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El director del filme, Álvaro Brechner, compartió el texto de la actriz Jenny Goldstein que sirvió de disparador.

Este miércoles el cineasta Álvaro Brechner recordaba cómo hace poco más de un año rodaban la escena del encuentro de los familiares con los presos de la cárcel Libertad, en su exitosa película La noche de 12 años.

El director explicó a través de Facebook que aquel día no podía dormir y a las 3 AM recibió un mail de la actriz Jenny Goldsein, único texto que les leyó a los actores Antonio de la Torre y Mirella Pascual (que interpretan a Pepe Mujica y su madre, respectivamente), antes de filmar la escena.

Aquí, el texto completo que recibió:

"Qué cosa tan difícil de medir, el tiempo. A veces los días en la oficina pasan eternos, las horas se arrastran interminables y otros se escurren veloces sin dejar rastro ni recuerdo siquiera. En eso estaba pensando el otro día mientras miraba a mi hija. Me estaba contando algo de la escuela y mientras ella hablaba contándome los detalles de algo que había pasado en el recreo, de golpe me di cuenta lo grande que está.
No me refiero a su estatura, aunque sí, ya me pasó los hombros, pensaba más bien en su desarrollo como persona. Ya no es una nena inocente, ya hay cosas que no me cuenta seguramente. Ya sabe que los adultos mentimos, sabe que el mundo a veces es injusto. Pero no puedo todavía decir que es una adolescente. Está en ese estadio molesto en que es grande para algunas cosas y chica para otras. Tiene información de temas de adultos, pero no toda.

Hablamos mucho nosotras, quizás porque nos tocó un tiempo de estar solas, y lo disfruto mucho. A veces me canso, me desespero, me parece que hago todo mal, que debería aprovechar más estos momentos de soledad que tenemos, que debería hacerle sentir más todo lo que la quiero, que debería estirar lo más posible este tramo final de su niñez... Lo cierto es que eso no depende de mí. Como tantas otras cosas.
A mí me pasó así, de un momento a otro. Tenía 13 años. En esa época yo era tímida, como siempre fui, tenía seguramente estos ojos de animé de siempre, aunque entonces estaba a años luz de usar maquillaje.

Seguramente tenía rulos, no lo recuerdo demasiado. Antes no se sacaban fotos como ahora. No hay registro de mis cumpleaños, si lo pienso, he visto fotos de mi primer aniversario y de mis quince, en el medio, una sopa de queloscumplasfeliz, besos, abrazos, peleas con mis hermanos y mucho amor. Pero nada gráfico, ni siquiera recuerdos. Pero de ese día sí que hay fotos pore so sé que había cumplido los 13 hacía una semana.

Inversamente a los cumpleaños, donde el recuerdo es nebuloso, esto es muy nítido. Ibamos en un auto, yo atrás, delante mi mamá de copiloto, manejando su compañero de trabajo. Me divertía mucho el trabajo de mi madre, por algo me dediqué casi a lo mismo. Vaya a saber si fue por eso que me colé en el asiento de atrás o si fue mi madre que me hizo ir con ellos, eso no lo recuerdo. Pero sí el viaje, lentísimo aunque conocía el recorrido, porque para visitar a mi abuela pasábamos por ahi, de hecho comentábamos qué era ese lugar: "El penal de Libertad".
Siempre me había parecido de una maldad horrible el nombre. Cuando finalmente llegamos había autos a ambos lados de la carretera, estacionados en las banquinas. Y gente. Recuerdo que era mucha, hoy sé que no era tanta.
Había tambien un cordón policial impidiendo el paso al camino que conducía al penal, que se veia a lo lejos. Un cubo sin gracia, simétrico.
De este lado de los policías nosotros, mujeres, hombres, niños. Sólo recuerdo una cámara, la del equipo de mi madre, pero tal vez hubiera más.

Siempre fui muy observadora, los tímidos y los actores lo somos.
Ese día me recuerdo muda, puro ojos.
Por el camino y desde el penal, se veia una fila de personas. ?Venían de a uno y se veían iguales.
Vestían oscuro, cargaban una bolsa de arpillera o algo así.
Atravesaban en cuentagotas el cordon policial y se abrazaban con los que estaban de este lado. Recuerdo abrazos, risas, llantos, mucha emoción.

