"Veo a mi bebé sufrir y no puedo hacer nada". En una zona rebelde de Siria, Um Khaled se angustia por su hija nacida con una malformación cardíaca que puede morir si sigue privada de atención médica.

Tras el terremoto del 6 de febrero, que devastó vastas zonas de Siria y Turquía y mató a más de 55.000 personas, el gobierno turco cerró a los pacientes el principal paso fronterizo con las zonas rebeldes de Siria. 

Muchos enfermos que viven en esas regiones del noroeste del país, donde las infraestructuras médicas son vetustas, utilizaban hasta entonces a diario el paso de Bab al Hawa para recibir tratamiento en Turquía, que apoyó durante años a los rebeldes en Siria.

Una semana antes del terremoto, Um Khaled, de 27 años, dio a luz en un campamento de desplazados de la región de Idlib a su hija Islam, que sufre atrofia y malformaciones cardíacas. 

"Está empeorando, está adelgazando", se alarma esta madre de cuatro niños en una tienda del campamento. "Cuando llora, se pone azul y su corazón late rápido", dice, explicando que a veces Islam tiene grandes dificultades para respirar. 

Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), cerca del 50% de los centros de salud en Siria están fuera de servicio, tras años de guerra, desencadenada en 2011 tras la represión de manifestaciones prodemocráticas.  

La situación es especialmente preocupante en las regiones rebeldes, donde viven más de tres millones de personas, la mitad de las cuales son desplazados, y los hospitales carecen de equipos, personal y medicamentos. 

Cruce abierto

Temiendo por la vida de Islam, un médico recomendó a Um Khaled la operación.

Pero los pasos fronterizos con las zonas controladas por el gobierno sirio están cerrados a los civiles, y Turquía, donde el sector de la salud está desbordado por las víctimas del terremoto, ya no es una opción. 

Las autoridades locales solían enviar a la mayoría de las personas que padecían enfermedades cardíacas, cáncer y cirugías complejas a Turquía, a través de Bab al Hawa, antes de su cierre a los enfermos. 

El paso permaneció abierto solo para la ayuda humanitaria de la ONU, las mercancías y los sirios de Turquía que deseaban visitar a su familia en el enclave.

Firas al Ali, de 35 años, con un tumor hipofisario benigno, viajaba regularmente a Turquía, donde fue operado y recibió sus medicamentos. Debía ir el 23 de febrero, pero el paso estaba cerrado.

Ahora ve borroso y siente fuertes dolores en la cabeza. "Mi tratamiento, que nunca debo detener, no está disponible aquí, o está por encima de mis posibilidades", afirma el hombre de ojeras pronunciadas y tez pálida. 

Desde el cierre de Bab al Hawa, el hospital gestionado por la oenegé Syrian American Medical Society (SAMS) y con sede en Idlib, el único que trata los tumores cancerosos en la región, está desbordado.

"Después del terremoto, los pacientes acudieron en masa", explica el oncólogo pediátrico Abd el Razaq Bakur. Solo en la sala de pediatría, el hospital atendió a 30 de los 70 pacientes que habitualmente recibían tratamiento en Turquía. 

El lunes, Turquía finalmente reabrió el cruce fronterizo de Bab al Hawa, pero solo para las personas con cáncer.

AFP