Mauricio Kolenc Fusé (50) fabricó cuatro mil quinientas tablas de skate, en solo unos meses hizo mil doscientos mates, más de siete mil cuencos, y en años fueron otras miles piezas de ajedrez. Hasta que se dio cuenta que quería dejar de vender a granel, y de producir de forma prácticamente industrial, para permitirse dejar volar su creatividad y convertirse en algo más que un obrero: ser un artesano, un artista.

Entonces, el tornero de madera se enfocó en forjar una identidad, en pulir un estilo propio, mientras pulía la madera. La madera lo había enamorado cuando era un estudiante de UTU y vio a un artesano hacer una pata de un mueble en un torno. No contó con muchos tutores que le indicaran el camino, entonces se arremangó y salió a erigir su propio destino. Autodidacta, conoció a referentes inspiradores en Alemania e Inglaterra, y sacó mucha viruta, hasta que de troncos enormes que hasta hoy le provee un vendedor de leña pudo hacer cuencos, mates, platos de madera.

Tuvimos esta charla en su casa del Cerro, rodeados de tornos, gubias punzantes, un afilador, una aspiradora de polvo industrial y piezas varias que bien podrían llamarse obras de arte, aunque no cumplen una función ornamental: a Mauricio le gusta tornear madera para que pueda tener un uso concreto (como un palo de amasar, por ejemplo). No obstante, ha ganado varios premios nacionales e internacionales producto de sus saberes de artesano. 

¿Quién sos?

Todavía no lo tengo muy claro. Pero sé de dónde vengo y qué es lo que hago. Me llamo Mauricio Kolenc. Como todas las personas de acá del Cerro, soy nieto de inmigrantes que vinieron acá a poblar el barrio. Crecí entre talleres, entonces era el rumbo natural a tomar, y para mí lo que se veía como un ambiente feliz, armonioso, era un taller.

Crecí en el skate. De acá del Cerro fue el epicentro de lo que fue la escena del skate. A mediados de los 80, principios de los 90, salió todo de acá. Y como empezamos a fabricar tablas en el 90, 92, con mi mejor amigo, todo el mundo que pasaba por el skate tenía que venir acá, a este taller, a buscar tablas. Todo eso llevó a generar cierta reputación alrededor del skate y fue por intermedio de eso que conocí tanta cantidad de gente. Es algo que nos forjó como personas, porque la cultura del skate conlleva un montón de cosas, como la cultura del “hazlo tú mismo”. Entonces si uno quería tener algo, lo hacía, se lo inventaba. Estamos hablando de una era sin internet, en que uno tenía básicamente que inventar todo, más que ir a buscar.

Naciste y te criaste en el Cerro, ese barrio tan histórico de Montevideo. ¿Qué tiene de especial este barrio que nunca te has querido mudar?

Se siente bien. El Cerro tiene algo que es como un feudo. Uno se siente contenido dentro del Cerro. A mí siempre me dio una linda sensación el hecho de que es algo que está cambiando, porque mucha gente ha fallecido, pero prácticamente todo el mundo sabe quién son tus padres, quién fue tu abuelo. Te vieron crecer. Vos precisás algo, tenés que ir a hablar con alguien, y es: “Ah, sí, vos sos nieto de Fulano de tal”. Cuando empecé a tornear era algo así.

“El Cerro tiene algo que es como un feudo. Uno se siente contenido dentro del Cerro. Vos precisás algo, tenés que ir a hablar con alguien, y es: 'Ah, sí, vos sos nieto de Fulano de tal'”

Mi abuelo era metalúrgico, entonces yo precisaba algo, iba con alguien que sabía que había trabajado con mi abuelo y te daban una mano, contentísimos de que alguien estuviera trabajando. Y todo eso es algo que se respira en el aire. El hecho de cómo se forjó el Cerro, cómo creció, somos muy nacionalistas los cerrenses. Yo, si me voy del Cerro, me tengo que ir a un lugar rural, completamente.

“Crecí en la cultura del skate, del hardcore punk. En parte, eso me ha forjado como persona”, me dijiste en un audio de Whatsapp. ¿Cómo es eso? ¿De qué modo el skate ha sido tan influyente en tu vida?

