Seré curioso
El cronista del Macondo real

Salcedo Ramos en Seré Curioso: "Los periódicos se acostumbraron a ningunear al lector"

De paso por Uruguay, el cronista colombiano analizó el periodismo de hoy, la vigencia de contar buenas historias y cómo lidiar con las fake news.
06.09.2018 06:33
2018-09-06T06:33:00

Por César Bianchi

@Chechobianchi

Fotos de Juan Manuel López

            El cronista colombiano Alberto Salcedo Ramos llegó el pasado viernes a Uruguay para participar del Encuentro de Escrituras que organizó la división de Cultura de la Intendencia de Maldonado y Ediciones Olímpica. Vamos a decirlo de entrada: Salcedo Ramos -le importa se mencione el apellido que evoca a su mamá- es uno de los narradores de no ficción que integra el Olimpo del periodismo narrativo de América Latina. Costeño de verba florida, risa estridente y abrazos en abundancia, es un observador que escucha con atención y ve donde otros sólo miran. Y en su prosa, profusa en escenas contadas al detalle, un encantador de lectores.

            Periodista al fin, en su juventud entendió que podía llegar a ser escritor y hacer literatura contando historias reales. ¿Por qué no? Él, por lo pronto, reivindica el rótulo de escritor para aquellos que se preocupan por el vuelo estético de sus textos, los que conmueven o interpelan al público. Los que se quedan en gre gre son "no escritores". Y un buen reportero, curioso, con hormigas en el cuerpo, perfectamente podrá decirse escritor.

            Ganador del Premio a la Excelencia de la Sociedad Interamericana de Prensa, dos veces, del premio Ortega y Gasset de periodismo y del premio internacional de periodismo Rey de España, entre otros, tiene varios libros de crónicas publicados, algunos de los cuales fueron traducidos al inglés, alemán, francés e italiano. En Uruguay publicó "El último gol de Darío Silva y otras crónicas" con ediciones Banda Oriental.

            Barranquillero como Shakira, Salcedo Ramos, de 55 años, dijo en la doble jornada sobre crónicas -por ejemplo- que "hablar de periodismo de datos es como decir restaurantes de comidas" o que le resulta sospechoso que los periodistas sentencien o afirmen en sus textos, cuando los filósofos tienen el sano juicio de dudar. Paseó por Punta del Este, volvió a Montevideo, se llevó una decena de libros de autores uruguayos (todos de regalo y con dedicatoria), comió parrilla y se llevó discos de Ruben Rada y Jaime Roos, el cronista montevideano que canta. Y hasta bromeó con hacerse hincha de Nacional, sólo para incordiar al entrevistador.

            En esta charla en una librería, al costado de la rambla, con un café rebajado con agua caliente (para que se parezca al tinto colombiano), Salcedo analizó sus comienzos como lector y escritor, la vigencia del periodismo narrativo por estos días, el acuerdo de paz en Colombia, lo que piensa del novel presidente Iván Duque, y cuán feliz lo hace ducharse cantando.      

-Naciste en la ciudad de Barranquilla, pero te criaste en Arenal, que es un pueblo. ¿De chico qué historias de la cultura popular de la costa Caribe te fascinaban?

 -Todas las que tuvieran que ver con música. Eso incluye los vallenatos y una música costeña que no es muy conocida afuera y es mi preferida: el porro. Es hecha con instrumentos de vientos como bombardino, trompeta, clarinete y platillos. Es una música que puede ser muy alegre o muy triste. Cuando escucho porro tengo que estar acompañado, no puedo estar solo porque no lo soporto, me da una tristeza profunda... y si estoy fuera del país, peor todavía. Por eso siempre la escucho cuando estoy con amigos, porque así me envalentono.

