Contenido creado por María Noel Dominguez
Entrevistas

Otra mirada

“El primer disparo”: Ruperto Long y la historia que Uruguay todavía discute

En su nuevo libro, el escritor vuelve a los años en que la violencia irrumpió en la democracia uruguaya.

01.01.2026 06:39

Lectura: 9'

2026-01-01T06:39:00-03:00
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Por María Noel Domínguez

La historia reciente del Uruguay sigue siendo un territorio en disputa. No solo por las interpretaciones políticas, sino por los silencios, las omisiones y los relatos que, con el paso del tiempo, se fueron volviendo cómodos. El primer disparo, el nuevo libro de Ruperto Long, se instala justamente en ese lugar incómodo: el de revisar el momento en que la violencia armada ingresó en una democracia y comenzó a transformarlo todo.

Lejos de una novela de tesis o de un ajuste de cuentas, Long propone una reconstrucción minuciosa de hechos, decisiones y contextos, pero sobre todo de consecuencias humanas. El libro avanza sobre historias que rara vez ocupan el centro de la escena: trabajadores, jóvenes, mujeres, inmigrantes, familias comunes que quedaron atrapadas en una espiral de violencia que terminó desbordando cualquier límite inicial.

El título del libro no es metafórico: remite a una advertencia concreta pronunciada en Montevideo en 1961 por Ernesto Che Guevara, cuando pidió explícitamente que Uruguay no siguiera el camino de las armas. Esa frase —“cuando se dispara el primer disparo, nunca se sabe cuándo será el último”— funciona como eje simbólico de una narración que recorre desde los años previos a la guerrilla hasta el quiebre institucional, pasando por la escalada de violencia y el ingreso de los militares a la escena política.

En entrevista con Montevideo Portal, Ruperto Long explica por qué sintió la necesidad de escribir ahora este libro, cómo trabajó con testimonios y archivos, por qué decidió poner el foco en las víctimas invisibles y por qué sostiene que la dictadura no fue un destino inevitable. También reflexiona sobre la memoria, la democracia y el desafío de contar una historia sin bajar línea, dejando que sea el lector quien saque sus propias conclusiones.

¿Cómo surge la idea de escribir ahora El primer disparo?

Surge, en realidad, de la época que viví cuando era joven. Es una etapa que marcó al Uruguay hasta hoy. Cuando uno empieza a recordar lo que fue aquella época, todo lo que sucedió y todo lo que vivimos, también aparece algo que a mí me resultó muy fuerte: ciertos relatos de esa historia que son muy edulcorados, muy ajenos a la realidad. Ahí aparece una especie de obligación moral de decir: vamos a tratar de reconstruir esa historia con la mayor fidelidad posible.

Cuando uno empieza a trabajar en eso, aparecen muchos elementos. Algunos estaban presentes en la memoria, otros no. Testimonios, personas, documentos. Y lo notable de este tipo de novelas —al menos de la intención que yo tuve— es que buscan reconstruir la realidad de la forma más verosímil posible, pero sin dejar de lado las emociones. Porque eran personas de carne y hueso las que estaban ahí, personas que sentían, que sufrían.

En el libro, aparecen muchas historias de víctimas que no suelen estar en el centro del relato histórico.

Sí, hay relatos de muchas víctimas que yo llamo “víctimas invisibles”. A veces parece que la historia se reduce a uno o dos casos conocidos, y en realidad hubo muchísima gente a la que le cambiaron la vida para siempre. No para bien, precisamente. Personas comunes, trabajadores, familias enteras que quedaron atrapadas en una violencia que se fue expandiendo.

Hay víctimas invisibles a las que la historia les cambió la vida para siempre

También contás la historia de quienes optaron por la lucha armada. ¿Por qué era importante incluir ese punto de vista?

Porque ese fue el gran detonante: la decisión de introducir la violencia en la vida pública de una democracia. Una democracia imperfecta, como todas, pero democracia al fin. Introducir la violencia en ese contexto, por las razones que fuera, causó un destrozo extraordinario. Eso es algo que el libro intenta reflejar con claridad.

El título del libro remite a una advertencia muy concreta.

Sí. Surge de un episodio histórico muy preciso. El Che Guevara vino a Uruguay en 1961, a un encuentro de dirigentes de toda América. En ese momento, el presidente era Eduardo Víctor Haedo, hijo natural de una lavandera, un gran artista plástico, un hombre muy comprometido con la educación y la cultura. Eso no pasa en todos lados.

Cuando al Che lo invitan al Paraninfo de la Universidad a dar una conferencia, él habla de la Revolución Cubana, y hace vaticinios sobre el futuro, pero en determinado momento se dirige directamente al público uruguayo. Dice algo así como: “hay pocos países en América Latina donde se den las condiciones democráticas para que yo pueda hablar libremente como aquí”. Y entonces lanza esa advertencia: “No hagan acá nada de lo que hicimos en Cuba, porque cuando se dispara el primer disparo, nunca se sabe cuándo será el último”.

Esa advertencia del Che no fue escuchada por quienes ya estaban en la efervescencia previa a la toma de las armas

¿Por qué te parece que esa advertencia no fue escuchada?

