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Los dinosaurios de hoy

¿Dónde van las aves cuando mueren? El ornitólogo Gabriel Rocha lo sabe

Dialogamos con el experto acerca de su nuevo libro y sobre cómo y dónde ver ejemplares (esta vez vivos).

08.11.2026 13:48

Lectura: 15'

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Por Gerardo Carrasco
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Desde el laborioso hornero que, al igual que los primeros paisanos, construye su casa con el barro de su entorno, hasta el parasitario tordo que deposita sus huevos en nidos ajenos, el Uruguay está habitado por numerosas y fascinantes especies de aves.

Pero “numeroso” es un adjetivo vago e innecesario si se tiene delante al ornitólogo Gabriel Rocha, quien sabe exactamente cuántas son.

Desde comienzos del siglo, Rocha ha dedicado su tiempo y energía a la observación y el estudio de las aves autóctonas y es autor de varios libros que son referencia obligada para cualquiera que pretenda adentrarse en el mundo aviar de nuestro país.

Su obra más reciente se titula Secretos y curiosidades de las aves del Uruguay y fue la excusa ideal para dialogar con él acerca de la fauna plumífera del Uruguay, cómo y dónde viven estos animales y los desafíos que afrontan en un hábitat modificado por el cambio climático y la sostenida antropización.

Interrogado acerca de cómo y cuándo surgió su interés por su campo de estudio, Rocha, de 58 años, se remonta a la niñez.

"Cuando yo tenía 10 años, en 1978, me compré el libro Aves del Uruguay de [Michael Edward John] Gore y  [Alberto Ramón Miguel] Geep, que eran dos autores ingleses que vivían acá en Uruguay, y traía todas las aves. Ya antes las observaba, pero en ese momento empecé a hacerlo con más detenimiento”, recuerda.

Nacido y criado en Montevideo, Rocha aprovechaba los frecuentes viajes familiares al interior del país para ver más y mejor.

“Iba mucho a Cerro Largo, porque mi familia es de allá, de la zona de Paso Centurión, que ahora es muy nombrada porque se descubren siempre aves nuevas. En aquella época, hace 50 años, no iba nadie porque los caminos eran muy feos, pero mi padre salía a los campos y yo iba con él”, rememora, y añade que ya en esa época temprana de su vida las aves acaparaban su atención. “Lo que más me llamaba la atención eran los colores que tenían”, cuenta.

La Copa América Pajaril

El turismo de observación de aves es un fenómeno en crecimiento en el mundo y hay países como Costa Rica, Colombia o Brasil, que son destinos atractivos en ese terreno. Sin embargo, Rocha subraya que Uruguay también tiene mucho que ofrecer en ese sentido.

"En Uruguay hay aproximadamente 520 especies de aves autóctonas. No es mucho comparado con Argentina, que tiene 1.000, o con Brasil, que tiene 1.800, pero son países enormes”, concede, pero apunta que en esa comparación también hay que considerar la extensión territorial.

“Argentina, que es enorme y con muchos ecosistemas diferentes, tiene solo el doble que nosotros de aves, así que no estamos tan mal por acá”, comenta risueño.

Por otra parte, la “aburrida penillanura” presenta un atractivo para quienes buscan avistar aves.

“Hay una cosa que siempre les digo a los observadores que vienen del exterior: en Uruguay tenemos la ventaja de que hay muchas zonas abiertas. Entonces, por ejemplo, vamos a un bañado y queremos ver un chajá, una cigüeña o una garza y podemos pasar dos horas mirándolas”, cosa que no sucede en otros lugares.

“En los países tropicales, donde está muy desarrollado también el ecoturismo, hay mucha selva. Entonces, a veces ni lográs ver a las aves: las escuchás, pero no se ven tanto. Estás en el medio de un follaje muy cerrado, una vegetación muy densa”, explica.

“De hecho, una vez una colega ecuatoriana me dijo: ‘¿Sabés lo primero que aprenden a decir los ingleses en español? Se fue’. Porque prácticamente la ves dos segundos y se va, no te da tiempo ni de sacarle una fotografía”, detalla.

Un mundo cambiante

Desde la década del setenta, cuando Rocha paseaba por el campo con su padre, hasta el 2026 ha pasado mucha agua debajo del puente. Y si bien esos cincuenta años no son gran cosa en los tiempos de la evolución biológica, se trata de un período en el que en Uruguay se han producido grandes cambios en el paisaje, impulsados principalmente por dos factores: el cambio climático y la forestación comercial.

