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Una reciente investigación descubrió un vínculo entre las personas que son dueños de gatos y el desarrollo de las enfermedades mentales, como la esquizofrenia, y creen que un parásito puede ser el culpable de todo.
En un estudio publicado en la revista Schizophrenia Research, expertos estadounidenses explican que la presencia de gatos es "significativamente más habitual" en las familias donde un niño es diagnosticado más tarde con "esquizofrenia u otra enfermedad mental grave", según informa The Huffington Post.
Los investigadores trabajaron con 2.125 comprendidas en planes de estudio y asistencia del Instituto Nacional de Enfermedades Mentales de ese país, ya que al menos uno de sus integrantes presentaba patologías. Los resultados fueron similares a otros dos estudios realizados en la década de 1990.
Las estadísticas señalan que aproximadamente en 1% de las personas enferman de esquizofrenia en algún momento de la vida, pero el grueso de los diagnósticos se da entre los 15 y 35 años. Se trata de una enfermedad mental que a largo plazo puede causar alucinaciones, delirios y cambios de conducta.
Ahora, los autores del estudio procuran establecer las causas de esa relación entre la incidencia de la enfermedad y el hecho de tener a gatos como mascotas. Y la clave del asunto parece estar en el parásito Toxoplasma gondii, conocido por causar la enfermedad conocida como toxoplasmosis.
Uno de los autores del estudio es Edwin Fuller Torrey, investigador del Stanley Medical Research Institute y autor del libro Superar la esquizofrenia. Este experto explica que el parásito "se introduce en el cerebro y forma quistes microscópicos", donde permanece latente. "Creemos que se activa en la adolescencia tardía y causa de la enfermedad, probablemente afectando los neurotransmisores".
Un estudio previo ya había demostrado que el Toxoplasma gondii podía colarse dentro del cerebro humano usando cierta clase de glóbulos blancos, un método de "Caballo de Troya" similar al empleado por el VIH.
Se trata de un microorganismo que puede vivir en muchas especies, pero sólo logra completar su ciclo de vida en los gatos, ya que estos animales secretan el parásito en sus heces.
El T. gondii parece ser una criatura muy compleja y llena de recursos pese a su pequeñez, y su relación con los gatos podría ser más simbiótica que parasitaria. Otros estudios comprobaron que el parásito infecta también a los ratones, y afecta su sistema nervioso de una forma muy concreta: hace que confundan el olor de la orina de gato con el de las hembras en celo de su propia especie.
De ese modo, el roedor no solo no es alertado de la cercanía de su depredador, sino que hasta puede dirigirse hacia él sin quererlo. Esta conducta favorece al parásito, al que le resulta sumamente útil que el ratón se devorado, circunstancia que le permitiría llegar a su lugar favorito: el intestino del gato.
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