Si la historia de vida de Yomira Martínez fuera una serie de TV, sería de esas adictivas, con un gran guión y que tienen todo el combo: generan empatía con el personaje desde que se presenta por su candidez y fragilidad. Luego vendría una trama signada por los conflictos que tuvo que atravesar la protagonista para seguir adelante: el abandono de su familia biológica, llegada al Inau, una traumática convivencia con su familia de acogida —que nunca quiso adoptarla formalmente—, internación mediante engaños en una clínica psiquiátrica debido a un diagnóstico equivocado, abuso sexual por parte de funcionario corrupto, y el bullying atravesando todo su periplo vital, como esas cancioncitas machaconas que se pegan en el cerebro.

Pero no es una serie. Es tan real que duele y estruja el corazón de solo escucharla. Ella, que nació con labio leporino y paladar hendido —producto de la droga que aspiraba su madre durante su embarazo— se enfrentó a todo lo resumido en el párrafo anterior. Y más, porque ahí faltaron cosas: la diagnosticaron con depresión a los pocos meses de vida, la golpearon hasta sangrar en el liceo (sólo por su tono de voz), pasó por más de una decena de intervenciones quirúrgicas, evitó que su madre de acogida asesinara a su padre de acogida —a quienes prefiere no nombrar—, fue modelo inclusiva y militante nacionalista.

Su historia, en la serie imaginaria, también tendría tiempo para la superación personal, para la redención. Yomira comenzó a asistir a terapia con psicólogos con apenas 2 años, debió interrumpir el tratamiento porque no le convenía a los tutores de una familia disfuncional, y aún así, un poco por las horas en el diván, otro poco porque es una mujer de fe, logró salir adelante y perdonar. Perdonó a su madre biológica y a su padre, perdonó a los padres de acogida que le metían la cabeza debajo del agua a modo de castigo por sus crisis autistas —hace un año supo que tenía TEA, ahí entendió muchas cosas—, perdonó al funcionario que la tocaba y lo hacía en rincones a donde no llegaban las cámaras.

Y a pesar de todos los traumas y los dos abandonos sufridos, formó su propia familia, con esposo y mascotas. También les guarda libros a los hijos que espera tener algún día con su pareja, el español Alvar. Yomira, quien hoy vive en Bello Horizonte (Canelones), se formó en informática y cursa a distancia, por vía remota, segundo año de Derecho. Y lidera la comunidad @tripleexcepcionalidad, un concepto que reúne a las personas que tienen autismo y otras neurodivergencias.

Esta historia de resiliencia —esa palabra que los futbolistas millonarios se tatúan en el cuerpo—, tendrá, seguramente, un final feliz.

¿Quién sos?

Soy Yomira Martínez, soy una historia difícil que decidió no terminar rota.

Hemos hablado mucho antes de tener esta entrevista, por lo que tengo claro por todo lo que has pasado, y has logrado superar. Naciste con labio leporino y paladar hendido, como consecuencia de que tu madre biológica se drogaba con cemento durante tu embarazo, ¿Es así?

Sí, es así.

¿Y cómo lo supiste? ¿Quién te lo dijo?

Desde muy pequeña mi familia de acogida me lo solía contar… creo que es algo que no se debe hacer, pero bueno... Gracias a mi archivo de mi vida (que conseguí en Inau), cuando uno forma parte del Inau, y a los 18 años ya no forma parte del Inau, podés pedir todo tu archivo, donde está todo lo que sucedió, escrito por psicólogos, y ahí pude confirmar eso.

Tus padres biológicos, ¿te abandonaron? ¿O el Estado les quitó tu crianza y la patria potestad? ¿Cómo fue?

Yo primero estaba con mi madre biológica en situación de calle, y ella se estaba drogando muchísimo. Entonces, mi padre, mediante un juez, me sacó y me llevó con mi abuela paterna, porque él tenía 24 años y tampoco me cuidaba mucho. Entonces, a veces tenían disputas y yo era la que quedaba en el medio, entonces él se peleaba con mi abuela y me utilizaba como una especie de rehén, me llevaba, y mi abuela sufría. Ella iba al Inau a reclamar eso. Y bueno, fue básicamente así.

Mi padre me ingresó por primera vez en el Inau a los dos meses. Después me sacaba, y de nuevo volvía toda esa dinámica. Me sacaba, me llevaba con mi abuela, porque en el Inau yo entraba en depresión, extrañaba a mi abuela, la llamaban, y volvía unos días con ella. Fue un poco así la dinámica. Hasta que mi abuela se enferma de cáncer de pulmón, y tenía recaídas, pero siempre que salía, yo intentaba acercarme. Cuando la enfermedad avanzó, ella ya no me pudo cuidar más, sumale que a los 2 años me dejaron permanente en el Inau.

“Clínicamente me diagnosticaron con depresión, primero a los 10 meses, y después a los 2 años. Supongo que por tanto cambio, por las situaciones difíciles de la vida”

Quien se hace cargo de tí es tu familia de acogida. ¿Cómo llegás a esa familia y esos padres a tí?

