Rubén Olivera se fue a Argentina con diecisiete años, en el marco de la militancia de aquellos tiempos. No pertenecía a ninguno de los grupos más conocidos, pero la situación general lo llevó al exilio. En 1978, su hermano —que tenía veinticuatro años— fue detenido y desaparecido en Argentina. Olivera regresó a Uruguay con la familia de su hermano: la esposa y dos hijos, uno de seis años y otro de uno. Desde entonces, quedó vinculado a los organismos de derechos humanos, primero a Madres y Familia, luego a Madres y Familiares de Detenidos Desaparecidos.

Décadas después, ese vínculo con la memoria y el pasado reciente tomó forma de libro. A comienzos de los años 2000, Olivera publicó una serie de notas en el semanario Brecha; algunas quedaron inconclusas. Reunidas, esas notas forman Cuando el pasado deja de ser reciente. El título original iba a ser "El pasado reciente". Cuarenta años después, el nombre cambió para constatar que los ciclos históricos ya tienen una duración suficiente como para ser analizados en sí mismos —sin que eso implique cerrarlos—.

Músico, cofundador del Taller Uruguayo de Música Popular en 1983, impulsor indirecto de Murga Joven y colaborador de Ediciones Ayuí/Tacuabé, Olivera lleva casi medio siglo dando clases. Su libro no es ensayo ni historia académica: maneja, según sus propias palabras, datos verificables con un ropaje más literario. Esta es parte de la charla que mantuvo con Montevideo Portal.

¿Por qué "el pasado no tan reciente"?

En Uruguay han pasado cuarenta años desde la dictadura. La última dictadura del continente fue la de Chile, de la que se salió en 1990. Si marcamos el período de las dictaduras desde 1954 —Guatemala y Paraguay— hasta 1990, son 36 años. Desde 1990 hasta hoy también son 36 años. El período que podemos analizar es tan largo como el período analizado a nivel continental. Eso explica la aparición de libros que analizan qué pasó con las comisiones de verdad y que sistematizan por qué hay un tema crónico: los datos sobre desaparecidos que se saben, los que no se saben, los archivos que están o no están. Cada vez que aparece un cuerpo es una conmoción nacional. Lo llamo "crónico o estructural" porque no salimos de esa dinámica: los gobiernos contrarios a investigar proponen dar vuelta la página sin leerla, pero los gobiernos progresistas tampoco dieron respuestas sistemáticas, solo avances parciales.

El libro tiene mucho de música y de lecturas. ¿Cómo entra eso?

Por el oficio hay muchos ejemplos musicales: canciones que trataron la temática, la represión al campo de la cultura artística. Hay un dato concreto que me parece muy elocuente: existen fichas de músicos que comenzaron en 1979, durante la dictadura, pero las fotos que acompañan esas fichas son de 1990. Eso indica que hubo contrainteligencia continuada por parte de aparatos del Ejército, la Policía u otros —lo que con cierta ironía se llama el "gobierno profundo"—.

Fuiste parte activa de la llamada batalla cultural desde la música, pero hoy parecés más crítico con ese concepto.

Siempre tuve una actitud crítica con la izquierda, intentando un pensamiento independiente, no de camiseta de barra de fútbol. Empleo el término batalla cultural en sentido amplio, antropológico, no solo en su reducción a lo artístico. Lo asocio a una pelea de la humanidad por humanizarse frente a respuestas autoritarias. Se calculó que Elon Musk tiene una riqueza equivalente a casi la mitad de la población mundial. La gran batalla cultural sería terminar el combate entre posturas autoritarias, que toman el título de derecha o de izquierda, pero mantienen el mismo autoritarismo. En este momento las sociedades más controladas del mundo podrían ser China, Rusia y Estados Unidos. The Economist —que no puede calificarse de publicación de izquierda— considera a Estados Unidos una democracia defectuosa. Las democracias han comenzado a recibir calificativos: plena, no tan plena. Un astronauta dijo poéticamente: "Por más que miro, no veo el punteadito que separa los países". Hay una paz de dominio, una paz falsa donde el militarismo y el expansionismo de los que tienen el poder dominan a los demás. Hay hipocresía mundial respecto a las minas de África —Congo, por ejemplo— que alimentan los semiconductores de celulares y autos. Trump dijo explícitamente que los inmigrantes son genéticamente inferiores. Son pulsiones que me parecen indiscutibles: matar niños está mal, la tortura está mal, las injusticias que provocan pobreza y delincuencia están mal, condicionar países a aceptar empresas contaminantes está mal. No veo ejemplos físicos actuales del modelo de sociedad solidaria, pero sí experiencias históricas, incluidas sociedades indígenas que viven en comunidad. Muchas de esas experiencias fueron eliminadas en aras de la ganancia.

¿Cómo seguís procesando la búsqueda de verdad con el paso de los años y los gobiernos?