“El cambio climático y, sobre todo, el calentamiento global, ha provocado que la fauna se esté australizando un poco. Están bajando especies más de zonas tropicales hacia Uruguay, eso es innegable. Y no solo se trata de aves, también de reptiles”, señala el autor.

Ese cambio en la temperatura ha hecho que sea posible hoy avistar en Uruguay algunas aves que, hasta hace algunos años, no frecuentaban estas latitudes. “Están los tucanes, los trogones, y hace unos días se descubrió una especie nueva para Uruguay, el tesorito, que es bien de la zona de la Mata Atlántica brasileña”, ejemplifica.

 “En ese sentido, [el calentamiento] es algo positivo para nuestro país”, algo que, al menos en lo que a aves se refiere, no puede decirse sobre la forestación.

“Cualquier monocultivo genera pérdida de biodiversidad”, por ello, la idea es tratar de conciliar la necesidad de desarrollo económico con el cuidado ambiental “para que esa pérdida sea lo menos dramática posible”, explica.

“Obviamente, el país tiene que producir”, pero es importante “que se traten de guardar, por ejemplo, algunos parches de pastizales entre las forestales, para que las aves tengan esos espacios para trasladarse y no desaparezcan".

En ese aspecto, Rocha coincide con Juan Pablo Culasso, un observador uruguayo de aves que es ciego y que utiliza el oído para captar e identificar a los pájaros. Tiempo atrás, en una entrevista con Montevideo Portal, Culasso destacaba la pobreza de sonidos que una plantación de árboles exóticos presenta en comparación con un bosque nativo.

“Yo he hecho monitoreos en forestales y a veces encontrás tres o cuatro especies”, cuenta Rocha. En contrapartida, “en una pradera —incluso en una pradera modificada, con ganado— en un ratito tenés 20 o 30 especies para observar”.

La maldición de Shakespeare

Cuenta la leyenda que, a fines del siglo XIX, el ornitólogo Eugene Schieffelin tuvo una literaria y nefasta idea: amante de la obra de William Shakespeare, quería que en su país volaran todas las especies de aves mencionadas en la vasta obra del dramaturgo británico. Eran algo más de 60 especies, entre las que se encontraba el aparentemente inofensivo estornino pinto.

La leyenda shakesperiana nunca se comprobó, pero lo cierto es que en 1890 Schieffelin organizó la suelta de un centenar de ejemplares de estornino en el Central Park de Nueva York. Y pronto las cosas se complicaron.

“Ahora hay más de 200 millones de estorninos solo en Estados Unidos”, cuenta el autor. De hecho, a mediados del siglo pasado, el escritor estadounidense Kenneth Rexroth ya mencionaba en uno de sus poemas a “estorninos extraños y agresivos".

“Obviamente, empezaron a bajar hacia Sudamérica, llegaron primero a Argentina y luego pasaron hacia Uruguay. Los primeros que yo pude ver estaban solo en Colonia, pero luego fueron avanzando y ahora se encuentran hasta en Artigas”, refiere Rocha, quien considera ese caso como un buen ejemplo de los trastornos que puede causar introducir en un ecosistema especies que pertenecen a otro y que eso no es lo mismo que el desplazamiento natural, como sucede con los ya mencionados tucanes.

“El problema con el estornino es que le gusta nidificar en huecos y le quita esos espacios a otras aves, como las golondrinas, el ventebeo rayado o el carpintero”, destaca, con una información que deja claro que el acceso a la vivienda no es una tribulación exclusiva de los humanos.

Otras aves problemáticas son “la paloma y el gorrión”, tan comunes en las áreas urbanas. Sin embargo, hay casos excepcionales en los que esa “importación” de animales no tiene consecuencias negativas.

Tal es el caso de la charata, “una paloma de monte introducida por Aarón de Anchorena”, magnate argentino al que le debemos la edificación de la actual estancia presidencial en Colonia y también la nefasta introducción del jabalí y el ciervo axis, animales euroasiáticos que hoy son plaga en Uruguay.

Sin embargo, la apacible charata no parece tener el mismo impulso expansionista que las otras importaciones del aristócrata porteño.