 Y qué otras historias... mira, había un grupo musical colombiano -hoy ya conocido, han ganado el Grammy latino- que se llama Los Gaiteros de San Jacinto. Son unos campesinos de abarcas (una especie de sandalias con cuero ordinario de vaca y llantas improvisadas como suelas), estos campesinos hacían una música para su propio consumo, era una música de celebración que no perseguía nada distinto a la celebración misma. Ellos se iban a emborrachar y el único pago que recibían era ron y comida que consumían en el mismo lugar de la fiesta, pero grabaron unas cosas maravillosas y memorables. Los de la primera generación jamás vieron el mimo de la crítica y del público, los de la cuarta generación recibieron el Grammy. Bueno, el cantante de Los Gaiteros de San Jacinto iba a mi casa en Arenal, cuando yo era niño, y me cargaba en brazos, porque era amigo de mi abuelo, y yo no me di cuenta de la grandeza de ese tipo. Yo pensaba que era un vecino más que no tenía gracia en su música. Con los años, cuando yo crecí, fui consciente de lo grande que era ese señor, y adquirieron mayor significado aquellos momentos en que ese señor entraba a mi casa a cantar y me dije: "Caramba, qué necio es uno cuando niño". Yo ignoré al tipo, no sabía quién coño era.

 -¿Cuándo empezaste a leer con devoción?

 -Yo empecé a leer tarde. Cuando digo tarde me refiero a la adolescencia. En la primera infancia no fui lector. Me hubiera gustado crecer en un lugar donde hubiera libros, pero crecí en la casa de un abuelo ganadero que no atesoraba libros. Es más, en ese pueblo no había ni una biblioteca. Con los años he dicho que descubrí que los primero libros que leí fueron escritos en las páginas del viento, porque como no había bibliotecas, íbamos a los parques a contar y escuchar historias. Entonces cuando yo escuchaba a dos campesinos conversando, contándose leyendas, era como si leyera, leía con el oído. 

 -¿Y cuándo advertiste que querías escribir, de que te gustaba y se te daba bien contar historias?

 -Desde niño supe que escribiría. No sabía si eso iba a ser periodismo o qué, no sabía el nombre que iba a tener eso. Yo veía muchas telenovelas. En ese pueblo donde crecí había solo dos televisores, la televisión en Colombia era a blanco y negro, no existía el control remoto. Uno encendía un televisor girando un botón largo hacia la derecha y tenía que esperare pacientemente a que apareciera la imagen. Tú prendías el televisor, caminabas hasta el televisor donde te ibas a sentar, te sentabas y todavía la imagen no aparecía, pero ya se oían las voces: "Salsa de tomate Fruco" o "Top, el detergente que limpia más", se escuchaban las voces pero tú todavía no veías la imagen. Aparecía un puntito blanco que se iba expandiendo lentamente hasta que se veía la imagen. Normalmente era una imagen de telenovela, entonces crecí viendo telenovelas. Un día escribí en un artículo: "¿Dónde estabas tú, Orson Welles, cuando yo más te necesitaba?", porque por allá no llegaban las historias de Welles. Entonces, yo escribía telenovelas. Y las hacía, yo escribía tramas de telenovelas, y buscaba a los niños del barrio como yo, y les decía: "Ahora tú tienes que pelear con él, y tú le das un beso a esta niña". Yo pensaba que esa era la escritura, ¿me entiendes? García Márquez tiene una frase que yo comparto: "A la literatura no se llega a través de la buena literatura". Es decir, si me hubieran diseñado un plan de aproximación a la lectura en el que yo tuviera que haber empezado por Dostoievsky o Kafka, seguramente me hubiera desviado. O no lo hubiera entendido, porque era un momento de mi vida en que no estaba preparado para eso. De hecho, eso mismo me pasó con el propio Gabo. Cuando leí "Cien años de soledad" por primera vez, no lo entendí. Estaba muy niño, y me aburrió...

 -¿Entonces al principio querías escribir ficción?