Unos años antes de tener mi custodia, ellos ya habían tenido en acogida a otro niño. Resulta que yo caigo en una situación de riesgo de vida con 2 años (estando en el Inau): con depresión, anemia, desnutrición, anorexia nerviosa…

¿Cómo podías tener depresión con 2 años?

No sé, pero supongo que por tanto cambio, ¿no? Clínicamente me diagnosticaron con depresión, primero a los 10 meses, y después a los 2 años.

¿Depresión siendo una bebé de 10 meses?

Sí, supongo que por las situaciones difíciles de la vida. Por las conductas que se espera de una bebé. Yo no comía, no hablaba, me escondía, estaba triste cada vez que me alejaban de mi abuela. Por ese tipo de comportamientos notan que una bebé está deprimida.

En los papeles que yo encontré, cuando tenía esa edad, decían: “estado depresivo”, firmado por psicólogos. Tampoco comía, no hablaba. Los otros niños estaban en el centro me golpeaban y yo no respondía a los golpes. Pesaba nueve kilos con 2 años, de tantos problemas. Y estaba en riesgo vital, claramente. Entonces el Inau empezó a llamar a todas las familias que pudo, y ninguna me quería por el problema…

¿Cuál problema, específicamente?

Por el labio leporino y el paladar hendido. Y esta familia sí me quiso, pero también se presionó un poco de parte del Inau. Y ahí terminé con ellos, a los 2 años.

Estuviste 28 años con tu familia de acogida, elegida por el Inau. ¿Cómo fue la convivencia en ese seno familiar?

Fue una convivencia muy difícil. Creo que son personas víctimas de su generación, víctimas de su propia crianza. Ya desde pequeña había una sobreprotección hacia mí. También cuando yo tenía crisis —ahora entiendo que eran crisis autistas—, se tomaban castigos que son horribles. Dentro de todo, en el sentido material no me puedo quejar. Y en el sentido objetivo, cuando era más pequeña y, digamos, más manejable, me sacaban más a pasear, pero claro, se daba toda una situación por detrás que, yo siendo pequeña, no conocía…

Me contaste que en esas crisis autistas que tenías, llegaron a ponerte la cabeza debajo del agua y no te dejaban respirar. ¿Cómo se entiende tanta crueldad hacia la niña que quisieron criar como propia?

No solo la cabeza, todo el cuerpo me metían debajo del agua. A mí me daban las crisis y su manera de lidiar con ellas —hoy en día entiendo que es maltrato—, era esa. También me dejaban en el baño llorando durante horas. Cuando me ponían bajo el agua, yo me quedaba sin aire y les decía que me sacaran, pero me sacaban y me volvían a poner. Todo buscando que yo me calmara.

Y después, cuando yo fui leyendo el archivo de mi historia, yo le comentaba esto a los psicólogos de Inau, y obviamente, a ellos no les convenía, entonces decían: “Es que ella nos insultó” o “hizo esto, o lo otro”, buscando justificarse.  Me preguntaban los psicólogos del Inau qué había hecho yo para que hicieran eso, y yo no podía responder, porque no sabía qué había hecho mal.

Sé que sufriste bullying por tu voz en edad escolar y también de adolescente. ¿Qué tipo de bullying? ¿Y cómo reaccionabas tú a eso?

Reaccionaba muy, muy mal, pero era bullying de tipo verbal, ya en el liceo pasó a ser más físico. Obviamente se ponían a imitar mi voz, también me preguntaban en qué idioma hablaba cuando yo preguntaba por algo, o levantaba la mano para participar en clase y que se empiecen a reír de mí, o aislarme en los recreos… Ese tipo de cosas.

“Sufrí bullying de tipo verbal, ya en el liceo pasó a ser más físico. Se ponían a imitar mi voz, me preguntaban en qué idioma hablaba cuando yo preguntaba por algo, y se empezaban a reír de mí, o me aislaban en los recreos. Una vez me pegaron hasta sangrar”

Pero en el liceo se volvió más físico el acoso. ¿Llegaron a lastimarte?

Me golpearon hasta sangrar, una vez. Cuando se dio esa situación, yo ya venía con un bullying verbal, todavía no era físico. Un día yo di mi primer beso y me grabaron a escondidas, y lo subieron a YouTube. Me acuerdo que en ese momento se usaba YouTube en 2008, y pusieron “la chanchada”. Y pude hacer que YouTube lo bajara, pero era ese tipo de bullying, utilizaban las pocas redes sociales que había, pero también el mismo aislamiento, la burla de mi voz…

Además, siempre me tiraban la merienda por la ventana. O sea, yo comía la merienda, hasta que me la robaban y me la tiraban. Y un día me cansé de esa situación y empujé a la chica que lo hizo. Y ella me empezó a golpear, yo me defendí, y empezaron todos a simular que estaban separando, pero me estaban pegando.

