Rector de la UCU: “No se puede decir que es bajar el nivel que estudiantes escriban menos”
Julio Fernández Techera defiende con fervor a los jóvenes alumnos, reflexiona sobre los modelos de evaluación y analiza el impacto de la IA.
Por Gonzalo Charquero
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Sacerdote jesuita, con formación de historiador, Julio Fernández Techera cumple 10 años como rector de la Universidad Católica del Uruguay. Quien fuera también, antes, director académico del Colegio Seminario, no esconde en entrevista con Montevideo Portal su pasión por pensar la educación del futuro y llama a la inteligencia artificial como la revolución tecnológica “más grande de la historia de la humanidad”.
Con el mismo fervor que habla sobre el futuro de la enseñanza y proyecta cambios sin precedentes en el modelo universitario, Fernández Techera también defiende a los jóvenes estudiantes que por estos días cursan el nivel terciario. Según dice, no hay evidencia que pruebe que llegan peor preparados, y afirma que carece de rigor científico apuntar a que los jóvenes de ahora tienen menos interés en el estudio.
“Ya en los griegos están las quejas de los jóvenes. Es ley de vida. Y los que hoy tienen 18, cuando tengan 40 van a decir: 'No, es que ahora los de 18 hay que ver cómo vienen'. O sea, yo ya trabajo con gente que tiene 25 y se queja de cómo vienen los de 18. Eso ha sido así por milenios en la historia de la humanidad. Es normal. Creo que es un error. En general, no se puede culpabilizar, porque en todas las generaciones hay de todo”, plantea.
De todos modos, en tiempos del scroll infinito, el sacerdote y docente también advierte que “no se puede vivir a doble velocidad en todas las cosas porque, si no, no se captan”.
De la formación académica, los modelos de evaluación y el impacto de la tecnología en la enseñanza, el rector de la UCU, que a fin de año dejará el cargo, conversó con Montevideo Portal. A continuación, la entrevista.
Estás cumpliendo un ciclo de 10 años en la Universidad Católica. ¿En este tiempo qué visión tenés de cómo llegan los estudiantes desde lo formativo al nivel terciario?
No tenemos hecho un estudio preciso de si hubo cambios o no hubo cambios en ese sentido. Hay una tendencia docente. Llevo muchos años en el mundo docente y siempre la gente dice: “Es que antes venían mejor preparados”. Pero no hay demasiada evidencia científica de que eso fuera así. Después, porque en una sociedad una cosa son las medias, y otra cosa es el conjunto. Es decir, la universidad no recibe a todos los estudiantes, recibe a una parte de esos estudiantes, y tampoco representa a toda la sociedad, porque aunque intentamos y queremos ser una universidad plural y a través de muchas ayudas y de becas creo que tenemos una apertura a niveles socioeconómicos y culturales distintos, pero no representamos toda la variedad que hay en la población uruguaya. Entonces, creo que no podemos decir que hay cambios significativos en los últimos 10 años. Y tampoco me enfoco ahí. Una de las cosas que me parece muy importante y que lo hablamos mucho en la universidad es: nosotros recibimos a los estudiantes que recibimos, y tenemos que trabajar con ellos y lograr sacar buenos profesionales, buenos ciudadanos, a los que recibimos. Y eso cambia las cosas. No es que deberían venir con más nivel de esto o de lo otro.
“Llevo muchos años en el mundo docente y siempre la gente dice: 'Es que antes venían mejor preparados’. Pero no hay demasiada evidencia científica de que eso fuera así”.
Yo antes trabajaba en colegios y siempre era gracioso, porque los de bachillerato le echaban la culpa a los de ciclo básico, los de ciclo básico le echaban la culpa a la primaria, la primaria a la inicial y la inicial a la familia. Y no es así. Hay situaciones muy distintas. Lamentablemente, Uruguay tiene un índice de desigualdad educativa muy alto, de los más altos de América, y eso es muy triste, porque para un país que tiene el nivel socioeconómico del Uruguay no debería ser así. Pero entre los que más aprenden y los que menos aprenden, Uruguay tiene uno de los gaps más grandes de América. Y eso habla sí de que nosotros deberíamos hacer las cosas de otra manera a nivel de primaria, secundaria y de universidad para achicar esa situación. Sí es cierto que hoy esa distancia es mayor que a lo mejor hace 50 años. Pero ojo, que hace 50 años llegaba muchísima menos gente a la universidad. Entonces, a veces comparamos situaciones muy distintas. Entonces, hoy, ¿es que tienen menos nivel o es que llega una población mucho mayor y entonces hay distintos niveles? Yo no me enfoco en el sentido de preocuparme por eso. Tenemos que responder a la situación de los que llegan.
