Seré curioso

Seré Curioso

Riccetto: “Quiero que la calidad técnica equipare a la humana, pero esto es una empresa"

La ex bailarina asumió como directora artística del Ballet Nacional del Sodre, y promete una gestión de continuidad.

04.02.2021 11:22

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2021-02-04T11:22:00
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Por César Bianchi

Fotos: Juan Manuel López

A la edad en que cualquier niño empieza baby fútbol o una niña empieza a aprender solfeo, María Noel fue a clases de ballet. Tenía edad de un dígito cuando su primera profesora notó que la chica tenía talento. Audicionó para la Escuela Nacional de Danza y quedó. Luego todo se dio naturalmente: con su habilidad para bailar, la niña menudita de pies perfectos fue conquistando a todos. Hasta que un video VHS con sus movimientos gráciles y elegantes hizo que la becaran de un prestigioso instituto de Carolina del Norte. Tenía 14 años, y dejó pasar la oportunidad. A falta de unas semanas para subirse al avión notó que estaba más compungida que feliz por el pase al exterior y sus padres rechazaron la beca.

Tres años después, cuando tenía 17 y ya se sentía más madura, la beca seguía en pie y decidió aceptarla. La chica que solo conocía Montevideo y Durazno, donde su padre tenía una estancia rural, se fue a Estados Unidos, cuando prácticamente solo sabía decir "My name is María Noel Riccetto. I'm from Uruguay". Allá fue contratada por el American Ballet Theatre (ABT), una de las compañías más importantes a nivel mundial. Llegaría la chance de ser solista, bailarina principal, de ser feliz y frustrarse, hasta que en un momento delicado de su carrera, cuando las dudas la aquejaban, su maestro Julio Bocca le ofreció volver al país para ser bailarina principal del Ballet Nacional del Sodre.

Riccetto (40) volvió para ser profeta en su tierra. La nuera ideal de los uruguayos fue aclamada, mucho más después que en 2017 ganó el premio Benois de la Danse en el Bolshoi ruso, una coronación mayúscula que jura no esperaba y la tomó por sorpresa. "Esto no es sólo para mí, es para mi país", dijo Riccetto en inglés, emocionada. La embajadora oriental de celebridad que envidian muchos futbolistas se retiró a fines de 2019 ante un Auditorio Adela Reta abarrotado -raro imaginarlo así hoy-, y con sucesivas ovaciones de pie que demoraron en cesar.

La ex bailarina más famosa de todos los tiempos tiene hoy una biografía en librerías -El equilibrio de bailar, de Lucía Chilibroste (Aguaclara editorial)-, está hoy al frente de la Escuela Nacional de Danza en la que se formó y acaba de asumir la dirección artística del Sodre, que hace unos años tuvo la batuta del argentino Bocca. En este Seré Curioso en su novel oficina, Riccetto repasa su carrera, sus frustraciones y las cosas que la llevaron a pegar la vuelta en el momento justo, y el camino que, de algún modo, la llevó al sillón que acaba de dejar el español Igor Yebra. Promete trabajo y dedicación para que el BNS siga brillando en el sitial de privilegio al que llegó.

-En noviembre de 1989, con tan solo 9 años, fuiste a tu primera audición para ingresar a la Escuela Nacional de Danza. Había solo 30 lugares y conseguiste uno. No hay que ser muy genio para dar por sentado que en ese momento no te imaginabas que la danza y el ballet serían tu vida...

-Yo me presenté a la Escuela Nacional de Danza porque mi profesora de ballet le había dicho a mamá que yo tenía condiciones. Y bueno, fui. Pero no tenía muchas ganas se presentarme. Inclusive fui al segundo año, el primer año que se lo dijo, yo no quería ir y no fui. Al año siguiente insistió y bueno, fui, a ver que pasaba. Y quedé. Pero mucha expectativa no tenía.

-¿A qué edad te diste cuenta que ibas a vivir de la danza, que no era solo un hobby?

-El momento en que hice un clic fue a los 14 años. Ahí me ofrecieron la beca de Carolina del Norte, por primera vez. Si me daban una beca, por algo era. Y es una edad súper bisagra, ¿no? Yo en esa época ya dejaba de hacer muchas cosas que mis amigas seguían haciendo, la típica de juntarse en el colegio a hacer trabajos en equipo. Eso lo viví poco y nada. Entonces llegó un momento en que pasaba más horas en la Escuela Nacional de Danza que en mi casa o con amigas, entonces ahí dije: "Bueno, si sigo dedicándole tantas horas a esto es porque realmente me gusta".

