Por The New York Times | Julie Turkewitz

Su oposición al líder autoritario de Venezuela lo había dejado ensangrentado a manos de esbirros del gobierno, obligado a esconderse en una embajada extranjera y forzado a un exilio de casi dos años en Italia, donde vendía pan en una estación de trenes mientras pensaba en su país.

La rebeldía política de Américo De Grazia también le había costado su matrimonio y sus ahorros. Y, sin embargo, aquí estaba, de regreso en su ciudad natal en el sureste de Venezuela, con el sudor traspasando las mangas de su camisa, en el escenario. Es uno de los miles de candidatos de la oposición postulados para las elecciones del domingo 21 de noviembre, que casi puede asegurarse que perderán.

“Estamos en una época turbulenta, y eso exige que luchemos”, dijo a los votantes De Grazia, de 61 años, mientras sonaban unos tambores detrás de él.

Los partidos políticos que se oponen al líder autocrático de Venezuela, Nicolás Maduro, se han negado durante años a participar en las elecciones, pues alegan que hacerlo legitimaría a un hombre que tiene casi una década encarcelando enemigos, deteniendo a periodistas, cooptando partidos políticos e inhabilitando a figuras claves de la oposición de ejercer cargos públicos, todo mientras el país ha caído en una crisis humanitaria y económica.

Pero este domingo 21 de noviembre la oposición volverá a las urnas de votación, con candidatos a gobernaciones y alcaldías en todo el país. Se trata de un giro de 180° que se dice que busca movilizar a un electorado desilusionado con miras a las futuras elecciones presidenciales, que deberían realizarse por ley en 2024.

Sin embargo, las condiciones —aunque en teoría mejores que en años previos, según el Observatorio Electoral Venezolano (OEV), que no está afiliado a ningún partido político— están lejos de ser libremente democráticas, y el cambio de estrategia es un riesgo para la oposición.

Maduro, que enfrenta sanciones económicas y una investigación en la Corte Penal Internacional, anhela tener legitimidad democrática, y lo más probable es que utilice las elecciones para presionar a Estados Unidos y a la Unión Europea para que flexibilicen las posturas en su contra.

Pero el cambio de estrategia es también una señal de lo desesperados que están muchos venezolanos por cualquier cosa que parezca una oportunidad de cambio. La lucha de De Grazia para convertirse en el gobernador de uno de los estados más grandes del país es una muestra emblemática de esa desesperación.

“Estas elecciones no son libres, ni justas, ni transparentes ni nada parecido”, dijo De Grazia durante el almuerzo al día siguiente de un mitin de campaña en el que repartió pequeños trozos de papel con su nombre, rostro y número de teléfono personal, sin duda una campaña casera en tiempos difíciles. Pero, “para vencer a este régimen, hay que confrontarlo”.

Bolívar, un inmenso estado en el sureste de Venezuela, alberga plantas de acero y aluminio y grandes depósitos de oro, diamantes y coltán. A pesar de tener estos recursos, su población ha sufrido mucho por el declive económico del país. El 95 por ciento de la nación vive actualmente en la pobreza, según la Universidad Católica Andrés Bello en Caracas.

En Bolívar, las familias hacen fila todos los días frente a los comedores comunitarios, y los niños mueren con frecuencia por afecciones tratables y prevenibles —malaria, hidrocefalia, desnutrición— porque sus padres no pueden pagar los medicamentos.

En entrevistas en seis municipios del estado, muchas personas dijeron que el flujo de dólares que comenzó hace dos años, tras la decisión de Maduro de flexibilizar las regulaciones económicas que solían definir a su gobierno, no se había filtrado mucho más allá de las familias más pudientes.

De Grazia es hijo de unos inmigrantes italianos que abrieron una serie de panaderías en Bolívar en la década de 1950. El local original, Panadería Central, sigue abierto del otro lado de la calle donde está la casa que habitan De Grazia y su madre, quien dirige la panadería.