“Si bien nidifica en toda esa zona, no se ha extendido mucho. Está por Colonia, nada más”, indica.

Días de campo

Además de estudiar las aves con fines académicos y de divulgación, Rocha también impulsa cursos y actividades para todo público y asegura que el interés en el mundo de las aves ha ido creciendo en Uruguay.

"Desde 1998, con la Asociación Conservacionista Uruguaya de Ornitología (ACUO), organizamos frecuentemente actividades que no son para un público especializado, como avistamientos y salidas al campo. En los cursos que damos actualmente llegan a haber 50 personas y años atrás no superaban las 15”, señala.

“Lo mismo sucede con las salidas didácticas” asegura, aunque en ese caso suele primar un criterio geográfico: las que son a lugares más lejanos tienen menos participantes que las de “cercanías”.

“En general, hay una respuesta impresionante de la gente y el ecoturismo se mueve cada vez más. Incluso hay salidas que las tenemos que limitar a la gente de los cursos o que ya conoce a ACUO. Ni siquiera las publicamos porque se agotan en un día y eso es un cambio radical respecto a lo que sucedía hace 10 o 15 años”, compara.

Alas sobre el asfalto

La idea de que las grandes ciudades eliminan o expulsan a la vida silvestre no es del todo cierta. Al menos en el caso de las aves, que en muchos casos poseen una gran capacidad adaptativa. Y tampoco es cierto que eso ocurra en Montevideo, que no es precisamente una reserva de vida silvestre, pero cuenta con un omnipresente arbolado callejero y varias áreas verdes.

“En el año 2010 publiqué la Guía de aves de Montevideo, que tenía 140 especies comunes y más de 72 raras. Si la tuviera que reeditar hoy, ya serían unas 200 comunes y casi más de 100 raras”, narra.

“Más de la mitad de las aves del Uruguay las podemos encontrar en Montevideo. Nosotros hacemos acá salidas gratuitas e invitamos al público que quiera incorporarse. Vamos, por ejemplo, a Punta Carretas, que es un lugar lindo para observar y también al parque Rivera, al Jardín Botánico y a varios puntos de la costa”, enumera.

 “Generalmente, en cada salida, vemos entre 30 y 40 especies. No es poco, incluso para un público que a veces es la primera vez que viene y que con toda esa variedad queda fascinado. Además, comprueban que no se tienen que ir muy lejos para verlas”, cuenta.

Una bandada de preguntas

El nuevo libro de Gabriel Rocha no es lo que él mismo esperaba cuando comenzó a redactarlo, pero probablemente coincida más con los deseos de sus eventuales lectores

“Esto empezó como un proyecto que no iba a ser así, como pasa muchas veces con los proyectos. Iba a ser un libro con dibujos, más orientado a niños o adolescentes, pero se fue transformando”, en buena medida por las preguntas que surgían de la gente durante los cursos impartidos por ACUO.

“Por ejemplo, siempre me preguntaban dónde van las aves cuando mueren: porque hay millones de aves y vos no vas por el campo y las ves tiradas, muertas”, cuenta Rocha, dando una idea del tipo de interrogantes que su obra procura responder.

 “También hay datos muy curiosos sobre las especies y están las vocalizaciones, porque el libro tiene códigos QR que llevan a muestras de las vocalizaciones de las aves”, explica.

Imágenes y palabras

El nuevo libro de Rocha resulta llamativo por la enorme cantidad de fotografías que incluye. La gran mayoría fueron tomadas por el autor que, con modestia, rechaza ser llamado fotógrafo,

“No, no soy fotógrafo, siempre lo digo. Voy al campo a investigar y saco fotos que me sirven para el libro. La mayoría son mías y algunas son de compañeros que siempre han colaborado y a los que les agradezco”, ataja.

Hojeando el libro ante la cámara de Montevideo Portal, el ornitólogo se detiene en una imagen.

“Aquí tenemos la historia del 2TK, que se llama así porque tiene una banderita” con esa inscripción. “Es un playero del Ártico [Calidris canutus] que fue anillado en Estados Unidos y todos los años viene a Punta Salinas, en Punta del Este. Tiene 14 años de anillado y 16 años de vida, más o menos, y va hasta el Ártico y vuelve todos los años. El libro cuenta ese tipo de historias”, subraya.