 -Sinceramente sí. Nunca me imaginé que tuviera que ir a entrevistar a alguien con una grabadora, y llevar una libreta de apuntes para tomar anotaciones. Pensaba que las historias tenían que salir de uno mismo. Era un niño, claro. Hoy soy amante de las historias reales. Yo estudié Comunicación Social y periodismo porque mi mamá influyó un poco. Me dijo: "Si estudias para volverte escritor, de pronto te mueres de hambre. Yo creería que tú puedes ser escritor, de todos modos, pero estudia periodismo, porque por lo menos eso te garantiza un sueldo". Yo empecé a ejercer el periodismo con la idea de que estaba a préstamo en una actividad mientras merecía estar en la otra, de escritor. Pero cuando empecé a ejercer el periodismo descubrí que ese era el lugar donde quería estar y donde seguiría estando.

 -¿Cómo podrías explicarle a la gente qué es una crónica? Género también conocido como periodismo narrativo, periodismo literario o incluso periodismo "de autor".

"Los temas de los cronistas fueron noticia, y cuando llegamos al lugar ya no lo son, pero son una magnífica posibilidad de contar una historia para ayudar a que la gente entienda. La gente se enteró, ahora necesita entender qué pasó"

 -Para mí la crónica es un género que vincula dos herramientas fundamentales: la narración y la interpretación. Robert Louis Stevenson decía que "contar historias es escribir sobre gente en acción". Esa es la parte de narrar, cuando uno cuenta acciones: caminó, se sentó, abrió la puerta. Eso es narrar. Interpretar es poner un toque de color, o si se quiere, dejar fluir la visión del autor en relación con ese tema del que se está ocupando. Cuando a Maradona lo expulsaron del Mundial de Estados Unidos '94 por consumo de efedrina, Galeano escribió una cosa preciosa con cuatro palabras separadas de punto y seguido: "Jugó. Venció. Meó. Perdió". Esa es la interpretación. Mark Twain fue a Alemania y escribió una crónica que tenía un párrafo sugerente y maravilloso al comienzo: "Los alemanes inventaron la cerveza para que les perdonen la comida". Esa es la visión del autor. Quizás lo complicado del género es que toca combinar esas dos características: por un lado, la de narrar bien, contar bien las acciones, dosificar el suspenso, saber comenzar, saber llevar la trama sin acelerarte y sin volverte lento, sino con el ritmo que debes tener, saber llegar al desenlace y saber rematar. Y por otro lado, dar unos toques de color que sean pertinentes, que no sean pretensiosos, que no sean gratuitos, que no sean una vuelta de más, de la que hablaba Henry James. Esa es la dificultad de la crónica.

 -Y siempre sin olvidarnos, que sigue siendo periodismo...

 -Claro. Como es periodismo, tienes que dar información básica, esa información debe contener las respuestas a los interrogantes clásicos del periodismo, porque nosotros no usamos la pirámide invertida (NdeR: estructura clásica del periodismo que establece que en el primer párrafo se debe contestar el Qué, Cómo, Cuándo, Dónde y Por qué de la noticia), pero seguimos obligados a dar la información de esos interrogantes. También es cierto que cuando los que hacemos crónicas llegamos al lugar de los hechos, nos vamos a enfrentar a un tema que ya ha dejado de ser noticia. Por lo general, los temas de los cronistas fueron noticia, y cuando llegamos al lugar ya no lo son, pero son una magnífica posibilidad de contar una historia para ayudar a que la gente entienda. Ya la gente se enteró, ahora necesita entender qué fue lo que pasó. Porque contar historias de no ficción es hacer un intento de reordenar la realidad, para que se entienda y resulte más cercana para el lector.

 -Elegir qué historias narrar es el comienzo de una buena crónica. Tus crónicas están pobladas por perdedores, mujeriegos y bebedores, por lo general, fracasados de la cotidianidad, con los que nos podríamos cruzar todo el tiempo. Pero esos personajes tienen que tener algo excepcional, algo que los haga especiales, ¿no es así?

 -Hay algo fundamental: que el personaje me produzca curiosidad. Acá en el Río de la Plata suelo oír la palabra "disparador", ustedes la utilizan mucho. Debe ser un tema que excite en uno la voluntad de dejar un testimonio. Es lo que escuchó Truman Capote cuando leyó en un suelto perdido en un periódico que había habido una masacre en una casa. Sintió esa excitación irracional... Es una pulsión. Yo diría que la calidad de la historia empieza por sentir una pulsión con ella. Se siente una tensión allí, ¿me entiendes? Escribir empieza por la capacidad de apropiación de los temas. Si tú vas a escribir un tema simplemente porque te toca, pero ese tema no te excita, quizás de pronto no pase nada.

