Seré curioso
La sombra del teatro, lejos

Seré Curioso: Berto Fontana

Seré Curioso con el maestro de actores Berto Fontana: de Galileo Galilei y la fonética práctica a valores humanos en una tribuna. Por César Bianchi.
19.07.2016
2016-07-19T06:00:00

Se llama Pedro Elbio Bertolini pero la gente de teatro lo conoce como Roberto Fontana, o más en confianza, Berto Fontana. Tiene -quizás- el curriculum más extenso y abrumador del teatro uruguayo: distinguido Ciudadano Ilustre por la Intendencia de Montevideo, premiado por el Sodre, por la Asociación de Críticos del Uruguay, por la Comedia Nacional (que nunca integró), acumula pergaminos por doquier, a nivel nacional e internacional. Fue pionero del teatro independiente, fundador del teatro El Galpón y ejerció el magisterio con su técnica de "fonética práctica" que, generoso, salió a divulgar por el orbe. 

A este hombre, hoy anciano de 91 años, se lo puede ver regularmente en las tandas -sobre todo previas a un partido de fútbol de VTV- cuando aparece en el spot de Médica Uruguaya contra la violencia en el deporte y dice, desde la tribuna: "Estos niños van a ser los mejores del mundo..." (una niña dice: 'Una vez casi hice un gol, pero no', frase que se ha tomado para mofarse de delanteros con poca pericia frente al arco) y luego Fontana acota: "Enseñales que el mayor reto está en la vida". Todos vimos a ese viejito sabio que está en la tribuna y nos sugiere valores. Pero pocos uruguayos saben -seguro los aficionados al teatro sí- que Fontana supo ser Leonardo da Vinci, Galileo Galilei, Fausto, Tolstoi, Sócrates... y que regaló docencia a generaciones de actores con el manejo de la voz en escena.

Hoy este nonagenario y multipremiado actor -que dice que el teatro no le permitió formar una familia, dado su forma de concebir la actividad- pasa sus días entre la casa de sus sobrinos y un residencial de ancianos en el Prado, donde lo ayudan a caminar y le cuidan sus fuertes migrañas, que llegan sin avisar. Un "Seré Curioso" imprescindible con Berto Fontana, el hombre que quiso ser actor desde la primera vez que pisó un teatro.


Por César Bianchi
@Chechobianchi


-¿Cómo nace su vocación por el teatro, por el arte histriónico, como dice usted?

-Nace cuando yo estaba en el vientre de mi mamá. La única razón por la que mi vida ha sido muy bella fue esa vocación maravillosa. A los 12 años yo estaba acostumbrado a ir al cine con un amigo del barrio, por la calle General Luna, en el barrio Arroyo Seco. Ir al cine era la locura del momento. Él trabajaba en El Diario de la noche y conseguía entradas para el cine. Cuando yo tenía 14 años él consiguió entradas para el teatro y yo nunca había ido. Cuando entré al teatro 18 de Julio me encontré con una compañía española que estaba actuando. Estaban Paquito Bustos, Esteban Serrador, Luisa Vehil venían regularmente a hacer teatro a Montevideo, con títulos que previamente habían estrenado en Buenos Aires. Vi esa compañía teatral española y me hice fan del teatro.

-¿Ahí se dio cuenta que quería dedicarse a eso?

-Así es, en ese momento. Entré en el teatro 18 de Julio y ya lo supe. Hasta ahí no tenía la menor relación con el teatro. Y a los 17 años me fui a estudiar teatro a una escuela que inventamos los que queríamos desarrollar el teatro en Montevideo. Fuimos un grupo de gente del a cultura montevideana, de distintos órdenes nos unimos para hacer teatro. Se creó la primera Escuela Dramática de Montevideo, en el Sodre. Yo tenía 17, había terminado el liceo y había tenido mi primer trabajo repartiendo tabaco El Toro. Mientras me empezaba a vincular con el teatro, repartía tabaco. Me presenté en la Escuela de Arte Dramático del Sodre -así se llamó cuando existió, durante poco tiempo- para que la gente joven no tuviera que ir a Buenos Aires para estudiar teatro. A eso se le llamó después teatro independiente, porque se hizo sin ningún apoyo municipal ni estatal.

