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Por The New York Times

Opinión: La visión de Israel se vuelve sombría

Las actitudes hacia el “problema palestino” van desde la fatiga indiferente hasta la creencia de que someter a los palestinos es obra de dios.

21.05.2024 21:34

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2024-05-21T21:34:00-03:00
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Por The New York Times | Megan K. Stack

LAS ACTITUDES HACIA EL “PROBLEMA PALESTINO” VAN DESDE LA FATIGA INDIFERENTE HASTA LA CREENCIA DE QUE SOMETER A LOS PALESTINOS ES OBRA DE DIOS.

A Yehuda Shlezinger, periodista israelí, le molestaron las fotos de palestinos nadando y tomando el sol en una playa de Gaza. Elegante, con gafas rojas redondas y una barba rala, Shlezinger expresó su repulsa por las “perturbadoras” imágenes en el Canal 12 de Israel.

“Esta gente merece la muerte, una muerte dura, una muerte agonizante y en cambio los vemos disfrutando en la playa y divirtiéndose”, se quejó Shlezinger, corresponsal de asuntos religiosos de Israel Hayom, un periódico de derecha de extensa circulación. “Deberíamos haber visto mucha más venganza”, añadió Shlezinger sin ningún remordimiento. “Muchos más ríos de sangre de gazatíes”.

Sería agradable pensar que Shlezinger es una figura marginal o que los israelíes se escandalizarían por sus fantasías sangrientas. Pero no lo es, y muchos no lo estarán.

Israel se ha endurecido y las muestras de ello están a la vista. Lenguaje deshumanizado y promesas de aniquilación por parte de líderes militares y políticos. Encuestas que revelan un extenso apoyo a las políticas que han sembrado la devastación y el hambre en Gaza. Selfis de soldados israelíes pavoneándose orgullosos en barrios palestinos destrozados por las bombas. Una represión incluso de las formas más leves de disidencia entre los israelíes.

La izquierda israelí —las facciones que critican la ocupación de los territorios palestinos y, en cambio, apoyan las negociaciones y la paz— es ahora una rama marchita de un movimiento antaño vigoroso. En los últimos años, la actitud de muchos israelíes hacia el “problema palestino” ha oscilado en gran medida entre la fatiga indiferente y la creencia radical de que expulsar a los palestinos de sus tierras y someterlos es obra de Dios.

Este sombrío panorama ideológico surgió de manera gradual y luego, el 7 de octubre, de golpe.

La masacre y los asesinatos de ese día, como era de esperarse, provocaron una sed pública de venganza. Pero en realidad, cuando los asesinos de Hamás arrasaron con las comunas agrícolas conocidas como kibutz, en un giro amargo, hogar de algunos de los pacifistas que quedaban, muchos israelíes ya hacía tiempo que consideraban a los palestinos como una amenaza que era mejor aislar. La mitología romántica y las ilusiones de Estados Unidos sobre Israel fomentan la tendencia a ver al primer ministro Benjamín Netanyahu como la principal causa de la crueldad en Gaza, donde Israel ha matado a más de 35.000 personas. El impopular primer ministro, plagado de escándalos, es un ogro convincente en una historia demasiado simplificada.

Pero la matanza israelí en Gaza, la hambruna progresiva, la destrucción masiva de barrios son, según los sondeos, la guerra que quería la opinión pública israelí. Una encuesta de enero encontró que el 94 por ciento de los israelíes judíos dijeron que la fuerza usada contra Gaza era adecuada o incluso insuficiente. En febrero, un sondeo reveló que la mayoría de los israelíes judíos se oponían a que ingresaran alimentos y medicamentos a Gaza. Netanyahu no fue el único, sino también los miembros de su gabinete de guerra (incluido Benny Gantz, a menudo invocado como la alternativa moderada a Netanyahu) quienes rechazaron por unanimidad un acuerdo de Hamás para liberar a los rehenes israelíes y, en su lugar, iniciaron un ataque contra la ciudad de Rafah, desbordada de civiles desplazados.

“Es mucho más fácil achacarle todo a Netanyahu, porque entonces te sientes muy bien contigo mismo y Netanyahu es la oscuridad”, comentó Gideon Levy, un periodista israelí que documenta la ocupación israelí desde hace décadas. “Pero la oscuridad está por doquier”.

Como sucede con la mayoría de las evoluciones políticas, el endurecimiento de Israel se explica en parte por el cambio generacional: los niños israelíes cuyos primeros recuerdos están entretejidos con atentados suicidas han madurado hasta la edad adulta. El ascenso de la derecha podría ser duradero debido a la demografía, ya que los judíos ortodoxos y ultraortodoxos modernos (que suelen votar más por la derecha) siempre tienen más hijos que sus compatriotas laicos.