 -Los pronósticos respecto al futuro de la prensa son desalentadores. Hay quienes siguen pronosticando el inminente fin del diario en papel, pero pero por otro lado, la gente lee cada vez más las noticias en su computadora o el celular.  ¿Crees que el periodismo hoy está en crisis?

 -Empiezo por decir que nunca me ha gustado establecer categorías de lectores en las cuales quepa la discriminación. En la época de las redes sociales, se han puesto de moda los memes y los mensajes en los que se sataniza al que no lee. Se le trata de imbécil, estúpido, "lea, vago, vaya y lea". El que lee un libro se cree en una posición de superioridad moral. Para mí, el libro es un goce, no un asunto de alardear. Ciertamente, tú no puedes hablarle a un lector del siglo XXI como le hablabas a un lector de 1985 cuando yo empecé mi carrera. Me parece que es un reto encontrar a un lector, porque uno tiene un lector que te está esperando (uno o varios). Me parece un reto hacer las cosas de tal manera que logres traer a tu texto a esos lectores que te están esperando. En el caso de los periódicos, no sé qué pudo haber pasado. Tengo una sospecha: que los periódicos se acostumbraron a una posición hegemónica que tuvieron durante más de un siglo durante el cual el público consumía dócilmente lo que el periódico le decía. Incluso, el público mayoritariamente le otorgaba al periódico la credibilidad como un regalo. Había campesinos y amas de casa que decían: "Es verdad, porque yo lo vi en el periódico".

 -Ahora te dicen: "Es verdad porque lo dijeron en la tele" o peor: "porque lo leí en Facebook".

 -Lo cual es más grave... la cosa se ha ido degradando. Pero decía, los periódicos se acostumbraron a ningunear al lector, a insultar su inteligencia, a no incluirlo. Había un chiste feroz en los 80, cuando yo empecé a hacer periodismo. Le preguntaban a uno: "¿Qué diferencia hay entre las tetas de una mujer negra y las tetas de una mujer blanca?", el otro decía que no sabía, y el primero explicaba: "Que las tetas de una mujer blanca salen en Playboy, y las tetas de la mujer negra salen en la National Geographic". Yo crecí oyendo eso. Hay una frase de Gilbert Chesterton que me encanta. Dice: "El periodismo consiste en decir 'Lord Jones está muerto' a gente que no sabía que Lord Jones estaba vivo". Entonces los periódicos se acostumbraron a que el pobre, el excluido, el ciudadano promedio de una sociedad solo son noticia cuando muere o cuando mata, y no incluían a la gente, no la tenían en cuenta en su agenda. La agenda de los medios está determinada por el poder, por los que mandan. A los que hacemos crónicas nos preguntan siempre por qué escribimos tanto sobre perdedores, pero a los directores de los periódicos nunca le preguntan por qué escriben tanto  sobre ganadores. Porque el editorial del director del periódico siempre es sobre un ganador, o sobre el presidente o sobre un ministro, o sobre un alto funcionario del FMI, es decir, sobre ganadores. Entonces, la crónica, como dice Martín Caparrós, "es un género que tiene voluntad política porque, en principio, le da voz al que no la tenía", porque el director del periódico no se la había dado. Ese fue un error de los periódicos: no incluir más a la gente.

 -Bueno, ahora algunos hablan de "periodismo ciudadano"...

 -Es un recurso lamentable el tal "periodismo ciudadano". Periodismo ciudadano es como decir fútbol cristiano o cocina protestante... no le veo sentido. Tú puedes ocuparte de temas ciudadanos muy importantes, muy relevantes, en el periodismo. Pero decirle a la gente que tome fotos de su vecindad, o mande un video, y decirle que eso que está haciendo es periodismo es un acto demagógico terrible. Es pura demagogia.