-Cuando en octubre de 2009 la Intendencia de Montevideo lo nombró Ciudadano Ilustre de Montevideo, la intendencia decía que se llevaba la distinción porque usted encarnaba para el movimiento artístico de la capital "valores primordiales en el campo de la estética y la ética". Con este galardón se puede decir que usted sí es profeta en su tierra. ¿Se siente reconocido en su país?

-Exactamente. Yo me siento muy reconocido. Esa distinción de la Intendencia y otra del Sodre, entre otras, son muy importantes y únicas. También la de la Comedia Nacional, y eso que yo nunca me integré a ella, a pesar de que me invitaron varias veces. Pero nunca acepté porque no guarda lo que yo necesitaba para hacer teatro.

"El teatro independiente me enseñó de una manera aristocrática a ser lo que yo necesitaba hacer para hacer el teatro que sentía. Allí no hacen lo que quieren los actores sino lo que quieren los que le pagan el sueldo"


-¿A ver? ¿Por qué nunca aceptó integrar la Comedia Nacional?

-El teatro independiente me enseñó de una manera, si quiere, aristocrática a ser lo que yo necesitaba hacer para hacer el teatro que sentía. Allí es gente que está muy ubicada en un elenco estupendo pero tienen un sueldo, que limita a no hacer lo que ellos, los actores, quieren, sino hacer lo que quieren los que le pagan el sueldo.

-Se sentía más libre como actor fuera de la Comedia Nacional. ¿Es eso?

-Exactamente. Ojo que no es una cosa de distinciones de clases sociales... sino que yo siempre quise hacer lo que sentía que tenía que hacer. En el teatro independiente hacíamos lo que queríamos los actores.

-Alguien me preguntó cuál era mi próxima entrevista para este espacio y yo dije "Berto" Fontana. Como esa persona no sabía quién era usted, le dije: "Es el hombre mayor del spot de Médica Uruguaya contra la violencia en el fútbol, que está en una tribuna y dice: 'Estos niños van a ser los mejores del mundo'". ¿Le pasa que lo han felicitado más por esa pequeña participación en un spot televisivo que por obras de autores clásicos?

-Jajaja, ¡sí! Por supuesto...

-¿Y cómo se siente con eso?

-Gratificado en otro orden, que no tiene nada que ver con lo que yo me proponía. Está lejos de mi centro que siempre fue hacer el mejor teatro que yo reconocía como tal. Pero me gratifica, porque ese es el comentario general, de la gente. Me han reconocido por esa publicidad de TV. Para mí es un aliento, de cualquier manera, porque es una forma de hacerse conocer. Y la forma de hacerse conocer es más difícil de manejar que la proposición de una vida tratando de hacer el mejor teatro. Y es distinta la actitud y la sensibilidad que se pone en el recibo del acontecimiento que viene a hacer gloria en un momento en un aviso de la tevé. Eso me ha pasado varias veces, con otros avisos.

-Igual, usted nunca hizo un esfuerzo por llegar masivamente a los uruguayos...

-No, no hice. Es uno de los tantos pecados... porque puede ser entendido como un motivo de orgullo, y no tiene nada que ver con eso. Tiene que ver con el momento que yo estaba viviendo y tuve la suerte de procesar cada etapa del teatro en el país. Entonces, bueno, no vendría público, tendía a hacer sombra de ausencia popular, pero nunca me importó. Sólo me importó hacer el mejor teatro que podía hacer.

-Nunca quiso llegar a la televisión, entonces. Pongamos: quizás actuar en una novela uruguaya o del Río de la Plata...

-No, fue el teatro siempre lo que me importó como centro de mi actitud de cara al público.

-A lo que iba es a la crueldad de que a pesar de su extensa y brillante carrera teatral, quizás no sea tan reconocido a nivel masivo, por el público ajeno al teatro. ¿Le hubiera gustado, en retrospectiva, que lo reconocieran más?

