Por The New York Times | Jenée Desmond-Harris

NO PUEDES DAR POR HECHO QUE SABES CÓMO SE SENTIRÁ TU AMIGA EN RELACIÓN CON ESTAS PREGUNTAS. TU PRIMER PASO DEBERÍA SER AVERIGUARLO.

En varias ocasiones, he estado en un bar o en una fiesta con una amiga asiático-estadounidense y cuando mi amiga pide una bebida o va al baño, un hombre (siempre es un hombre) me pregunta: “¿de dónde es?” O “¿Qué tipo de asiática es?”. Por lo general trato de evadir la primera pregunta con un “es de [ciudad natal]” y para la segunda, finjo no saberlo o pregunto: “¿Por qué importa?”. Ellos, o ponen los ojos en blanco o parafrasean la pregunta. La verdad es que no sé cómo afrontar esta situación de manera productiva como aliada. Por lo general, no se lo comento a mi amiga, primero porque considero que es mi responsabilidad lidiar con el asunto y luego porque lo más seguro es que no volveremos a ver al curioso. Ni siquiera sé en realidad si es algo que la molestaría, pero sé que nadie ha esperado a que me vaya para poder preguntarle a mi amiga qué clase de persona blanca soy. ¿Cómo debo manejar este tipo de preguntas de extranjero perpetuo? ¿Debería contarle a mi amiga cuando pasa esto?

Me gusta mucho que pienses en la experiencia de tu amiga como receptora de este tipo de interés en lugar de obsesionarte con lo que estos hombres están haciendo, cómo se sienten y por qué. Pero vale la pena explicitar, aunque está implícito en tu pregunta, que es probable que estos hombres, al menos en cierta medida, estén convirtiendo la etnia de tu amiga en un fetiche. Comenté la situación con Robin Zheng, profesora adjunta de Filosofía en la Universidad de Yale-NUS, en Singapur, autora de “Why Yellow Fever Isn’t Flattering: A Case Against Racial Fetishes”. Si bien señaló que existe la posibilidad de que se trate de verdadera curiosidad combinada con una incomodidad general en torno a la raza, es más probable que se trate de una manifestación de la “fiebre amarilla”, un fetiche racial que implica una preferencia por los asiáticos, en particular las mujeres.

¿Qué tiene eso de malo? Bueno, un fetiche racial es diferente de una simple preferencia de pareja ¬—y también es más nocivo— y tiene que ver con el efecto en la persona deseada por su etnia. “En mi opinión, hay dos cosas que caracterizan un fetiche racial”, explicó Zheng. “Hace que las personas que son objeto de deseo se sientan despersonalizadas y como si no se les tratara con respeto por lo que son como individuos; además, sirve para reforzar y reificar las categorías raciales y genera una taxonomía racial que se traduce, inevitablemente, en una jerarquía, al enviar el mensaje de que algunas personas, por su raza, son de algún modo diferentes”.

Quiero señalar que esta definición se centra en el impacto en las personas receptoras de este comportamiento. Como me dijo Zheng: “Si estamos tratando de comunicarle a la gente por qué es problemático, es más efectivo centrarnos en los efectos que tiene en los receptores porque así no te enfrascas en discusiones interminables sobre lo que le pasa a alguien por la cabeza” (¿Será que el tipo es un apasionado de la cultura japonesa? ¿Su primera novia era vietnamita? ¡Qué más da!).

Eso debería guiar lo que haces al respecto. En algún momento (no cuando estás en medio de una noche de diversión, pues recordarle a alguien que la gente la está mirando y solo ve su origen étnico puede aguar la fiesta) averigua qué opina tu amiga de ese tipo de preguntas. No hagas suposiciones ni “dejes que tu afán por ser un buen aliado te haga saltarte el paso de averiguar cómo se siente tu amiga”, aconseja Zheng. Recuerda también que ha sido asiática el tiempo suficiente para llegar a la edad de beber, así que es muy poco probable que algo de esto sea nuevo para ella. No actúes como si le estuvieras comunicando una primicia cuando le cuentes lo que ocurre.

Además, no des por hecho que la reacción de tu amiga a este tipo de interés es negativa. Zheng me recordó que, en algunos casos, las personas están de acuerdo con que se les convierta en un fetiche porque tienen la sensación de que, si esto no ocurriera, se les ignoraría por completo. Puede ser que a ella le repugne en todos los sentidos la manera en la que estos hombres le preguntan por su origen, o puede ser que haya salido con personas con una fascinación similar por su etnia, y le haya parecido bien, o puede que simplemente no le importe en absoluto. No lo sabrás sino hasta que se lo preguntes.

Suponiendo que su respuesta no sea algo parecido a “¡la próxima vez que ocurra dile que soy coreana y dale mi teléfono!” y que a ella no le parezca halagador ni aceptable, pregúntale si una respuesta del tipo: “A mi amiga no le gusta cuando los hombres se fijan en su etnicidad, así que no voy a hablar de eso contigo”, le parecería bien. Esto es más eficaz que despistar a los chicos diciéndoles el nombre de su ciudad natal (aunque he de admitir que me gusta lo ingenioso de esa respuesta y cómo es probable que los desconcierte) porque eso solo sugeriría al sujeto en cuestión que formuló mal la pregunta. Zheng señaló que en años recientes se ha generado mucha conciencia sobre las microagresiones, como preguntar a la gente de color: “¿de dónde eres en verdad?”, pero eso no arregla las cosas si la gente solo entiende que es problemático a nivel de etiqueta o de redacción adecuada. Así que el tipo podría marcharse pensando que solo expresó su interés sincero de manera equivocada, cuando en realidad todo su enfoque está contribuyendo a un conjunto de estereotipos que perpetúan el racismo.

Me parece que esto es todo lo que necesitas para ser un buen aliado en esta situación. Dijiste de manera muy ingeniosa que nadie te ha preguntado qué tipo de persona blanca eres, pero parece claro que una parte de esa respuesta sería “del tipo que es un buen amigo”. Este artículo apareció originalmente en The New York Times.