Sergio Gonal y el éxito de VideoMatch: “Tinelli secuenció el humor, fue un adelantado”
El humorista argentino llega a Punta del Este y a Montevideo para presentar su obra teatral junto a Gladys Florimonte este 6 y 7 de junio.
06.06.2026 16:06
Por Clemente Calvo
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Hay personajes que trascienden la pantalla y terminan formando parte de la memoria colectiva. Creaciones inolvidables como El Lobizón del Oeste —con su parodia del cantante tropical bizarro—, el inolvidable Pajarito —un contador de chistes que conquistó las pantallas— o tantos otros forman parte de esa galería de figuras que hicieron reír a generaciones de rioplatenses y que tienen detrás a un mismo responsable: Sergio Gonal.
Con más de tres décadas de trayectoria en el humor, el actor y comediante argentino se convirtió en uno de los rostros más reconocibles del entretenimiento en la región gracias a su explosión en la televisión de los noventa dentro del elenco de VideoMatch. Desde sus inicios en su Mar del Plata natal hasta su consolidación como referente de la comedia popular en el teatro, construyó una carrera marcada por la observación de la vida cotidiana, la capacidad de transformarse en personajes entrañables y una conexión poco habitual con el público.
Este sábado 6 de junio en el Teatro Cantegril de Punta del Este, así como el domingo 7 en el Teatro Stella de Montevideo, Gonal estará presentando Florigonal: humor de efecto inmediato junto a la actriz y comediante Gladys Florimonte, en un espectáculo teatral que consta de una sucesión de sketches, monólogos y el desopilante regreso de criaturas televisivas inolvidables, como la icónica Zulma de Tinelli.
En diálogo con Montevideo Portal, Gonal repasa sus inicios como comediante, la época dorada de VideoMatch con Marcelo Tinelli a la cabeza, y reflexiona sobre el humor en tiempos modernos.
Te presentás este sábado 6 de junio en Punta del Este y el domingo 7 en Montevideo con Florigonal: humor de efecto inmediato, tu espectáculo junto a Gladys Florimonte. ¿De qué consta el show y cómo es trabajar con Gladys?
Es hermoso trabajar con Gladys. Es una persona que conozco desde hace mucho tiempo y, la verdad, nunca habíamos tenido la oportunidad de compartir un proyecto, aunque cada vez que nos cruzábamos decíamos: “Che, ¿cuándo hacemos algo?”. El año pasado se alinearon los planetas y se dieron varias circunstancias que hicieron posible que trabajáramos juntos.
La idea surgió a partir de nuestros apellidos y así nació “florigonal”, aunque en realidad el nombre tiene que ver con una supuesta nueva terapia basada en el humor de efecto inmediato. Por eso se llama Florigonal: humor de efecto inmediato. ¿Viste que vivimos una época en la que hay muchos psicólogos en los teatros, libros de autoayuda, los cuatro acuerdos toltecas, hinduismo, kabbalah, yoga... Bueno, nosotros sumamos el florigonal.
Es una terapia en clave de humor donde invitamos a la gente a practicarla. Durante 80 minutos se divierten con distintos personajes. Aparece una señora que viene a limpiar el teatro, interpretada por Gladys, que decide practicar el florigonal porque tuvo problemas amorosos y los cuenta. También hay un gaucho bombardeado por la tecnología que no entiende cómo relacionarse a través de Tinder ni cómo manejar un celular porque tanta tecnología lo vuelve loco. Entonces también viene a practicar el florigonal.
Todo eso lo desarrollamos mediante pequeños sketches y monólogos. Después, por supuesto, está lo clásico, lo que la gente espera de nosotros: los cuentos, los chistes, el personaje Zulma de Tinelli. Es una sucesión de cuadros florigonales, pero la esencia es esa: vengan a practicar el florigonal porque se van a ir totalmente distintos de como entraron.
En esa definición que hacen del florigonal como una terapia de humor, ¿sentís que la risa realmente puede tener un efecto terapéutico?