"Con los años descubrí que los primero libros que leí fueron escritos en las páginas del viento, porque como no había bibliotecas, íbamos a los parques a contar y escuchar historias. Escuchaba dos campesinos conversando, leía con el oído"

 -Escuché en una entrevista que te hicieron en Colombia que decías que "muchos creen que la literatura es sólo ficción". Si se escribe sobre hechos reales, ¿también puede ser literatura?

"A los que hacemos crónicas nos preguntan siempre por qué escribimos tanto sobre perdedores, pero a los directores de los periódicos nunca le preguntan por qué escriben tanto sobre ganadores"

 -Para mí la literatura está determinada por la calidad estética del texto. Si alguien me dice "voy a escribir una novela", me está diciendo que tomó la decisión de escribir una novela. El hecho de que escriba una novela, para mí, no lo convierte en un escritor. No es que ese es un escritor, y el que hace un reportaje, no lo es. Si el de la novela es un escritor que se queda a medio camino en el hecho estético, si no logra tener un mínimo de calidad, si no tiene una prosa sugerente, no es bella, no golpea, no sacude, no interpreta la época que le tocó en suerte, seguramente será un mal escritor. Para mí un mal escritor es un no escritor. Porque puede haber escritores que te gusten o que no te gusten, pero tú dices: "es un escritor". Y el juicio es subjetivo, va en cada uno. Tú ves al "Chino" Recoba en una cancha y le tiras un balón, la para de pecho y la domina, sabes que estás ante un futbolista. Me tiras el balón a mí y sabes que yo no soy un futbolista. Lo mismo pasa con los escritores. Cuando el novelista se llama Juan Rulfo es un escritor, y cuando el reportero se llama John Hersey también es un escritor. La escritura de ficción es aquella en la cual el escritor se inventa la trama. Y la escritura de no ficción es aquella en la cual un escritor encuentra en la realidad insumos para crear un texto bello, perdurable en el tiempo, sugerente, que se merece estar -como decía Borges- en la mesa de noche de cualquier buen lector.

 -¿Cómo lidiás con el ego cuando en la crónica importa tanto la mirada subjetiva del cronista?

 -Mira, creo que los escritores que usan el ego para escribir son patéticos. Los que hacen eso son aquellos que quieren mostrarse listos, están más preocupados porque el lector los perciba como muy inteligentes, y no tanto por contar bien la historia que tienen que contar. Para mí, el modelo en ese sentido es Ernest Hemingway. Él ha sido uno de los escritores más ególatras e insoportables que ha habido, su editor decía que ser editor de Hemingway era "como mantener un combate de lucha libre contra Dios". Pero cuando uno lee a Hemingway, no está leyendo a un ególatra sino a un artesano, con overol, que está pacientemente tratando de ver cuál es la mejor forma de organizar una palabra detrás de la otra. Hemingway trabajaba todo el día como un artesano, como un siervo de su literatura, y por la noche se iba para el bar a ser un hijo de puta.

"Santos se jugó su capital político por apoyar un proceso que iba a contravía de los intereses del establishment colombiano. Porque no nos digamos mentiras: en Colombia la guerra es un gran negocio. Es nuestro lastre histórico"

 -Ahora están de moda las fake news. Pero están las noticias falsas que alguien con intereses creados las divulga, y están los que catalogan a una noticia verídica como fake news -como Donald Trump- para desprestigiar al medio o al escribiente. ¿Cómo se identifica una noticia falsa? ¿Cómo se lidia con esta desinformación? 

