Contenido creado por María Noel Dominguez
Entrevistas

La sartén por el mango

Sergio Puglia habla de política, bullying, salud y el arte de volver a empezar

El cocinero y comunicador repasa su trayectoria, su giro político, el bullying, un grave problema de salud y el desafío de su propio canal.

16.11.2025 09:02

Lectura: 14'

2025-11-16T09:02:00-03:00
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Por María Noel Domínguez

A los 75 años, con más de dos décadas ininterrumpidas en Canal 10 y una vida entera entre cocinas, cámaras y micrófonos, Sergio Puglia vuelve a empezar. Desde Punta del Este, el cocinero y comunicador se prepara para lanzar Universo Puglia, un proyecto que combina canal de YouTube, reality, estudio de TV y archivo personal, todo montado en su propia casa.

La idea nació hace años, como una marca ligada a cafés de autor y vajilla de diseño, pero ahora se expande a un formato audiovisual ambicioso: sectores de cocina, enología, viajes, bienes raíces, lujo, opinión, editoriales y programas periodísticos convivirán en una misma “constelación” de contenidos. Una manera de reunir en un solo espacio a los distintos públicos que lo siguen desde la radio, la televisión, MasterChef y Polémica en el bar.

En esta charla, Puglia repasa cómo fue tomando sus decisiones laborales guiado por la intuición: del restaurante a la radio, de El club de la buena vida en Canal 5 a los 21 años en Canal 10, del rol de docente en el ITHU a convertirse en jurado exigente y querido por niños y jóvenes en MasterChef, y en voz política fuerte y discutida en Polémica, donde decidió decir abiertamente de dónde viene y qué piensa.

También habla del precio y el respaldo que implica exponerse: cuenta el bullying que le hizo perder auspiciantes, recuerda sus años en la Argentina de la dictadura caminando “sin miedo” siendo un hombre gay, relata la trombosis pulmonar que casi le cuesta la vida y el apoyo transversal que recibió, y defiende una idea de cultura plural, diversa y no partidizada. Entre historias personales y profesionales, Puglia vuelve a una frase que lo sostuvo siempre: “Conmigo no van a poder”.

Sergio, qué alegría que estés acá. ¿Cómo nace la idea de Universo Puglia y qué significa ese nombre para vos?

—Bueno, a mí me da una gran alegría que me hayan llamado. Un verdadero placer. Lo del Universo Puglia fue idea de un amigo íntimo que ahora se fue a vivir a Barcelona y me regaló el nombre. Con él, Fernando Paparamborda, habíamos intentado hace años empezar a crear el Universo Puglia: importamos un café, una mezcla que había hecho especialmente una persona conocida mía, que fue un éxito, pero esa persona tuvo veinticinco mil problemas y no se pudo seguir produciendo. Después hicimos una vajilla que se agotó, fue magnífica, pero eran cosas tímidas, para probar si la idea funcionaba. Ahí quedó el asunto.

Cuando empezamos a pensar en irnos a vivir a Punta del Este, dije: “Es el momento”. El momento de hacer el canal de YouTube propio, con programación. Distintos amigos que han estado colaborando en la formación técnica, tanto de Olga como de Luzu y todo lo demás, me asesoraron. Y ahora, dentro de poco, porque ya se están dando un montón de condiciones, empezaremos el Universo Puglia, que va a tener su gran ubicación en mi casa.

No es un streaming propiamente dicho, de esos que son una barra, una mesa y cuatro o cinco personas conversando. No. Acá queremos hacer una especie de mezcla entre streaming, reality y canal de televisión. Hay un sector de cocina, de enología, de bienes raíces, de lujo, otro de viajes, de opinión, un programa periodístico, editoriales… Todo eso.

Con toda esa estructura, ¿vas a trabajar todo el día? ¿Y qué lugar tendrá tu archivo en el proyecto?

—Voy a trabajar casi todo el día, sí (se ríe). Y hay un sector que me gusta mucho contar, porque yo soy un obsesivo de los archivos. Voy a tener una cosa que se llama… ¿cómo se llama lo viejo ahora, que le dicen más paquete? Vintage, ahí está.

