"Microdramas": Constanza Michelson sobre perder, amar y la rareza de ser humano
Michelson transforma momentos triviales —un ascensor, un vuelo— en espejos de los grandes dilemas humanos.
Por María Noel Domínguez
manoeldominguez
Hay libros que terminás de leer y sentís que alguien te estuvo mirando. No de manera inquietante, sino con esa precisión rara de quien sabe dónde duele sin que le hayas dicho nada. Microdramas, de la psicoanalista y escritora chilena Constanza Michelson, hace exactamente eso: agrupa escenas que parecen absolutamente irrelevantes —una mirada en el ascensor, una conversación cortada, un vuelo en avión— y las convierte en detonadores de conflictos mayores. Lo que el libro llama "microgramas" son eso: fragmentos de vida cotidiana que encierran, sin aspavientos, los grandes dilemas de la condición humana.
La propia Michelson aclara que no quiso escribir microcuentos. No le interesaba contar historias en el sentido narrativo tradicional, aunque sus textos sean, en efecto, historias y escenas. Lo que buscaba era transmitir una sensación: algo material, casi físico. Usa la metáfora del dolor de guata: "Te duele y te das cuenta que algo te pasó y que algo tenés que hacer". Ese es el efecto que persigue. Y lo logra.
El libro nació como un juego. Michelson estaba trabajando en otra cosa cuando empezó a publicar microgramas en Instagram acompañados de fotos. En algún momento entendió que había un proyecto ahí, y empezó a pensarlo formalmente. Tenía un pool grande de textos —muchos quedaron fuera del libro— y el ordenamiento en capítulos llegó después, no antes. Los microgramas se fueron "intencionando" hacia distintas zonas temáticas en un proceso de ida y vuelta, y algunos fueron reescritos al entender hacia qué territorio apuntaban. Las situaciones que habitan el libro vienen de vivencias propias, de cosas escuchadas al pasar, de relatos de terceros, de la amiga de alguien. La selección, dice, fue espontánea: "Es lo que hay, es lo que va, es lo que va surgiendo".
El cuerpo, las redes y el malestar de siempre
Entre los temas que recorre el libro, Michelson señala al cuerpo y lo virtual como una relación central del presente. Retoma a Freud y su El malestar en la cultura: el malestar está compuesto por el mundo, el cuerpo y las relaciones con otros. "Somos animales afectados de otros", dice. "No somos autistas en nuestro funcionamiento". Una mirada, lo que alguien dijo, que alguien te haya "desseguido" en redes: todo eso nos afecta porque estamos hechos para ser afectados. Lo que cambia en la época no es la especie, sino la escala de exposición. Antes el conflicto era con el grupo cercano —el colegio, los vecinos, los amigos—, ahora se expande mucho más gracias a la conectividad.
El amor ocupa otro capítulo central, y Michelson no lo romantiza. Las costumbres y normas cambian, dice, pero no cambia la angustia de amar. "Es angustiante amar porque sabés que vas a sufrir. Y, sin embargo, es muy doloroso no amar también". Somos, en su lectura, animales amorosos: necesitamos de otros y necesitamos ser necesitados. Pero, como somos diferentes, nadie nos va a dar exactamente lo que queremos. A veces el amor no dura para siempre. Y hay una cita que funciona como aguijón irónico: "Si ni a uno la mamá lo quiso tanto, ¿por qué otro te va a querer así en la fantasía de la Mamá con mayúscula?".
El lobo y las pérdidas
Uno de los conceptos que más impacta a quien lee el libro es el lobo. Michelson lo explica así: la mayoría de las personas se topó en algún momento con "la mirada del lobo". Es cuando la sexualidad irrumpe por primera vez, cuando alguien te mira de manera distinta antes de que hayas entendido del todo lo que es lo sexual. "Siempre rompe algo: rompe el cuerpo, rompe la inocencia". A veces esa mirada es abusiva; otras veces es simplemente el golpe de la primera mirada sexual. Pero el lobo también puede estar por dentro: el propio deseo que uno no reconoce, que genera vergüenza o extrañamiento.
