“Cada día veo a más jóvenes que se interesan por esto, que quieren aprender. Y también veo que el nivel de los guasqueros uruguayos mejora constantemente. Se ven piezas muy bien elaboradas y no necesariamente por gente adulta o mayor, sino del entorno de los 20 años que trabajan muy bien”, comenta Marcos Acevedo a Montevideo Portal desde Salto, donde se mudó hace casi tres años para estudiar agronomía.
El guasquero es una figura tradicional del Río de la Plata y también de Rio Grande do Sul, cuyo origen suele situarse en tiempos de la conquista española. Aunque no existen registros escritos concluyentes, la tradición oral sostiene que los conquistadores llegaron desde Europa con sus aperos —los elementos que acompañan al caballo— elaborados en suela, es decir, cuero curtido. Con el uso, esos materiales comenzaron a deteriorarse, lo que los obligó a buscar alternativas.
En una región donde abundaba el ganado, recurrieron entonces al cuero disponible: cortaron tiras y empezaron a experimentar. En un comienzo lo utilizaron con el pelo, pero con el tiempo fueron perfeccionando su tratamiento, ablandándolo y adaptándolo. Así descubrieron que de aquel recurso resultaba una materia prima especialmente versátil y resistente.
Bastante tiempo después, en setiembre de 2022, la Comisión del Patrimonio Cultural de Uruguay declaró la guasquería como Patrimonio Cultural Inmaterial, en lo que fue el primer reconocimiento de este tipo para una práctica artesanal. En ese contexto, que uno de los oficios más tradicionales de Uruguay esté siendo impulsado por las nuevas generaciones resulta particularmente llamativo. Y Marcos es una muestra de ese proceso.
A su entender, entre 2006 y 2014, la guasquería atravesó su momento más crítico. “Estuvo media ahí. Nunca llegó a morir del todo, pero hubo una época en la que se entró a comprar mucha cosa hecha en piola, en plástico, en nylon y como que estaba la campaña invadida por eso”, afirma. Pero la guasquería supo salir adelante, y para Marcos hubo tres factores fundamentales.
“En todos los departamentos empezaron a hacer más desfiles y la gente se empezó a preocupar más por cómo vestirse. De a poco, una cosa fue llevando a la otra”, comenta. “Y el acceso a internet también nos mantuvo vivos porque la gente miraba las fiestas tradicionales de Argentina y Rio Grande do Sul y veía a esos criollos bien plantados, con los caballos bien ensillados. Entonces creo que también se tendió a imitar eso y se rescataron nuestras raíces”, agrega.
Para Marcos, hoy la guasquería “está más viva que nunca”. Y lo que para él empezó como un simple juego —intentando copiar aquellos paisanos que trabajan con sus padres en la estancia— terminó convirtiéndose en su cable a tierra y también en su medio de vida.
Al menos, hasta dentro de dos años y medio cuando, si todo sale según lo esperado, logrará recibirse de ingeniero agrónomo.
pilchas domingueras
Marcos nació en Paysandú en 1999 y siempre vivió en el campo. De hecho, es la primera vez que su vida transcurre en el casco urbano. “Cuando me tocó irme por mi formación fue que migré a la ciudad, pero de una forma u otra siempre seguí vinculado al campo”, cuenta, y señala la guasquería como uno de los lazos que lo mantienen unido a ese mundo.
Sus primeros cuatro años los pasó en un establecimiento llamado “Los Amigos”, en la localidad de Constancia, una pequeño poblado de menos de 400 habitantes. Luego, la familia se trasladó a una estancia cerca a la ruta 26 que, según describe, “literalmente estaba en el medio de la nada”. “Siempre en el campo, porque mis padres eran trabajadores rurales”, comenta. Precisamente, sería en esas largas jornadas laborales que empezaban a las 4:00 de la mañana y terminaban a las 18:00 donde tuvo sus primeros contactos con la guasquería.
Estudiaba en la escuela N°84 de Molles Grande, la cual quedaba a 32 kilómetros de su casa. Cada día, a las 6 de la mañana, salía en moto con su padre por un camino vecinal de tierra. “No te imaginás lo feo que era aquello, porque no había pavimento”, recuerda, sobre todo en invierno cuando el barro convertía el trayecto en una especie de pista de rally. Desde allí tomaba un ómnibus que recogía a los otros alumnos —apenas 20— que integraban la escuela.
Cuando terminaba la semana y no tenía clase, la diversión de Marcos estaba en casa. En la estancia no tenía electricidad. “Yo siempre cuento a mis amigos de hoy que los dibujitos que ellos veían de niños en la televisión, yo los conocía por revistas”, dice. Lejos de percibirlo como una carencia, lo recuerda como una forma distinta de crecer: en contacto directo con la naturaleza y lleno de libertad. “Yo siempre preferí salir al campo con mis padres: ensillar temprano, curar un animal enfermo, arrear bichos. Más allá de que lo tomaba como un juego, creo que en el fondo también entendía que era trabajo y siempre me gustó”, confiesa.