Entonces va a estar el programa que yo hice para Televisión Española, el programa de viajes que hice por Europa, Argentina y otros lugares, y mis participaciones en el programa del Piñe, en El globo, pequeñas cosas para que la gente recuerde y, sobre todo, para que una nueva generación pueda verlas. El otro día Placas TV sacó un programa mío con Lil Betina, Sonia, Cristina Morán y otra figura que ahora ni me acuerdo, y yo miraba aquello y decía: “Esto es prehistoria de Oriente”. Pero hay una generación que no vio eso, y es maravilloso.

Tu recorrido es larguísimo y seguís sumando proyectos. ¿Cómo tomaste, a lo largo de tu vida, las decisiones laborales que te fueron moviendo de un lugar a otro? ¿Cómo fueron esos procesos de cambio?

—Yo creo que siempre me dejé guiar por mi intuición. Empecé en televisión de pura casualidad. No te olvides de que empecé en la radio y en la televisión porque necesitaba publicidad para el restaurante, no porque yo me sintiera un comunicador. Después descubrí que tenía condiciones. Me lo habían dicho Mullins, De Feo, Traverso, pero yo no creía que fuera tan así. Sin embargo, sí.

Ahí descubrí un juego que me pareció fantástico. Empecé tímidamente con una columnita en un programa como el de Sonia Brescia. Lo que me llevó a decirle a Sonia “no puedo continuar”, las cartas que llegaban al canal (en aquel momento no había redes) hablaban todas de lo que yo hacía. Entonces creí que tenía la oportunidad de dar el paso a ser protagonista y no coprotagonista.

A un amigo, Miguel Brasil, dueño de Cucinema, le pidió prestado el título El club de la buena vida, porque no estaba registrado en Uruguay, y me lo regaló. Ahí debuté con el programa en Canal 5. Entre ese programa, Desayunando y el último que hice, estuve 18 años. Después pasé al 10 de casualidad, porque yo no lo busqué. Vinieron, me golpearon la puerta y me preguntaron si no quería pasar a un canal privado. Yo dije: “Pero… ¿cómo?”.

Gracias a la Cafera [Graciela, productora] tuve la oportunidad de entrar a un canal privado, y dije: “Bueno, pero si no es el 10, no”. No me preguntes por qué. Sentí que con el 10 me iba a sentir más cómodo, es el canal de la familia, yo qué sé… Y logré entrar. Estoy cumpliendo 21 años en el 10. Pasé por todo: entré haciendo una revista porque el 10 no tenía mañana, después un programa nocturno con el Piñe y con Diego, donde enseñábamos a usar preservativos —éramos muy atrevidos—, después En su salsa, gastronomía, divertimento, entrevistas… Y en el medio estaba haciendo Puglia invita, que lo había vuelto a hacer en el 10. Y así seguí.

¿Y cómo llega MasterChef a tu vida? Cambió bastante tu público y tu exposición, ¿no?

—Cuando llegó MasterChef, a mí no me llamaron directamente. Yo estaba en un programa con Caraballo, y él me dice: “¿Vas a participar en MasterChef?”, porque el 10 tenía los derechos. Yo le dije: “¿Qué? No lo sabía”.

Después me convocaron, me hicieron una prueba de cámaras con un señor extranjero que miraba desde atrás. Cuando terminó la prueba, que fue en el Instituto Crandon, hubo unos aplausos enormes y ese señor me dijo en inglés: “You are the Master Chef”. Ahí empezó un mundo diferente. Yo enfrente tenía el instituto, daba clase ahí, fui 25 años docente, pero nunca nadie me veía, solo los alumnos.

Entonces el papel de jurado-docente, ni bueno ni malo, pero justo y exigente, fue una novedad y me dio un público nuevo: el público joven y el de los niños. Me asombra estar en el supermercado y que venga un niño corriendo y grite: “¡MasterChef, MasterChef!”. Yo tenía un público de clase media, media alta, principalmente mujeres, de Puglia invita y de la radio. MasterChef me abrió otra posibilidad.