Con varios de ellos yo hablé muchos años después de aquellas burlas y golpizas... Varios hoy son padres y están arrepentidísimos. Yo les dije que no pasaba nada, que cuando uno es adolescente, hace ese tipo de cosas, aunque no esté bien. Con las redes sociales, eso empeoró.

Me dijiste que, en determinado momento, te enteraste que tu familia de acogida te mentía sobre tu madre biológica. ¿Quiénes te mintieron y cuáles fueron esas mentiras?

Eso fue el año pasado. Acaba de hacer un año de eso. Mirá, ese documento lo saqué (del Inau) a los 18 años, pero no lo leí hasta el año pasado, porque me costaba demasiado emocionalmente. Lo saqué del archivo de historias de vida de Inau, y recién el año pasado lo empecé a leer con mi esposo.

Y, por ejemplo, lo que a mí me dolió fue lo siguiente: yo a mi madre biológica la dejé de ver con 9 años porque yo tenía el discurso adulto —que me daba mi madre de acogida— de que mi madre se droga, mi madre no me viene a ver, etcétera, etcétera. Decidí retomar el contacto con ella en 2020, cuando me enteré que tenía cáncer de ovarios. Y bueno, fue una decisión complicada —yo ahí tenía 23 años—, porque la duda era: no la veo y me quedo con el “qué será” o hablo con ella y me saco las dudas. Y decidí verla, dejar el rencor de lado, perdonarla, y entonces, tuve un vínculo madre-hija precioso durante cuatro meses. Fui yo quien le dio la noticia de que ya no había más nada que hacer, y se iba a morir. Me lo encargaron a mí.

Y luego de eso yo tenía una cirugía de paladar y estábamos en pandemia… Fue la última vez que la vi, porque tuve que hacer cuarentena, previo a la cirugía. Y fueron unos meses preciosos, pero cuando empecé a leer mi historia de vida, empecé a ver que, por ejemplo, mi madre de acogida llamaba por teléfono a mi madre biológica para decirle que no me iba a llevar a la visita, entonces mi madre biológica no iba, y cuando llegábamos me decían: “¿Viste cómo no vino tu madre?”. Me dijeron: “Tu madre decidió sobre vos siempre”, cuando en realidad, era una decisión del Inau, que era quien tenía la tutela sobre mí. Entonces, claro, en ese sentido fue un quiebre para mí porque fue enterarme que pude haber compartido desde los 9 años con mi madre biológica y ellos me sacaron esa oportunidad. Yo repetía el discurso de los adultos y culpaba a mi madre biológica de todo.

Entonces, cuando confronté a mi madre de acogida, lo negó y me empezó a mandar fotos de documentos y ahí mis padres de acogida me empezaron a bloquear de todos lados.

“Yo intenté no terminar el vínculo con mis padres de acogida. El último contacto que tuve, hace un año, fue llamar a mi padre de acogida por teléfono, le dije: 'Hola papá', y al oír mi voz, me cortó”

Te bloquearon, o sea, se abrieron de ti… Por eso hablás de un doble abandono…

Exacto. Eso fue el año pasado, y fue difícil para mí, porque ya había sido abandonada anteriormente. En realidad, al ser adulto, no es abandono, pero psicológicamente y el cuerpo lo toman como un abandono. Yo intenté no terminar el contacto con ellos, porque a mí me gusta ponerme en el lugar de las otras personas, ¿no? El último contacto que tuve, hace un año, fue llamar a mi padre de acogida por teléfono, le dije: “Hola papá”, y al oír mi voz, me cortó.

“Por un diagnóstico erróneo” a los 13 años fuiste enviada a una clínica psiquiátrica, me contaste. ¿Cuál fue ese diagnóstico equivocado?

Me diagnosticaron con “trastorno oposicionista desafiante”. Me diagnosticó el psiquiatra de la clínica de esa forma. Me llevaron ahí porque yo tenía unas conductas agresivas de autoflagelación. Yo no sabía por qué lo hacía, yo no lo hacía para intentar matarme ni nada de eso. Algunos dijeron que lo hacía para llamar la atención… Y también al tener un mal vínculo con mi madre de acogida, el Inau decidió que esa clínica era el mejor lugar.

Yo ahora tengo diagnóstico de autismo, de TDAH (trastorno por déficit de atención e hiperactividad) y altas capacidades y sigo teniendo impulsos de flagelación, pero ahora entiendo por qué me suceden esas cosas, que son propias del autismo.

¿Pero quién te dijo que fue un diagnóstico equivocado?

El psicólogo particular, al darme el diagnóstico de autismo. Porque, básicamente, en el trastorno oposicionista desafiante uno desafía la autoridad, pero porque quiere desafiarla, y yo, en realidad, preguntaba sobre algo, y si algo no tenía coherencia para mí, decía que no lo hacía porque no entendía por qué tenía que hacerlo. Es muy diferente a querer desafiar y eso también es parte el autismo. Es un rasgo del autismo, como tantos otros.