El tema de perder atraviesa el libro de principio a fin. "Perder es el trabajo de la vida", dice Michelson. "Siempre estamos perdiendo algo y nunca sabiendo cómo tramitar eso". Cuenta que con cualquier persona que habló últimamente, siempre había alguna separación en curso: de alguien, de algo, de un trabajo, de una etapa. El duelo es, para ella, una de las cosas más misteriosas que existen, y tiene tantas formas que resulta imposible juzgar la manera del otro. "No venimos con el recurso para decir: se pierde, hay que asumirlo. Siempre es duro". Y a veces, un día, simplemente "ya pasó", sin saber cuándo ni cómo.
¿Se puede separar la escritora de la psicoanalista?
Cedida a Montevideo Portal
Michelson dedica la mitad de su tiempo al psicoanálisis y la otra mitad a la escritura, desde hace muchos años. Dice estar "conectada con la vida" y no pensar en el psicoanálisis todo el día. Menciona a sus hijos y a los amigos de sus hijos como fuentes de material. Pero cuando se le señala que un escritor sin base psicoanalítica no escribe esto de esta manera, ella tantea la respuesta con honestidad. Reconoce la "trampa": conoce la teoría y trabaja en clínica. Pero lo que genuinamente le asombra es que los escritores y artistas llegan a las mismas conclusiones que el psicoanálisis por un camino completamente distinto. "Llegué a algo que es lo mismo que dijo Freud, pero llegar por otro lado me vuelve a sorprender". Al final, acepta lo que parece inevitable: "Es que lo niego. Ya no lo puedo negar más".
Su definición favorita de salud mental es la del analista Allouch: poder pasar a otra cosa. Freud lo formulaba diferente: la salud es cuando alguien estancado recupera la aptitud para amar y para trabajar. Y hay una anécdota que le contaron, atribuida posiblemente a Winnicott, que define bien el umbral del problema: unas personas religiosas que recibían gente con dificultades le preguntaron cuándo deberían derivar a alguien a un análisis. La respuesta fue: "Cuando te aburran". Como los amigos que siempre hablan de lo mismo y no pueden cambiar de tema. Cuando eso pasa, algo está estancado.
El psicoanálisis, reflexiona Michelson, "siempre fue un escándalo": dice lo que uno no quiere saber de sí mismo. Las críticas cambian de época —antes era que Freud era un degenerado o que no era ciencia; hoy, que es patriarcal o que las neurociencias lo refutan— pero la incomodidad es la misma. Lo llama "teoría de la noche": nadie lo quiere, ni antes ni hoy. Y lo diferencia de la psicología positiva y su "vos podés, depende de vos". El psicoanálisis tiene una mirada distinta: no depende solo de vos.
Ser humano como vocación
Lo que a Michelson le fascina, en el fondo de todo, es la condición humana. Lo ilustra con una anécdota: en un encuentro con un científico que sabía todo sobre el cerebro, les preguntaron qué animal les gustaría ser. El científico dijo que un pájaro, para volar por los valles. Ella respondió: "Yo sería un humano". Porque amar, perder, la cultura, la creación, la música. "No podría ser otra cosa". Y agrega, sin pretensión: "Es terrible y suene a cliché, pero lo es. Es precioso y hermoso el ser humano. No puedo creer que salió una especie con esta capacidad de construir y destruir."
Esa fascinación, dice, explica por qué es psicoanalista y por qué le gusta escribir: son, para ella, profesiones bastante hermanas. También le interesaba rastrear los relatos antiguos como "primeros psicólogos": los cuentos de siempre ya mostraban los conflictos y dramas de la condición humana. "Somos una especie rara. Rarísima".
Planeta
Y la rareza llega hasta la inteligencia artificial. Michelson tuvo que escribir algo académico sobre el tema y le preguntó a su hija mayor cuál era su relación con la IA. La respuesta fue directa: "Es mi bestie". Michelson le preguntó entonces por qué iría a terapia si ya hablaba todo con la IA. La adolescente, sin dudar, respondió: "Obvio que iría, porque no querría que alguien me encuentre toda la razón. ¿Por qué querría eso?". Michelson se detiene ahí, fascinada: siempre estamos buscando tener razón, pero al mismo tiempo no queremos que nos den toda la razón. A veces pagamos a alguien para que no nos la encuentre. "Es loquísimo", dice. Y concluye, volviendo al pájaro del científico: "Un pájaro no hace eso, creo yo".
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