Vizintín: “Más de una vez me preguntan si no tenía miedo. ¿Miedo a qué? Si no había nada”
El sobreviviente de Los Andes presenta su primer libro, donde recuerda los días en la montaña y cómo eso marcó toda su vida.
Por Gonzalo Charquero
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Para Antonio Vizintín, uno de los sobrevivientes de los Andes, octubre siempre es un mes removedor. Este martes, se cumplen 54 años del accidente aéreo y él acaba de publicar su primer libro: La montaña siempre vuelve.
En él recorre no solo lo que ocurrió a 3.600 metros de altura, en aquellos 71 días, sino también los pliegues de una vida entera en la que la montaña operó como telón de fondo.
La presentación del libro fue el motivo de su visita a Montevideo Portal, en la cual habló sobre el tabú, el dolor, el paso del tiempo, y también se emocionó al recordar a Graciela, madre de sus hijos, en lo que describe como su “segunda cordillera”.
A continuación, la entrevista.
Ponés mucho énfasis en el texto en que fue toda una decisión publicar este relato. ¿Qué te llevó ahora a querer contar tu historia de primera mano?
Una de las cosas fue el pasaje de los años, que te hace que vayas juntando cosas. Al principio pensé que no tenía elementos como para hacer un libro. Después, fue pasando el tiempo y empecé a darme cuenta de que había una cantidad de cosas que me habían pasado en mi vida que le podían ser interesantes o útiles a alguien. Y a su vez, eso me llevó a ir juntando esas cosas y entrás a ver una cantidad de casualidades o causalidades que me intrigan también. Es decir, por qué se me dan, por qué pasaron. Y entonces un día estaba con la tranquilidad suficiente como para poder sentarme a escribir y empecé. Empecé con el libro, había hablado con la que fue mi editora después, y me dijo: “Bueno, mandame el texto”. Y en ese momento había escrito cero palabras. Es decir, me tuve que sentar y me llevó tiempo. Y claro, llega un momento en que vos decís: “¿Y esto que estoy escribiendo será bueno?”. Y, bueno, ahí se lo mando y me dice: “Sí, seguí escribiendo, nos interesa tu libro”. Y es un poco una parte de la cordillera y otra parte que es mi vida con ese telón de fondo que vienen a ser las montañas que me acompañan, que me acompañaron antes y me acompañaron después del accidente. Son cosas que algunas coinciden, otras casualidades, podés decir muchas cosas, pero bueno, justamente es lo que cuento en el libro.
Uno de los temas que narrás es la sensación extraña de leer los telegramas de condolencias que recibía tu familia. Ahora ya pasaron más de cincuenta años de eso. ¿Cómo es volver de la muerte?
YouTubeNo te das cuenta. No te das cuenta de que volviste de la muerte, que volviste de un lugar de donde no se vuelve, porque estuviste a 3.600 metros con 20, 30, 40 grados bajo cero. Es decir, nunca fuiste consciente de lo que hiciste, de lo que pasaste y de dónde volviste. Es decir, cuando vuelvo a mi casa, ¿qué fue lo más importante? ¿Por qué después también se da que no hablo con papá y con mamá y con mi hermano de este tema? Porque lo más importante es sentirte de vuelta acogido en tu casa, es decir, volver a abrazar a tu padre, a tu madre, a mi hermano, volver a acostarme en mi cama, sentir mis olores. Y eso es mucho más importante que todo lo otro que te pasó. Es decir, volviste de la muerte, pero volviste y pudiste verlos. Y justamente el ver los, las, los telegramas, ver las tarjetas de pésame, ver esa ambigüedad entre capaz que está vivo y se murió. Es decir, el tener la posibilidad de ver tu propio obituario. Decís: “No lo puedo creer, es increíble”. Son pocas las personas a las cuales les pasa ese tipo de cosas y yo soy una de ellas. Y son esas cosas que cuando las ves te emocionan, porque tuve la posibilidad de verlo, porque tuve la posibilidad de sentirlo. Y volver de la muerte te hace valorar mucho más la vida también. Es decir, antes quizás la arriesgabas un poco más. Después te diste cuenta del valor tremendo que tiene, del que no nos damos cuenta. En el diario vivir nos arriesgamos o nos ponemos en lugares que a veces nos podemos lastimar. Y sin embargo, bueno, volvés a vivir también. Te volvés a olvidar de lo que pasaste, de que volviste de la muerte, de que saliste de un lugar del que no se sale y la vida te lleva a tener una vida normal.