¿Es cierto que te llevaron a “ver” una clínica psiquiátrica (que tenía convenio con el Inau), y quedaste internada? ¿Te dejaron encerrada contra tu voluntad?

Sí, de hecho, hay un informe de 2018 sobre esta clínica donde ya habían existido situaciones así. Y para mí fue liberador dar con ese informe y ver que había pruebas de que eso pasaba. Básicamente, yo iba a hablar con el equipo, iba a conocer el lugar, y cuando entro a conocer el lugar, mi familia de acogida se queda hablando con los técnicos, y a los minutos veo que se fueron y me habían dejado ahí.

Pensá que para mí fue un choque bastante brutal entrar a ese lugar, porque sin ánimo de discriminar, había gente que se le caía la baba, había señores de 80 años golpeándose la cabeza y gritando, todo lo que se ve en una clínica psiquiátrica. Y yo, supuestamente, iba solo porque me flagelaba. Entonces, me dan una vuelta por toda la clínica y cuando voy a volver a donde ellos estaban, no los veo, pregunto por mis padres, y me dicen que se habían ido. “¿Y mi ropa?”, pregunté. “Ya te la van a traer”, me dijeron.

Pasaron dos meses hasta que pude ver a mis padres de nuevo, y todas las noches con pesadillas... Después, cada tanto me iban a ver y se retiraban. Ahí se hizo como un proceso. Primero podía ir a la pizzería de la esquina, después algún fin de semana me podía ir con ellos y recién a los nueve meses, volví con ellos.

A los 13 años fuiste abusada sexualmente por un funcionario de la clínica, que tenía 31 años...

Sí, no fue una violación, fue abuso: él tocaba mis partes íntimas, me daba besos y ese tipo de cosas, todas las noches, en el patio de la clínica. Me tocaba mis partes íntimas y yo no entendía que hacía… Era de esos funcionarios que venía y nos enseñaba a bailar capoeira, nos cuidaba mucho, esa ambivalencia, ¿no? A mí me costaba dimensionar lo que hacía. Inclusive ahora, con el autismo, intento comprender lo que hacía. Y siempre me decía que buscara un lugar a donde no llegaran las cámaras. De noche siempre se hacía una ronda donde levantaban a todas las chicas que tenían problemas para ir al baño —en el lugar estábamos separados los chicos de las chicas— y cuando él quedaba de noche, hacía eso conmigo y me decía que, si yo hablaba, yo me iba a quedar sin ver a mi familia, porque él tenía un cuaderno de castigos, y si tenías tres amonestaciones, no veías a tu familia por una semana. Entonces, yo tenía mucho miedo de no ver más a mi familia.

Hasta que un día los dueños de la clínica lo vieron por las cámaras haciéndole lo mismo a otra chica, y esa chica sí habló y lo denunció, porque ella no tenía familia, vivía permanente en la clínica. Ahí empezaron a investigar, creo que se llevó a juicio, no lo sé, porque yo estaba ahí adentro, pero él dejó de trabajar para la clínica.

“El funcionario de la clínica tocaba mis partes íntimas, y yo no entendía… Inclusive ahora, con el autismo, intento comprender lo que hacía. Me decía que, si yo hablaba, me iba a quedar sin ver a mi familia, porque él tenía un cuaderno de castigos, y si tenías tres amonestaciones, no veías a tu familia por una semana”

¿Tú eras consciente de la gravedad del abuso por parte de ese funcionario?

No, no, sabía que estaba mal, pero no sabía qué era eso… Sí sabía que, si contaba algo, podía dejar de ver a mi familia, y ya lo había pasado bastante mal por no verla.

Y a todo eso, ¿tu familia de acogida no hizo nada por sacarte de allí? ¿Nunca les contaste a ellos sobre el abuso del funcionario?

No, ellos no sabían. A mi padre no se lo iba a contar, porque con mi padre casi no tenía diálogo, por más que él estuviera en la casa, si yo le hablaba, él no me respondía. Pero cuando me animé a contárselo a mi madre, creo que fue tan doloroso para ella que me hacía callar, y no se hizo nada. No me protegió.

A los 20 años, en el seno de tu familia adoptiva, evitaste que tu madre adoptiva matara de un disparo a tu padre. ¿Cómo fue?

Desde muy pequeña, mi madre de acogida nos contó que mi padre de acogida era alcohólico (no porque tomara todos los días mucha cantidad, sino porque no lo podía dejar). Él salía de casa, y mi madre acogida siempre me enseñó: “Cuando venga papá, encerrate en el cuarto”. Y, en ese sentido, nunca… Hasta la adolescencia, al menos, nunca tuvo un arrebato violento contra mí. Pero bueno, yo lo hacía: me encerraba cuando él llegaba.