Porque ya había mucha gente con una efervescencia muy fuerte hacia la lucha armada. Y eso es lo trágico. Además, lo dice alguien que no era pacifista, que era un guerrillero. Él mismo aclara que le va a sorprender a la audiencia lo que va a decir viniendo de un guerrillero. El silencio que se produjo fue impresionante. Pero, lamentablemente, esa advertencia no llegó a quienes estaban decididos a avanzar.

El libro describe cómo la violencia se fue desbordando.

Claro, ese es el gran problema de la violencia: se escapa del control. Al comienzo, los propios Tupamaros decían que no iban a usar bombas, porque las bombas van fuera de control. Y después pasaron a usar bombas todos los días. En ese camino, murieron personas que no tenían nada que ver, como trabajadores, mujeres que sostenían solas a sus familias, inmigrantes.

Cuando se introduce la violencia, se escapa del control

En El primer disparo, aparece con fuerza la pregunta de si la dictadura pudo haberse evitado.

Yo creo que sí. Si Uruguay no hubiera tomado el camino de las armas, las posibilidades de que no hubiera habido dictadura eran muy altas. En el año 63, a los militares no se les pasaba por la cabeza tomar el poder. Durante muchos años, quienes combatían eran la policía y las instituciones democráticas.

Uruguay logró sostener durante bastante tiempo un estilo de vida razonablemente democrático, con conflictos, huelgas y manifestaciones, como corresponde a una democracia. Había una oportunidad enorme de seguir por ese camino, incluso cuando otros países de la región ya habían caído en dictaduras.

¿Qué cambió entonces?

Cambió el equilibrio. Apareció un liderazgo político más débil y unas Fuerzas Armadas que, en muy poco tiempo, lograron derrotar a la guerrilla. Y ahí surgió un grupo de militares que vio una oportunidad histórica: terminar con los políticos, con la democracia “burguesa”, una expresión que también circulaba en la izquierda de la época. Eso es muy llamativo y muy peligroso.

A lo largo del libro, sos cuidadoso con los nombres propios.

Sí, es una decisión consciente. Yo no me centro en quién apretó el gatillo o quién puso la bomba. Hoy se sabe quiénes fueron muchos de ellos, incluso lo dijeron públicamente. Pero no me parecía que ahí estuviera el punto. El punto está en las decisiones: en decidir avanzar o no por el camino de las armas, en los planes que se elaboraron, en las responsabilidades políticas.

También aparecen quienes decidieron dar marcha atrás.

Sí, y eso me parecía fundamental. Hubo gente que tuvo el coraje de decir “no”. Renunciar a la lucha armada no era fácil: implicaba empezar de cero, quedar expuesto, perder pertenencias, asumir riesgos enormes. Pero hubo quienes entendieron que seguir por ese camino iba a llevar a una carnicería. Y eso también forma parte de la historia.

¿Cómo han sido las repercusiones del libro?

Muy fuertes. Se me está acercando mucha gente a contarme historias que nunca habían contado. Personas que vivieron allanamientos, secuestros, amenazas cuando eran niños. Como no terminaron en tragedias visibles, quedaron todavía más invisibilizadas. Pero esas experiencias también marcaron vidas enteras.

La memoria no está cerrada: siguen apareciendo historias que necesitan ser escuchadas

Tu forma de narrar evita bajar línea. ¿Es deliberado?

Totalmente. Yo soy muy onettiano en eso. Onetti no daba mensajes. Yo no doy mensajes. Relato la historia. El lector la evalúa y llega a sus propias conclusiones. Si el lector siente que el libro intenta convencerlo de algo, eso no funciona. La literatura tiene que ser una comunicación de corazón a corazón, apoyada en hechos, en verdades lo más aproximadas posible, pero sin consignas.

El libro

Aguilar

Aguilar

A las palabras de Ernesto Che Guevara que retumbaron en las paredes del Paraninfo de la Universidad —y en los años por venir— les siguió un silencio sepulcral. Era agosto de 1961 en Montevideo y olía a profecía. Aquí comienza esta historia.

Durante los años sesenta y principios de los setenta del siglo pasado, la democracia uruguaya se vio sacudida por la aparición de grupos guerrilleros, con la pretensión de querer cambiarlo todo, pronto y a cualquier precio. Con ansias de gloria revolucionaria apuntaban a combatir la rosca oligárquica y a terminar con la democracia burguesa. Tendrían que pasar muchos años de horror para que un puñado de ellos adoptara una decisión valiente que pondría fin a la lucha armada en suelo oriental.

Pero hubo daños colaterales, como les llamaron con desdén. Estas páginas noveladas recrean historias de aquellas vidas anónimas que se perdieron trágicamente en ese tiempo. Murieron porque sí, viendo a adolescentes y jóvenes tomar el camino de las armas sin medir sus consecuencias. Y al país en llamas, rumbo a un destino funesto. Vidas olvidadas, vidas perdidas. Sedientas de que al menos aquel que apagó su ser fuera el último disparo.

Por María Noel Domínguez