Contenido creado por María Noel Dominguez
Entrevistas

Otra manera de ver el mundo

Marwan Gill, imán de la comunidad Ahmadía: “Amor para todos, odio para nadie”

Radicado en Buenos Aires, el teólogo islámico habla de prejuicios, paz, diálogo interreligioso y la vida musulmana en el Río de la Plata.

20.02.2026 07:22

Lectura: 10'

2026-02-20T07:22:00-03:00
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Por María Noel Domínguez

Marwan Gill llegó a Uruguay desde Buenos Aires, donde vive y trabaja como imán —un teólogo islámico— de la Comunidad Musulmana Ahmadía en Argentina. En diálogo con Montevideo Portal, propone una aclaración inicial que atraviesa toda la entrevista: islam no es sinónimo de “mundo árabe”, ni el universo musulmán es homogéneo. “Solo el 20% de los musulmanes del mundo son árabes”, subraya, y remarca que hay árabes judíos, cristianos, maronitas o ateos.

En tiempos de titulares asociados a terrorismo, violencia o extremismo, Gill insiste en separar religión de acciones cometidas “en nombre del islam” por grupos con agendas geopolíticas o ideológicas. Su comunidad —explica— se identifica por un lema que condensa su mensaje: “Amor para todos, odio para nadie”, y reivindica que “Islam” significa “paz”, una idea que, dice, choca con los prejuicios instalados fuera y dentro de Occidente.

La entrevista también se mete en un terreno más amplio: el papel del liderazgo espiritual en la “crisis” del mundo musulmán, el valor de la educación como herramienta contra la radicalización (“una ideología no se corrige con misiles”) y el diálogo interreligioso como práctica concreta. Gill ha participado en instancias con los dos últimos papas y recientemente estuvo en un encuentro con el papa León, a quien ve en la línea de continuidad del legado de Francisco y su apuesta por tender puentes.

Con la actualidad global como telón de fondo —y la palabra “guerra” colándose cada vez más en los titulares—, el imán plantea una responsabilidad compartida que incluye a religiosos, políticos, periodistas y educadores: “La paz no va a caer como un milagro del cielo. Hay que construirla”, afirma.

Tu lugar de trabajo es Buenos Aires: ¿qué hacés allí?
—Soy imán, que es un teólogo islámico. Para sociedades que no tienen mucha cercanía con el islam, sería el par de un sacerdote católico, un pastor o un rabino. Represento en Argentina a la Comunidad Musulmana Ahmadía, una rama del islam.

Decís “una rama”: ¿por qué es importante aclararlo?
—Porque cuando nuestras sociedades analizan el islam, muchas veces lo toman como si fuera un mundo homogéneo. Y no lo es. No es como la Iglesia Católica: un papa y la misma iglesia. El mundo musulmán incluye más de 50 países y muchas divisiones internas.

También insistís en distinguir “árabe” de “musulmán”.
—Es fundamental. No es sinónimo. Yo, por ejemplo, no soy árabe: 0% sangre árabe. Mis padres son de Pakistán. Yo nací y me crie en Alemania, y ahora estoy casi argentinizado, pero sigo la religión del islam. Un dato interesante: de los 2.000 millones de musulmanes en el mundo, solo el 20% son árabes. El 80% ni siquiera lo son. Y además hay muchos árabes que son judíos, cristianos, maronitas, ateos.

¿Qué caracteriza a la comunidad Ahmadía dentro del islam?
—Surgió en el siglo XIX en la India. Lo que nos destaca es que consideramos que el fundador de nuestra comunidad, Su Santidad Mirza Ghulam Ahmad, fue el Mesías Prometido. El concepto de mesías es central también en cristianismo, judaísmo e islam.

Hablás mucho del liderazgo. ¿Por qué?
—Yo diría que la crisis que atraviesa el mundo musulmán —social, espiritual, moral e intelectual— se debe a que no tienen un liderazgo sincero, honesto y comprometido. En nuestra comunidad, gracias a Dios, tenemos la figura del Jalifa, sucesor del Mesías Prometido; sería como el papa para los católicos. Es el quinto Jalifa, el quinto líder espiritual.

¿Qué cambia eso en lo cotidiano?
—Nuestra comunidad está presente en más de 200 países: somos globales. Nuestros jóvenes atraviesan los mismos problemas que cualquier joven, pero gracias a ese liderazgo —por su contacto directo con la comunidad— logramos la educación y la formación. En mi caso, soy hijo de migrantes. Hoy en Europa y Estados Unidos siempre se debate sobre migración. Pero mi identidad como musulmán nunca fue una barrera para integrarme en sociedades occidentales.

Ustedes insisten en el mensaje de la paz.
—Sí. Nuestro lema es “musulmanes por la paz”. Y suena irónico porque, si le preguntás a un uruguayo promedio qué asocia con islam, te dice terrorismo, violencia, extremismo. Pero islam, literalmente en árabe, significa “paz”. Por eso saludamos con “la paz sea contigo”. Y el lema de nuestra comunidad resume las enseñanzas en seis palabras: “Amor para todos, odio para nadie.”

¿Cómo convivís con la idea de que grupos violentos se presenten como islámicos?
—Hay que reconocer que existen “monstruos internos” que se disfrazan de musulmanes con una agenda geopolítica o extremista, que contradice valores básicos del islam, pero usan el escudo del islam. Y desde afuera, desde Occidente, no se diferencia entre enseñanzas auténticas y lo que hacen ciertos grupos en nombre de la religión.

¿Tenés un ejemplo para explicarlo?
—Uno simple: en América Latina la mayoría viene de una cuna católica. No podés atribuir violencia, delincuencia o corrupción al cristianismo solo por ese origen. Hay que separar identidad religiosa de problemas sociales y políticos. Con el islam muchas veces hay una doble vara: no se hace esa distinción.