A mis 19 años, yo estaba encerrada en el cuarto, como había aprendido, y ellos siempre discutían… Cuando era más pequeña, me metía debajo de la mesa y empezaba a tener crisis autistas cuando los escuchaba discutir golpeándome, y les gritaba: “¡Dejen de pelear, dejen de pelear!”. Obviamente, me acostumbré un poco más a sus discusiones, pero ese día, a mis 19, empecé a escuchar unos gritos de mi madre y no eran los clásicos gritos. Cuando voy me encuentro a mi madre con el arma de mi padre —mi padre las vivía cambiando de lugar porque mi madre siempre amenazaba con suicidarse, y decía que iba a ser mi culpa—, y en ese momento veo que ella le estaba apuntando y mi padre se reía… Me asustó mucho ese momento, le saqué el arma de inmediato y empecé a llamar a toda mi familia. Vinieron todos enseguida, se llevaron el arma y un familiar cercano comprobó que había sido disparada, pero la bala no salió porque se había trancado el seguro. Eso lo tomé como un intento de homicidio, no fue solo una amenaza.

¿Cuándo te diagnosticaron con TEA (trastorno del espectro autista)?

En octubre del año pasado me diagnosticaron autista, en noviembre con “altas capacidades” y en diciembre con TDAH, trastorno de déficit de atención e hiperactividad.

Entiendo que tú ya tenías TEA de nacimiento, y hace unos meses recién fuiste diagnosticada…

Sí, es así. De hecho, yo no hablé ni caminé hasta los 3 años. Después, tenía crisis autistas, pero no sabía que eran. Pero esas conductas, que propiciaron mi ingreso a la clínica, hoy en día mi psicóloga particular me ha explicado que lo que yo tenía eran conductas muy asociadas al autismo. Todavía hoy, cuando tengo una crisis, me pasan electricidad en los brazos, pero en vez de autoflagelarme como hacía de niña, cuando no tenía herramientas, hoy aprieto las muñecas y me logro tranquilizar.

El Inau te dio en adopción a una familia que fue contigo todo menos amorosa. ¿Cómo valorás el accionar (o la omisión) del Inau, en tu caso?

Lo califico como negligencia. Creo que en el Inau tuvieron muchas oportunidades de ver que eso no iba bien. Yo inclusive llegué a hablar con ellos… En frente de mis padres de acogida les dije que mi padre tenía un problema con el alcohol, y él se levantó enojado y se fue. Y el Inau nos llamaba para hablar, pero tampoco se hacía mucho. Y bueno, también otras cosas… Mi madre me decía: “Si vos decís tal cosa de papá o de mí, te van a sacar de nuestra casa, te van a llevar a un hogar del Inau y no vas a estar más con nosotros”.

Me dijiste: “Tengo un montón de cirugías”. ¿Cuánto es “un montón”?

Más de 10, perdí la cuenta… Creo que fueron unas 12. Desde el mes de vida me operan. Yo me atiendo desde el mes de vida en BPS por malformación congénita, y por suerte, en los equipos que están allá, además de contemplarte mucho, no son lugares donde el personal rote mucho, entonces lo sentís como una familia. De hecho, hice varios amigos allí, con distintas capacidades. Y así fue como desarrollé más la sensibilidad con este tema.

¿Y qué resultados tuvieron? ¿Pudiste mejorar tu calidad de vida, gracias a esas intervenciones quirúrgicas?

Las que curaron el labio, la encía y la nariz, esas salieron bien. Fueron varias. Yo salía en silla de ruedas porque me sacaban un hueso de la cadera para rellenarme en alguna parte, y estaba unos meses sin caminar. La mayoría fueron en el Hospital Italiano y las más recientes en el Canzani. Y básicamente, las que salían mal eran las de paladar. Como que siempre se me abría. La del paladar no me la pudieron hacer hasta los 4 años porque yo estaba con riesgo de vida con estafilococo, que no se me iba, era resistente a la bacteria. Entonces, cuando me operaron, por fin, con 4 años el paladar ya estaba formado y se abría, y toda cirugía que tenía se abría, se abría, se abría.

En 2020, cuando me mudé con mi pareja, me dijeron de hacer la última cirugía de paladar, me dijeron que sería la última oportunidad. Me la organizó (el cirujano del BPS, Ernesto) Carozzi. Yo tenía la cirugía programada para 2018, me interné yo sola —obviamente, no me acompañó mi madre, porque dejó de acompañarme a esas cosas—, y estando internada, la noche anterior a la operación, el anestesista tuvo un problema, no avisó que no podía y no se me pudo operar. Y en 2020, entonces, lo volvimos a intentar. Ahí yo ya vivía con mi pareja. Carozzi me pareció un cirujano hermoso, porque él decidió que con mi cirugía se iba a jubilar. También él le contó a mi pareja muchas cosas de cuando yo era bebé, de mi personalidad. Él, inclusive, estaba con una discapacidad y por eso se tenía que jubilar (se tenía que operar la vista) y decidió no operarse los ojos, para poder operarme a mí, y luego, ya jubilado, ahí sí operarse la vista. Me parece que médicos como ese no hay muchos.

