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El algoritmo del amor

Una uruguaya y un holandés pasaron de hacer match en una app de citas a casarse en Grecia

Victoria y Rob se conocieron en noviembre de 2022. Ambos vivían a menos de 20 minutos uno del otro y frecuentaban el mismo bar sin saberlo.

17.10.2026 12:00

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Por Avril Andrés
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El amor puede estar a cinco minutos en auto y nunca cruzarse. Eso fue exactamente lo que le pasó a Victoria Ducasse, uruguaya de 38 años, y a Rob Scheepers, holandés de 35. Vivían a menos de 20 minutos caminando, frecuentaban el mismo bar en Países Bajos y, sin embargo, no se conocieron hasta que la aplicación de citas hizo lo suyo. En noviembre de 2022, ambos deslizaron a la derecha.

Victoria se había mudado a Holanda en febrero de 2021, en plena pandemia de Covid-19. Rob nació y creció allí. Cuando sus perfiles se cruzaron en la app, empezaron a escribirse a diario durante dos meses. La primera cita se demoró porque la madre de Victoria estaba de visita, había viajes programados y, luego, un Año Nuevo en Londres. Apenas volvió, le mandó un mensaje “shall we meet?” [¿Nos juntamos?]. Y se vieron.

Hay una escena que Victoria identifica como el momento bisagra de la relación. En marzo de 2023, ella viajó a Uruguay. A su regreso, Rob fue a buscarla al aeropuerto de Schiphol, en Ámsterdam, manejó durante dos horas y la recibió con flores. Y esa misma noche le preguntó si quería ser su novia.

“Siempre digo que, si no fuera por eso, no estaríamos juntos. Porque creo que, en general, somos muy diferentes a la cultura neerlandesa”, dice ella.

 “En los países del norte de Europa, la gente es menos cálida; por eso, en las relaciones, no es muy habitual decir 'te voy a buscar, aunque el aeropuerto esté a dos horas en coche'”, explicó Rob.

A partir de ahí, viajaron todo lo que pudieron. “Él era curioso, pero quizá nunca había viajado tanto. Así que fue facilísimo. Yo proponía algo y él simplemente decía que sí”, cuenta Victoria. A los seis meses de salir, ella anunció que iría a Uruguay en diciembre. La respuesta de Rob fue inesperada: “¿Puedo ir contigo?”, le preguntó.

Victoria todavía recuerda su reacción. “Me quedé en plan '¿qué?'. Llevábamos apenas seis meses viéndonos y él quería ir a Uruguay conmigo. Era un compromiso muy serio”.

Fueron juntos. Para Rob fue la primera vez que cruzó el océano y pisó el continente americano. “Desde que aterricé, noté que la hospitalidad de los uruguayos es muy distinta; son personas sumamente cálidas, muy dadas a los abrazos. La gente que conocí en Uruguay enseguida me decían '¡Vení a un asado!'”, recuerda.

Punta del Este le pareció “una especie de pequeño Miami”. Victoria recuerda entre risas sus comparaciones permanentes: “Estábamos en pleno centro de la ciudad y él decía: 'Esto es como España', y luego nos movíamos a otro sitio y decía: 'Esto es como Miami'”.

EL ANILLO, EL BEBÉ Y GRECIA

La historia avanzó con una secuencia un poco fuera de orden. Tuvieron una charla en la que ambos se dieron cuenta de que querían formar una familia. Empezaron a intentarlo y Victoria quedó embarazada enseguida.

“Fue gracioso, porque él consiguió el anillo de bodas para proponerme matrimonio un mes antes de que yo me quedara embarazada”, cuenta Victoria. “Ella no lo sabía”, agrega Rob con una sonrisa.

La propuesta llegó, y con ella el plan de casarse antes del nacimiento del bebé. Hubo dos celebraciones. Primero, el año pasado, una “boda holandesa típica” para el trámite legal, íntima y local. Después, la boda “de verdad”, en Grecia, fue en setiembre de este año y duró tres días.

Foto: Captura en redes sociales

Foto: Captura en redes sociales

“Suena un poco a locura, eso de dos bodas, pero bueno. La boda de verdad fue en Grecia, diría yo. Creo que esa era la idea y también lo que se sentía”, dice Rob. El primer día fue un paseo en bote con snorkeling, comida y bebida a bordo. El segundo, la ceremonia en un hotel con vista al mar. El tercero, un after party en una playa alejada, con almuerzo-cena de cierre.

La elección del destino tuvo algo de casualidad. Habían barajado Italia y España hasta que Rob propuso una isla griega concreta porque le encantaba. “Tienen un aeropuerto, tienen un buen hotel, así que es perfecto”, razona él. Victoria, señalándolo, aclara entre risas: “Es su culpa. No mía. Fue idea suya”.