Yo no me olvido de que soy cocinero. Por encima de todo, soy un cocinero

Y después aparece la política con fuerza en tu trayectoria mediática, sobre todo en Polémica en el bar. Ahí te convertiste en tendencia en redes más de una vez. ¿Qué pasó en ese momento?

—Cuando llegó Polémica, ahí descubrieron que Puglia siempre fue medio rezongo, pero que además tenía otro filón: la política. Yo nunca me imaginé eso. Llegaba a casa y Horacio me decía: “Sergio, no te metas en líos, no hables”. O cuando me iba: “Calmo, bien calmo, no te metas”. Pero pasaban cosas, y pasaban…

Polémica fue una plataforma maravillosa para expresar lo que sentía. Me generó otro público, principalmente de hombres, porque entraba a jugar el partido de la política. Fueron años magníficos, me sentí muy cómodo. Cuando me dijeron que iban a cambiar el rumbo a un programa de humor, dije: “Bueno, está bien, se dio así”. Y ahora mi vida va a ser Punta del Este, Puglia invita en verano allá y en invierno en Montevideo, MasterChef, que se graba en un período acotado, y el Universo Puglia, que me va a tener muy entretenido.

Sos un hombre que se define como blanco de toda la vida, pero hablás de una metamorfosis. ¿Cómo fue ese proceso de cambio político y de hacer pública tu postura en televisión?

—Yo viví una metamorfosis, un proceso de cambio. Fui toda mi vida blanco, pertenezco a una familia blanca. Mi abuela era “la blanquilla de La Unión”, así que imaginate. Terminé siendo blanco por tradición primero y después por convicción.

Pero el mundo, las situaciones, las realidades, la vida, llevaron a que yo sintiera algo que sentía mucha gente: pertenecíamos a los partidos históricos y lo vivíamos casi con vergüenza. Nos habían hecho sentir que si levantabas la mano y decías “soy blanco”, te decían “facho”. Entonces un día me dije: “¿Por qué yo, con la edad que tengo, con el trabajo que he llevado adelante, con mi forma de sentir y vivir, tengo que tener vergüenza de esto? ¿Por qué no puedo pronunciarme con el mismo orgullo que otros, en una cultura diversa y plural como la uruguaya, se manifiestan fervientes seguidores de una fuerza de izquierda?”.

Entonces “empate el tablero”. Y dije: no me importa ser comunicador. Esa ecuanimidad mal entendida, esa cosa mentirosa de la objetividad… No existe la objetividad. Existen la ecuanimidad, la ética, el manejo. Polémica fue una plataforma maravillosa para decir quién soy y qué pienso. Y ahí me creé otro público.

En esta entrevista también aparece mucho tu idea de pluralismo. ¿De dónde viene esa mirada?

—Soy un señor que va a cumplir 76 años el 28 de enero y me crié en una casa de puertas abiertas. La familia era blanca, pero mi madre decía que a nadie se le pedía el carné de militante para sentarse a la mesa. En casa se compraba El Debate, El Día, La Escoba, absolutamente todo.

En la mesa había amigos de mis padres de todos lados: del Partido Comunista, del Partido Socialista, del PDC, y también blancos y colorados. Me crie en un mundo pluralista. Mis amistades también: tuve una relación de amistad de muchos años con Mariano Arana. Él sabía que yo era blanco, ¿y qué tiene que ver una cosa con la otra? Había puntos de contacto: el amor por la ciudad, por la cultura, por la ópera.

Independientemente del lado político, los dos pretendíamos una democracia sólida, pluralista, diversa, con capacidad de evolución y crecimiento. Eso es lo que yo defiendo. Por eso me asusta cuando veo en redes cómo la gente reacciona frente a A, B o C. Me asusta.

Conmigo no van a poder. Aprendí a vivir sin miedo, libre de adentro hacia afuera

Hace poco atravesaste un problema de salud grave. ¿Cómo viviste ese momento y qué te dejó?

—Tuve una trombosis pulmonar y entré al sanatorio con 60 de oxígeno. El médico me dijo: “Usted está muerto”. Yo le dije: “Lo escucho”. Me explicó: “Con 85 está grave, con 60 imagínese”. Empezó todo un trabajo para recuperarme.