 -Ese es un reto del periodismo. El reto de ayudar a separar la paja del trigo. Todos tenemos una tía que recibe alguna información por un WhatsApp que está estrenando, entra en alarma, y nos llama por teléfono, o bien reenvía esa información. Es fácil hacer la pedagogía con esa tía en la casa, pero también es cierto que hay personas que no quieren la verdad. Hay personas a las que les molesta que uno les aclare ciertas verdades, especialmente en temas ideológicos y políticos. Escuchan lo que quieren escuchar y si alguien les va a aclarar la cosa, es visto como un intruso, un aguafiestas, o un hijo de puta, algo así como "yo estoy cómodo con esto, no me importa si es mentira".  Porque las fake news no son sólo transmisores de mentiras, son también transmisores de un prejuicio. En la política se ve, en tiempos electorales hay mucha mentira y la gente cree. Pero también es cierto que hay personas que saben que es mentira y las retransmiten. A mí me gustaría que los periódicos tuvieran una sección diaria de desmentidos de fake news. Me encantaría, porque podría ir generando una pedagogía. Que todos los días desmientan cosas que se transmiten por WhatsApp o por las redes sociales y que incluso, esa sección funcione como un paredón donde se someta al escarnio público a la persona pública que ha sido sorprendida transmitiendo una noticia falsa.

 -¿Realmente se conquistó la paz en Colombia, tras los acuerdos de paz del gobierno de Juan Manuel Santos y las FARC?

 -Juan Manuel Santos hizo un acuerdo de desmovilización con una guerrilla llamada Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), la guerrilla más antigua del mundo. Esa guerrilla se desmovilizó, y al desmovilizarse se produjo automáticamente una situación de mejoramiento del orden público en Colombia. Es cierto que varios guerrilleros de esa guerrilla desertaron y volvieron al monte, es cierto que en las zonas abandonadas por las FARC otros actores del conflicto armado han llegado a posicionarse, porque ahí había oportunidades para sembrar coca, para sostener un fortalecimiento del tablero del ajedrez político de la guerra. Es cierto que han surgido otros grupos armados de la extrema derecha, es cierto que el ELN -la otra guerrilla que no se ha desmovilizado- ha recrudecido su beligerancia. Pero eso no quiere decir que el acuerdo de paz no haya sido en su momento algo histórico, algo además, hecho por un presidente que se jugó su capital político por apoyar un proceso que iba a contravía de los intereses del establishment colombiano. Porque no nos digamos mentiras: en Colombia la guerra es un gran negocio. Ese ha sido nuestro lastre histórico: nuestro apego a la violencia. La violencia ha sido el desastre histórico de Colombia.

 -¿Le tenés fe a Iván Duque para haga un buen gobierno?

 -No. Es una persona que no está formada para ser presidente. Le falta muchos hervores. Me parece terrible que alguien llegue a presidente simplemente por ser ungido por un expresidente (NdeR: el derechista Álvaro Uribe) que tiene mucha aceptación en un grupo de la sociedad colombiana. Me parece terrible que la única credencial que pueda esgrimir para manejar un Estado sea: "Yo soy el señalado por Uribe". Tiene 41 años. Antes de ser presidente no había estado en ningún cargo donde tuviera a ocho personas a su mando. Me encantaría estar equivocado y que me tape la boca, pero ya hay un mal síntoma. Llegó a la Presidencia prometiendo que bajaría los impuestos, y no sólo no la va a cumplir, sino que ya hizo lo contrario. Le va a poner impuestos a todos los productos de la canasta básica familiar: a los huevos, a la leche, al pan. Y lo más absurdo e infame es que le sube los impuestos a la clase media y la clase baja, pero a los ricos no les hace ni cosquillas, con el argumento tramposo, falaz, de que si le pone impuestos a los industriales se cae la generación de empleo en Colombia. Me parece que es un modelo de país absurdo, ¿sabes? 

 -Vos viajás mucho por el mundo, especialmente por América Latina, precisamente, para contar historias. ¿Seguís sufriendo los estigmas de ser colombiano en los aeropuertos? 