¿Y cómo enfrentan en el día a día lo que puede ser la falta de atención de los estudiantes o que tengan menos interés en leer determinados textos y enfocarse en otro tipo de contenidos?
Es un desafío enorme, porque es verdad que toda la revolución tecnológica que ha habido desde los noventa, probablemente con internet, cambió las formas de comunicarse, de leer, de informarse. Y los estudiantes están acostumbrados a veces a leer menos, a escribir mucho menos. Sí es verdad hoy —pero eso no es un tema de ellos— que las evaluaciones son mucho más cortas, son mucho más sintéticas. Yo entré al liceo en 1979 y en primero de liceo nunca nos daban los 45 minutos para hacer el escrito. Siempre se le pedía al profesor unos minutos más, porque había que escribir y escribir. Bueno, eso hoy no te lo ponen. Los profesores también piden menos y cosas mucho más sintéticas.
¿Y eso es bajar la exigencia o es un cambio de época?
Lo que pasa es que no sé si lo del 79 era lo adecuado, porque en el 79 es que aprendíamos de memoria muchísimo y teníamos que escribir todo lo que habíamos aprendido de memoria. Recuerdo compañeras muy memorizadoras que llegaban a escribir más de 24 páginas en un examen. O sea, pero era reproducir lo que se había aprendido de memoria, que no es que esté mal, porque también ahí aprendía uno. Pero ya no era el modelo en otros países. Entonces, no es un tema de bajar. Es el tema de que hay que enseñar a desarrollar una idea, hay que enseñar a argumentar. Eso no quiere decir escribir 24 páginas, porque eso se puede hacer en una carilla argumentando bien. Por ejemplo, en el modelo anglosajón, que tenía mucho más retórica y que enseñaba mucho más a escribir, era muy claro. Cuando fui a hacer un curso a Estados Unidos, te enseñaban y te decían: “Una carilla, no se puede escribir más”. Era superestricto, y claro que tenías que pensar mucho, porque eso no es más fácil que escribir 24. No, porque en una carilla usted tenía que responder lo que le habían preguntado. Creo que es un tema de modelos y de por sí no se puede decir que es bajar el nivel el que escriban menos.
Antes era muy común el tema de los superrepartidos y los librillos. Hoy por ahí se apuesta más a la PPT o algún contenido más corto. ¿Eso, por qué se hace?
Vuelvo a lo mismo de antes. Unos repartidos pueden ser materiales inútiles que había que aprenderlos y una PPT puede estar muy bien hecha. Y lo contrario. Eso es así. Y No nos engañemos: cuando yo estudiaba en la universidad hace 40 años, también teníamos unos folletitos que comprabas, te los aprendías y aprobabas el semestre. No es una cosa de ahora. Y, sobre todo, eran memorísticos. No había razonamiento. Pero ya había profesores muy buenos que te ponían un cómic y te pedían que razonaras la situación a partir del cómic. La calidad no tiene que ver con el formato, la calidad no tiene que ver con el volumen. La calidad tiene que ver con que esté bien diseñado y que sea exigente.
“La calidad no tiene que ver con el formato, la calidad no tiene que ver con el volumen. La calidad tiene que ver con que esté bien diseñado y que sea exigente”.
Cuando hablabas del tema de los estímulos, hoy en día van al aula los estudiantes y tienen las pantallas adelante y la distracción. ¿Eso está siendo más complicado cada día y, por eso, hay que buscar otras estrategias?