Por suerte, los uruguayos somos poco cholulos en ese sentido. Y si vas a facultad, vas a un bar, vas a un restaurante, tampoco tenés ese acoso. Es decir, de repente te miran, se dan vuelta, pero no pasa de eso, ¿no? Y eso también me hizo tener una vida casi normal.
Como todo texto tiene una linealidad donde vas y volvés sobre distintas cosas. Pero desde el inicio planteás de forma muy directa cómo fue la decisión de alimentarse de sus compañeros. ¿Por qué decidiste que eso tenía que estar desde el comienzo del texto?
Porque fue una decisión importante. Fue una decisión de vida o muerte, justamente, y fue una decisión más de las muchas que tomamos en la montaña. Es decir, fue una decisión importante, sí, pero una vez tomada, fue una decisión tomada. Hubo otras decisiones y otras cosas que tuvieron más valor que eso. Eso nos permitió seguir vivos. Y para la gente capaz que el romper un tabú religioso, el romper un tabú social te pone un poco en el cuestionamiento. Y bueno, quise dejarlo claro desde un principio: esto fue así, con un dolor tremendo, porque eran mis compañeros, eran mis amigos, eran mis vecinos y era gente con la que había pasado los últimos doce, catorce, quince años también. Es decir, con ese dolor y con esa dificultad, pero por otro lado, un instinto de supervivencia que te lleva a los diecinueve años a hacer cualquier cosa con tal de poder seguir vivo.
YouTubeTodas las historias de los sobrevivientes son particulares, pero en tu caso fuiste el único que estuvo solo en la montaña. ¿Qué te dejó eso en tus recuerdos y cómo atravesó después toda tu vida?
En ese momento no fue trascendente para mí el estar solo o el bajar solo. Es decir, fue parte de lo que tenía que hacer, fue parte de lo que vivimos y en esa inconsciencia o conciencia de estar muerto. No te olvides que no nos buscaban más; nosotros, para el mundo, estábamos muertos. Es decir, ya habías muerto y que murieras de vuelta capaz que era algo mejor, porque dejabas de sufrir también. Así que poco te importaba. Más de una vez me preguntan: “Estuviste solo, ¿no tuviste miedo?”. ¿Miedo a qué? Si no había nada, no había nadie. Era todo un macizo rocoso tapado de nieve, con los peligros que podía tener y la suerte que tuve de no encontrarlos. Pero hay mucha inconsciencia, hay mucho: “Bueno, estoy jugado, que sea lo que Dios quiera”. Y en esa bajada podía haber encontrado un precipicio, un pozo o una roca, y no me hubieran encontrado. Entonces, eso lo pensás hoy, y te das cuenta de que si Nando y Roberto hubieran cruzado los Andes, hubieran tenido el mismo destino, mis compañeros hubieran sido rescatados, se hubieran encontrado en el sanatorio y hubieran preguntado: “Y Tintín, ¿dónde está? No, Tintín bajó, ¿no está con ustedes?”. “No, con nosotros tampoco”. Me hubiera quedado en ese trayecto si me hubiera pasado algo.
Como un limbo, digamos.
Claro, era un limbo, porque ellos siguieron, no se quedaron a esperar si yo bajaba o no, y los de abajo tampoco sabían que yo estaba bajando. Es decir, quedás en un limbo. Y bueno, tuve suerte.
Otro de los temas que abordás es la decisión de tus padres de decir: “Del tema no se habla”. Hoy que sos padre, ¿lo compartís? ¿Entendés eso de que no se hable del tema?