-De chica adquiriste la habilidad de comer en el auto. ¿Cómo es eso?

-¡Sí, soy buenísima comiendo en el auto! Y disfruto comer en el auto... claro que no con cubiertos. Yo salía del colegio a las 13.15 aproximadamente y entraba en la Escuela de Danza (en Julio Herrera y Obes entre Mercedes y Uruguay) a las 14. Mi madre nos iba a buscar a mi hermana y a mí, y nos llevaba una vianda, unos tuppers amarillos y comíamos en el auto. Muchas veces nos cambiábamos también en el auto. Así a las corridas, para entrar a clase.

-A los 14 años fuiste becada por la North Carolina School of Arts de Estados Unidos. Cuando estabas a pocos días de tomarte ese avión, con tu familia decidieron rechazar esa beca porque tú extrañabas mucho y estabas más angustiada que contenta por la beca. ¿Qué crees que hubiera pasado si aceptabas el convite?

-Nunca lo pensé... Se dio así, y por suerte el tren pasó otra vez. Eso me confirma que estuve haciendo lo que tenía que hacer, y que ese no era el momento de aceptar la beca. Viendo todo lo que estoy viviendo ahora, noto que todo se dio de forma correcta.

-Tres años después, ya casi adulta, tuviste revancha y viajaste para formarte en Carolina del Norte. Y poco tiempo después ingresás al American Ballet Theatre (ABT), la cúspide de la danza en Estados Unidos. Ahí desarrollaste casi toda tu carrera. Algo así como Messi, que entró de niño al Barcelona y es el mejor del mundo jugando ahí, en uno de los clubes más poderosos del planeta...

-Bueno, yo hasta ahora fui la única uruguaya que pasó por la compañía. El American Ballet es como un (instituto) referente en el mundo del ballet. De Estados Unidos es la más importante, y es una de las más importantes del mundo, por su historia, por los bailarines que pasaron... pero también a ese nivel está el Bolshoi (ruso), el Kirov, el Royal Ballet, la Opera de París, y el ABT, precisamente.

-Al llegar a Estados Unidos tan jovencita y siendo tan familiera, contaste con el apoyo invalorable de unos cuántos uruguayos y algún extranjero que te dio hospedaje, y que te ayudó a familiarizarte con el ambiente, ¿no?

-El primero fue Jorge Reiner, él trabajaba en la misión uruguaya ante la ONU. Fue una especie de abuelo para mí. A él le encantaba el arte, la cultura, era asiduo al ballet y era gran fan del New York City Ballet. Él estaba muy orgulloso de que una uruguaya hubiera sido becada en esta escuela en particular, y de que audicionara en Nueva York y quedara en el cuerpo de baile del American Ballet. Se lo tomó muy a pecho y me apadrinó. En mi paso por Carolina del Norte me llamaba todos los fines de semana, para ver cómo estaba, cómo me sentía, me hacía de traductor porque yo hablaba muy poquito inglés. Y cuando me fui a Nueva York, viví con él nueve meses. Fue la persona que me acompañó al banco a abrir una cuenta, sacar la identidad social, con él fui a ver el primer departamento para mudarme. Él siempre bromeaba con que yo llegué para llenarle la heladera, porque él todas las noches tenía una cena diferente, un evento diferente, y cuando yo abrí la heladera solo tenía una jarra de agua de filtro. Entonces fui al supermercado y compré pan, queso, jamón, yogur, y él no podía creer abrir la heladera y ver todas esas cosas. Tuvimos una relación divina, me iba a ver todas las funciones, y me extrañó mucho cuando me fui a vivir sola.


""El American Ballet es como un instituto referente en el mundo del ballet. De Estados Unidos es la más importante, y es una de las más importantes del mundo, por su historia, por los bailarines que pasaron"

Y después tuve muchos amigos uruguayos y sudamericanos, y amigos uruguayos que no necesariamente eran del mundo del ballet, sino más bien amigos de amigos que se iban a vivir, entonces quedábamos en contacto. Y el uruguayo se junta con uruguayos... ¡a hablar de Uruguay!

-El libro El equilibrio de bailar (Aguaclara editorial), tu biografía, escrita por Lucía Chilibroste, da cuenta que no fueron todas rosas en el ABT. Si bien eras una de las bailarinas principales de una de las instituciones más prestigiosas de la danza a nivel mundial, más de una vez te negaron papeles que vos necesitabas encarnar. ¿Cómo analizás esos "no" hoy, con la madurez de los 40 y luego de haberte retirado?