Y lo que es más importante, muchos israelíes salieron de la segunda intifada con una visión negativa de las negociaciones y, en general, de los palestinos, a los que se tachaba de incapaces de lograr la paz. Según esta lógica, Israel había saboteado el proceso de paz con la confiscación de tierras y la expansión de los asentamientos. Pero algo más amplio se había arraigado: una cualidad que los israelíes me describieron como una negación insensible y disociada respecto a todo el tema de los palestinos.

“Los problemas de los asentamientos o las relaciones con los palestinos han estado fuera de la mesa de negociación desde hace años”, me dijo Tamar Hermann. “El statu quo estaba bien para los israelíes”.

Hermann, investigadora sénior del Instituto para la Democracia de Israel, es una de las expertas más respetadas de la opinión pública de Israel. En años recientes, dijo, los palestinos apenas captaron la atención de los judíos israelíes. Con regularidad, ella y sus colegas hacen listas de problemas y les piden a los participantes que las ordenen por orden de importancia. En su opinión, daba igual cuántas opciones presentaran los encuestadores: la resolución del conflicto palestino-israelí ocupaba el último lugar en casi todas las mediciones.

“Fue ignorado por completo”, afirmó.

La barrera psicológica entre israelíes y palestinos se endureció cuando Israel construyó la serpenteante barrera de Cisjordania, que ayudó a prevenir los ataques contra israelíes hacia el final de la segunda intifada, el levantamiento palestino de cinco años que estalló en 2000 y mató a unos 1000 israelíes y casi el triple de palestinos. El muro impidió que los terroristas suicidas de Cisjordania penetraran en Israel y aumentó la miseria de unos civiles palestinos cada vez más limitados, muchos de los cuales se refieren a él como el muro del apartheid.

Hermann me comentó que muchos israelíes no saben qué decir cuando se les pide que identifiquen la frontera donde termina Israel y comienza Cisjordania. Su investigación de 2016 encontró que solo un pequeño porcentaje de los israelíes sabían con certeza que la Línea Verde era la frontera delineada por el Armisticio de 1949. La cuestión de si esta frontera debe figurar siquiera en los mapas escolares israelíes ha sido un tema de debate acalorado dentro de Israel; con una risa apenada, Hermann describió muchos de los mapas de las aulas como “del río al mar”.

Tal ignorancia es un lujo exclusivo de los israelíes. Los palestinos se preocupan por saber con precisión dónde está la frontera entre Israel y Cisjordania, qué puestos de control están abiertos un día determinado, qué carreteras pueden utilizar y cuáles no. No son ideas abstractas; dictan los movimientos diarios de los palestinos y confundirlas podría ser fatal.

El desapego de Israel se convirtió en rabia el 7 de octubre.

En estos últimos meses, han circulado un puñado de canciones con letras que piden la aniquilación de un enemigo deshumanizado, entre ellas “Launch”, una glorificación en estilo hip-hop de la promesa de los militares de que irán “de los besos a las armas, hasta que Gaza desaparezca” y sugiere que la ciudad cisjordana de Yenín está bajo la “plaga de los primogénitos”, una referencia a la historia bíblica en la que Dios azota a los hijos mayores de Egipto. El gran éxito “Harbu Darbu”, dirigida a “ustedes hijos de Amalek”, promete “otra X en el rifle, porque todo perro recibirá su merecido”.

“No hay perdón para los enjambres de ratas” dice otra canción. “Morirán en sus ratoneras”.

En las tiendas israelíes se venden productos de moda, como una calcomanía para el parachoques en la que se lee: “¡Acaben con ellos!”, y un colgante con la forma del territorio de Israel, con Jerusalén Este, Cisjordania y Gaza unidas sin divisiones.

Los manifestantes israelíes han salido a las calles en varias ocasiones angustiados por los rehenes retenidos en Gaza y furiosos con Netanyahu (que se enfrentaba a una intensa oposición interna mucho antes del 7 de octubre) por no haberlos salvado. Pero las manifestaciones no deben confundirse con los llamados internacionales a proteger a los civiles en Gaza. Muchos israelíes quieren un cese al fuego para liberar a los rehenes, seguido de la salida de Netanyahu, pero las protestas no reflejan una ola de solidaridad con los palestinos o un deseo popular de reconsiderar el statu quo ante la ocupación y las conversaciones de paz silenciadas durante mucho tiempo.

En todo caso, con la atención del mundo puesta en Gaza, el gobierno de extrema derecha de Israel intensificó la persecución de los palestinos. La mayor apropiación de tierras israelí en más de 30 años se produjo en marzo, cuando el ministro de Finanzas Bezalel Smotrich anunció la expropiación estatal de 10 kilómetros cuadrados de Cisjordania. Las tomas de tierras van acompañadas de una sangrienta campaña de terror, en la cual una mezcla cada vez menos distinguible de soldados y colonos ha matado al menos a 460 palestinos en Cisjordania desde el 7 de octubre, según el Ministerio de Salud palestino.