-No. Eso me lo pregunté en una etapa concreta de mi vida, cuando prácticamente la televisión borró a la gente del teatro. Me hice esa pregunta y decidí seguir haciendo teatro, y que fuera a verme el que quisiera. Ese dilema me lo plantee cuando hice "Galileo Galilei" (1982), con un éxito brutal de público. Ahí tuve la respuesta a esa pregunta que usted me hizo. Yo estaba ensayando Galileo, que fue muy popular a muchos niveles, y me contesté: el público respondió a lo que le interesó ver en ese momento. ¡Y mire que me reconocían por la calle! Me gritaban '¡Galileo!' y me hacían preguntas de física, complicadas... Me acuerdo una vez una mujer que me gritó desde un auto: "¡Galileo, estás para el crimen!'.


Foto: Gentileza Mariana Wainstein

"No hice un esfuerzo por llegar masivamente a los uruguayos. Bueno, no vendría público, tendía a hacer sombra de ausencia popular, pero nunca me importó. Sólo me importó hacer el mejor teatro que podía hacer"


-La misma distinción de la Intendencia sugería, en 2009, que su voz debería ser declarada patrimonio cultural del país. Para usted siempre fue muy importante el manejo de la voz en escena, ¿no es cierto?

-Sí, sí, sí. Tanto que en mis viajes a Europa, en la juventud, los dediqué a averiguar todo lo que podía sobre el sonido del cuerpo humano. Quedé muy asombrado cuando después de haber ido a Francia y Alemania me encontré con que hacían mucho menos de lo que yo tenía en mi poder. Cuando vine a Montevideo definí crear el estudio de este centro tan importante para el actor, a muchos niveles.

-Se refiere a la metodología que usted llama "fonética teatral". Incluso llevó su docencia a varios países del continente, y al interior del país.

-Exactamente. El asunto lo manejé creando una fonética práctica, que hice desarrollando todo un sistema de trabajo, que tengo publicado incluso. Eso lo hice porque cuando tuve la posibilidad de ir a Europa por primera vez, en 1954, fui a buscar elementos para desarrollar mi trabajo concreto sobre la emisión de la voz. No era una teoría, era un trabajo concreto, para desarrollarlo. Eso hice y de alguna manera el teatro de Montevideo lo mantuvo a través de la búsqueda o de las ausencias -gente que se interesaba y gente que no-. Ese trabajo pretendía levantar y entender todo el sonido del cuerpo humano, para saber cómo se maneja el sonido en escena y fuera de escena. Me llené de alumnos de teatro sí, pero también locutores, periodistas, políticos oradores.

-Es uno de los fundadores de El Galpón... Tengo entendido que no salió a la calle a festejar el Maracanazo del '50 por estar clavando tablitas en el teatro...

-Jaja, así es... El grupo que nos hicimos cargo de llevar El Galpón adelante estaba unido por dos facciones: teatro Del Pueblo y La Isla era la otra parte, un pequeño grupo recién creado por (Atahualpa) Del Cioppo. Nos unimos y alquilamos un galpón... De inmediato recibimos el apoyo de toda la gente del teatro, con mucho entusiasmo. Llevamos adelante el proyecto sobre la base de esos dos grupos: Teatro Del Pueblo y La Isla, pensamos que unidos, a través del trabajo, podríamos sacar aquella quijotada adelante. Llevar adelante ese trabajo implicaba renunciar a todo lo que estuviéramos haciendo hasta ese momento para dedicarnos a esa apuesta totalmente loca. Yo en ese momento era empleado de Banco Uruguayo de Administración y Crédito -uno de los tantos bancos que desaparecieron- y en ese momento, la locura por el Uruguay campeón del mundo era total... pero cuando el plantel de Uruguay entra a Montevideo y es saludado por la gente, nosotros estábamos meta serruchar madera, clavar tablas, butacas, telones, etcétera. Los propios actores estábamos construyendo el teatro, cuando la gente salió a la calle a recibir a los campeones. No hubo uno solo que faltara ese día al trabajo en El Galpón.