Mi madre relataba lo que veía, testigo de algo maravilloso, el reencuentro de personas separadas durante años, tantos años como mi edad, justamente.
No había satelite ni salían en directo, pero la adrenalina estaba ahí.
Yo miraba aquello, no entendiendo nada y entendiéndolo todo.
De golpe cruza la frontera entre el penal y la libertad real un señor, y no hay nadie que lo espere. No hay caras conocidas para él. Cruza la mirada con mi madre que lo mira a los ojos, de verdad, y se abrazan, el cable del microfono enredado, los sentimientos de mi madre contenidos por el trabajo y la costumbre del disimulo liberados por la fuerza de ese momento soñado por él quien sabe cuantas horas. Y yo sujeta del pantalón de mi mama mirando desde abajo aquello: el abrazo conmovido de dos desconocidos que probablemente no se volvieran a ver jamás.
¿Cuántos años habria pasado él sin contacto humano afectuoso, cuantos años soñando aquel primer abrazo?

Conmovida por la soledad de aquel hombre que no tenía siquiera quien lo llevara a la ciudad, mi madre periodista le dio el cariño y el protagonismo que pudo. Lo entrevistó. Fue la cara del liberado en el noticiero de las ocho y quizas estuvo en casa de los que vaya a saber porqué no estaban esa tarde ahí.

Y yo mientras, miraba.
Al lado mío una nena de mi edad, también con su mamá, esperando al padre aparecer a lo lejos, en fila india desde el penal.

Calculé que seguramente siempre lo había visto en la cárcel, sentí su emoción, su ansiedad. Con cada uno que se veía a lo lejos, el mismo diálogo con su mamá:
-Es papá?
-Hay que esperar que esté más cerca para saber.
Y claro, pensaba yo, si tenían el mismo pelo a cero, la misma bolsa en la mano, la misma ropa... de lejos se veían todos iguales.

Y en los ojos de la nena, la desilusión cada vez que era otro. Una vez más el mismo diálogo, pero esta vez, ya no pregunta.
-Ese es papá!
-Hay que esperar que esté más cerca para saber.
-No, ese es papá, ese es papá!!
Y la nena que se zafa de la mano de su madre y se cuela por el cerco de policías y que corre corre corre hasta que se funde a lo lejos en un abrazo con aquel que sí, era su papá.
Hasta el día de hoy pienso cómo lo supo. Y cada vez que dudo de mi intuición esto es lo que recuerdo para hacerle caso y confiar en lo que nos dice la panza.

El regreso a Montevideo lo sentí mucho más acelerado. No podía dejar de pensar en esa nena. No podía dejar de pensar en mi suerte. En mi niñez privilegiada y feliz. Y de golpe, algunas escenas hasta entonces incomprendidas cobraban otro sentido.
La radio que siempre quedaba prendida en el living que daba a la calle mientras en la cocina se conversaba. La vez que íbamos cantando una de Zitarrosa mientras íbamos a Cardona y nos paró la policía y papa nos hizo callar con un rugido y de un manotazo sacó el cassette. El silencio cada vez que preguntaba qué significaba ese signo raro hecho de una efe y una a verticales pintada en la esquina de casa. Los libros forrados y escondidos. Los susurros y el Tiranos Temblad gritado en los actos de la escuela.

Y la cara de aquella nena cuando de la mano llevó a su padre con su mamá.

Qué prodigio la memoria.
La foto que tengo de ese día me llegó al celular. Es una foto de mi madre, micrófono en mano, en aquella ruta, autos en las banquinas, tal como lo recuerdo.
Mamá 10 años más joven de lo que soy yo hoy. Miro la foto y me traslado a esa época, como si estuviera ahí. Y cuando mi hija, casi de la edad que yo tenía entonces, me ve lagrimear mientras miro el celular y me pregunta qué pasa yo le respondo: el tiempo, eso pasa.
Y le cuento esta historia."


 

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