Mientras tanto, al interior de Israel, la policía repartió armas a civiles y creó grupos paramilitares de facto en nombre de la autodefensa. Pero las preguntas sobre a quién pretenden defender estos nuevos grupos armados, y de quién, han creado un creciente malestar.

Las armas no solo llegaron a los asentamientos de Cisjordania o a las ciudades adyacentes a los territorios palestinos y al Líbano, sino también a las comunidades situadas en el interior de Israel, sobre todo a lugares donde vive una mezcla de residentes árabes y judíos. Un análisis que publicó en enero el periódico Haaretz descubrió que, aunque el Ministerio de Seguridad Nacional no revelaba qué comunidades obtenían licencias de armas ni los criterios utilizados para decidir, las comunidades árabes —incluso las que se encuentran en la frontera de Israel— no parecían ser elegibles.

Las armas causaron escalofríos entre los ciudadanos palestinos de Israel, a los que a menudo se ha invocado en defensa del Estado. Miren, repiten a menudo los defensores de Israel, los árabes viven con mayor libertad en Israel que en cualquier otro lugar del Medio Oriente.

Hassan Jabareen, un destacado abogado palestino fundador de Adalah, el principal centro jurídico israelí para los derechos de los árabes, me dijo que muchos ciudadanos árabes de Israel —que constituyen una quinta parte de la población— viven con miedo.

Los ataques de Israel contra Gaza han provocado en el pasado protestas comunitarias, disturbios y enfrentamientos entre árabes y judíos en Israel. Sin embargo, después del 7 de octubre, el mensaje fue claro: guardar silencio.

“La policía no dejó ninguna duda de que éramos enemigos del Estado”, dijo Jabareen, “cuando comenzaron a armar a los cuidadnos judíos de Israel y convocaron a los ciudadanos judíos en la estación a tomar sus armas para defenderse de su vecino palestino”.

Diana Buttu, una abogada palestina que vive con su familia en la ciudad israelí de Haifa, me contó que estos últimos meses han estado cargados de inquietud. Durante mucho tiempo se ha imaginado a sí misma como un remanente vivo de la población árabe, antaño próspera, que fue desplazada en gran medida de lo que hoy es Israel. Un “remanente”, se llama a sí misma, que durante años se movió por Israel sintiéndose invisible.

Ahora, el sentimiento de invisibilidad se ha disipado. Tanto Buttu como Jabareen dijeron que la atmósfera actual en Israel había acercado y agudizado en sus mentes el desplazamiento masivo conocido en árabe como la “nakba”, o catástrofe, como si la historia pudiera aún dar marcha atrás. Netanyahu evocó la misma época cuando se refirió a la actual embestida de Israel como “la segunda guerra de independencia de Israel”.

“No nos vieron”, dijo Buttu. “Éramos los fantasmas; tan solo estábamos allí. Y ahora dicen: ‘Vaya, aquí están’. Hay interés en intentar deshacerse de los palestinos. Estamos en el frente de batalla retórico”.

Mucho antes de esta actual tormenta de violencia, el gobierno de extrema derecha de Netanyahu había trabajado para fortalecer la supremacía judía. La “ley del Estado-nación” de 2018 codificó el derecho a la autodeterminación nacional como “exclusivo del pueblo judío”, eliminó el árabe como idioma oficial y estableció “el asentamiento judío como un valor nacional” que el gobierno debe apoyar. Miembros palestinos de la Knesset destrozaron copias del proyecto de ley en el Parlamento y gritaron “Apartheid”, pero se aprobó de todos modos.

En 2022, Israel volvió a autorizar su controvertida ley de unificación familiar, que, en su mayoría, prohíbe que los palestinos que se casan con ciudadanos israelíes reciban estatus legal, o vivan con sus cónyuges en Israel, si proceden de Cisjordania o Gaza. La ley también se aplica a las personas procedentes de los “Estados enemigos” de Líbano, Siria e Irak (hogares de comunidades de refugiados palestinos), así como de Irán.

Con las desventajas jurídicas y las presiones sociales en aumento, los ciudadanos palestinos de Israel han comenzado a buscar apoyo en el extranjero. Jabareen me comentó que su organización está preparando una solicitud a las Naciones Unidas para pedir protección jurídica internacional para los palestinos dentro de Israel. En marzo, a un ciudadano palestino de Israel se le concendió asilo en el Reino Unido tras argumentar que era muy probable que su retorno lo expusiera a la persecución debido a sus opiniones políticas y su activismo en favor de los derechos de los palestinos y al “sistema de ‘apartheid’ de control racial de sus ciudadanos judíos sobre sus ciudadanos palestinos” de Israel.