-Pero hizo punta en Club de Teatro. ¿Qué fue Club de Teatro?

-Un grupo de gente notable... Fue un teatro independiente más, estamos hablando de los años sesenta, quizás antes. Nos unimos gente no simple, digamos... muy polémica. Entonces, en medio de ese clima hicimos cosas estupendas. Ahí hice una versión de "La fierecilla domada" dirigida por José Estruch, y al mismo tiempo una versión estupenda de "Los hermanos Karamazov" de Dostoievski, dirigida por Taco Larreta. O "El juego de Ifigenia" de Jacobo Langsner. Esa época marcó el teatro independiente... Quedaba en un local en la calle Rincón y Treinta y Tres.

-Su nombre verdadero es Pedro Elbio Bertolini. Mucha gente de teatro seguro sabe el origen del nombre artístico, pero muchos otros no. Cuénteme por qué bautizarse Roberto "Berto" Fontana...

-Me eligieron para hacer un trabajo radioteatral casi de inmediato -por ahí por mis 18 años- y yo no quería usar mi nombre. En aquella época el trabajo de actor no era visto como cosa seria. Era visto como una frivolidad, algo bohemio. Y yo no quise exponer el apellido de mi familia... Le dije a la profesora de fonética de ese momento, Irma Birat, que abriera la guía, pusiera un dedo al azar a ver qué nombre salía. Y ella me dice: "Roberto Fontana", y a mí me gustó.

"Cuando los campeones del mundo son saludados por la gente, nosotros estábamos meta serruchar madera, clavar tablas, butacas, telones, etcétera. Los propios actores estábamos construyendo El Galpón"


-¿Quién lo llama Pedro o Elbio?

-Pedro nadie, Elbio mi familia.

-Hizo de Leonardo, Galileo, Sócrates... ¿Cuáles fue su personaje más entrañables, el que recuerda con más cariño?

-Aaaaah... Eso es imposible de definir para mí. Cada uno de los personajes me llenaron de... me sale de gloria, o algo parecido a eso, de magnitud interna, digamos. No tiene que ver con el orgullo, tiene que ver con la creatividad. Me llenaron mucho. Me reafirmaron que el teatro era mi vida, cada uno de esos personajes. Si me pide que elija dos tampoco podría.

-Recibió dos premios Florencio, uno de ellos a la trayectoria y otro por su personaje de Galileo Galilei en la obra de Bertolt Brecht... pero lo nominaron ocho veces. ¿Nunca le molestó no ganar?

-Y hubo uno general para "El hábito del arte", con Jorge Denevi, mi última obra. Pero para contestarle: no, nunca me molestó no ganar, no me puso de malhumor, porque yo veo mucho teatro y todos los espectáculos que estaban nominados y los que ganaron, lo merecían.

-¿Pero es importante para el actor el reconocimiento de un premio, más allá del salario del alma que son los aplausos del público?

-Yo no lo consideré importante hasta un momento de mi vida. Después sí les di importancia (a los premios). Yo no acepté algunos premios... Se dio un escándalo cuando no fui a recibir el premio por Galileo. No fui porque no creí para nada en el premio, me basaba en lo que había dicho (Jean Paul) Sartre cuando no fue a recibir el Premio Nóbel por Literatura. Dijo algo que me quedó grabado: que "en las ramas del arte no hay posibilidades ninguna de distinguir a alguien por algo". Él llega a decir que sería casi una ignominia ir a recibir un premio por un hecho artístico.

-Dejó el teatro entre 2014 y 2015. Su última actuación fue con "El hábito del arte" con Denevi, en el Teatro Circular, pero llegó a ensayar a Freud para hacerlo el año pasado, papel que finalmente no tomó. ¿Lo extraña?

-(Suspira, piensa) No le puedo decir que no, porque es más fuerte que yo. Sí, lo extraño... Pero mi posibilidad teatral ya se... ya se liquidó.