Siento que la risa es terapéutica porque, de hecho, está absolutamente comprobado. Tengo una historia hermosa con un chiquito que estaba muy grave. Era la época de VideoMatch. En la clínica donde estaba internado había un televisor colgado en un rincón de la habitación. El chico estaba entubado y sedado, pero los médicos notaban cambios en sus signos vitales cuando sonaba el Lobizón del Oeste en la televisión.
Fue el médico quien se dio cuenta y le dijo a la madre: “Traiga un discman con el CD de este personaje”. Y cuenta que cada vez que le ponían el audio del Lobizón del Oeste, los signos vitales del nene mejoraban, todo evolucionaba favorablemente, hasta que finalmente se recuperó.
Tiempo después, la madre me buscó y me tocó el timbre en mi casa de Belgrano. Me contó toda esta historia y me dijo: “Mi hijo está recuperado y le vamos a festejar el cumpleaños. Queremos que vengas a animarlo”. Obviamente fui con muchísimo amor.
Te cuento esto para fundamentar lo que decís: la risa es terapéutica. Estar de buen humor ayuda, dicen que libera endorfinas y genera bienestar. Así que sí, totalmente.
¿Qué papel tiene el humor hoy en la sociedad?
Siempre tuvo un papel importante. Lo que pasa es que hoy está muy dividido y se ha debatido mucho sobre la idea de que el humor puede llegar a ofender.
Hay una frase hermosa que no me canso de repetir: alguna vez Carlitos Chaplin dijo que la gracia de un chiste depende más de quien lo escucha que de quien lo cuenta. Si a mí me llaman narigón y me voy a ofender, primero tengo que analizar el tono con el que me lo dicen. El tono puede marcar una ofensa, una caricia o una cargada.
Si alguien me dice “narigón” de manera cariñosa, bueno, soy narigón y nos reímos de eso. Ahora, si me voy a ofender por cualquier comentario, llega un punto en que no podemos hacer chistes sobre nada. Se va a ofender el borracho, el médico, cualquiera. Si nos ponemos demasiado políticamente correctos, no vamos a poder hacer humor con nadie.
Has dicho muchas veces que construiste tu humor a partir de situaciones cotidianas. ¿Te pasa de ver algo y pensar: “Esto da para una obra”? ¿Cómo es tu proceso creativo?
Soy muy observador. No voy a decir dónde, pero ayer, durante una gira de prensa, me encontré con una persona que cada vez que me respondía algo tenía que pensarlo mucho. Y cuando pensaba, miraba para arriba; nunca me hablaba a los ojos. Eso me pareció maravilloso para un personaje.
Soy de observar esas cosas. Alguien que habla mirando al techo te genera algo raro. Vos decís: “¿A quién está mirando? ¿Qué le pasa?”. Imaginate a alguien explicando algo serio mientras mira para arriba: no funciona.
Ese tipo de personajes, los que podés encontrar en una esquina o atendiendo un comercio, son los que me interesa hacer. Porque el público se ríe cuando piensa: “A este personaje yo lo conozco”. Creo que eso pasaba con personajes como Minguito o los de Juceca. Sentías que los habías visto en algún lado, que te los habías cruzado alguna vez. Y eso genera una identificación que potencia la risa.
¿Cómo es ser humorista? ¿Es una aptitud natural o algo que se construye?
Ambas cosas. Seguramente tenés algún primo o algún amigo que te hace reír más que otros. La diferencia está en que después esa persona trabaje y pula eso que tiene en bruto.
Luego vienen el estudio del teatro, las técnicas de comedia, el aprendizaje para estar frente al público. Pero todo eso llega después. El punto de partida es no sentirte ridículo cuando hacés reír a alguien.
A mí me pasaba en el colegio, con mi grupo de amigos. Me gustaba hacer reír y sentía satisfacción con eso. Ahora, una cosa es hacer reír a alguien que te quiere y otra muy distinta es hacer reír a un público desconocido. Ahí es donde hay que formarse, porque si no se complica. Te podés poner nervioso, empezar a trastabillar. A mí también me pasó, por eso tuve que prepararme.