-...Es la vida. Si uno en la vida hiciera todo lo que quiere sería facilísimo todo, sería todo color de rosas. De todos esos no, aprendí algo. Lo que pasa que uno con la juventud, con esas ganas, con sentirse bien físicamente se pregunta: "¿Por qué no ahora? ¿Qué tengo que esperar?" Te crees Pelé en cierto momento de la vida. Puntualmente, el libro habla mucho de Romeo y Julieta, que es un ballet que siempre quise, que lo estudié, que lo ensayé, que con el que lo ensayé lo terminé bailando, y yo no... y era como la zanahoria delante del conejo. Y después, lo bailé acá (en el Ballet Nacional del Sodre), lo preparé acá, y dije: "Ta, se dio así por esto mismo: yo lo tenía que vivir de esta manera, lo tenía que bailar acá en mi país, rodeada de mi familia, la gente querida y la gente que sabía lo importante que era para mí". La manera en que lo preparé fue única, trabajando así súper meticuloso, detalle por detalle...

-Vos te frustraste en más de una ocasión, sobre todo cuando pretendías papeles que no te asignaban. Más de una vez encaraste al director del ABT reclamándote oportunidades que no te daban, y fue cuando empezaste a pensar en pasar a otro instituto. ¿Cómo manejabas la frustración al estar al más alto nivel?

-En ese caso puntual, ese ballet puntualmente, me dolió mucho y me frustró mucho. Con otros no tuve tanto problema. Pero ese (Romeo y Julieta) me marcó mucho porque siempre me gustó mucho, sentía la música y ya sabía qué parte era, entonces ese me marcó... Por mucho tiempo estuve muy enojada, hasta que dije: "Bueno: o seguís frustrada por el resto de tu carrera, o agarrás tus cosas y te vas, o soltás". Y fue un poco eso... Yo pensaba: "No puedo seguir teniéndole rencor a mi director" (Kevin Mc Enzie), porque aparte de eso nos llevábamos bárbaro, es una persona que adoro. Y terminé perdonando la situación. Yo había puesto mucho trabajo para hacer ese papel (de Julieta), sentía que lo merecía bailar, y me habían dicho que sí. Entonces, no entendía por qué no me lo daban. Quizás, si me hubiera quedado en Estados Unidos lo hubiera bailado. Esa es la incógnita.

-Tu mamá, María Luisa, fue clave en tus inicios en la danza, en tu formación y hasta en los consejos profesionales. ¿Cuánto sentís que te afectó como bailarina la noticia de su fallecimiento, víctima de cáncer, en 2003? Me refiero a tu performance como profesional de la danza.

-Uff... Recuerdo sentir dolor. Como persona me hizo vivenciar un dolor que yo nunca había sentido, y que en muchas oportunidades lo trasladé al escenario. Yo siempre pensé: ¿cómo vas a representar a una chica enamorada en el escenario, si nunca te enamoraste? Solo uno que se enamoró sabrá hacerlo. ¿Cómo vas a llorar en una escena por haber perdido un ser querido sin haberlo vivido? Te lo podés imaginar. Bueno, yo eso lo sentí, entonces lo usé. Lo volqué en las tablas, como decimos. Y también, en momentos en que estaba dolida (la pérdida de mi madre, después la pérdida de mi padre, o dejar con un novio) siempre fui de enfocarme mucho en el trabajo. Eso me sacaba del dolor: hacer algo que me daba placer.

-Julio Bocca asume en 2010 al frente del Ballet Nacional del Sodre. ¿En qué momento te decidiste a aceptar la invitación de ser su primera bailarina? Era una jugada arriesgada porque estabas jugando en las grandes ligas, y era dejar esa situación privilegiada para volver a tu país, todavía en tu plenitud artística.

-Con Julio ya teníamos comunicación porque trabajábamos juntos, nos veíamos cuando él iba a Nueva York. Yo había venido a trabajar a Uruguay, invitada por él, a Punta del Este. En 2010 él se había retirado (como bailarín), y nos vimos en el retiro de otra primera bailarina en Nueva York, y me dice: "Me voy a vivir a Uruguay con mi pareja, que es uruguayo". Ahí empezamos con un intercambio de mensajes, desde a dónde ir a comer y qué probar. Y cuando le plantean lo de tomar la dirección, me cuenta y me invita a bailar una temporada. Vine, bailé, y me fui. Eso fue en 2010, en 2011 lo mismo.