El skate te enseña a persistir, a caerte y levantarte, caerte y levantarte, caerte y levantarte. Una maratonista corre; ahora, en skate, para poder bajar una prueba o meterte en un desafío de querer bajar tal maniobra en una escalera, vas, te tirás, te caés, vas, te tirás, te caés, te reventás, volvés al otro día… hasta que eso sale. Y eso es una tremenda lección de vida que te enseña a persistir, que lo llevé adelante en mi trabajo.

Yo aprendí solo. Se me cerraron ciertas puertas cuando estaba aprendiendo. De los dos o tres torneros que había acá, uno en particular me cerró la puerta. Te hablo de gente que vos ibas a golpearle, le explicabas, y nada… No había de quién aprender, tampoco había muchos libros a qué recurrir, entonces, es eso: encerrarse, ponerse a trabajar y decir: “Bueno, ¿a dónde quiero llegar y cómo?” Y ahí seguir adelante. Eso yo siempre lo comparé con el skate, porque llegar a no desistir en el camino, a no darse por vencido, eso va de la mano con el skate y con el hardcore, o hardcore punk-rock, que es lo mismo: es un conjunto de valores, de códigos, que hace que salir adelante sea más fácil, que colaborar con otras personas nazca más naturalmente.

Explicame lo del hardcore punk-rock. ¿Estamos hablando de música o de algo más? Porque me hablás de valores y códigos…

La música es complementaria. No te diría que es un modo de vida, pero en parte es como —¿cómo te puedo decir?— una especie de filosofía de vida. Es un conjunto de valores, de códigos, de hermandad, de actitud ante la vida.

¿Pero por qué? Para mí el punk son Los Ramones, The Clash, es música.

Bueno, para mí el punk es Crass. Crass (NdeR: banda inglesa formada en 1977, que promovía el anarquismo como ideología política y movimiento de resistencia) era un grupo cooperativo de personas que vivían en un medio rural, eran vegetarianos en los años 70. Y en mi caso personal, también mezclado con otra subcultura dentro del punk, que siempre rechazó el consumo de drogas, de alcohol y de productos animales, de la explotación.

Hoy trabajás con la madera, y empezaste con ella fabricando tablas de skate. ¿Cuántas hiciste, desde 1992?

¡4.500 tablas de skate hice! Las contaba. Cuando empezamos a andar en skate —agarramos el último coletazo—, las tablas de los 80 que todos conocían y el skate empezó a evolucionar rapidísimo. Era el 90, 91, 92 en Uruguay y, como en casi todo el mundo, bajó muchísimo el skate. Acá llegó un momento en que éramos muy poquitos, cuatro o cinco, y no había acceso a tablas. Había que ir a Argentina, lo que había acá era carísimo. Ahí nació el “hazlo tú mismo”. Empezamos a investigar, a investigar, hasta que llegamos a tablas que eran realmente usables, y cuando quisimos acordar, llegamos a tablas que eran buenas, llegamos al nivel que nos compraban de Argentina.

 “¡4.500 tablas de skate hice! Las contaba. Acá llegó un momento en que éramos muy poquitos, cuatro o cinco, y no había acceso a tablas. Ahí nació el 'hazlo tú mismo'. Empezamos a investigar hasta que llegamos a tablas que eran usables, y realmente buenas”

En ese garage (señala) que hay ahí, donde ahora tengo el auto, tenía la prensa. Primero empezamos en otro garage de un amigo; la primera prensa era hecha con una vía de tranvía, soldada, un rectángulo, con gatos de auto, que a veces reventaban frente a nuestros ojos, con moldes de hormigón. Y fuimos perfeccionando todo eso hasta sacar tablas auténticamente usables, hay algunas que hasta el día de hoy las tengo guardadas, y las podés armar y salir a patinar. La última tabla que hice fue hace 27 años. En el 99 fue la última tabla que hice, y gracias a eso el skate en el Uruguay creció como movimiento. Cualquier persona que conozcas y sepa de skate, le decís “125 Cerro” y lo identificará con las tablas, conmigo, con Gabriel (Callico), hoy fallecido. El nombre 125 Cerro y la palabra “Cerro”, en el skate, van de la mano y siempre fueron de la mano. Eso me lo puedo atribuir.