“Fueron unas 12 operaciones... En 2020 me hicieron la última, del paladar. Me contó mi esposo que el cirujano lo llamó aparte y le dijo: 'Yo esta cirugía se la hice perfecta cuando ella era pequeña. Si salió mal fue por cómo la maltrataba su madre, que recién operada, la hacía gritar o llorar, y se le abría el paladar'”

¿Y salió bien esa operación de paladar?

Te cuento… Me ingresaron al quirófano y después me contó mi esposo que Carozzi lo llamó a una sala aparte y le dijo: “Mirá, yo esta cirugía se la hice perfecta, cuando ella era pequeña. Si salió mal fue por cómo la maltrataba su madre. A veces ella estaba en el hospital, recién operada, y la madre la hacía gritar o la hacía llorar”, y claro, se me abría el paladar. Y le dijo: “Ahora está en sus manos”. Son cirugías maxilofaciales, y él me había operado desde chiquita.

¿Qué significa que tuviste “riesgo de (perder la) vida” cinco veces? ¿Y por qué?

Muchas de esas veces fueron de bebé; estuve internada, inclusive al cuidado de mi abuela materna, y no sé la razón porque no la especifican, pero sí que, en varios momentos, cada cierto tiempo tenía riesgo de vida (de morir). Otro riesgo de vida fue cuando el Inau me empezó a buscar hogar, y la de los 4 años corría riesgo de vida si me operaba. Me dijeron que, si me operaban, en el estado tan debilitado que tenía ese estafilococo, me podía morir en el quirófano. Entonces, esperaron a que me recupere.

¿Desde qué edad vas a terapia?

Desde los 2 años.

¡Eras demasiado pequeña! A los meses de vida te diagnosticaron depresión, y me decís que… ¡a los 2 años ya ibas a terapia!

Sí, por eso estoy tan acostumbrada a contar mi historia.

¿Cómo evaluás tantos años de terapia?

Me gustaría haber tenido más años —muchos años quedó interrumpida—, porque mi madre de acogida me llevaba un tiempo a terapia y cuando empezaba a decir cosas que a ella no le gustaban, me hacía a mí llamar por teléfono a decir que yo no quería ir más. Y ahí también es donde veo la negligencia del Inau, porque le decían que ella tenía que enviarme a terapia, pero después no controlaban que ella cumpliera.

Me has hablado de “la importancia del perdón”. ¿A quiénes perdonaste, y por qué cosas los perdonaste?

Perdoné a cada persona que me hizo daño en mi vida. Por ejemplo, con lo del bullying, fui aprendiendo a separar las propias historias de vida de las personas, las formas de crianza, y también aprendí a separar eso de la malicia, como el caso del abuso de la clínica, ¿no?

A eso quería ir: ¿también perdonaste a tu abusador?

(Piensa unos segundos). Sí, sí…

Él era consciente de lo que hacía. Si, además, se lo hizo a otras chicas, claramente era consciente, y si evitaba las cámaras, queda confirmado que era consciente…

Sí, pero a veces uno tiene que perdonar, no tanto para el otro, sino para sí mismo. Es muy importante poder liberar eso del corazón.

¿Pensaste alguna vez en el suicidio?

Sí, la mayoría de los días de mi vida. Y asumo que va a seguir rondando mi mente, de vez en cuando. Una vez leí una pregunta que decía algo así como: “Si a una persona con ideas suicidas, le dieran una vida sin los problemas que tienen ahora, ¿elegirían vivirla?” Y la respuesta para mí fue que sí. Entonces entendí que no quería morirme, sino dejar de sufrir. Luego me enteré que tengo estrés postraumático complejo y que las ideas suicidas son parte de eso. Entonces cada vez que pasan, simplemente hago una actividad que disfrute o me distraiga y se van. Es como saludar a un vecino que no tengo ganas de saludar, lo más rápido posible para que se vaya.

“A veces nos anclamos en el odio o el rencor, y no nos damos cuenta que las personas hacen daño porque reproducen patrones”, me escribiste por Whatsapp. Es una mirada muy superadora, admirable, te diría, cuando tenés razones para no perdonar...

Me llevó tiempo pensar así, pero sí… Eso se dio con el proceso vinculado a mi madre biológica, cuando me revinculé con ella. Hubo muchas charlas… Siempre vemos como villana a la madre que abandona o si es consumidora de drogas la vemos como “la mala”,  después me enteré que ella se internó, se recuperó de las drogas, empezó a ir a la iglesia, cuidó bien al resto de mis hermanos, les dio una educación preciosa y siempre les habló de mí. Yo todavía estoy en contacto con mis hermanos biológicos y con mis sobrinos. Y en esas charlas le pregunté: “¿Por qué, si pudiste llevarme de nuevo contigo, no me llevaste?”  Y me dijo algo que la hizo convertirse en una madre a mis ojos, pese al abandono, y creo que es algo muy difícil de entender: “Porque si te hubiera sacado de ahí, no ibas a poder tener la calidad de vida que te merecías”. Creo que ser madre también es eso: dejar el egoísmo de lado y pasar por un dolor tan grande como ese y perder a tu hijo, solo para que esté mejor.