Entró en la política a los 14 años, y con el tiempo se convirtió en un franco opositor de los gobiernos de Hugo Chávez y su sucesor, Maduro, quienes se proclamaron defensores de una revolución socialista.

La carrera de De Grazia a menudo se ha centrado en los derechos de los trabajadores y la corrupción en la industria minera. Fue diputado durante 10 años, y afirmó que lo habían golpeado al menos cuatro veces en la Asamblea Nacional. La última vez, capturada en cámara en 2017, un grupo de hombres con pasamontañas lo dejaron ensangrentado en el patio del recinto.

En 2019 apoyó la decisión del jefe de la Asamblea Nacional, Juan Guaidó, de declararse presidente encargado del país, una medida respaldada por Estados Unidos y decenas de otros países.

Posteriormente, el gobierno de Maduro emitió órdenes de captura para De Grazia y muchas otras figuras de la oposición, lo que lo obligó a huir. Primero se fue a la embajada italiana, donde vivió durante siete meses, y luego a Italia, donde trabajó en una panadería dirigida por uno de sus siete hijos.

Fue por esa época que su esposa le lanzó un ultimátum: o abandonaba la política o se separaban. Terminaron separándose. “Ella ya no podía soportar esa vida”, dijo. “Es parte del precio a pagar”.

Pero en Italia, De Grazia se convenció cada vez más de que la coalición opositora a la que una vez apoyó no tenía ningún plan para salir del estancamiento. Dijo que la abstención electoral había dejado a la coalición desconectada de los electores y casi sin armas en la lucha por unas condiciones electorales más justas en 2024.

En febrero, anunció que participaría en las elecciones de este año. Dejó la coalición y fue expulsado del partido al que se afilió a los 14 años, llamado Causa R. En abril, anunció su candidatura a la gobernación.

Varios meses después, gran parte de la coalición que lo había rechazado anunció que también participaría en las elecciones. Entre los candidatos de este año se encuentra David Uzcátegui, del estado Miranda, quien calificó la abstención como “un error”.

“El voto es un instrumento con el que puedes luchar”, mencionó. Entre quienes se oponen de forma más enérgica a la participación se encuentra el antiguo mentor político de De Grazia, Andrés Velásquez, quien se postuló para gobernador de Bolívar en 2017.

Según el recuento de votos inicial publicado en el sitio web del Consejo Nacional Electoral (CNE) en 2017, Velásquez ganó.

Pero, de acuerdo con informes noticiosos locales e internacionales de ese momento, los resultados desaparecieron poco después y el candidato oficialista y actual gobernador, un general llamado Justo Noguera, fue juramentado durante una ceremonia sorpresa a la medianoche.

El año pasado, un miembro del CNE, Juan Carlos Delpino, dijo públicamente que el conteo había sido manipulado.

Según Velásquez, el estado Bolívar era demasiado importante económicamente como para que el gobierno dejara que un candidato de la oposición tomara el control.

Velásquez dijo que el mismo fraude electoral podría sucederle a De Grazia, y que tanto De Grazia como todos los candidatos opositores estaban siendo usados por Maduro.

“Maduro quiere poder decirle al mundo: ‘En Venezuela hay elecciones competitivas; en Venezuela hay una oposición que puede participar’”.

Pero, en palabras de Velásquez, “hay dictaduras que utilizan las herramientas de la democracia para mantenerse en el poder”.

“Actuar con normalidad frente a un proceso electoral que ha sido manipulado en todos los sentidos, no creo que eso esté bien”, agregó. “Es complicidad”. Simpatizantes de Américo De Grazia, candidato opositor para la gobernación del estado Bolívar, durante un discurso en El Palmar, Venezuela, el 13 de noviembre de 2021. (Adriana Loureiro Fernandez/The New York Times) Américo De Grazia, candidato opositor para la gobernación del estado Bolívar, recibe una llamada en la sede de su partido en El Callao, Venezuela, el 14 de noviembre de 2021. (Adriana Loureiro Fernandez/The New York Times)