Sos tornero profesional, tal como lo dice tu perfil de Instagram. Un tornero estoy seguro que muchos lectores jóvenes lo desconocen es un trabajador especializado en el manejo de un torno. Hasta donde sé, los torneros trabajan en talleres metalúrgicos o en la industria automotriz o naval. Contame vos, en tus palabras, qué hace un tornero.

Hay tres tipos de torneros. Tornero sería toda persona que utiliza un torno para crear. El torno lo utilizaban los egipcios, o sea, no estamos hablando de algo nuevo, pero siempre estuvieron separados: torneros de metal, por un lado, que es una rama mucho más moderna, torneros de marfil, y torneros de madera.

El tornero de madera hacía objetos de naturaleza más utilitaria, de uso diario. Cuencos, por ejemplo. Por eso el apellido Turner es tan conocido en Inglaterra. “Turner” era tornero/a, personas que se iban al monte y torneaban cuencos para el alimento. Nuestros abuelos, en España o en cualquier país de Europa, comían en un cuenco de madera. Llegado un cierto momento nos desconectamos un poco, cuando apareció el motor eléctrico ya se empezó a trabajar más en producción. Los torneros siempre trabajaron al servicio de los carpinteros (todas las patas de los muebles las hace un tornero). Lo que sucedió es que en los años 50 y 60 empezó a haber una corriente de personas que empezaron a utilizar el torno para ir más allá de lo utilitario, más allá del servicio al carpintero.

Empezaron a elevar los objetos torneados a nivel de arte, y ahí nació toda una escuela de personas que algunos viven hasta el día de hoy. He conocido a algunos en persona, que elevaron el objeto torneado a la categoría arte, a exponer en galerías de arte, buscando una excelencia que quizá hasta ese momento no se había buscado, al menos no con esa con esa visión, con esa búsqueda. Lo que pasó fue que mudó, no quiere decir que lo otro haya desaparecido, se sigue haciendo. Sigue habiendo torneros que hacen patas, pero el objeto torneado tiene 70 años.

Y vos, ¿por qué te dedicaste a esto? ¿Por vocación? ¿Porque heredaste el oficio de tu padre o abuelo?

Si yo hubiera seguido la tradición familiar, sería albañil o constructor, pero no. Yo siempre me sentí atraído por la madera. Me quedaba fascinado… Acá al lado teníamos un carpintero, acá a la vuelta teníamos otro. Mi madre me llevaba y yo no lo podía creer, los miraba y decía: “Esta gente realmente está feliz”. Me gustaba el olor.

Yo empecé a hacer las tablas (de skate) sin nunca haber estudiado ni haber tenido nada que ver. Yo estudiaba otra cosa, pero tenía ese llamado del interior para trabajar y estudiar, para avanzar más en el trabajo de la madera. Ya lo había desarrollado bastante con las tablas, una disciplina increíble, porque es una mezcla de montones de cosas. Empecé a estudiar, me anoté en la UTU Pedro Figari, empecé a estudiar carpintería, y luego ebanistería. Y en un momento me encontré con una persona que estaba torneando una pata de una mesa (eran los años más avanzados).

Quedé enganchadísimo, y le pedí a uno de mis maestros que me explicara. Más o menos me mostró, hice unos manguitos, y al poquito tiempo le dije maestro: “¿Usted no me acompañaría a un remate?” Compré un torno en Castells, en un remate; a la semana estaba haciendo patas para los carpinteros, y al poquito tiempo ya empecé a hacer cuencos. Empecé a sentir como un fervor creativo, empecé a investigar con formas, con los materiales. Era todo nuevo para mí, era un mundo nuevo, porque aparte, nosotros vemos completamente distinto a cómo lo ve un carpintero o cómo lo ve un escultor o un ebanista.

Nosotros buscamos el material crudo, buscamos otra cosa, jugamos con el movimiento de la madera, involucramos un montón de otras cosas, que en otras disciplinas no están presentes.