"Romeo y Julieta me marcó mucho. Sentía la música y ya sabía qué parte era. Por mucho tiempo estuve muy enojada porque no me daban el papel de Julieta, hasta que dije: 'Bueno: o seguís frustrada por el resto de tu carrera, o agarrás tus cosas y te vas, o soltás'"

En 2012 él va a Nueva York, donde yo vivía, y fuimos a tomar un café. Y yo ahí ya estaba con esa idea de que la familia me tiraba, tenía ganas de ver otras cosas, me había pasado la decepción de Romeo y Julieta, y creo que la hice bien, porque pedí una licencia sin goce de sueldo por un año. Si me arrepentía, podía volver. Julio me decía: "Vos acá en el BNS tenés un lugar, pero no quiero tener la responsabilidad de que después las cosas no se den como te las imaginabas". Entonces, cuando tomamos ese café, él me dice: "Bueno, en Uruguay las puertas están abiertas". Mi mamá había fallecido, mi hermana (Magdalena) estaba embarazada, mi padre seguía envejeciendo, todo se daba... Entonces pedí la licencia sin goce de sueldo por un año, hablé con Kevin (Mc Enzie), le conté todo, y me dieron la licencia. Lo gracioso es que todo el mundo sabía que yo no volvía, la única que no sabía era yo. Yo pensaba: "Voy a probar", pero todo el mundo sabía que yo no me volvía.

-En 2017, en el escenario donde baila el Bolshoi ruso, obtuviste el premio Benois de la Danse, algo así como el Oscar de la danza. Con la mano en el corazón, ¿de veras no te tenías fe para ganarlo? ¿No te lo esperabas?

-Cero fe. Cero, cero... Para mí, no había chance. Yo siempre vi a grandes bailarines ganarlo, entonces para mí, no había chance. Después, el hecho de venir de Uruguay, un país chiquito, tan lejos. Cuando me sentí ahí en algún momento pensé: "¿Y por qué no? Las mismas chances que tienen otras, las tengo yo". Y anuncian una ganadora primero (la argentina Ludmila Pagliero), y después, en ruso, escuché mi nombre. Para mí era todo un orgullo ya bailar en la ceremonia, porque era el Bolshoi, donde había ido con el American Ballet, y estar nominada. Fue Julio (Bocca) el que me puso ahí, pero él, por haberme nominado, no podía votar. Nunca me voy a bailar de Svetlana Zajárova, una primera bailarina (ucraniana) del Bolshoi, que vino, me abrazó cuando cerró el telón, y me dijo: "¡Me fascinó tu trabajo (en el ballet Onegin)!". ¡Te felicito!". Y es una referente a nivel mundial, para cualquier bailarina.

-Te retiraste en 2019 tras bailar La Sylphide, Onegin y Manon. Curiosamente, "colgaste las zapatillas" el mismo día que Diego Forlán, el 28 de diciembre. ¿Cómo recordás esa noche? Doy por sentado que lloraste mucho...

-Primero decir que Forlán me copió a mí. ¿Cómo lo recuerdo? Con mucha felicidad. Nunca me imaginé cómo iba a ser esa última función, pero sí quería disfrutarla, no sentir nervios, que pasara lo que pasara... Creo que fue la única función de mi carrera que no me importaba lo que pasara. No volví a verla, no vi videos, no quise ver nada. Sí he visto el saludo y la gente aplaudiendo... Eso siempre que lo veo me entra mucha emoción, porque aparte viéndolo hoy con la pandemia es extraño ver tanta gente junta en un auditorio que se venía abajo, tantos minutos aplaudiendo, gente parada aplaudiendo, se sentaban y se volvían a parar. Cuando ahora se preparan espectáculos para 30% del aforo, ver eso es extraño. Me da emoción revivir esos abrazos, con mi hermana, con mis compañeros emocionados... Fue una emoción... No podría haber sido más perfecta esa noche. Después de ahí salimos a festejar, hicimos una fiesta, y me acuerdo de estar a las 7 de la mañana del otro día comiendo un chorizo al pan.

-¿Qué te dejó tu paso por el jurado de GOT Talent Uruguay en Canal 10? ¿Qué te llevaste de esa experiencia televisiva y la competencia?