La protección: un debe

En materia de acciones para proteger la fauna y flora silvestre, incluidas las aves, Rocha considera que todavía hay mucho por hacer.

 “No hay muchos proyectos de conservación de aves. Nosotros hemos trabajado a veces gracias al apoyo internacional de alguna fundación, que nos envía fondos para trabajar con los capuchinos, el cardenal amarillo y otras especies en peligro”, explica.

“Luego están las zonas del Sistema Nacional de Áreas Protegidas (SNAP) donde, entre comillas, las aves y otros animales están un poco más protegidos, porque supuestamente allí no se puede pescar ni cazar”.

Lamentablemente, esa protección no siempre pasa de la teoría a la práctica.

"El problema es que en las áreas protegidas hay pocos guardaparques y por eso no se puede lograr un control, porque una cosa es legislar y otra es llevar a la práctica. Y la verdad es que se necesitan muchos más guardaparques, y eso requiere presupuesto”, apunta.

Esa brecha entre la normativa y su aplicación tiene consecuencias comprobables.

“Hace unos días estuve en el área protegida de Paso Centurión y dentro había cazadores con perros”, cuenta.

“Cantemos todos porque la juventud”

Si bien la conducta cívica individual no suple la falta de guardaparques, el hecho de que todos seamos conscientes de la importancia de proteger las áreas naturales sin duda contribuye a minimizar el daño. Y en ese aspecto, las nuevas generaciones permiten abrigar esperanzas.

“Tuve la experiencia de trabajar casi 25 años en programas de educación ambiental en un colegio, y es increíble la evolución y el interés de los jóvenes”, considera Rocha, quien recuerda que muchas veces esos jóvenes luego “evangelizaban” a sus familias sobre la importancia de cuidar la naturaleza.

Yo creo que está habiendo un cambio. Cuando los de mi generación éramos chicos, e incluso en mi caso, lo primero que te querían regalar era una onda, una horqueta para pegarle a los pájaros, o una chumbera. Ahora ya no es así, he tenido alumnos de 8 o 10 años cuyos padres estaban muy interesados en la inquietud de sus hijos por observar aves o la naturaleza, y eso antes era un poco impensado”, considera.

En consonancia con ese cambio de actitud hacia los animales, también parece estar cayendo en desuso la costumbre de tener pájaros enjaulados en las casas, una imagen que era común hasta hace algunos años.

“Me ha pasado el caso de gente a la que se le murió el abuelo o el padre y dejaron un montón de pájaros enjaulados, y los quieren liberar”, cuenta.

Si bien la idea puede parecer positiva e incluso altruista, Rocha advierte que “no está tan bueno” hacerlo sin tener en cuenta algunos factores.

“Primero, hay que ver qué especies son, después ver si están sanos y, bueno, hay muchas cosas antes de liberarlos, no es solo abrir la jaulita”, explica Rocha, y detalla que se trata de precauciones que hay que adoptar “tanto por el animal en sí, como por el ecosistema, porque pueden llevar enfermedades a los ejemplares de la naturaleza o puede tratarse de ejemplares de una especie exótica y que después se vuelva invasora. Hay que tener cuidado con eso, pero igual está buena la intención de la gente de preocuparse justamente por querer liberarlos o por querer hacer algo y no mantenerlos encerrados”, concede.

Me bajo en la que viene

Rocha explica que en las salidas de observación de aves el interés del participante varía según su grado de conocimiento. Sin embargo, hay algunas especies que siempre resultan atractivas

“Uno de los que más les llama la atención es el cardenal azul”, dice, y detalla que existe una creencia tan extendida como errónea acerca de que es una rareza.

“Es un pájaro común, vas a una sierra o a un monte y lo ves continuamente”, pero tiene una singularidad. “El cardenal azul vive un poco como escondido adentro de la vegetación y sale poco. Entonces, cuando lo ven, quedan como fascinados”, afirma.

Otra ave que es común en el campo, pero que llama la atención por su porte y majestuosidad, es el chajá; y Rocha guarda una entrañable anécdota al respecto.

“Una vez, cuando tenía 20 años, vi dos chajás y me tiré del ómnibus. Le dije al conductor: ‘Me bajó acá’, él me respondió: ‘Pero es el medio del campo’ ; le insistí: ‘Sí, me bajo acá’, y me bajé”, cuenta con una sonrisa.

Por Gerardo Carrasco
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