Su padre y los demás trabajadores del establecimiento eran sus ídolos. “Por ahí a un niño le preguntas hoy y te dice que es fan de Cristiano Ronaldo o de Lionel Messi y le quiere pegar a la pelota como ellos. Yo quería ensillar y enlazar un animal como la hacía mi padre, por ejemplo. Vestirme como ellos”, explica Marcos.
Si le preguntaban a aquel niño qué soñaba ser de grande, hubiese dicho veterinario. Pero, además de la fascinación de ver a esos hombres en acción, había otra cosa que llamaba la atención del pequeño Marcos. “Creo recordar a algún muchacho que trabajaba en el establecimiento y al que, por ahí, se le rompía un lazo, un bozal o alguna otra cosa. Entonces, a la hora del descanso del mediodía, mientras esperaba el almuerzo, se armaba un mate, se hacía un tiempo y se ponía a trabajar: reparaba esa pilcha o, directamente, hacía una desde cero”, relata. Aquello quedó grabado en su memoria como una chispa latente, aunque no sería hasta 2015 que la guasquería empezaría a ocupar un lugar central en su vida.
En junio de ese año, recibió una invitación para participar en el desfile en la Meseta de Artigas por el 152° aniversario de la ciudad de Paysandú. “Fui con las pilchas que tenía, y en el desfile vi que había más que las pilchas para todos los días”, recuerda. Allí, descubrió las pilchas domingueras: “La ropa que un obrero tiene para ir a la fábrica no es la misma ropa que tiene para ir a una fiesta”, explica. “Una rienda encabezada para trabajar en el campo lo importante es que sea funcional, que pueda conducir el caballo y listo. Para un desfile, esa cosa, además de ser funcional, debe ser linda, atractiva, porque uno quiere destacar”, agrega.
Hubo, en particular, un artículo que lo enamoró: unas estriberas con costura de esterilla. “La delicadeza y la figura de esa costura a mí me deslumbró. Se las vi a un paisano que pasó y pensé: yo quiero eso”, dice. Marcos buscó la forma de comprar unas similares, pero el precio estaba fuera de su alcance. Si no podía comprarlas, tendría que hacerlas con sus propias manos.
Un mundo sin maestros
En el liceo, Marcos conocía algunos compañeros que lo fueron guiando en sus primeros pasos dentro del mundo artesanal. En la biblioteca del centro educativo encontró, casi de casualidad, un libro titulado “Trenzas Gauchas”, donde se explicaban distintas técnicas del oficio. Sin embargo, entendió que no era suficiente. “No era lo mismo que tener un maestro al lado o alguien que te mostrara cómo se hace”, indica.
Por aquel entonces, existía una tendencia entre los guasqueros más experimentados a rehusarse a transmitir su conocimiento a los más jóvenes, incluso con el riesgo de que la práctica se perdiera con el tiempo. “Lo veía en los muchachos que paraban al mediodía y empezaban a trabajar, que no me enseñaron nada porque no sé si era una molestia, miedo a que les sacaran el trabajo, o qué”, recuerda Marcos.
Sin un maestro que lo guiara, aprender las técnicas se volvió todo un desafío. No obstante, esa dificultad no alcanzó para apagar sus ganas de seguir.
Sin un referente cercano, encontró en YouTube la pieza que le faltaba para formarse: “El canal principal que todos [los guasqueros] conocemos se llama El Rincón del Soguero. Es de un muchacho argentino que se llama César Rueto”. A base de ensayo y error, pausando y rebobinando los videos, Marcos fue copiando las técnicas que veía en la pantalla. Como no podía ser de otra forma, la primera pieza que hizo fue su propia estribera. Un año después, volvió a participar del desfile hacia la meseta de Artigas, esta vez con todas sus pilchas hechas con sus propias manos.
“Fue una de las veces que estuve más orgulloso de algo que yo logré porque, si bien uno es consciente que en ese momento había cosas muchísimo más lindas y más prolijas que las mías, nadie me sacaba la sensación de decir: esto que ando usando lo hice yo. Yo corté el cuero, yo lo amoldé, yo le hice el corredor, yo le di forma. Tiene horas de trabajo detrás, de aprendizaje, todo plasmado en la pieza”, confiesa Marcos.