-Me encantó. Para mí fue una experiencia terapéutica, porque me hizo desenchufar de lo que yo estaba haciendo, desenchufar del mundo del ballet (si bien había asumido en la Escuela Nacional de Danza), esto fue otra cosa. Fue verme en otro lado, en algo no relacionado con el ballet. Me acercó a otro tipo de público. Tuve buena onda con mis compañeros, se formó un lindo equipo. Recorrer el Uruguay, ver mucho talento, me reí mucho, me emocioné, disfruté y siento que fui yo, no tuve que hacer un papel.

-¿Vas a estar en un GOT Talent 2?

-Tengo ganas, sí. Y tengo el permiso. Y me gustaría porque todo lo que tenga relación con encontrar talentos... ¡es a lo que me dedico! Desarrollarlo, empujarlo, entonces a eso no le puedo decir que no, más allá de la cosa mediática.

-Tu nombre ya había sonado para reemplazar a Bocca en la dirección artística del BNS en 2017, cuando finalmente llegó el vizcaíno Igor Yebra. Habías llegado a tener charlas con la ministra María Julia Muñoz y te sentías preparada para asumir el reto de bailar y dirigir el BNS ¿Qué pasó entonces?

-No fue el momento. Como que las circunstancias no se dieron. Yo también creo que tenía como esa ambición, el querer poder hacer las dos cosas. La propuesta era ambiciosa desde el día 1.

-Todavía bailabas y habías planificado tus jornadas para poder cumplir la doble labor. Me dijiste en 2019 para revista Noticias que para vos era tipo: "No me digan lo que no puedo hacer"... Te tenías fe para seguir bailando y asumir al frente del BNS.

-Creo que hubiera sido una locura, pero hubiera podido, solo por el hecho de que soy porfiada, cabeza dura. "No me digas que no puedo". Ahora, en este lugar, miro para atrás y digo: "Las cosas se dieron por algo". Yo tenía que terminar bailando de la manera en que terminé. Quizás, si yo hubiera hecho las dos cosas (haber asumido la dirección del BNS y seguir bailando), quizás mi nivel de bailarina no hubiera sido el mismo del que tuve cuando me retiré. No lo considero imposible porque Tamara Rojo, una española que está al frente del English National Ballet en Londres, sigue bailando. Se armó una estructura para poder seguir rindiendo como bailarina, y además es fuerte e inteligente como para poder manejar la compañía. Creo que la hubiera llamado mucho si hubiera asumido el desafío en ese momento.


"Julio (Bocca) me decía: 'En el BNS tenés un lugar, pero no quiero tener la responsabilidad de que después las cosas no se den como te las imaginabas. En Uruguay las puertas están abiertas'. Yo pensaba: 'Voy a probar', pero todo el mundo sabía que yo no me volvía"

Ella siempre me dijo: "Vos prepárate. Estudiá gestión, prepárate". No me olvido más: compartimos camarín en una gala en Nueva York, y hablamos mucho de ese tema. Pienso que hubiera sido una locura, me hubiera costado sangre, sudor y lágrimas, pero hubiera podido.

-Y ahora que este gobierno sí te designó como directora del BNS. ¿qué se viene? ¿Qué se puede esperar de la Riccetto jerarca de la danza?

-Lo dije cuando asumí: "No vengo a ocupar los zapatos de nadie, vengo en mis zapatos". Escribí ese discurso con el corazón. Igual lloré... Y eso que practiqué pila. Yo no vengo a hacer nada nuevo.

-¿Y por qué no?

-Lo que quiero decir es que para cualquier director de ballet los objetivos son, casi siempre, muy parecidos. Es dar a conocer a su compañía, es viajar, hacer giras, traer repertorio interesante para los bailarines, dar oportunidades... Después, cómo se vayan dando las cosas por distintos factores -presupuestos, horarios, ¡pandemias!- es otra cosa, pero los objetivos siempre están marcados en la misma dirección.

-Bocca le dio un salto de calidad enorme al BNS...

-Es que Julio llegó con una petición muy fuerte que era la de transformar el BNS, hacerlo resurgir. Y tenía recursos. Ahora, después de tantos años de Julio a la cabeza, esos objetivos fueron cambiando. Después que lo hizo resurgir, lo puso en un lugar súper preponderante en la región, en el mundo, bueno: ¿cuáles son los objetivos después? Yo no sé qué tanto pueda transformarlo. Lo que sí quiero es que toda la parte de calidad técnica se equipare mucho a la calidad humana. Yo no me olvido que fui bailarina, y de las peticiones, de lo que los bailarines siempre exigen o piden.