Los estudiantes y los adultos. Yo tengo 60 años. Yo también tengo problemas con las pantallas, porque si no me controlo no puedo leer. Porque scrolleando uno se puede pasar horas, pero eso no le pasa al de 18 años, le pasa al de 60 y al de 75 si se metió en esta. Es así, porque todos estos aparatos están diseñados para ser adictivos. Y funcionan. Están bien diseñados. Es real que nos cuesta. Los únicos que ponen en x2 los YouTube no son los jóvenes. Yo las noticias las pongo en x2, las escucho más rápido porque ahorro tiempo y porque me aburre escuchar lento o lo que fuera. Esto afecta, es indudable y tenemos que ser lúcidos. Y, por eso, creo que en la universidad tenemos que ayudar a los estudiantes a leer con atención. Hay cosas que se aprenden con tiempo. Pero no es con una cantinela culpabilizadora o juzgadora. Yo también me compré un keeping box para meter el celular y dedicar más horas a la lectura de lo que estaba haciendo, porque, si no, al final, me gusta mucho leer, siempre fui un gran lector y sentía que estaba perdiendo eso. Y si me pasa a mí, a un joven mucho más. Pero el tema es cómo ante esta situación respondemos creativamente introduciendo a los jóvenes en esto, porque es necesario. Porque no se puede aprender en serio si no hay tiempo de reflexión, si no se relee alguna cosa. Es decir, no se puede vivir a doble velocidad en todas las cosas porque, si no, no se captan. Lo mismo que escribir. A escribir se aprende escribiendo. No quiere decir por volumen, pero se tiene que aprender a escribir y hay que exigir para que eso sea así. Pero este es el desafío de la realidad de hoy, como hace 50 años había otros desafíos. Insisto, no era la panacea hace 50 años.
¿Hay una visión que culpabiliza a los jóvenes de que son vagos o que les gusta leer menos?
Eso viene desde la Antigüedad. Ya en los griegos están las quejas de que los jóvenes… Es de ley de vida. Y los que hoy tienen 18, cuando tengan 40 van a decir: “No, es que ahora los de 18 hay que ver cómo vienen”. O sea, yo ya trabajo con gente que tiene 25 y se queja de cómo vienen los de 18. Eso ha sido así por milenios en la historia de la humanidad. Es normal. Creo que es un error. En general, no se puede culpabilizar, porque en todas las generaciones hay de todo. Muchas veces la gente juzga a las generaciones por su propia experiencia. Y como yo siempre digo: pensá en tu clase del colegio y en todos los que había. A lo mejor tú eras el estudioso, pero estaba el vago, estaba el que perdía, estaba el que se quedaba libre, el que jugaba al ping-pong en la cantina y no daba nada. O sea, había de todo. Y había un abandono muy alto en la universidad. Pero, en general, es todo un tema de percepciones, pero que no tiene mucho rigor científico.
“Creo que el modelo de universidad va a cambiar fuertemente. Por ejemplo, en Uruguay todavía tenemos varias carreras que son de cinco años. Y con muchas de esas cosas uno dice: son carreras muy largas, en las cuales se dedica mucho tiempo a la capacitación técnica de cosas que cambian. A mí me gusta más el modelo que hoy tienen en Inglaterra, Francia, Alemania, que es el de tres años más dos”.
Has visitado más de un centenar de universidades en todos estos años. ¿Cómo sintetizarías que hay que formar hoy en día a los jóvenes para la inteligencia artificial?
En la universidad se viene un cambio muy grande. Estoy convencido de que la universidad como la entendemos, sobre todo en nuestros países de tradición latino-europea, que estaban muy centrados en la profesión y en los cuales se dedicaba muchísimo tiempo a la capacitación técnica, eso va a disminuir sensiblemente. Porque esa capacitación técnica muchas veces la va a sustituir la inteligencia artificial o uno la va a ir aprendiendo en un cursillo porque cambia permanentemente. Lo que yo sí creo que la universidad primero tiene sentido porque es una etapa vital, por lo menos para los que pueden hacerlo. Y es una etapa de crecimiento humano, social, académico, intelectual y profesional. Pero hay que ir mucho más a cosas básicas y a lo que se viene hablando desde hace muchos años, del aprendizaje por competencias. El aprender a aprender, el ser creativo, el pensamiento crítico, el profundizar las cosas. Va a haber que dedicarle mucho más tiempo a eso del que le dedicamos tradicionalmente. Y en esto hablo de las humanidades, la filosofía, la historia, pero también de la ciencia básica. Sí, a lo mejor hay que aprender matemáticas, física, química, pero no técnicamente, sino entender la ciencia en sí misma. Y después, la persona que realmente se ha formado se va a adaptar a las realidades que van viniendo.
Creo que el modelo de universidad va a cambiar fuertemente. Por ejemplo, en Uruguay todavía tenemos varias carreras que son de cinco años: Derecho, Arquitectura, las Ingenierías, Veterinaria; y Medicina seis años. Y con muchas de esas cosas uno dice: son carreras muy largas, en las cuales se dedica mucho tiempo a la capacitación técnica de cosas que cambian. A mí me gusta más el modelo que hoy tienen en Inglaterra, Francia, Alemania, que es el de tres más dos. O sea, un título básico de tres años y luego másters de dos años, en los que ya el estudiante se enfoca. Y no que desde el primer momento que entra ya va para Medicina o para Derecho o para Ingeniería. No un único bachelor de tres años, sino distintos por áreas que más le interesen, pero donde se mezclen cosas y luego el estudiante pueda elegir hacer dos años más en algo que sí ya es su área.
