades personales porque te desafía todo el tiempo”, reconoce. El contacto con personas de distintas partes del mundo y la necesidad de desenvolverse en otros idiomas son parte de ese aprendizaje, pero no las únicas.
También está el desafío de vivir en movimiento. “Te desafía todo el tiempo a buscar un trabajo, querer mejorar tus condiciones; que se termine la temporada y tener que buscar otro empleo. Estar en ese constante movimiento también te hace crecer”, admite. Y, entre risas, agrega: “Capaz que si sos muy cómodo y te dan miedo los desafíos, no es una experiencia para una persona así”.
Pero hay algo que va más allá de los trabajos, los trámites, los ahorros y los viajes de fin de semana: llegar a lugares que alguna vez parecieron demasiado lejanos como para imaginarse allí. Para Micaela, uno de esos momentos ocurrió en Berlín, frente a los restos del muro que durante décadas dividió la ciudad y el mundo.
“Ya no es ese libro que leíste en el colegio en Historia. Estamos pasando por este muro que tiró la gente... No sé cómo explicarte la dimensión. Para mí era muy impactante que mi mente entendiera el lugar en el que estaba. Como: ‘Mirá dónde llegué’. Lo leía en el libro del colegio y nunca se me cruzó por la cabeza estar en este lugar. Es como venir por turismo, pero vivir acá, vivir acá y entender por qué ellos son así”.
Quizás por eso, ahora que ella misma dio ese primer paso, Micaela busca que otros también se animen a hacerlo: que el miedo no sea el final de una idea, sino apenas el comienzo de un viaje.
Por Clemente Calvo
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