Entender que los bailarines somos seres sensibles, hay una sensibilidad a flor de piel que tiene que ser manejada y vista. Pero también tengo claro que esto es una empresa y tengo que gestionarla como una empresa. Si a mi me dan 10 pesos, yo tengo que hacer que esos 10 pesos rindan todo el año, tratando de complacer a todos por igual. Vengo con la impronta de seguir sumando, seguir construyendo.

-Y te preparaste en el exterior en gestión de empresas...

-También. Mirá: yo conozco el funcionamiento del adentro, por haber formado parte (del BNS), por conocer a los bailarines, saber lo que quieren, que los hace felices, en qué puedo tironear un poco más. Tengo claro todo eso por el simple hecho de haber bailado. Y para lo otro, la gestión, tengo formación, pero además me estoy rodeando de un equipo que es bueno en lo que hace.

-No venís con un espíritu refundacional...

-No. Hay gente muy buena haciendo lo que está haciendo, gente que está hace años, que trabajó bajo la dirección de Igor (Yebra), que trabajó bajo la dirección de Julio (Bocca), que tiene esa experiencia. Yo lo que quiero es aprender también. Vengo de la mano de Chiqui (Barbé), que tiene experiencia en producción, en números, en Excel... Y tengo un respaldo de saber que está todo el Auditorio pendiente también, que eso es buenísimo. Mis primeras reuniones fueron siempre de capital humano: cómo se hacen las contrataciones, qué garantías tengo de esto, qué es lo legal en esto... Yo soy una persona que dentro de la formación que tuve (poca o mucha), la sinergia siempre estuvo muy implantada en todos esos conocimientos. Si no sabés algo, arrímate a alguien que sepa. Si no entendés de algo, no tengas miedo en preguntar. Soy fiel creyente de eso. Y acá hay gente que sabe mucho en diferentes aspectos.


"La despedida fue la única función que no me importaba lo que pasara. No volví a verla. Sí he visto el saludo y la gente aplaudiendo... Siempre que lo veo me emociono, aparte hoy con la pandemia es extraño ver tanta gente junta en un auditorio que se venía abajo"

Pero no siento que yo venga a cambiar las cosas, porque hay cosas que funcionan muy bien. Hay cosas que buscaré darle una vuelta de tuerca, ponerle mi impronta, pero vengo a disfrutar también de lo que estoy haciendo. Quiero desdramatizar.

-En esa entrevista que mencioné que tuvimos para Noticias (Uruguay) en abril de 2019, me decías que tus planes para el 2020, tras el retiro, serían terminar el bachillerato de Secundaria, ver más series y, por qué no, pensar en ser mamá. "Quiero levantarme y decir: ¿Qué quiero hacer hoy? y no ¿qué tengo que hacer hoy". Me da la impresión que la pandemia y el nuevo desafío que acabás de asumir te hacen replantearte todo. ¿En qué están esos planes pos-retiro hoy?

-Lo de tener familia siempre está en los planes. Lo de ver series... he visto algunas más, pero sigo sin mirar La casa de papel o Game of Thrones... Con el bachillerato artístico me pasó que el año pasado lo iba a empezar en el Crandon, que leyeron en esa nota que me hiciste que yo quería retomar el bachillerato, se pusieron a las órdenes, pedí mi pase, pero me pasó que asumía la Escuela Nacional de Danza, más la pandemia... Y me dio miedo tener otro compromiso. Pero esas ganas de terminar el liceo siguen intactas.


"Yo conozco el funcionamiento del BNS, por haber formado parte, por conocer a los bailarines, saber lo que quieren. Y para la gestión, tengo formación, pero además me estoy rodeando de un equipo que es bueno en lo que hace"

Esas ganas de hacer cosas, de hacer sinergias, de estar craneando cosas constantemente, fue porque me quedó ese pendiente, que para mis padres era muy importante. También quería estar presente en mi propia escuela de danza (María Riccetto Studio), y no pude estarlo... De hecho, por la pandemia la cerré, lamentablemente. Es un proyecto que queda en pausa. Y lo de despertarme y decir "¿qué quiero hacer hoy?" me sucedió los primeros días de pandemia, cuando estábamos todos teletrabajando y tenía tiempo para mí.

-¿Sos feliz?

-Requete. Muy feliz. Vamos a esperar que todo siga igual.

Por César Bianchi