-¿Y eso lo frustra?

-No, no le tengo miedo a la muerte. Puedo morirme ahora mismo o dentro de dos años y está bien, que así sea, si tiene que ser.

"Se dio un escándalo cuando no fui a recibir un premio por Galileo. Me basé en lo que había dicho Sartre cuando no fue a recibir el Premio Nobel por Literatura: que en el arte no hay posibilidades de distinguir a alguien por algo".


-Pero no le pregunté por la muerte, le pregunté si lo frustra haber dejado el teatro.

-De alguna manera sí, claro... Extraño actuar, muchísimo... No sabe cuánto.

-En agosto de 2012 fue entrevistado para el programa Boliches en agosto, y se definió como "un bolichero nato". ¿Era un espacio de reflexión el boliche?

-Creo que es un espacio de vivencias muy interesante: vital, inesperado, lleno de misterio. Un boliche al que uno va siempre será fruto de cantidad de acontecimientos que pondrá su vida muy bien. Yo frecuenté uno de la calle Yí y San José, Los Girasoles.

-Usted es fanático de Aníbal Troilo y asiduo de Fun Fun. ¿Ha escuchado el tango electrónico? ¿Le gustan los jóvenes exponentes del tango en Uruguay (Francis Andreu, Maia Castro, Tabaré Leytón) o Bajofondo Tangoclub?

-Me gustan sí... Me parece muy interesante todo eso, pero soy troileano y piazzollano. Eso prefiero.

-Si yo voy esta noche a Fun Fun, ¿qué tango le pido a Nelson Pino o a Ricardo Olivera?

-Pidale (piensa unos minutos, tararea un tango hasta que recuerda el nombre...)... Pídale a Olivera que le cante "Rebeldía" (NdeR: 1946, letra y música Oscar Rubens y Roberto Nievas), es un precioso tango que lo canta muy bien Ricardo Olivera.

-Nunca se casó ni tuvo hijos. ¿Por qué? ¿Lo decidió así o le hubiera gustado formar una familia y no se dio?

-El teatro nunca me dejó. Tuve novias sí, pero cuando empezó el teatro como razón de mi vida, una de las cosas que se alejó completamente fue la de ser padre y tener hijos a mi cargo, porque la dimensión de esa situación me llevaba a otras cosas totalmente distintas. Creo que hice bien.

"No le tengo miedo a la muerte. Puedo morirme ahora mismo o dentro de dos años y está bien, que así sea, si tiene que ser"


Foto: Spot de Médica Uruguaya | Youtube


-¿Usted me dice que si se casaba y formaba una familia tenía que dejar el teatro?

-Yo creo que sí. Por mi forma de concebir el teatro sí. Hubiera sido un desastre en todo lo que tiene que ver con la posibilidad de pareja. No nací para tener pareja... Tuve novias.

-¿Nunca se enamoró?

-No, nunca me enamoré... pienso. Fui muy adicto a una relación con una mujer... bueno, con varias.

-A mí me soplaron que Dahd Sfeir fue su gran amor...

-(Hace un profundo silencio, casi se quiebra) Fue, posiblemente, el amor más fuerte...

-¿Por qué está en un residencial?

-Estoy en un residencial porque mi adorada familia tiene mucha actividad, de trabajo, de estudios, y yo a esta altura de mi vida no puedo estar solo, tengo que estar siempre con alguien cerca porque me caigo, entonces acá no se puede estar porque muchas veces la casa está sola. Yo me fui solo a un residencial, hace un mes y algo. Me fui acostumbrando a no tener piernas utilizables. Ahí sé que no molesto a nadie, estoy tranquilo. Y tengo una migraña terrible que me viene cada tanto.

-¿Es feliz?

-Sí, muy feliz. Pero tengo una sombra grande que es tener el teatro lejos... Eso ya no se recupera. No tener el teatro me quita mucha felicidad.


Montevideo Portal | César Bianchi
Fotos: Gerardo Carrasco