Por Gerardo Carrasco
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Cuando tenía 15 años, Guillermo Saccomanno encontró un vasto universo dentro de su mundo doméstico. En un galpón al fondo de su casa en el barrio porteño de Mataderos, su padre —un sindicalista socialista perseguido— escondía una pródiga biblioteca. Allí, entre clásicos universales, el adolescente se topó con uno de los narradores más originales y vigorosos de la literatura rioplatense: Roberto Arlt.
Hoy, con 77 años, Saccomanno continúa frecuentando ocasionalmente la escritura de Arlt, a quien incluso utilizó como personaje en su novela Roberto y Eva. Historias de un amor argentino (1989), especie de crossover en el que une a Arlt con Eva Perón, ambos fallecidos en la misma fecha, pero con diez años de diferencia.
Al leer su última novela, Arderá el viento, Premio Alfaguara 2025, la tentación de rastrear la influencia de Arlt sobreviene, y los indicios están en el propio relato: la vida en Villa Gesell, un tranquilo balneario bonaerense —donde el autor reside hace años—, publicitado como “el lugar ideal para afincarse y criar hijos”, esconde —o lo intenta— una escotilla que lleva directo a los abismos del alma humana: la corrupción, la traición, la abyección, la humillación, el resentimiento, un barro que ya supo amasar Arlt en sus narraciones.
Sin embargo, ante la cámara de Montevideo Portal, Saccomanno es categórico al nombrar su influencia durante la redacción de la novela.
"Para mí Onetti es un autor fundamental. Hay una lectura que para este libro fue una constante, y es una novela que yo no tenía muy leída, Los adioses”
“Santa María, la Santa María de Onetti. Para mí Onetti es un autor fundamental, siempre. No se me nota, pero hay una lectura que, para este libro, te diría que fue una constante, y es una novela de Onetti que yo no tenía muy leída, que es Los adioses”, cuenta.
“Me parece que Onetti responde a un linaje que viene de Faulkner, de Sherwood Anderson. Ahí está la tradición de crear ciudades, villorrios, pasando por Macondo, de García Márquez, el Comala de Rulfo y la Santa María de Onetti. Creo que es una felicidad cuando uno encuentra toda esa tradición de los pueblos o territorios literarios, porque eso le permite a uno moverse con entera libertad, porque tiene personajes al alcance de la mano todo el tiempo, y además uno actúa como monarca: ordena a las personas que vayan para allá o para acá, para el norte o para el sur, para la ferretería o para el supermercado, a visitar a una mujer casada o ir al banco, porque está vinculado a los negocios raros”, refiere.
Además, esa cartografía narrativa ofrece recursos cuando la trama los requiere. “Cuando estás en la página 180 y no sabés cómo resolver una historia, decís, ‘ah, pero yo en la 140 tenía un personaje que ahora puede venir acá de manera funcional’. Y no solo eso: te permite también la construcción desde el nosotros, desde la primera persona del plural. Y ese nosotros es el chisme: no importa quién lo dijo, sino lo que se dice, y lo puede decir cualquiera”, explica.
Ese nosotros, en Arderá el viento es una verdadera polifonía en la que destacan dos notas: una pareja de elegantes jóvenes que llegan a la villa en una remota mañana, conduciendo entre los arenales costeros un costoso Buick descapotable modelo 1946. Él, enigmático y excéntrico; ella, atractiva, sensual y sexual hasta la ninfomanía. Hablan alemán y dicen ser nobles húngaros exiliados, dato que nadie se molesta en investigar cuando la pareja compra a tocateja el antiguo, fallido y desvencijado grand hotel de la villa.
A lo largo de dos décadas, el hotel y sus misteriosos dueños serán el centro una trama de corrupción, hipocresía e incluso crimen, de la que nadie logrará sustraerse: desde los meros ciudadanos hasta la prensa o — muy especialmente— la policía y la clase política.
Esa corrupción —y no hace falta ser el lector más agudo para deducirlo— tiene su tiste correlato en la vida real.
Se dice que yo soy un autor realista. Yo creo que no soy un autor realista: creo que trabajo, en todo caso, la ficción. Lo que pasa es que a veces la realidad supera a la ficción. La realidad exagera.
“Hay corrupción en todos los ámbitos. Se dice que yo soy un autor realista. Yo creo que no soy un autor realista: creo que trabajo, en todo caso, la ficción. Lo que pasa es que a veces la realidad supera a la ficción. ‘La realidad exagera’, decía un amigo escritor [Antonio Dal Masetto], y es cierto: yo creo que me quedo corto comparado con los hechos en mi país”, afirma.
“La realidad es muy insoportable. Y lo es porque tenés la corrupción en todos lados, en todos nuestros países. Yo ahora estoy recorriendo un poco Latinoamérica por la presentación del premio Alfaguara, y lo ves en toda Latinoamérica, y también en Estados Unidos”, cuenta.