¿Y qué recibí? Mensajes en el teléfono de ministros de izquierda, presidentes de fuerzas políticas, gente de cuadros importantes, preocupados por mi salud. Eso es lo que yo digo: qué suerte haber sido fiel a mí mismo. No desviarme nunca.

Porque eso es el reconocimiento y el respeto del otro, lo que uno busca cuando se expone permanentemente frente a una cámara o un micrófono. Eso es lo que más me impulsa ahora, lo que me da pila para el Universo Puglia.

Nombraste recién a las redes, el odio, el bullying. Hubo una campaña que te hizo perder muchos auspiciantes. ¿Cómo se atraviesa algo así?

—Las redes son una parte, nada más. Una parte anónima. No nos manejamos todos por lo que aparece ahí. A veces parece que sí: “te están atacando en redes”. Pero es una parte, y es una minoría. Hay que entender que no son el mundo.

Una vez, después de un bullying que me hizo perder 20 auspiciantes de un saque —porque llamaban a las empresas diciendo que no podían apoyarme, los teléfonos vivían copados, hackeados por esa campaña—, el secretario de la Presidencia, el Pacha, salió a defenderme. Yo le dije: “¿Sabés qué pasa? La dirigencia tiene que decirle a la militancia dónde están los límites”. Porque los dirigentes se manejan de una forma distinta a lo que a veces la militancia cree que sucede “arriba”.

Son cosas naturales. Uno también tiene que entender que así es la vida, así son los pueblos. Y, de todo eso, salí.

En tu libro biográfico, el título surge de una frase muy fuerte: “Conmigo no van a poder”. ¿De dónde viene?

—El libro de mi vida, que escribió Esteban Leonís, tomó como título una frase que yo le repetía mucho: “Conmigo no van a poder”. Durante muchísimos años, en Buenos Aires, me levantaba todos los días para ir al hotel, bañarme, afeitarme y me decía eso.

Estaba en plena dictadura en la República Argentina y todos los días aparecían entre dos y tres homosexuales muertos. Yo vivía en Santa Fe y Pueyrredón, no en la loma del quinoto, y a dos o tres cuadras, en las plazas, aparecían cuerpos. Me paraban todos los días para pedirme el documento, porque yo iba caminando hasta Santa Fe y Libertad.

Yo tenía que aprender a vivir sin miedo. A sentir que era libre de adentro hacia afuera, sin necesidad de andar con una bandera todo el tiempo. Las cosas las dije igual: di el paso de decir quién era y qué sentía a los cincuenta y pico de años. Tengo nueve años de casado, así que hasta ese momento había rumor, sospecha… pero asumirlo públicamente me costó. Gracias a Dios lo pude hacer.

En medio de todo eso, seguís volviendo siempre a la cocina. ¿Qué lugar ocupa hoy en tu vida?

—Yo no me olvido de que soy un cocinero. Ojo, por encima de todo, soy un cocinero. Y mezclo cosas: hago menjunjes raros (se ríe). Metí la política, metí la ópera, metí el arte, metí la cultura.

Ahora retomé algo que antes era la “mesa secreta” y hoy es un encuentro. Ya no es una mesa misteriosa, sino un encuentro con 40 o 45 personas donde nos reunimos a disfrutar del arte gastronómico, pero también para conversar y conocer gente. Hicimos uno y fue un éxito, una maravilla. Ya me están llamando para que haga otro. Esa es otra de mis tareas.

—Reivindicás una cultura diversa, plural, lejos de las etiquetas partidarias. ¿Qué es la cultura para vos hoy?

—Creo que la cultura, con mayúscula, diversa, pluralista, aceptando todas las manifestaciones y lejos de la política, es lo que nos puede salvar siempre. En la cultura está la educación, la emoción, el refinamiento, el entendimiento, el crecimiento.

Cultura es esto que estamos haciendo ahora, conversando. Cultura es el encuentro. Tenemos que dejar de pensar que la cultura es cultura si es de izquierda o si es de tal o cual sector. No. La cultura es de todos. Absolutamente de todos.

—Gracias, Sergio.

—No, gracias a ti.

Por María Noel Domínguez