Por si esto fuera poco, aquella caravana también marcó su primera venta y, con ella, el inicio del negocio. Ese domingo al mediodía, mientras conversaba con su aparcería, uno de ellos comenzó a preguntarle de dónde había sacado las piezas que llevaba puestas. “Yo le entré a contar que las hice yo”, comenta Marcos. “Mirá que buenas que están”, recuerda que le contestó el hombre. Sellaron un trato de palabra y Marcos le preparó una rienda de cabezada igual a la suya, la cual hasta el sol de hoy sigue en uso. “Todavía anda a la vuelta. Sé que no es el trabajo más lindo que hice, pero tengo la satisfacción de volver a verlo cada tanto y la sigue usando”, dice.
Y casi sin proponérselo, una cosa llevó a la otra. “El negocio se empezó a dar solo, porque los trabajos de uno son la carta de presentación y por ahí esa cabezada fue la que rompió el hielo”, explica.
De boca en boca, entre conocidos y recomendaciones, la clientela de Marcos fue creciendo, y la guasquería pasó de un pasatiempo a convertirse en su medio de vida.
Con el paso de los meses, Marcos comenzó a compartir sus trabajos en Facebook y en Instagram, y hoy asegura que el 98 % de sus ventas se concretan a través de las redes sociales. “Es donde yo hago las cosas y las publico. Si a alguien por ahí le interesa, me escribe, yo le paso un presupuesto y lo adaptamos a como el cliente lo quiera”, detalla. No suele asistir a fiestas para vender, en parte para no descuidar sus estudios, pero también porque entiende esos espacios como momentos de disfrute. “Por ahí me gusta ir a fiestas pero no para estar sentado en un stand vendiendo. Al único lugar que voy [a vender] en el año desde hace tres años es a la Expo Prado en setiembre porque hay una linda ventana para que te conozca no solo gente de acá de Uruguay, sino también extranjeros”, subraya.
Precisamente, en la Expo Prado obtuvo los dos premios que hasta ahora marcan su recorrido como guasquero. “Saqué un segundo premio en paseo y tiento fino en 2024, y el año pasado si bien no llevé una pieza que para mi gusto fuera tan buena porque no tenía tanta carga de guasquería —era una combinación entre platería criolla y trabajo en cuerda— , tuve la suerte de sacar el cuarto premio”, detalla. Aquel rebenque tejido a lezna le demandó tres meses de trabajo e implicó el uso de 120 tientos de 1 milímetro, entrelazado en distintos dibujos y combinaciones. A pesar de estos reconocimientos, Marcos aclara que nunca preparó una pieza específicamente para competir.
Sarna con gusto, no pica
Con la mirada puesta en el oficio, Marcos se muestra confiado en que el futuro de la guasquería está en buenas manos. Según observa, la disciplina crece a un ritmo sostenido. “Año a año he visto una evolución positiva en cuanto al número de guasqueros que aparecen”, comenta. Además, destaca que se trata de un trabajo del que es posible vivir con comodidad y en el que “siempre hay demanda de trabajo”, lo que dibuja un panorama más que alentador.
El valor de sus piezas, así como los tiempos de elaboración, varían según el encargo y el nivel de detalle requerido. La venta más importante que realizó alcanzó los US$ 1.500 por un juego completo que incluía rienda cabezada, pechera, bozal, baticola e incluso la vaina para el cuchillo del paisano. “Esos trabajos son muy puntuales, no son de todos los días”, señala.
“Por lo general un trabajo bien elaborado no es rápido de hacer. Por ahí un cinto sencillo con dos o tres costuras lo haga en menos de una semana, pero un juego completo para un caballo puede que me tome de un mes y medio en adelante”, explica.
En el corto-mediano plazo, el sanducero planea terminar la carrera e insertarse laboralmente en el mundo de la agronomía, por lo que la guasquería pasaría a un segundo plano en su rutina diaria. A pesar de esto, tiene claro que seguirá siendo una parte importante de su vida. “Más allá de que hoy es mi trabajo, también es mi cablecito a tierra. Es un momento que tengo para desestresarme y desconectarme del estrés de la universidad y de problemas que pueda pasarle a uno en la vida misma”.
En ese sentido, tiene claro que nunca dejará de ser guasquero. “Es un hobby, es una pasión. Esto requiere mucha paciencia. Por ejemplo, si me dicen que tengo que estar esperando una hora y media por algo, no tengo paciencia. Cuando tengo que esperar un ómnibus, no tengo paciencia. En cambio, para estar 10 horas trabajando en una sola pieza, tengo mucha paciencia”, dice Marcos entre risas.
Eso sí, según advierte, hoy los chicos que desean iniciarse en este camino cuentan con una ventaja que él no tuvo: una mayor apertura por parte de los guasqueros a compartir sus conocimientos. Y esto es algo clave para Marcos. “El mejor consejo que les puedo dar es que pregunten, que no tengan vergüenza de pedir ayuda. Siempre va a haber otro que va a estar dispuesto a explicar, a enseñar y a dar una mano”, concluye.