Obviamente ella me contó su historia, lo que vivió, y desde ahí me fui replanteando las situaciones de mi vida. Al hablar con las personas que me hicieron bullying, ellos me empezaron a contar sus historias, y empecé a ver cómo lo que había detrás era importante. Por ejemplo, mi madre de acogida hizo lo que hizo porque fue criada por una madre que tenía un comportamiento bastante parecido. Ella como niña la pasó muy mal en su casa, era una niña y les cocinaba a todos, y no justifica el maltrato, obviamente, pero me sirve para decir: “Entiendo por qué no pudiste lograr cierta armonía en tu casa, y entiendo que la sobreprotección hacia mí fue por lo mucho que me quería, pero estuvo mal manejado porque no supo gestionarlo. Entonces, te perdono, y yo me dedico a sanar lo mío”.

Hiciste hincapié en “salir del rol de víctima”, es decir, no victimizarte, para tener una mirada empática con el otro. Pero supongo que todo comienza reconociendo que fuiste, efectivamente, víctima, ¿o acaso te achacás alguna culpa de lo que te pasó?

Durante un tiempo, sí, sobre todo cuando tuve el diagnóstico de autismo. Cuando hablé con los psicólogos, ¿qué sucedió? Ella misma dijo en una reunión familiar, frente a mi esposo, dijo que cuando yo empecé a flagelarme, ella me dejó de querer. Y ahí fue cuando empezaron los problemas más graves. Entonces, cuando recibí el diagnóstico fue como: “¿Y si por culpa de mi autismo mi madre me dejó de querer?”

Pero era al revés, lejos de hacerte culpable, al tener un diagnóstico médico se podrían justificar las crisis o al menos, entender, algunas conductas…

Exacto, pero al principio, los primeros meses, yo ya estaba alejada de mi familia de acogida,  lloraba, me sentía culpable, tuve pesadillas de nuevo como en la clínica durante un año. Y luego, asumí esa visión bajo tratamiento: entendí que no era mi culpa, y empecé a darme un el lugar que merezco.

¿Qué es @tripleexcepcionalidad, el grupo o movimiento que creaste? ¿Y en qué consiste el concepto de “triple excepcionalidad”?

Yo llevo en redes sociales el grupo @tripleexcepcionalidad. Es un nombre que me gusta a mí, pero no es un nombre clínico. Yo, de hecho, lo aclaro siempre, para que la gente no se confunda. Yo le llamo así a la doble excepcionalidad, porque cuando uno tiene autismo más altas capacidades o TDAH se llama doble excepcionalidad, pero yo sumo autismo, TDAH más altas capacidades. Es como todo el combo. Yo me identifico con lo de triple excepcionalidad: TDAH, autismo y altas capacidades.

¿A qué le llamás “altas capacidades”?

En un término más antiguo es como una superdotación en ciertas áreas específicas.

Como el personaje de Dustin Hoffman en la película Rainman

Sí, eso. Yo tuve un montón de pruebas y no es que soy Einstein, sino salió todo lo contrario. De hecho, tengo un coeficiente intelectual bastante bajo con TDAH y el autismo que me perjudican pero, aún así, lograron ver que tengo altas capacidades, específicamente visuales y auditivas.

¿Y qué busca el colectivo? ¿Qué procura el grupo que liderás?

Es una comunidad. Es un espacio de personas con neurodivergencia para personas con neurodivergencia, y lo que intento es llevar situaciones lo más realista posibles. Si tengo una crisis y si tengo que filmarla, lo hago, para que otra persona vea lo que es una crisis. Y así ayudo tanto a niños como a adultos. También, cuando hay una injusticia social, lo comunico. Han llegado a mí muchos padres con niños recién diagnosticados, y me preguntan: “¿A qué lugar los llevo?”. Y a veces, en la desesperación, caen en ciertas manos que no operan tan bien, y yo busco cuidarlos.

Mi misión principal es ayudar a otros, porque la mayoría de las herramientas que conseguí, las conseguí en inglés. Yo hablo inglés desde que tengo 9 años, aprendí sola y en realidad, los libros sobre estos temas están en inglés. Entonces yo traje un montón de recursos al idioma español, los traduje, y los voy publicando, para que la gente también tenga acceso a otras herramientas que las puedan ayudar en la vida.

Desde esa comunidad, buscás visibilizar el autismo en los adultos, porque el autismo “no se termina en la niñez”, me dijiste. ¿Falta contención y herramientas para los adultos con TEA?