¿Y esos dos años más ya serían posgrado o sería todo parte de una carrera?
Sí, sería un posgrado. Una maestría de dos años. En Europa tienen el doble modelo, cuatro más uno o tres más dos. El modelo español es cuatro más uno —que es al que estamos de alguna manera queriendo nosotros llegar—, pero yo cada vez más creo que en este momento de revolución el tres más dos es más adecuado. Con tres años de formación profunda, básica, de crecimiento, y luego que ya cada uno mirando su mercado laboral, o lo que quiera hacer, elija una maestría de dos años, que es una formación sólida para el mercado de trabajo.
Enfocándonos en la formación en tiempos de IA, ¿cómo crees que va a cambiar la forma de tomar un examen? Por ahí antes era de tres horas presencial, sentado, pensando, mirando para arriba. ¿Cómo imaginás que dentro de cinco años va a ser tomar un examen?
Lo que pasa es que ya los exámenes no son la única manera. Por ejemplo, en la Universidad Católica no tenemos exámenes generales. Nosotros creemos en la evaluación continua; la evaluación es durante todo el curso. Ahí hay distintos tipos. Hay instancias individuales que nos parecen que son importantes para obligar a todos a estudiar, porque si trabajamos todo en grupos sabemos que algunos son muy hábiles en no hacer nada. Pero también hay otras maneras, precisamente, presentaciones, actividades, proyectos, que son esa forma de evaluar, para mí, más moderna. El examen general es un modelo, de alguna manera, más anterior. Pero ojo, también ahora por la IA estamos recuperando cosas. A mí no me parece mal que haya un examen presencial en el cual hay que escribir con lápiz en papel, y que te exija pensar. No digo memorizar. Creo que sería un error volver a la memorización, pero sí donde tengas que hacer un ensayo, pero ahí. No el ensayo que me hace ChatGPT, sino “bueno, mirá, te doy estos elementos y acá tenés tres horas para armar y pensar un ensayo”. Son formas valiosas que se están recuperando. En la universidad ya hay profesores que las están recuperando. Otra instancia es el examen oral. Además, el examen oral tiene ventajas clarísimas de desarrollo de la competencia comunicacional. Hace años había leído que una de las razones por las que se consideraba que los argentinos tenían una capacidad verbal extraordinaria, comparada con otros países, tenía que ver con que ellos tenían un sistema de evaluación oral muy largo, o sea, que usaban mucho la evaluación oral. Entonces, bueno, la gente aprende a comunicarse. Hay países donde eso no se hacía nunca y bueno, se desarrolla menos. Creo que en la evaluación hay que ser creativo y hay que tomar de lo viejo y de lo nuevo. Y no cerrarse a eso. Lo que no puede pasar, como ya está pasando en algún lado, que quieren usar el online y, como pasó en la UNAM de México, que hicieron el examen de ingreso para más de 150.000 personas online y, bueno, fue un desastre. Entre todas esas cosas, porque hubo empresas que se dedicaron a decirte cómo hackear el sistema y contestar ellos en lugar de estudiar.
Hay todo un tema de due diligence que los centros educativos deben realizar. Pero bueno, como antes era el viejo trencito y hoy en día está el asistente de inteligencia artificial. ¿Cómo la institución educativa tiene que convivir con eso?
Estando alerta. Al trencito había millones de maneras de hacerlo. Me acuerdo cuando yo era joven, hubo una película famosa, que era de todas, de las mil maneras de hacer trampa en un examen. Bueno, eso hoy con la tecnología es impresionante. Ya me lo han dicho rectores de otras universidades que tienen todo un tema, porque claro, tienen minicomponentes que se ponen en el oído, que no se les ve, que les van contestando. Y las instituciones tenemos que dedicar tiempo a ver qué pasa. Eso salta cuando no es un caso individual, sino cuando hay más. Hoy hay universidades que anulan la comunicación por espacios, etcétera. Entonces, bueno, yo creo que en esto, como en todas las épocas, la institución tiene que estar alerta a cómo combate la trampa entre los estudiantes. Pero, bueno, cambian las formas, aunque en el fondo son cosas que ya se hacían antes.
