Valentina Bidegaray tiene 17 años, está en sexto de ingeniería en la Scuola Italiana di Montevideo y en agosto viajó a India como representante de Uruguay en la misión ShakthiSAT. Una iniciativa internacional que reunió a jóvenes mujeres de 108 países para participar en la construcción de un CubeSAT, un minisatélite cúbico de diez centímetros de lado y unos dos kilos, con paneles solares que se despliegan en el espacio y que está previsto que sea enviado al espacio en octubre.
Cuando Valentina aterrizó de vuelta en Montevideo, después de más de quince mil kilómetros de viaje, lo primero que hizo fue ir a comer un chivito con toda su familia. Era el antídoto perfecto contra semanas de comida vegetariana y picante, del cual no había salida posible por más que le pidiera “sin picante” al cocinero.
JORNADAS DE 7:00 A 20:00
El 20 de agosto, Valentina subió a un avión rumbo a Nueva Delhi. El 22 ya estaba cara a cara con las otras participantes en una universidad india, iniciando una rutina que pocas veces dejaba margen para el descanso. Las jornadas arrancaban a las 7:00 y terminaban cerca de las 20:00 horas, cargadas de cursos y charlas técnicas con ingenieros llegados de Estados Unidos, Egipto y otros países, todos vinculados al sector aeroespacial.
“Tuvimos pila de cursos, pila, pila de cursos de ingeniería, sobre todo lo que tiene que ver con satélites, ensamblarlos, las pruebas, enviarlos”, recuerda. La parte más práctica incluyó desarmar y rearmar un modelo de satélite —no el satélite real, que estuvo en manos de los ingenieros responsables del lanzamiento— para comprender cómo funcionan cada una de sus piezas. También aprendieron sobre el payload, es decir, la carga útil que transportan los satélites, y cómo se gestiona ese componente crítico de la misión.
Una charla en particular quedó grabada en su memoria. “Era sobre el grafeno, una manera de inventar un nuevo magnetorquer”, explica, refiriéndose al actuador electromagnético que orienta y estabiliza los satélites usando el campo magnético terrestre. La charla la dio un profesor de Suiza y, según Valentina, tenía al auditorio completamente enganchado.
Cuando terminaba la parte técnica, el día no paraba. Las jóvenes se juntaban para mostrar sus culturas, compartir costumbres y grabarse entre ellas. “La pasamos de lo más bien”, asegura. Con las participantes latinoamericanas la conexión fue más inmediata, por el español, pero el grupo entero —aunque no llegaron a ser las 108 originales porque algunas no pudieron viajar— sigue activo en un chat grupal hasta hoy.
EL CHOQUE QUE NO ESPERABA
Valentina confiesa que el mayor impacto no fue técnico, sino cultural. La religión hindú moldea la hospitalidad de una manera que ella no había experimentado antes. “Por su religión, tienen que ser muy buenos huéspedes siempre y tratar bien a la gente”, observa. Las vacas son sagradas, así que la alimentación era completamente vegetariana, lo que para alguien criada en Uruguay, país de asados y chivitos, implicó una adaptación real. A eso se sumó la intensidad del picante. Pedir una versión suave equivalía a recibir lo que para ellos es “normal”, es decir, varios escalones por encima de cualquier tolerancia rioplatense.
El tránsito de Nueva Delhi fue otro mundo. “La única regla que tenés es no chocar. Vos vas para adelante, vas para atrás, vale todo siempre y cuando no choques”, describe Valentina. Lo que más sorprende, aclara, es que en ese caos aparente nadie chocaba. “Parecía un videojuego”, cuenta entre risas.
El inglés también le jugó una mala pasada al principio. El acento indio, más cercano al británico que al norteamericano que suele escucharse en Uruguay, le exigió un esfuerzo extra para comunicarse y entender. Pero con el tiempo, el oído se fue afinando.
“Cuando dicen que uno va a un viaje y vuelve diferente, siento que me pasó eso”, resume.
LO QUE TRAJO DE VUELTA
Valentina regresó a Montevideo el 3 de setiembre, más de diez días después de partir, con recuerdos y contactos internacionales.
Antes de viajar ya soñaba con estudiar en el exterior y formarse en Ciencia de la Ingeniería, una disciplina que busca traducir el conocimiento teórico en soluciones prácticas. Valentina indicó que la experiencia en India no cambió esa dirección, sino que “la aceleró”.
“Me encantó. Me doy cuenta de que me gustaría mucho ir hacia el lado de la ingeniería mecánica o cualquier ingeniería con las manos en el producto”, cuenta.
Además, Valentina recuerda que se unió a la misión internacional porque le gustaba la idea “de impulsar a las mujeres en el área científica, no solo aeroespacial, porque están poco representadas”, y agrega: “Hay mujeres muy capaces”.
De la misión ShakthiSAT, Valentina pasó a integrarse como miembro cooperadora del Centro de Investigación y Difusión Aeronáutico y Espacial de Uruguay (Cidae).
Durante la misión estuvo acompañada por Mariana García, directora general del Cidae, como embajadora de Uruguay; y como coembajadora por Juana Vallejo, primera ingeniera aeroespacial del país, que hoy trabaja en Estados Unidos. “Conocerlas estuvo impresionante”, recuerda.
Su próxima actividad en el Cidae es ayudar a organizar la World Space Week en Uruguay, la Semana Mundial del Espacio, que se celebra cada año entre el 4 y el 10 de octubre en más de 90 países, bajo el paraguas de las Naciones Unidas, y que este año llega por primera vez al país.
Por ahora, su rol en la construcción del satélite ya terminó. El CubeSAT quedó en manos de los ingenieros para el lanzamiento. Pero Valentina ya está pensando en lo que sigue. Que el límite sea el cielo, para ella, es quedarse corta.