“Quedé enganchadísimo con la madera, y le pedí a uno de mis maestros que me explicara. Compré un torno en Castells, en un remate; a la semana estaba haciendo patas para los carpinteros, y al poquito tiempo ya empecé a hacer cuencos. Empecé a sentir un fervor creativo”

Según Chat GPT, “un tornero es clave en la fabricación y reparación de piezas mecánicas de precisión”. Y si tuvieras que definirlo en tus palabras, ¿a qué se dedica un tornero de madera?

Un tornero de madera es una persona que genera objetos utilizando un torno para madera que es esto: un cabezal que sostiene la madera y la hace girar. El resto es uno y las herramientas. Desde la mezcla hasta una forma hueca, como esta que es vaciada por esta perforación a un espesor uniforme de seis milímetros. O un mate. O un palote de amasar.

¿Cuántos mates fabricaste?

Solamente en una temporada recuerdo que haber hecho 1.200 mates. Casi no dormí. En ese momento vendía algunas piezas, pero yo tenía las tablas de skate. Ya había acumulado demasiadas cosas y decidí que era momento de parar… Primero que nada, ya había hecho una pequeña muestra acá en el teatro Florencio Sánchez, pero decidí que era tiempo de mostrarlo a ver qué pasaba. Cuando eso, lo exponía en un sitio donde pasaba gente, para ver si se vendían. Era algo nuevo en Uruguay.

En tus comienzos, en la década del 90, trabajaste “por necesidad” en producción. ¿Eso por qué dejó de ser así?

Fue un llamado. Uno no trabaja por dinero; obviamente el dinero es una necesidad, pero es un llamado interior… Es como un cocinero que busca hacer platos más creativos. Le decís: “Mirá, tenés que hacer canelones todos los días”, y está todo bien, es un acto de amor cocinar para las personas, pero va a llegar un momento que te va a decir: “No, pará, quiero dejar mi aporte y a mí lo que me nace es otra cosa”.

Tengo 500 especies de madera. Me encanta compartir, pero llega un momento en que uno tiene un llamado interior que es imparable, que solamente puede ser intentar ser llenado creando lo que a uno le nace. Y a mí no me nace ponerme a hacer patas torneadas. Obviamente es una necesidad creativa y si eso lo lográs comercializar, ya está. Aparte el desgaste corporal: no es lo mismo cuando uno tiene 20 años que después de los 40 y pico. Una vez hicimos 15.000 portainciensos con un amigo. No es lo mismo hacerlo cuando tenés veintipocos que cuando tenés 50.

“No sé si uno se convierte en artista. Para mí, arte y artesanía existen, son conceptos que se están debatiendo todo el tiempo y creo que es inútil debatirlos. Creo que juega mucho la intención de quien lo hace”

Dejaste de hacer un trabajo de producción, industrial, más “de obrero” se podría decir, para pasar a trabajar de forma más artística, para convertirte en artista se podría decir, ¿no?

No sé si uno se convierte en artista. Para mí, arte y artesanía existen, son conceptos que se están debatiendo todo el tiempo y creo que es inútil debatirlos. Creo que juega mucho la intención de quien lo hace. Y sí, llega un momento en que el trabajo se despega un poco de lo que sería considerado artesanía con diseño y pasa a cruzar el límite en el que la pieza se convierte en una creación artística, una expresión artística.

¿Vos te considerás artista?

Sí, pero también artesano. Creo que son cosas que deberían ir de la mano. Eso es discutible; te pueden armar un debate, no me interesa. Es un debate que no me interesa.

¿Considerás que, como artista, tenés un estilo propio?