Lo entiendo en aquel momento. Es decir, 54 años para atrás las cosas eran distintas. Es decir, mismo cuando hablo con mi hermano, él me dice: “Papá y mamá hablaban entre ellos y no me hacían partícipe”. Y ya tenía dieciséis años. Es decir, era esa época en la cual los padres tomaban decisiones, hablaban entre ellos y los hijos no participaban de eso. Y eso le pasó a mi hermano. Quizás hoy es un tema donde hay una apertura de cabeza mucho mayor y podés hablarlo, y podés comentarlo, y podés recibir distintas opiniones. Una de las cosas que justamente aparece en el libro, de lo que me arrepiento, es de no haber podido hablar con ellos. Es decir, qué sintieron, cómo se sintieron, cómo vivieron mientras yo no estuve. Es todo un limbo, de vuelta. ¿Qué fue lo que pasó? Porque fueron tres meses. Se llenó de gente al principio, pero después siguió habiendo gente en casa que eran extraños, gente que aparecía, que acompañaba. Es decir, porque en realidad, cuando vas a un velorio, lo que tratás es de acompañar al que tiene la pérdida. Y acá era eso, sin saber si yo volvía o no volvía. Todas esas cosas que hoy, cincuenta y cuatro años después, han cambiado mucho y no sé, capaz que lo hablaría mucho más, lo conversaría mucho más con mis hijos, de repente.
También hablás de una “moderada distancia” con las madres y las familias de los que no volvieron. ¿Qué reflexión hacés ahora que ha pasado un tiempo de cómo es el vínculo?
Sí, es decir, con algunos sí, con hermanos, con algún sobrino de repente. Es decir, la relación es distinta, porque la pérdida de una madre de un hijo es algo que es irreparable, es incuestionable la actitud que pueda tomar o cómo te pueda ver. Yo lo entiendo, que cuando te da un beso no está besando, no me está besando a mí, sino que le está dando un beso a su hijo y seguramente se esté cuestionando en el sentido de por qué estás vos y no está mi hijo. Y es algo totalmente entendible por mi parte y totalmente comprensible la situación de la señora. Es decir, pasó el tiempo, ya creo que no hay ninguna de las señoras que esté viva, ya es un tema de hermanos, que ya hay un poco más de distancia, lo ven de otra forma. Y bueno, y eso creo que con el pasaje del tiempo mucha cosa se borra, se diluye con el tiempo y bueno, ese dolor que fue muy intenso en un principio, con los años, se va diluyendo.
Sobre el tiempo que pasó, vos decís que el dolor es otro. Yendo a tu caso particular, ¿cómo describirías ese cambio en el dolor en estos años?
YouTubeEl dolor es algo que para mí tenés en el momento. Con el pasaje del tiempo ese dolor se va diluyendo, pero lo que va quedando es un cariño o un recuerdo de la persona que no está más. Vivís con ese dolor, pero a su vez tenés ese buen recuerdo de la persona que no está más en tu vida. Y son personas que a su vez te dejan cosas, te dejaron cosas. Porque no podés aislar las pérdidas y decir: “Esto no me dejó nada”. No, sí te dejó, siempre te deja, porque viviste muchos años y viviste muchos años con esa persona o viviste muchos años con otra persona y eso te deja enseñanzas, aprendés de lo que te pasó, porque justamente es eso. Es decir, mírelo como lo mires, es un fracaso y es un aprendizaje. Es decir, cuando fracasamos aprendemos y cuando aprendemos cambiamos. Se da ese proceso y en la vida se te da de una forma o de otra. Cuando se trata de personas, tenés ese cariño que llevás adentro, porque en realidad las cosas feas te las vas olvidando, es mejor olvidarlas y te quedás con los recuerdos lindos justamente. Y bueno, eso es la vida. Pasar por momentos tristes, recordar momentos alegres y te va haciendo y te va llevando. Y bueno, es lo que te queda, porque sería espantoso si solo te acordaras de las cosas tristes o de las cosas feas.
Ustedes han tenido un gran reconocimiento a nivel mundial. En lo cotidiano, cuando conversás con tus familiares más jóvenes, con tus nietos, ¿qué te preguntan? ¿Qué recuerdos les transmitís?