Por ahí, es más fácil imaginar cómo se puede enseñar la IA en el tema de carreras de tecnología o economía, de cómo aplicarla. Pero, por ejemplo, en una carrera como Derecho, donde hoy en día hay asistentes que redactan alegatos, sentencias. ¿Cómo enseñás esas carreras que fueron tan tradicionales y que hoy se ven de forma tan disruptiva, afectadas por este tipo de tecnologías?
Ya hace años que, por ejemplo, en el caso de Derecho, nosotros vimos que había que cambiar las formas. Aquello de escuchar al profesor y tomar apuntes y después aprender, no, no es la forma. Lo que hay que desarrollar son las competencias del abogado. O sea, que se aprenda hoy el código de memoria no tiene ningún sentido, porque saca su celular, consulta y está. En Estados Unidos, que el sistema judicial es distinto —es por los antecedentes de los juicios—, antes un estudio de abogados igual tenía 30 abogados junior buscando en los tomos todas las sentencias del estado tal, del condado tal. Bueno, hoy todo eso lo hace la inteligencia artificial. Pero hay algo que es: ¿con ese material qué hago? El razonamiento, la argumentación. Es decir, porque la inteligencia artificial siempre trabaja con lo que ya se hizo, no crea cosas nuevas. Entonces, el ser humano ahí tiene una oportunidad que es la creación a partir de eso. Y con una cantidad de cosas que todavía no sabemos. Porque cuando uno ya tiene una formación de muchos años y se pone a trabajar con el Claude o el ChatGPT se da cuenta de que esto está mal, esto no, te falta esta información. ¿Qué pasa con alguien que no tiene los 40 años de estudio en un tema? Eso es todo un desafío. El desafío brutal de la inteligencia artificial es que además no es lo mismo para el que hoy es mayor, no es lo mismo para el que tiene 20 años, y no es lo mismo para el que va a entrar dentro de cinco años, que ya se educó con IA alrededor. Es un desafío permanente. ¿Cómo adaptamos esos instrumentos a esa realidad nueva? Es un enorme desafío. No podemos decir que lo tenemos respondido, porque todavía no tenemos ni idea hasta dónde vamos a llegar. Y sobre todo porque la IA —yo tengo formación de historiador—, creo, es la revolución tecnológica más grande de la historia de la humanidad, por la velocidad y porque no deja ni un área fuera. Porque uno dirá: la rueda o el tren fueron revoluciones gigantes. Internet, sí. Pero había áreas que quedaban fuera. El tren se movía, pero la gente seguía cultivando como en la Edad Media, aunque hubieran pasado siete siglos. Entonces, con esto, el tema es que toca todo, porque toca el derecho, pero toca el arte, toca la música, toca la ingeniería, los negocios, la comunicación. Y es tan reciente; llevamos cuatro años con esto, con la generativa, digamos. Entonces, realmente, todavía respuestas hay pocas, pero desafíos hay muchísimos. Las instituciones tienen que estar muy alerta, porque a veces cuando voy viajando además voy con esta pregunta: ¿cuál va a ser el impacto de la IA en la enseñanza superior? Y hay instituciones que no quieren ni enterarse y grandes universidades que están mirando para el costado porque es una revolución muy grande que mueve toda la investigación, la docencia. Pero el cambio va a estar ahí. No se puede parar.
“Es la revolución tecnológica más grande de la historia de la humanidad, por la velocidad y porque no deja ni un área fuera. Porque uno dirá: la rueda o el tren fueron revoluciones gigantes. Internet, sí. Pero había áreas que quedaban fuera. En esto, el tema es que toca todo, porque toca el derecho, pero toca el arte, toca la música, toca la ingeniería, los negocios, la comunicación”.
¿Qué posición tenés sobre la restricción de dispositivos en las aulas?