 -Todo el tiempo. No hay un solo colombiano que haya sido viajero y no pueda contar historias de discriminación en otros países. Te voy a contar algo: una vez en Puerto Rico, en 1998, yo estaba haciendo una serie de TV que se llamaba "Ese mar es mío". Yo era uno de los realizadores. Cuando llegamos con todo el equipo de grabación, nos dejaron por último. Todo el mundo pasó por la Aduana, a nosotros nos apartaron del grupo. Luego nos metieron de manera individual en un cuartito. Entré al cuarto ese y trajeron un par de perros enormes para que me olieran. Cuando salí de ese cuartito, después de un tiempo largo en que los perros me olfatearon, descubrí que me habían destruido la maleta con un cuchillo. Y me dieron un recibo para que fuera a reclamar la otra maleta. Y cuando protesté, me dijeron:"Bueno, usted está en otro país y acá lo hacemos así". De esas tengo decenas. Recientemente no me ha pasado, pero el prejuicio perdura. Es que lastimosamente hay argumentos para que el estigma continúe, porque cuando uno ve noticias de colombianos afuera, las pagamos los que no hacemos nada malo. Un día en Buenos Aires, el mesero de un restorán me preguntó si yo era venezolano. Le contesté que no, que era colombiano. Y el tipo me dijo: "Uy, colombiano, ¡debés tener cocaína!". Me ofendió mucho y reaccioné mal. Le dije: "Si tú te imaginas que por ser colombiano yo tengo que tener cocaína, yo puedo imaginarme por tu pregunta, que tú eres un consumidor. La cara de consumidor la tienes, pareces un adicto", le dije. Y el tipo quedó congelado, se dio cuenta de la ofensa. Pero remato con esto: le dije a Valentín Trujillo, el organizador del evento de crónicas al que vine, que me enviara una carta dando fe que venía al seminario, porque en las aduanas suelen preguntarle a uno a qué vino, dónde se queda alojado y cuándo se va del país. Y no me la pidieron nunca. Entré como si fuera uruguayo. Y le dije a Valentín una cosa que ahora te repito: mientras más desconfiado sea el que te recibe en su casa, mientras más leyes hagan para perseguir al que llegue, más corrupto es ese país.

-En 2013 viniste a Uruguay para irte hasta Treinta y Tres, a entrevistar y luego retratar, a Darío Silva, el goleador que había perdido una pierna en un accidente. ¿Qué otras historias o personajes uruguayos merecerían una crónica tuya?

 -Me hubiera gustado hacer un perfil de Alfredo Evangelista, aquel boxeador que peleó con Mohammed Alí, pero tengo entendido que vive en España... Me hubiera gustado escribir sobre (Fabián) O'Neill. Me hubiera gustado escribir sobre música afrouruguaya y ese elemento negro que acá es más visible que en Argentina. Me hubiera gustado buscar a los negros en Uruguay. Siempre he sido pro afro. Si el mundo no hubiera tenido ese toque afro, habría sido muy aburrido. Mira, el negro fue traído de África a América en barcos donde fue maltratado, golpeado. Cuando lo trajeron, le arrancaron de un solo golpe la patria y la lengua. Y vinieron a un lugar que no le pertenecía, a trabajar en condiciones infrahumanas, y entonces lo que hicieron fue sembrar en ese lugar el espíritu que traían. Yo me pregunto qué hubiera pasado si al negro, cuando lo trajeron a América, le hubieran arrebatado un tercer elemento: el tambor. Se habría rebelado, habrían hecho que se volcaran los barcos en altamar. Les dejaron el tambor. Con ese tambor, los negros pudieron reemplazar un poco la lengua y la patria que les habían arrebatado. El tambor es un libro que suena. Le sirvió a los negros para enviar señales de alarma, para tener un poquito de alegría en las únicas pausas que le daba el laboreo terrible al que estaban sometidos, fue el código morse con el cual podían producir el latido de la tierra de la madre África. A mí me encanta lo afro desde Billie Holiday en Estados Unidos, a Compay Segundo en Cuba, hasta llegar al negro (Ruben) Rada acá en Uruguay. Me encanta cómo suena lo afro.

-¿Seguís pensando en ir a África a contar las raíces originarias del tambor africano?

 -Sí, sí, amaría eso, me encantaría. Todavía no he ido porque estoy embarcado en otro proyecto, es un libro que estoy haciendo y me tiene feliz.

 -¿Sobre qué?