“Estuve en Estados Unidos, fui a tres o cuatro universidades en el interior del país; no conozco Nueva York, pero puedo decir que hice la ruta 66”, explica, mencionando la mítica carretera que cruza ocho estados y que fue, durante décadas, una de las principales arterias de asfalto del país.
“Te aviso que por allá el panorama no es alentador. La pobreza en Estados Unidos la ves todo el tiempo, con esos territorios donde hay asentamientos de casas rodantes con pobrerío alrededor, dando vueltas. Lo ves, lo percibís, y no es solo el racismo, porque el racismo es una parte, pero yo creo en la lucha de clases, y creo que la lucha de clases está en todos lados. La pueden llamar grieta, la pueden denominar con diferentes eufemismos, pero creo que el mundo se divide en ricos, poderosos, y pobres. En el medio hay una clase media que se quiere parecer a los ricos, pero no puede, porque va decayendo. Además, nuestras sociedades se mueven, como toda sociedad, en torno a una tensión entre sexo, dinero y poder”, dice. Y esa tensión está perfectamente representada en su novela.
Mal de muchos
“El mundo tal vez podría salvarse si los responsables no fuéramos todos, pero, cuando el mal es de todos, nadie es responsable”, se lee en una de las páginas del libro. Esa frase no solo refleja lo que sucede en la Gesell narrada por Saccomanno, sino que es una de las tragedias recurrentes de la humanidad.
“Cuando se dice que la culpa es colectiva, no es de nadie. Si somos todos asesinos, entonces nadie es asesino; es una trampa. En nuestros países se ve muy claramente, con la complicidad civil que hubo con los gobiernos militares. Cierto es que hubo dictaduras militares y una economía de vaciamiento, pero también hay que decir que eso ocurrió con un consenso social muy grande”, recuerda.
Ese componente cívico de las tiranías latinoamericanas en la segunda mitad del siglo XX es un “detalle” que todavía incomoda a algunos, quienes prefieren denominarlas únicamente por su componente castrense, olvidando la parte civil.
“Yo lo dije siempre. Será incomodo quizá para algunos, pero la literatura tiene una función, además de entretener, que es incomodar, cuestionar, preguntar”, enumera.
Una novela de garaje
El proceso de gestación de esta novela podría remitir una vez al ya mencionado Roberto Arlt, quien alguna vez describió su modo de trabajo y el de algunos de sus coetáneos: “Con sudor de tinta y rechinar de dientes, frente a la Underwood que golpeamos con manos fatigadas, hora tras hora, hora tras hora. A veces se le caía a uno la cabeza de fatiga, pero…” todo valía la pena para crear “libros que encierran la violencia de un cross a la mandíbula”.
Para Saccomanno, la redacción de esta novela tuvo sus tintes “artlianos”, al menos desde el punto de vista del esfuerzo y las inhóspitas condiciones en las que la creó.
“Fue un proceso accidentado, como con todos los libros. Uno escribe en territorio de accidentes, en territorio de catástrofes”, comenta con humor.
"En nuestros países se ve muy claramente, con la complicidad civil que hubo con los gobiernos militares. Cierto es que hubo dictaduras militares y una economía de vaciamiento, pero también hay que decir que eso ocurrió con un consenso social muy grande”
“Este libro lo escribí en condiciones difíciles, en la villa, en el escenario de la novela, que a pesar de que se llama Villa Gesell, todo el mundo, yo incluido, le dice ‘la villa’. Fue difícil porque me cayó una neumonía, que vino con un arrastre de covid, y después del covid vino otra vez una recaída de la neumonía. En el medio me tuve que mudar porque prescribía un alquiler; fue una actitud medio de desalojo. Entonces me mudé a un garaje frente a casa, que era de mi novia, y ahí la terminé”, cuenta.
El autor detalla que eso que llama “período de catástrofe” duró cerca de tres meses, pero tuvo una gran ventaja: “Durante tres meses viví en un territorio llamado novela, y no miré a los costados, ni le presté atención a la fiebre, ni a nada, a ninguno de los síntomas. Y la pasé bien, y cuando terminé la novela ya había pasado todo. Yo estoy acostumbrado a escribir en cualquier lugar; escribía en cualquier condición cuando trabajaba en agencias de publicidad, en redacciones, creo que soy como el pianista de un prostíbulo: no tengo problema, porque es como natural en mí cuando estoy in the mood. Y me gusta pensar, como Charlie Haden, el contrabajista, que soy mejor cuando toco”, ríe.
Esa capacidad lo sitúa lejos del artista cortesano o aristocrático, que requiere de condiciones óptimas para inspirarse y crear.
“Esas son pamplinas. Uno escribe lo que puede, cuando puede, y nunca lo que quiere. Es decir, este es un oficio de constancia y de incertidumbre”, resume.
Leer y visualizar
En Arderá el viento, la narrativa de Saccomanno se vale de recursos emparentados con el cine y la historieta, ya que fue guionista en ambos géneros.
Esto facilita al lector disfrutar de una novela con montaje cinematográfico que, a golpe de cliffhangers y mediante una prosa fluida, mantiene siempre el interés.
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