Yo creo que todo es según. Por ejemplo, si a mí me dijeran hoy, en primaria no tendría ni un solo dispositivo tecnológico. Hoy. No tendría ni tablet ni nada. Es decir, lápiz, papel, arenero, arte, plasticina, todo lo que ayude a desarrollar las neuronas. Yo, en primaria no tendría nada tecnológico, y no porque sea anti, sino porque creo que hay todo un proceso de desarrollo cognitivo, neuronal, físico. En secundaria lo iría introduciendo. Y ta, después hay que aprender a usarlo, porque la verdad es que está y que puede ser muy útil, pero que no es inocente. O sea, no es neutro. Hay cosas que hay que decir: “¿Todo hay que hacerlo con IA?”. No, y a lo mejor seguimos haciendo campamentos de supervivencia para llevar a los chicos y que aprendan a hacer fuego con palitos, porque tiene un aprendizaje eso. No es ir contra la tecnología, es que eso tiene un aprendizaje, porque desarrolla la autonomía, porque desarrolla otras cualidades, otras competencias del ser humano. Yo no pondría criterios, pero sí tanto cuanto ayude. Y la ciencia nos tiene que ir ayudando, porque todavía no tenemos suficiente evidencia de si es negativo o no. Hay cosas que van mostrando que a veces al usar IA no salen mejores resultados que no usándola. Pero bueno, estoy abierto, claramente. Creo que hay que estar alerta también.
Quería cerrar esta charla saliendo de lo científico y pasando al plano espiritual, aprovechando tu vocación. ¿Cómo ves hoy en día el vínculo de los jóvenes con la espiritualidad?
A veces en lo que yo leo aparece: “Hay una nueva ola”. Tampoco me creo que porque Rosalía cante dos canciones religiosas... y ahí hay mucho marketing también. Yo no la juzgo a ella, no la conozco, pero a veces hay muchas cosas que son de marketing y nos entusiasmamos con cuatro cosas, y esto pasa en dos días, como pasaron otras cuestiones. Lo que yo sí creo es que el ser humano tiene una necesidad de búsqueda de sentido profunda y de trascendencia, y que, bueno, muchas veces hay gente que hoy con toda la tecnología que tenemos se aísla y tiene problemas para relacionarse. Eso ya lo vemos en jóvenes a los que les cuesta relacionarse humanamente porque están acostumbrados a hacerlo a través de dispositivos y que se escriben de una habitación a la otra en vez de ir a hablar. Todas estas cosas modifican y yo creo que también es un desafío para la espiritualidad. A veces en internet hay toda una cosa —yo no lo juzgo porque tendría que estudiarlo, para empezar—, pero todo esto de evangelizar a través de las redes y todo eso: sí y no. Creo que hay cosas que sí, como la información. Yo tengo acceso a cosas que antes me costaba mucho tener, pero creo mucho en el contacto personal. Por eso reivindico la universidad presencial y la universidad como etapa y la universidad como ethos vital. Hay que fomentar eso, hay que desarrollarlo. Hay gente joven a la que le cuesta, por ejemplo, ir a la oficina a hablar. A decir: “Che, tengo este problema”. Le cuesta, prefiere una app. A mí me pasa lo contrario, me cuesta mucho tener que hacerlo por la app. Prefiero toda la vida ir a buscar las cosas.
Creo que la espiritualidad o la dimensión espiritual también está desafiada por la IA, fuertemente. Porque se puede usar como eso, como sucedáneo, como acompañante espiritual. Y en realidad es una cosa. Hace poco vino un filósofo a la universidad, a La Salle, y dijo que la IA es “un algo que quiere ser alguien”. A mí me ayudó mucho eso, porque yo mismo cuando estaba con la inteligencia, me gustaba eso de que fuera un vínculo como más personal y de decirle gracias, y esto y lo otro. Y a partir de que me dijo eso de que “esto es un algo que quiere ser alguien”, yo rompí completamente ese modelo y dije: “No, no, yo no voy a estar ‘gracias’, ‘por favor’, no. Esto es una cosa, esto no es una persona”. Y le iba hasta a poner un nombre, porque con uno abre y no, no, no está bueno. No sé si ustedes vieron esa película premonitoria que fue Her, con Joaquin Phoenix, es de 2013 y es el vínculo de una persona con una inteligencia artificial, que es la voz además de Scarlett Johansson, y él se enamora de ella. En la película se enamora de ella como si fuese un vínculo y es brutal. En un momento le dice: “Bueno, pero este vínculo que tenés conmigo, ¿lo tenés con alguien más?” Y ella responde: “Bueno, en este momento lo tengo como con 354 personas”. Esa película es brutal. Yo la vi en su momento y la volví a ver el año pasado o el otro, porque fue una película premonitoria de los vínculos. Pero es que es real. O sea, hay gente que trabaja, vive y creo que es un riesgo muy grande. La espiritualidad es con Dios y es con los seres humanos. No es con la IA, que no es un alguien, sino un algo. Entonces, creo que nos puede ayudar, como nos ayuda para otras cosas, pero no va a ser el vehículo para crecer espiritualmente.
Por Gonzalo Charquero
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