Sí, muchísimas. Mirá, un ejemplo, yo tengo un perro, un border collie que se llama Try y cuando yo tengo una crisis autista y me golpeo la cabeza, empiezo a temblar, a gritar muy fuerte, y mi perro se alerta —yo tengo un video subido a mis redes sociales de esto, y mirá nunca le enseñé a hacerlo— y él se sube a mi regazo y me empieza a lamer para que no me golpee más. Hay una fundación que se llama Fundappas que da perros de apoyo emocional pero para niños, si sos adulto ya no. Ahí ves la falta de herramientas. Mañana tengo una reunión en el Parlamento para hablar con un diputado (se refiere al diputado nacionalista Pedro Jisdonian) sobre ese tema. Creo que estaría bueno que los adultos también puedan tener acceso a perros de apoyo emocional. He hablado con muchos adultos autistas y me dicen que les ayudaría a poder salir a la calle.

Decís en tu perfil que ayudás a entender las neurodivergencias, y también dice “neurodivergencia vivida desde dentro”. ¿Quiénes son las personas neurodivergentes?

Hay varias neurodivergencias: está el déficit atencional, el autismo, la dislexia, la dispraxia, las altas capacidades… Son modificaciones cerebrales, o sea, no entran en una enfermedad psiquiátrica en un trastorno. Son simplemente áreas del cerebro que se desarrollaron diferente. Eso hace que, yo, que tengo autismo, sea más sensible que otra que tenga dislexia o que sea más hiperactiva… O hay personas que tienen TDA y no TDAH porque les falta la parte de hiperactividad. Entonces son condiciones del cerebro que nos hacen ser diferentes y actuar de manera que la sociedad no considera habituales.

Hoy sos analista en informática y estás en segundo año de Facultad de Derecho. A pesar de todo lo que te ha pasado, lograste salir adelante…

Sí, sí, en mayor parte lo logré por mí misma, porque no tuve el apoyo de mi familia y siendo siempre autodidacta. Terminé el curso de analista en tecnología informática, lo conseguí con una beca, fueron dos años. Gracias a eso terminé mi último trabajo en una empresa de seguros para Europa, desde casa. Hablo inglés, hablo portugués y también en donde vivo doy talleres de tecnología e inteligencia artificial para adultos mayores y doy clases particulares sobre eso en mi casa. A mí me gusta coser, crochet, tocar el piano, tocar la guitarra, cantar, bailar flamenco, un montón de cosas…

Yomira, dicho por tí, te abandonaron dos familias. Pero lograste formar tu propia familia, ¿no?

Sí, tengo una familia con mi esposo y mis dos perritos (por ahora), pero mi mejor amiga, Victoria, me dio un consejo. Me dijo que lo único que me tiene que importar es “la familia pequeña”, la familia chiquita, digamos, esa familia compuesta con tu esposa o esposa, con tus hijos, porque al final, los demás pueden ir y venir, y el núcleo familiar con el que vivís, no. Ese es el que importa.

¿Y te gustaría ser mamá? ¿Está en tus planes?

Sí, soy muy ansiosa y restauré una heladera antigua, la convertí en biblioteca, la pinté y todo y hay un rinconcito donde tengo libros para mi futuro hijo, y tengo una serie de libros que se llaman Tengo un amigo con autismo y otro se llama Tengo un amigo con síndrome  de Down, y hay varios de esos que les explican a los niños cómo aceptar las capacidades diferentes.

Cuando comenzamos nuestra charla, enumeraste todo lo que has sufrido, pero terminaste diciendo: “La verdad es que ha sido un camino muy interesante, por todo lo que he aprendido sobre inteligencia emocional, salud mental, el autorrespeto y la validación”...

Mirá, en el pasado, cuando yo estaba con mi madre de acogida, tuve una mejor amiga que ahora vive en Estados Unidos, que me regaló un libro que se llama Padres tóxicos. Leyéndolo, empecé a entender que lo que me hacía mi madre no era normal, y cada cosa que leía pensaba “esto hace mi madre”, “esto es mi madre” y así. Y a raíz de eso empecé a leer libros de metafísica, de neurociencia, y luego de psicología, porque al vivir con ellos, no tenía permitido ir al psicólogo.

Y luego de eso, comencé distintos tipos de terapia como terapia dialéctico-conductual (DBT) y tuve el alta terapéutica de eso, y hace un montón de énfasis en eso: en las herramientas de inteligencia emocional para reconocer cuando está por venir una crisis, para saber qué hacer, también saber cómo comunicarte con las otras personas y no hacerlas sentir mal, o algo tan simple como estar en desacuerdo con una persona y poder decirle: “Respeto tu opinión, es válida”. No tengo que juzgarla o criticarla, podemos no estar en acuerdo.

Yo no cambiaría nada de lo que pasó en mi vida, ni siquiera el abuso, porque creo que todo lo que aún te pasa en la vida te ayuda a ser la persona que sos hoy en día, a tener triple excepcionalidad y estar ayudando a otras personas. Y no hubiera tenido la oportunidad si no me hubiera pasado todo eso.

¿Hoy sos feliz?

Sí, sí.