Argentina es cuna de grandes humoristas. También viviste la época dorada de la televisión y de VideoMatch. ¿Quiénes fueron tus referentes?
A mi papá le gustaba mucho escuchar a don Luis Landriscina. Tenía algo muy especial: mi viejo se reía porque sentía que había estado en los lugares que don Luis describía.
Contaba historias de un rancho, con una tranquera y un perro parado en la entrada, y mi papá armaba esas imágenes en su cabeza y decía: “Yo pasé por ahí”. Quizás no era exactamente ese lugar, pero todas esas postales rurales eran parecidas y generaban esa identificación.
Por eso Landriscina fue un gran referente para mí en el arte del relato. Siempre quise acercarme a eso, aunque estoy a años luz de lo que representa él.
Hace poco me mandó un saludo y me emocionó muchísimo. Para mí tiene un significado especial porque forma parte de mi infancia y de una admiración enorme que le tengo.
Después, cuando empecé a hacer teatro y comedia, mi gran referente fue Alberto Olmedo. Me agarró en plena adolescencia y esa desfachatez, esa picardía que tenía el “Negro”, me fascinaba. A mi papá no le gustaba porque le parecía ordinario. Él prefería a Minguito. Pero yo estaba en otra etapa y Olmedo me parecía un capo.
¿Cómo viviste la etapa de VideoMatch, que fue un fenómeno masivo y sigue siendo recordado hasta hoy?
Si lo comparáramos con el fútbol, sería como si un chico del interior que juega en su club es, de repente, convocado a la selección nacional. Ahí podés dimensionar lo que sentí.
Yo hacía radio y televisión por cable en Mar del Plata, además de trabajar para otros programas locales. Entrar a VideoMatch fue como llegar a un seleccionado y lo que hizo fue federalizar el humor. Si uno mira treinta o treinta y cinco años atrás, los programas de humor tenían siempre los mismos elencos: Juan Carlos Calabró tuvo el mismo elenco durante mucho tiempo, Olmedo también, y los uruguayos ni hablar. Era raro que aparecieran caras nuevas.
En cambio, Marcelo Tinelli abrió la puerta a humoristas de Rosario, Córdoba, Mar del Plata, Uruguay y muchos otros lugares. Y lo interesante era que todos éramos desconocidos. Cada uno venía trabajando en su ciudad y de pronto tenía una oportunidad nacional, y eso era importante porque te refrescaba con caras nuevas haciendo un humor que también era distinto.
VideoMatch ofrecía diferentes abanicos de humor: cámaras ocultas, sketches, humor musical. Si algo no te gustaba, enseguida aparecía otra cosa. Todo era dinámico y muy cortito. Marcelo secuenció el humor. Todo duraba tres minutos, tres minutos, tres minutos. Ritmo constante.
Fue un adelantado. Es lo que hacemos hoy con los celulares. Ahora consumimos contenido todavía más rápido. Miramos algo diez segundos y seguimos deslizando. Marcelo ya entendía esa lógica hace décadas.
Yo lo viví como un sueño cumplido.
Has dicho en varias ocasiones que sos alguien que no espera que lo llamen para encarar un proyecto, sino que preferís crear tus propias obras. ¿De dónde viene esa necesidad de estar creando constantemente?
Del hambre. Cuando empecé a trabajar de esto me di cuenta de que lo único seguro era la incertidumbre. El trabajo del actor o del artista consiste, muchas veces, en esperar.
El actor vive esperando. Va a grabar una serie y puede pasar horas maquillado y vestido de personaje mientras acomodan las cámaras, las luces, llega el director, pasa maquillaje o se organiza la producción. Después de toda esa espera, quizás su escena dura apenas diez minutos.
También espera en su casa a que un productor lo llame para una propuesta de televisión, radio o teatro.
Y como a mí no me gustaba depender de eso, empecé a autogestionarme desde mis comienzos en Mar del Plata. Organizaba funciones en pubs y buscaba mis propios espacios para trabajar. Prefería salir a generar oportunidades antes que quedarme esperando en casa.