 -Es un libro sobre el origen del narcotráfico en Colombia. El origen, que no se ha contado, que empieza con la marihuana. Se ha contado sobre el cártel de Cali o el de Medellín, pero no el origen del narcotráfico en mi país.

 -Me llama la atención que cuando te pregunté a qué personas o personajes uruguayos te gustaría perfilar, no me mencionaste a José Mujica. ¿No te interesaría seguirlo y escribir un perfil de él?

 -Mujica sí me interesa, es un hombre muy respetable. Lo imagino más como un consigliere. No le daría el cargo de presidente, sino del consejero del presidente. No lo pondría a ejecutar, no lo pondría a ensuciarse las manos con presupuestos, con planeación o microgerencia, pero sí a tirar la línea conceptual gruesa del gobierno. Pero, a ver, pensando como cronista, si lo fuera a perfilar iría al detrás de escena de Mujica, haría ver algún clavo oxidado, algún elemento que para el público se ve brillante pero que por detrás es pura hojalata. Tengo la sospecha de que el cronista sería un poco aguafiestas. 

 -Parafraseando un libro tuyo, ¿dónde has encontrado el Macondo real?

"Un mesero en Buenos Aires me dijo: 'Colombiano, ¡debés tener cocaína!'. Le dije: 'Si tú te imaginas que por ser colombiano yo tengo que tener cocaína, yo puedo imaginarme que tú eres un consumidor. La cara de adicto la tienes', le dije"

 -En Colombia, sobre todo. En todo el Caribe lo he encontrado. Porque el Caribe es un suprapaís dividido en muchas naciones que políticamente lo integran. Por ejemplo, el Caribe de Colombia pertenece políticamente al país Colombia, al Caribe de Venezuela pertenece al país Venezuela, pero todos los caribes (el de Colombia, Venezuela, Cuba, Puerto Rico, República Dominicana) conforman el Gran País del Caribe. Ese país va más allá del paisito que políticamente les tocó en suerte por la cartografía política. Los países se dividen políticamente por unos intereses ajenos a lo cultural, a veces tienen que ver con la supremacía de uno que pudo ganar una guerra y como ganó la guerra tiene más territorio, y traza las coordenadas; mientras que el Caribe del que te hablo, es el Caribe donde yo escucho hablar a un cubano y digo: "Guau, ese tipo nació en el país donde políticamente le tocó en suerte, pero pertenece a mi país, habla como yo, gesticula como yo, es exagerado como yo, tiene la verborrea exacerbada que tenemos los habitantes del Caribe, oye la música a un volumen estridente. Este tipo me representa". Cuando yo llegué a La Habana saludé al botones del hotel, le dije: "Buenas tardes, ¿cómo está usted?" y él me dijo: "Aquí, luchando por la vida, porque ya la muerte está segura". Yo pensé: "Este tipo es mi hermano". El Caribe va más allá de los límites geográficos. Jorge Amado decía que el Caribe empieza en el sur de la Florida y termina en el norte de Brasil, fijate que no es una división geográfica rigurosa, sino más bien es algo cultural.

 -¿Qué cosas te hacen feliz?

 -Me hace feliz comer a placer, me hace feliz ver la luz del sol lamiendo los bordes de un río (como lo estoy viendo ahora, acá en la rambla de Montevideo), me hace feliz abrazar a mis  hijos, dormir bien y levantarme silbando (yo nunca me levanto de mal genio, porque eso es dañar el día), y me hace feliz bañarme cantando... Todos somos Pavarotti mientras nos bañamos, y el que diga que no tiene que venir a demostrármelo. Me hace feliz que gane el Junior (de Barranquilla), me hace feliz hablar con mi abuelita por teléfono, hablar con los amigos, y me hace feliz sentir que alguien me quiere.

 -¿Sos feliz?

 -La felicidad no es un estado permanente. He tenido muchos momentos felices y trato de repetirlos. Sinceramente, me parecería aburrido ser feliz las 24 horas del día. No me interesaría. Porque la felicidad perpetua no es buena para escribir, es buena para pasear. De vez en cuando es bueno tener ganas de putear y todo eso, ¿no?



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