La principal intriga que ellos tuvieron, tanto mis hijos como mis nietos, es, cuando vos hablás de la cordillera, sobre el lugar. Siempre, tanto mis hijos como mis nietos quisieron ir al lugar y fueron. Es como el lugar donde estuvo mi papá, el lugar donde estuvo mi abuelo. Y cuando estás en ese lugar, que nosotros no tenemos montañas, te das cuenta de lo impresionante que fue. Cuando ahí fui con ellos, cuando mirás la montaña que subimos con Nando y con Roberto, decís: “Qué pedazo de animal que fui”. Es decir, subir eso en las condiciones en que estábamos solo un anormal puede hacerlo. Y cuando ellos están y ven eso, yo me acuerdo que Patricio, mi hijo, en un momento fue, miró y me dice: “Qué difícil debe haber sido estar acá”. Es decir, cuando vos estás en ese lugar, que es como una herradura enorme, rodeado de rocas y rodeado de nieve, y mirás sobre un valle y, en el fondo, ves una montaña enorme, decís: “Vos estuviste 72 días acá”. Entonces como que se hace una composición del lugar y entienden todo lo que pasaste, ese sufrimiento que tuviste y el haber subido esa montaña, que fue algo tremendo. Yo me emociono cada vez que voy y veo esa montaña porque tenés que haber sido muy anormal. Tendríamos que haber sido los tres muy anormales para subirla.
YouTubeEn un pasaje del texto nombrás como tu “segunda cordillera” a la muerte de Graciela, que es la madre de tus hijos. ¿A ella cómo elegís recordarla?
De hecho, la recuerdo... Es un recuerdo que me emociona, porque, uno, es la madre de mis hijos. Dos, fue un momento muy especial. Bueno, siempre es especial porque —salvo determinadas circunstancias— nunca estás preparado para que pase eso, y menos cuando tenés 30 y algo de años. Es decir, planeás una vida y de repente un día se te corta. De una tarde para una noche te cambió la vida. Tengo un recuerdo muy dulce de ella, muy agradable por todo, agradecido por lo que aprendí y por la compañía que tuve. Fue importante, fue una persona muy importante en mi vida. No sé si no te diría que las mujeres son importantes en la vida de todos nosotros. Es decir, desde tu mamá, que te marca en determinado momento, tu señora, que te marca de otra forma, tenés otra vida, es tu proyección a cuando seas viejo. Entonces, tenés algo que te emociona, que lo tenés adentro. Y, bueno, han pasado muchos años y me emociona hablar de ella.
Estamos en octubre y, naturalmente, es una fecha muy removedora. ¿Cómo lo afrontás este año con el libro como un mojón, donde narrás tus cosas, con tus palabras, por primera vez?
Siempre, a lo largo de los años, me ha pasado que cuento desde el 12 y 13 de octubre al 22 de diciembre. Es decir, son los días que decís: cuando llega el 22 de diciembre veo, mirá la cantidad de cosas que hice desde el 13 de octubre. Por otro lado, tengo un sentimiento muy especial. Estoy inquieto por dentro, no sé cuál es la expresión. Estoy más sensible, estoy más… no sé. Durante esos 70 y algo de días, estoy como distinto. No es lo mismo el resto del año que estos 72 días hasta diciembre. Es una fecha que evidentemente te trae recuerdos de los compañeros tuyos que no están, te trae recuerdos de lo difícil que fue, de que te jugaste la vida, de que casi la perdés, de que te olvidaste de darle un beso a papá, de darle un beso a mamá y despedirte. Eso que hacemos cuando tenemos 19, que sos muy macho y le decís: “Chau, papá, nos vemos el martes”. Y lo que hubiera dado en ese momento, estando en la montaña, de poder abrazarlo, de poder darles un beso y despedirme. No me había despedido y eso te queda. Y eso a veces nos pasa, que salimos, damos por sentado que papá y mamá son eternos, que nuestras señoras son eternas, que todo el mundo es eterno, y vos no sabés hasta cuándo vas a seguir jugando ese partido. Y entonces te hace recordar eso y tratar de decirle a la gente que está cerca tuyo, a ese grupo, lo mucho que los querés, que eso es importante. Decirle aunque sea todos los días, porque si no, no saben qué tanto los querés. Si no se los decís, ¿cómo van a saberlo? Son cosas importantes en la vida, que es justamente el renovarse, el renovar ese sentimiento y decirle: “Bueno, te quiero”. Porque no sabés ni ellos ni vos cuánto tiempo vas a estar.
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