Después fui ampliando el circuito. Mar del Plata es una ciudad grande, pero alrededor tiene muchas localidades cercanas, como Balcarce y otras más. Entonces empecé a moverme por la zona porque tenía una rutina que en Mar del Plata podía presentar una o dos veces; a la tercera ya la conocían todos.
Creo que la autogestión nace de ahí. Con el tiempo seguí haciendo lo mismo, pero a otra escala. Antes pegaba los afiches yo; hoy tal vez contrato una empresa para que lo haga. Pero la esencia sigue siendo exactamente la misma.
Hablabas de que algunos chistes ya no se hacen más porque también cambió un poco la sociedad. ¿Cómo viste ese proceso? ¿Lo viste como una limitación o como un desafío creativo?
Traté de subirme a esa ola en la medida en que coincidiera con lo que yo creo. No hago nada que me parezca incorrecto porque considero que el humor también es una cuestión de conciencia individual. Cada uno tiene que saber hasta dónde sí y hasta dónde no.
Además, en el teatro se genera un código entre quien pagó la entrada y quien está arriba del escenario. Si vos comprás una entrada para verme, es porque ya sabés más o menos qué hago. Entonces yo tengo que darte eso que viniste a buscar, porque también debo ser fiel a mi estilo.
Ahora bien, sí traté de eliminar todo aquello que sentía que podía estar mal. Por ejemplo, había chistes con violencia de género que antes se contaban con naturalidad: “Y el tipo le pegó un sopapo”. Hoy escuchás eso y decís: “No, esto está mal”. Sobre todo porque un chico puede escucharlo y pensar que es algo normal o aceptable.
También fui dejando de lado cosas que cosificaban mucho a la mujer. Pero tampoco me fui a los extremos que, en algunos casos, se proponían. A veces parecía que se estaba muy cerca de la censura: te decían de qué te podías reír y de qué no. Y yo pienso: “Qué sé yo, hay humor para todos los gustos”.
Si a alguien le gusta el humor negro, ¿por qué debería dejar de consumirlo? Que vaya al teatro y disfrute de eso ahí. Donde sí hay que tener más cuidado es en los medios masivos. En televisión, cuando sabés que hay una familia reunida frente a la pantalla, tenés que ser más cuidadoso con ciertas cosas. Lo mismo pasa en la radio.
Después están las redes sociales. Hay muchos chicos que dicen barbaridades, pero como trabajan para un nicho determinado, en principio, no molestan a nadie. El problema es que con algunos streamings pasa algo particular: creen que le hablan solo a su comunidad, que puede ser de 10.000, 20.000 o 100.000 personas. Entonces hacen cosas que divierten a ese público.
Pero hoy el streaming tiene una dimensión mucho más pública. Después alguien recorta un fragmento y ese contenido termina en el teléfono de alguien que jamás vio ese programa ni comparte ese tipo de humor. Y esa persona lo recibe fuera de contexto y dice: “Mirá lo que hizo este tipo”. Ahí comenta, se genera polémica y empieza una bola de nieve enorme.
Porque el humor es contexto. En determinado contexto algo puede resultar gracioso; lo sacás de ahí y cambia completamente. En el teatro pasa lo mismo. Si alguien me graba y sube un fragmento a las redes, probablemente lo vea alguien que nunca fue a verme. Y si nunca vino a verme, tal vez sea porque no le gusta lo que hago. Entonces es lógico que me critique al ver ese recorte.
Con los streamings está ocurriendo algo parecido. Muchos pierden dimensión de la cantidad de gente a la que realmente llegan. Creen que los ven solamente quienes están conectados en vivo, pero después aparecen los clips, se viralizan y todo se multiplica. Ahí es donde se mezclan los contextos y se generan los problemas.
Yo creo que el humor está segmentado y que, en cierta forma, tenemos que volver a eso: que cada uno consuma lo que quiere consumir.
¿Algún chiste que quieras tirar para terminar?
—Escúcheme, compadre, si le digo que me acosté con su mujer, ¿quedamos amigos?
—No.
—¿Quedamos enemigos?
—No.
—¿Y cómo quedamos?
—Quedamos a mano.
Por Clemente Calvo
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