Por The New York Times | El Comité Editorial
La invasión a gran escala de Ucrania que está llevando a cabo Vladimir Putin avanza desde el este, el sur y, hacia Kiev, desde el norte. El jueves, mientras estallaba la guerra, el presidente Joe Biden ordenó una ronda de sanciones severas, y está en marcha un nuevo y fatídico conflicto entre Occidente y Oriente, sin ningún indicio de la dirección que podría tomar ni el tiempo que podría durar.
Es forzoso aclarar que nunca hubo mucha verdad ni ninguna justificación en alguno de los pretextos que salieron de la boca de Putin en días y semanas recientes para librar una guerra contra un vecino más débil. Esta guerra es por elección y todas las razones son equivocadas. La responsabilidad de cada gota de sangre ucraniana —y rusa— derramada, de cada sustento de vida destrozado y de todos los daños económicos que engendre este conflicto recae única y completamente en Putin y su círculo de aliados.
También es importante reconocer que nadie, salvo posiblemente Putin, tiene idea de qué pasará los próximos días, semanas, meses e incluso —cabe la posibilidad— años. El presidente ruso dijo que no tenía ninguna intención de ocupar Ucrania, pero busca destituir el gobierno y perseguir a sus enemigos. Sin embargo, ¿qué significa eso? ¿Cómo pretende imponer un régimen títere sin tomar Kiev por la fuerza o secuestrar gente sin hacerse con todo el país? ¿Cuánto tiempo pretende ocupar el país?
¿Estados Unidos o sus aliados y amigos tienen la influencia, y la voluntad, para imponerle un castigo a Rusia que obstaculice las ambiciones de Putin? Cuando Biden anunció nuevas sanciones, restricciones comerciales y medidas en contra de los oligarcas rusos, señaló que iban a tener “un costo serio” en la economía rusa, “tanto de forma inmediata como a largo plazo”. Pero, aunque una caída importante de la moneda rusa y el mercado bursátil sugieren que se podría dar esta situación, las sanciones también revelan los límites de lo que Occidente ha hecho hasta ahora.
Biden anunció sanciones en contra de varios grandes bancos rusos, importantes empresas propiedad del Estado y los lugartenientes de Putin, así como restricciones sobre las exportaciones de tecnología avanzada a Rusia. Durante muchas semanas, estas medidas habían sido una amenaza, y el hecho de que no lograran disuadir a Putin indica que él estaba preparado para absorber los costos, así como esperar y ver si Occidente hacía lo mismo.
Biden estuvo a nada de imponer dos castigos especialmente duros: sanciones personales en contra de Putin y la exclusión de Rusia del SWIFT, el sistema mundial de transferencias de dinero. En particular, el último le habría provocado un daño grave e inmediato a la economía rusa. No obstante, también habría perjudicado a los países con los cuales Rusia tiene relaciones comerciales, entre ellos los miembros de la Unión Europea (UE) y Estados Unidos. Biden aclaró que todas esas sanciones seguían sobre la mesa.
En esencia, el presidente también reconoció que las sanciones iban a aumentar los costos de la energía para los estadounidenses en una época de inflación elevada. Biden señaló que el gobierno iba a hacer todo lo posible por bajar los precios del petróleo y el gas y les advirtió a las empresas estadounidenses de energía que no especularan.
Biden insistió en que Estados Unidos y sus aliados y socios estaban completamente de acuerdo con la respuesta contra Moscú y que por ahora no había ninguna oposición evidente. Incluso el primer ministro de Hungría, Viktor Orbán, un admirador abierto de Putin, se alineó con las sanciones de la UE.
Hay menos certeza sobre si los estadounidenses, políticamente divididos, apoyarán a Biden si, por ejemplo, los precios del gas se elevan demasiado. Manteniendo el inexplicable servilismo hacia Putin que mostró mientras fue presidente, Donald Trump expresó un aprecio todavía más escandaloso por las acciones de Rusia, aunque la invasión estuviera a punto de comenzar, cuando dijo: “Se está apoderando de un país por dos dólares de sanciones. Yo diría que eso es muy inteligente”.
Entre muchas otras cuestiones relacionadas con la invasión, está la reacción de la población rusa. El jueves, miles de rusos valerosos tomaron las calles de Moscú y otras ciudades para protestar por la guerra y se encontraron con una feroz represión policiaca. Todavía no queda claro cuán profunda es la resistencia o lo que podría lograr en contra del gobierno autoritario de Putin. Tampoco se sabe si la efusión antibélica encontró algún tipo de apoyo tácito en los niveles más altos del gobierno.
También está la cuestión de la posible respuesta del gobierno chino. El mundo lo vislumbró brevemente cuando, por casualidad, se publicaron fugazmente en línea las directrices oficiales a los medios de comunicación para cubrir la invasión rusa. Un editor sénior de Xinhua, la agencia oficial de noticias de China, escribió en redes sociales que China debe darle apoyo moral y emocional a Rusia, pero debe evitar “meterse en el territorio” de Estados Unidos y la UE. El editor agregó de manera reveladora que, en el futuro, China necesitará el apoyo de Rusia en el tema de Taiwán, el país insular independiente que Pekín está determinado a someter bajo su control.
Sin duda, estos y otros asuntos iban a fomentar un debate mientras se desarrollaba la invasión. Lo que queda claro en este momento es que Putin ha empujado a Europa al conflicto más peligroso desde la Segunda Guerra Mundial, actuando a partir de una combinación de querellas falaces, una historia viciada y delirios de grandeza. Putin ha emprendido una secuela de la Guerra Fría, una que podría ser más peligrosa porque sus afirmaciones y exigencias no ofrecen ninguna base para negociar y porque, además de contar con un arsenal nuclear, Rusia es capaz de iniciar una ciberguerra que produciría una destrucción enorme.
Hay una justificación detrás de Biden y otros líderes de Occidente cuando dicen que hicieron todo lo posible por disuadir a Putin, pues se reunieron muchas veces con él y buscaron medios para cumplir sus demandas sin entrar en conflicto con sus obligaciones y principios. Pero esto es tan solo el comienzo. En los días y semanas por venir, mientras los ucranianos pelean por sus vidas, Occidente también tendrá una prueba desafiante, y sus líderes necesitarán la mayor flexibilidad y fortaleza posibles para perseverar y dirigirse a sus pueblos.
En sus discursos televisados de esta semana, Biden ha mostrado la determinación y la calma de un líder con experiencia, y la alianza de Occidente exhibió una inusual solidaridad ante el ataque de Rusia. Occidente es más fuerte cuando se mantiene unido para defender sus valores compartidos y luchar contra un enemigo común. No importa cuán difícil sea esta situación, nuestro dolor no será nada en comparación con la agonía del pueblo ucraniano a manos de un ejército invasor.