El USS Gerald R. Ford, el portaviones más grande del mundo, arribó este 23 de febrero a la base naval estadounidense en la isla de Creta, Grecia, en medio de una fuerte escalada de tensiones entre Washington y Teherán, pero no fue por motivos estratégicos.
La escala, prevista por casi cuatro días, responde a tareas de “reabastecimiento y logística”, pero particularmente por un desastre sanitario que provocó inundaciones de aguas residuales.
Según trascendió, el personal tuvo que poner remeras y medias en los baños para contener la crecida de la inundación.
La llegada del Ford se da en el marco del mayor despliegue militar estadounidense en décadas en la región. El portaviones se sumará al grupo de combate del USS Abraham Lincoln, que fue redirigido desde el mar de China meridional y ya opera en la zona. Actualmente, Estados Unidos mantiene más de una docena de buques de guerra en Medio Oriente, incluidos nueve destructores y tres buques de combate litoral.
Es inusual que haya dos portaviones estadounidenses simultáneamente en la región, cada uno con decenas de aeronaves de combate y miles de marinos a bordo. El Ford puede transportar más de 75 aviones, entre ellos los F/A-18 Super Hornet y aeronaves de alerta temprana E-2 Hawkeye.
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha reiterado que podría ordenar ataques militares contra Irán si no se alcanza un nuevo acuerdo sobre su programa nuclear. Washington abandonó en su momento el pacto de 2015 que limitaba las actividades atómicas iraníes a cambio de alivio de sanciones. Tras esa salida, Teherán elevó el enriquecimiento de uranio hasta el 60%, un nivel cercano al 90% necesario para fabricar un arma nuclear, aunque sostiene que su programa tiene fines civiles.
Trump negó, además, reportes de prensa que advertían sobre los riesgos de una operación militar de gran escala y aseguró que, si se decide actuar, “será algo que se gane fácilmente”, según publicó en su red Truth Social.
El despliegue coincide con una nueva ola de protestas estudiantiles en Irán, que reactivaron consignas contra el liderazgo clerical y derivaron en una renovada advertencia del gobierno sobre las “líneas rojas” que no deben cruzarse. Las manifestaciones, iniciadas en diciembre por la crisis económica agravada por las sanciones, fueron reprimidas con violencia en enero.
Organizaciones de derechos humanos en el exterior hablan de más de 7.000 muertos, mientras que las autoridades iraníes reconocen más de 3.000 fallecidos y atribuyen la violencia a supuestos actos promovidos por Estados Unidos e Israel. En paralelo, ambos países retomarán conversaciones indirectas en Ginebra, en un intento por evitar una escalada mayor, aunque Teherán ya advirtió que responderá “ferozmente” ante cualquier ataque.