Otra señal evidente del endurecimiento de Israel son los cientos de israelíes —en su mayoría árabes, pero también algunos judíos— que han sido arrestados, despedidos o castigados de alguna otra manera por declaraciones o acciones que se considera que ponen en peligro la seguridad nacional o que debilitan los esfuerzos de guerra de Israel. Incluso una publicación en las redes sociales que expresa preocupación por los palestinos en Gaza es suficiente para motivar el escrutinio de la policía.

Nadera Shalhoub-Kevorkian, académica de la Universidad Hebrea de Jerusalén y la Universidad Reina María de Londres, comentó en un pódcast que el sionismo debería ser abolido, que Israel podría estar mintiendo sobre el alcance de la agresión sexual que tuvo lugar el 7 de octubre y que los israelíes eran “criminales” que “no pueden matar y no tener miedo, así que más les vale tener miedo”. En abril, como respuesta, la policía israelí arrestó a Shalhoub-Kevorkian durante la noche y le pidió al juez que la mantuviera en prisión mientras la investigaban por sospecha de incitación. El juez decidió dejarla en libertad, pero reconoció que “podría haber cruzado la línea de la libertad de expresión a la incitación”.

Durante casi dos décadas —que comenzaron con el repliegue de la segunda intifada y terminaron de manera calamitosa el 7 de octubre— Israel logró con notable éxito aislarse de la violencia de la ocupación. Los misiles disparados desde Gaza llovían de vez en cuando sobre las ciudades israelíes, pero desde 2011, el sistema de defensa israelí Cúpula de Hierro ha interceptado la mayoría de ellos. Las matemáticas de la muerte han favorecido por mucho a Israel: desde 2008 hasta el 7 de octubre, más de 6000 Palestinos fueron asesinados en lo que las Naciones Unidas denomina “el contexto de la ocupación y el conflicto”; durante ese tiempo, más de 300 israelíes fueron asesinados.

Las organizaciones de derechos humanos —incluidos grupos israelíes— escribieron informes elaborados que explican por qué Israel es un Estado de apartheid. Fue vergonzoso para Israel, pero en realidad no pasó nada. La economía floreció. Los Estados árabes, antaño hostiles, se mostraron dispuestos a firmar acuerdos con Israel tras un poco de perorata sobre los palestinos.

Aquellos años dieron a los israelíes una muestra de lo que puede ser el sueño más difícil de alcanzar del Estado judío: un mundo en el que sencillamente no exista el problema palestino.

Daniel Levy, un exnegociador israelí que ahora es presidente de un grupo de expertos sobre Estados Unidos y el Medio Oriente, describe “el nivel de soberbia y arrogancia que se acumuló a lo largo de los años”. A quienes advertían de la inmoralidad o la insensatez estratégica de ocupar territorios palestinos “se les desestimaba”, dijo, “como diciendo: ‘Supérenlo’”.

Si los funcionarios estadounidenses comprenden el estado de la política israelí, no lo demuestran. Los funcionarios del gobierno de Biden siguen hablando de un Estado palestino. Pero la tierra destinada a un Estado ha sido cubierta sin cesar de asentamientos ilegales israelíes, e Israel mismo rara vez se había opuesto con tanto descaro a la soberanía palestina.

Existe una razón por la cual Netanyahu sigue recordando a todo el mundo que se ha pasado su carrera socavando la estatalidad palestina: es un argumento a su favor. Gantz, que es más popular que Netanyahu y se menciona a menudo como posible sucesor, es un político de centro para los estándares israelíes, pero él también se ha opuesto a los llamados internacionales en favor de un Estado palestino.

Daniel Levy describe así la actual división entre los principales políticos israelíes: algunos creen en “la gestión del apartheid de una manera que da a los palestinos más libertad —como [Yair] Lapid y quizá Gantz en ciertos días”, mientras que radicales como Smotrich y el ministro de Seguridad Itamar Ben Gvir “son más de la idea de deshacerse de los palestinos. Erradicación. Desplazamiento”.

La carnicería y la crueldad sufridas por los israelíes el 7 de octubre deberían haber puesto de manifiesto la inutilidad de aislarse de los palestinos mientras se les somete a humillaciones y violencia diarias. Mientras los palestinos estén atrapados bajo una ocupación militar violenta, privados de derechos básicos y se les diga que deben aceptar su suerte como seres inferiores por naturaleza, los israelíes vivirán bajo la amenaza de levantamientos, represalias y terrorismo. Ningún muro basta para reprimir para siempre a un pueblo que no tiene nada que perder.

En general, los israelíes no aprendieron la lección. Ahora la apatía ha sido sustituida por la venganza.

Este artículo apareció originalmente en The New York Times.