Mi búsqueda más importante en todo mi trabajo siempre fue esa: buscar un estilo propio. Me acuerdo que hace unos cuantos años mandé un montón de fotos de mi trabajo a una galería muy importante que había en California, y el dueño de la galería fue muy sincero, cosa que le agradezco muchísimo. Me dijo: “Lo que veo es que hacés un poco de esto, un poco de aquello, un poco de allá, pero no logro encontrar un estilo marcado en tu trabajo”. Y tenía razón. Se lo agradezco hasta el día de hoy. Tenía toda la razón, faltaban muchos años de evolución para que yo empezara a encontrar cuál era mi estilo personal, cuál era la línea. Son líneas que van cambiando constantemente…

Uno empieza una línea de trabajo, que a veces empieza por accidente, y esa línea te lleva a llevar —que es mi estilo— llevar al extremo las cosas, llevar al extremo las proporciones, las curvas, las calidades de superficie. Es algo que lo podés ver cuando ves acá… Son superficies que muchas veces las personas hasta dudan si es madera, porque no hay costumbre de ver la madera tratada de esta manera, una manera tan pulida. Se tiende a no identificar los trabajos que yo hago con madera.

Te comparto uno de los halagos más grandes que recibí en uno de los viajes a Estados Unidos: varios colegas me dijeron que ellos ya veían una pieza y sabían que la había hecho yo. Eso para mí significó muchísimo, y lo agradecí, porque en ese momento me di cuenta que realmente había logrado desarrollar un estilo personal.

“Baso mi trabajo en una comunión con el material”, me dijiste ayer por celular. “Trabajo con especies invasivas que crecen acá”. ¿A qué le llamás especies invasivas?

Más allá de que estimo que el daño que puede hacer un artesano es mínimo, obviamente, que la naturaleza no se destruye por los artesanos, pero uno sabe que todo lo que uno hace y lo que uno toma tiene consecuencias. Entonces, cuando empecé a trabajar, más allá de trabajar con unas maderas súper exóticas y todo, sabía que para el bulto principal de mi trabajo iba a precisar un material que existiera en abundancia, que fuera relativamente fácil de conseguir y que no hubiese limitaciones. Y que a uno no le generara culpa decir: “Che, ¡estoy destruyendo el monte nativo!”

Yo preciso material crudo y para mí lo ideal es, como la verdura, que crezca lo más cerca de donde uno vive. Si la plantó un quintero que vive a 10 minutos es un lujo, porque no tenés mucho transporte, está fresco. Empecé a investigar bastante. Siempre fui muy cercano a la naturaleza y vi que había un montón de especies, como el ligustro, la mora, el paraíso, la maclura, la acacia de tres espinas, ni hablar de la gleditsia triacanthos, que son especies introducidas, que fueron traídas a algunos de Estados Unidos, otras de China, otras del Himalaya, para jardinería. Lo que se ve hoy en día: se volvieron imparables, empezaron a colonizar los montes. Hay mucho, crece muy rápido y va desplazando a las especies nativas. Por eso las llaman especies invasivas. Se llama invasiva por eso.

Hay exóticas no invasivas y exóticas invasivas como el ligustro, que es imparable. Entonces, ¿qué pasa? Tenés la ventaja que hay mucho que no te genera ningún tipo de sentimientos encontrados. Es más, es hasta conveniente cortarlo.

Has recibido menciones en bienales de Unesco, ganaste el Premio Morosoli a las artes plásticas, el año pasado ganaste el primer premio en la Bienal del Objeto Artesanal de Unesco... ¿Cuánto te importan los premios y galardones? ¿Lo ves como una legitimación de tu trabajo?

Yo no trabajo por el reconocimiento, trabajo porque es una necesidad que me brota. A mí me hace feliz trabajar con madera y crear, después, cuando uno recibe un reconocimiento y más que nada cuando hay colegas artesanos involucrados y artistas que son, a veces, parte del jurado (a veces no, pero son parte de la organización), eso es una caricia. Esos reconocimientos son un poco para el ego, pero también es una caricia que a uno le da un poco más de envión para seguir.

Es lo que yo te decía hoy: estos caminos de vida suelen llevar mucho tesón para no abandonar a la mitad del camino. El medio artesanal y artístico es un medio que cada vez tiene menos adeptos, tampoco hay incentivos de ningún tipo, de ningún tipo de gobierno… es como que no hay interés en preservar los saberes. Preservarlos está en nosotros, en los artesanos, en enseñarle a otra persona y en decirle: “Mirá, esto te va a costar”.

¿Y te han abierto puertas laborales esos premios? ¿Te han dado oportunidades?