Fueron 40 invitados llegados desde Berlín, Londres, Portugal, Eindhoven, Bélgica, Uruguay, Brasil y España.

“Era una mezcla alocada de nacionalidades. Creo que eran unas 10 u 11 nacionalidades distintas en un grupo de 40 personas”, dice Victoria. Su hija nació en diciembre del año pasado. El embarazo no fue sencillo. “Vino acompañado de algunas otras complicaciones”, reconoce Victoria, y agrega que esa experiencia aceleró ciertas decisiones sobre el futuro.

Foto: Captura en redes sociales

Foto: Captura en redes sociales

CUMPLEAÑOS CON CAFÉ Y IR A BAILAR A LAS 3AM

Las diferencias culturales no tardaron en aparecer, y el primer gran choque fue un cumpleaños. Rob explica el ritual neerlandés: la gente llega, toma café, come un trozo de tarta, charla un poco sobre el trabajo y se va. Lo llaman kringverjaardag, una celebración en círculo alrededor de una mesa. “A veces, para muchos neerlandeses, esto se siente más bien como una obligación”, admite.

Victoria se convirtió en anfitriona del cumpleaños de Rob y entró en pánico cuando él sugirió comprar solo un pastel y café. “Le dije: '¿Nada más? ¿La gente no va a comer nada más?'. Compremos queso, tomates cherry, jamón, pan”. El resultado fue un poco raro para los invitados holandeses, que no esperaban tanta comida.

Pero el verdadero drama llegó con la torta de cumpleaños de ella: los invitados neerlandeses empezaron a comer sin esperar la vela ni el canto. “Yo me quedé pensando: '¿qué? ¡Están tocando mi pastel!'. ¡No! El pastel va al final, después de cantar el 'cumpleaños feliz' y de pedir los deseos”, recuerda Victoria.

Otro choque fueron los abrazos, o su ausencia.

“Mi familia no es de abrazar. No abrazo a mi madre, ni a mi hermana, ni a mis hermanos”, explica Rob. Victoria presenció cómo la hermana de él la saludó apenas con la mano, sin apretón ni abrazo. “Recuerdo que, después del cumpleaños, incluso se puso a llorar al ver cómo habían sido las cosas y lo grande que era la diferencia”, dice Rob. Ella confirma que su primera pregunta fue: “¿Les caí bien? Porque yo no tuve esa sensación”.

Por otro lado, en Uruguay, Rob recuerda haber estado en un asado hasta las dos o tres de la madrugada cuando alguien le preguntó si iba a salir a bailar. “¿En serio? ¿Quieres que salga ahora?”, preguntó sorprendido por la hora que era. Le explicaron que en Uruguay es muy normal salir desde las tres hasta las siete, ocho o nueve de la mañana. “Es algo raro”, dice él.

También agrega que cuando viaja a Uruguay siente que le cae bien a todo el mundo. “Es una sensación linda. Nunca me pasó algo así en otro lugar”, admite.

La puntualidad es otro campo minado. “Los neerlandeses son muy puntuales. Si te retrasas 15 o 20 minutos, la gente aquí se enfada muchísimo. Y sé que, en su caso, a veces el tiempo es relativo; si quedamos en salir a la 13:00, al final acabamos saliendo a las 14:00”, dice Rob. Victoria lo ilustra con su último cumpleaños, en donde convocó a las 15.00 horas. La familia de Rob llegó a las 14:45. Sus amigos latinos, a las 14:30. “Literalmente, hicieron un relevo”, dice.

¿URUGUAY, HOLANDA O NINGUNO DE LOS DOS?

El futuro está abierto. Rob señala que en Países Bajos hay una crisis habitacional grave porque los precios de la vivienda están por las nubes y comprar es prácticamente imposible. “Sinceramente, creo que podría vivir perfectamente en Punta del Este; no lo dudaría ni un segundo”, dice.

Victoria piensa en algo más parecido a una vida nómade. “Nuestra vida ideal consistiría en pasar seis meses en un lugar y otros seis meses en otro; algo así como escapar de un invierno realmente duro”. Y agrega que lo que más la ancla a Uruguay son los “valores” con los que creció.

“Me gustaría que, en el futuro, nuestra hija pudiera experimentar esos valores, no solo a través de mí, sino también a través de mi gran grupo de amigos en Uruguay; esa forma en la que nos cuidamos unos a otros”, dice.

Por ahora, la respuesta es no saber. “Lo que sí es seguro es que seguiremos viajando a Uruguay de vez en cuando”, cierra Victoria. Y Rob, el holandés que nunca se sintió del todo holandés, que descubrió el asado y los abrazos del otro lado del océano, parece estar bastante de acuerdo.

Por Avril Andrés
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