El tema de la verdad en el pasado reciente es crónico: están los que quieren pasar por alto y los que buscan la verdad completa. Cuando Milei habla de verdad completa, digo que estoy de acuerdo en que esa verdad completa debería incluir los delitos económicos en época de dictadura —que nunca se juzgaron— y las cosas criticables que hizo la izquierda, incluida la guerrilla, aclarando que la izquierda no era solo la guerrilla. Critico la autocrítica cosmética de los partidos, ese "tendríamos que haber hecho más esfuerzos" que no es una crítica verdadera y profunda. Hay un caso concreto muy ilustrativo: en 2005, Tabaré Vázquez encargó la investigación a tres militares. El de la Fuerza Aérea había sido copiloto del primer vuelo. El de la Armada, Tabaré Daners, había sido juez sumariante que devolvía los presos a la tortura. Y Pedro Barneix había estado directamente implicado en la muerte de [Aldo] Perrini.

¿Y el caso del segundo vuelo?

Está confirmado, la propia Fuerza Aérea lo reconoció. Existió el segundo vuelo del 5 de octubre de 1976, que trajo a casi treinta personas. La Fuerza Aérea dijo: "Nosotros no sabíamos nada, simplemente nos dijeron 'Se suben en este avión y traen esta gente'". Llegó un ómnibus para trasladarlos, por eso les decían "los del ómnibus". La mentira prolongada aumenta su potencia: nadie puede decir que no sabía si aparecen treinta cuerpos. Cuando la ministra Azucena Berruti llegó al Centro de Estudios Militares y dijo que tenían que aclarar un armario, es imposible suponer que el comandante no supiera que había un archivo ahí. Los archivos fueron destruidos o nadie sabe dónde están. El archivo de Castiglioni se encontró en una casa particular, donde estuvo guardado décadas. No creo que haya un paso único que lleve a la verdad: es un gerundio esto, una cosa que va. La dinámica es siempre la misma: no pasó, sí pasó, no pasó, sí pasó, es mentira, no es mentira, no hay más datos, sí hay más datos, dejen todo tranquilo, no vamos a dejar.

¿Qué buscás que le pase al lector con el libro?

El libro no tiene conclusiones ni respuestas: busca una escritura dialéctica que promueva una perplejidad estética. Genera angustia en los lectores. Algunos no pueden leerlo entero y deben pausar. Lo considero el mejor elogio posible. Así como existe la marcha del silencio, busqué que el silencio recorriera los artículos. Son toneladas de olvido contra gramos de memoria.

Tu hermano, ¿en qué militaba?

No era ningún grupo conocido, era un grupo disidente de los otros grupos. Trabajaba en una encuadernadora de libros. Un día llegó con el libro Pedagogía del oprimido, de Paulo Freire, y me dijo: "Salió esto". Fue una lectura que lo marcó. Freire proponía una manera no dirigista del trabajo con la gente, basada en despertar individuos y en intercambio de saberes. Mi hermano era obrero gráfico y fue llevado en averiguaciones por su militancia sindical. Como la tortura era sistemática, cuando los detenidos quedaban muy lastimados y no querían hablar, los mataban para no tener que devolver a una persona destruida. Él no estaba vinculado al PVP, al GAU, al MLN, ni a ningún otro grupo armado. Era militante sindical. Yo tampoco tenía militancia partidaria en ese momento.

Cuando volviste a Uruguay tenías veinticuatro años, la misma edad que tenía él cuando desapareció.

Sí. Me fui con diecisiete y volví con veinticuatro. Los diecisiete y los veinticuatro de la época de la dictadura eran muy distintos a los de hoy; teníamos otra manera de ver el mundo. Al llegar me sumé al canto popular. Al principio llenábamos teatros de trescientas personas; a los pocos meses llenábamos el Palacio Peñarol, de cuatro mil personas, prácticamente una vez por semana. La gente no iba solo por la música: canalizaba en esos encuentros las reuniones que no podía hacer afuera. Quizás la dictadura lo permitió porque se les fue de las manos. Siempre di clases, llevo casi medio siglo en eso. En 1983 cofundé el Taller Uruguayo de Música Popular. Trabajé en Ediciones Ayuí/Tacuabé, que es para la música lo que Cinemateca es para el cine o Banda Oriental para los libros. Con los años, del taller surgió la Murga Joven. Las cosas hechas por amor a los demás y no por amor al dinero generan a la vez, se multiplican en actitudes similares.

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El libro

Brecha

Brecha

Como la voz del cantor, estas prosas son claras, serenas. Su secuencia no es aleatoria; tampoco obligatoria. Son caras del poliedro que todavía nombramos como pasado reciente. O es ese tiempo ante otros tantos espejos. O no son caras ni espejos, son ventanas. Porque el pasado va dejando de ser lo reciente que era cuando Rubén Olivera escribió las contratapas de Brecha que acabarían desencadenando este libro.

El capítulo llamado "La utopía" finaliza con una versión del hijo pródigo del evangelio en la cual el díscolo retornado tiene un hermano menor, ya con la mochila pronta para dejar la comodidad y enfrentar al mundo. Al despedirlo, el pródigo dice: "Parte sin ruido. Llevas contigo mis esperanzas".