No, creo que no. Uruguay es un país muy complejo. Bueno… en el exterior sí, pero no gracias a esos premios. Las veces que he viajado para demostrar y para enseñar, fue gracias a que ellos tienen un comité de personas como la Asociación Americana de Torneros, por ejemplo, un comité encargado de estar monitoreando lo que sucede en el mundo. Desde 2010, que me escribieron por primera vez, hasta 2023, cuando finalmente me seleccionaron, pasó todo ese tiempo en el que ellos me fueron viendo, analizando, a ver si realmente valía la pena que ellos me llevaran. No es solamente que trabajes bien, sino que tenés que saber explicar lo que estás haciendo, tiene que ser entendible, por las personas que te están viendo, que son las personas que pagan para que a uno lo convoquen a ir.

Precisamente, en 2023 fuiste contratado por la Asociación Americana de Torneros para exponer en un simposio internacional de torneros de madera en Estados Unidos. ¿Cómo evaluás esa experiencia?

Muy positiva, porque me llevó a contrastar la idea que uno tenía. Quieras o no, desde el punto de vista de libros, creadores, hay países que son como un epicentro, de donde han salido las principales influencias. Hay ciertas ciudades, ciertos sitios donde salen trabajos que vos lo ves y decís: “Pah, qué tremendo”. Gracias a eso pude conocer a personas que yo había admirado toda mi vida, pude acceder a colecciones privadas, donde estaban las piezas que yo había visto en los libros desde que empecé. Y me dejaron levantar las piezas, observarlas en persona —que es distinto a mirar una foto—, pude conocerlos, darme cuenta que eran humanos. Sumale que ellos me trataran como a un par. Todo ese tipo de cosas sí son una caricia, y hacen muy bien, dan ganas de trabajar.

¿Desde cuándo podés decir que vivís de tu arte?

Intento vivir… Creo que cuando hacía producción era más duro que ahora, porque el trabajo de producción se cobra menos, y depende un poco de que haya otras personas a veces que requieran de tu trabajo. Hoy día yo hago lo que yo quiero, y después que está hecho, lo ofrezco para la venta. Te diría que hay una fecha en que se empezó a ver de otra manera mi trabajo, y que hay personas que, en vez de discutirlo, aceptan y pagan el trabajo. Fue por 2020 o 2021. Es algo relativamente reciente, por eso digo: ha sido un largo camino.

“Hoy día yo hago lo que yo quiero, y después que está hecho, lo ofrezco para la venta. Te diría que hay una fecha en que se empezó a ver de otra manera mi trabajo. Fue por 2020 o 2021, ha sido un largo camino” 

¿Qué dice tu pasaporte: tornero o artista?

Artista plástico dice el pasaporte uruguayo y el otro, el italiano, no dice nada.

Tu hijo Tobías, de casi 21 años, ¿se dedica o piensa dedicarse al arte o a la madera?

No, estudió economía. Bueno, mi padre era bancario. Es lo que te decía de que uno tiene llamados que uno no sabe de dónde vienen, pero vienen y te caen en el momento en el que menos lo esperás. Yo he tenido alumnos que llegan acá cuando ya son personas muy adultas, y me dicen: “Yo quise hacer esto toda mi vida y lo fui dejando de lado, y ahora ya estoy tan viejo que ni siquiera veo bien”. Ahí uno reafirma que hizo bien en seguir esos llamados de joven, renunciar a un montón de lujos que podría haber tenido haciendo otra cosa, lujos que son ridículos como poder agarrar y tomarse un día libre un miércoles, y hacer lo que querés, o simplemente sentarte a tomar mate y leer un libro un día en el que, si tuvieras un patrón, tendrías que estar metiendo ocho horas aunque te sintieras cansado o enfermo.

¿Al menos escucha hardcore punk o es más del melódico?

Escucha muy buena música, él es hijo de padre y madre artesanos-artistas, conoce muy bien lo que yo hago, conoce muy bien lo que hace la madre (que es orfebre, una gran orfebre). Él eligió un camino diferente y eso me pone muy feliz. Lo que más me pone feliz es que las personas sean libres y no que sigan imposiciones.

Precisamente, ¿sos feliz?

Sí.