¿Sentís islamofobia en la región?
—Gracias a Dios, no siento una islamofobia fuerte en nuestra región. Lo que sí existen son prejuicios y mitos arraigados en la ignorancia: gente que nunca visitó una mezquita, nunca habló personalmente con un musulmán, y consume lo que ve en redes, donde hay fake news y no hay filtros. Por eso es muy importante el diálogo: no para imponer creencias, sino para conocernos. Como decía Einstein: es más difícil romper un prejuicio que el núcleo de un átomo.

Te vimos en instancias de diálogo con los papas. ¿Cómo lo pensás?
—Hace poco se celebraron 60 años de Nostra Aetate, un documento muy importante para la Iglesia Católica: abrió una propuesta de conciliación con judíos y musulmanes. El Corán también plantea algo parecido: invita a la “gente del libro” (cristianos y judíos) no para debatir teología, sino para buscar similitudes. Tenemos más en común de lo que nos separa. Es nuestro deber construir puentes y menos muros.

 El amor al prójimo es transversal a todas las religiones

Mencionás mucho el contexto actual: guerras, tensiones…
—Es agotador y frustrante. Nacimos en la época pos Segunda Guerra Mundial y el lema era “nunca más”. Ahora abrís las noticias y aparece “guerra mundial” como consigna. Y ahí tenemos un deber —religiosos, políticos, periodistas, educadores—: trabajar por la paz. La paz no cae como un milagro del cielo. Hay que construirla con acciones concretas y basarla en principios de justicia.

En tu comunidad, se nota una apuesta fuerte por el estudio y por la ayuda humanitaria.
—Sí. Si amás a Dios, tenés que amar a toda su creación y servirla. El amor al prójimo es transversal a todas las religiones. Por eso tenemos proyectos humanitarios. Y el otro eje es educativo: una ideología no se corrige con misiles, tanques o bombas. Podés controlar el cuerpo, pero no adueñarte del espíritu y la mente. Eso requiere herramientas pedagógicas y alternativas basadas en argumentos.

Hablemos de un término malinterpretado: “yihad”.
—Muchas veces se percibe como “guerra santa”. También se usa “Allahu Akbar” como supuesta justificación de atentados. Pero “Allahu Akbar” lo repetimos más de 100 veces por día desde hace 14 siglos y nunca fue un llamado a la violencia. El islam condena categóricamente el terrorismo: dice que quien asesina a una vida inocente es como si hubiese asesinado a la humanidad. Y no dice “a un creyente”: dice a cualquier ser humano, sin importar nacionalidad, etnia o religión.

¿Cómo te atravesó el 11 de setiembre?
—Fue un momento visagra. Como adolescente, pensé: pasó del otro lado del Atlántico, no me va a impactar. Fue un pensamiento equivocado. Marcó mi vida y la de millones de musulmanes en Occidente: vino un tsunami de prejuicios y ataques. Te decían “ustedes son aquellos”, como si yo fuera vocero de los talibanes o Al-Qaeda. Ni siquiera sabía quién era Bin Laden: nunca había leído su nombre en el Corán ni en la mezquita. Y aun así tenías que justificarte.

También señalás que muchas prácticas atribuidas al islam son culturales, no religiosas.
—Totalmente. Se vio, por ejemplo, en el Mundial de Catar: algunos turistas veían al hombre adelante y a la mujer atrás, y creían que era “islam”. Pero eso no es un precepto coránico. Yo camino al lado de mi esposa. Muchas cosas son culturales, incluso preislámicas.

En lo cotidiano: ¿cómo es criar hijos musulmanes en Argentina?
—Muy bien. América Latina es un crisol de migrantes y no hemos tenido guerras religiosas. Hay convivencia. Y es nuestro deber cuidarlo. En nuestra vida diaria no hay barreras: soy re futbolero, carnívoro… me cuesta el mate todavía. Nuestros dos hijos nacieron en Argentina y estamos felices. El islam enseña que amar a la patria es parte de la fe: la patria es donde vivís. No hay contradicción entre ser musulmán y ser leal al país.

¿Y cómo conviven con diferencias prácticas, como no tomar alcohol?
—No tomamos alcohol, por ejemplo, pero eso no me impide relacionarme con amigos: en el “tercer tiempo” ellos toman alcohol y yo bebidas no alcohólicas. Podemos tener diferencias, pero no pueden ser excusa para alejarnos o construir muros.

Avalamos 100% el reclamo de libertad: ponerse o quitarse el velo debe ser decisión de la mujer

Estuviste en un encuentro interreligioso con el papa León. ¿Cómo lo viste?
—Me alegró mucho. Fui invitado en representación de una organización musulmana a participar. Y no fue casual que su primer viaje fuera a dos países musulmanes: creo que busca continuar el legado del papa Francisco, que en Fratelli Tutti hace hincapié en el diálogo interreligioso. Francisco derrumbó muchos muros y generó puentes. Me alegro de que León siga ese camino. Nosotros siempre estamos dispuestos a colaborar para pacificar el mundo, sobre todo cuando hablamos del Medio Oriente, que no cesa de sangrar.

Te pregunto por Irán: ¿qué te preocupa hoy?
—Me preocupa mucho. Hay una frustración social cuyo núcleo es económico, pero la economía va de la mano de la situación geopolítica: sanciones, bloqueos. También hay una parte importante de la sociedad que no coincide con la imposición de una interpretación del islam sobre toda la sociedad. Por eso, por ejemplo, hay protestas de mujeres que se quitan el velo.

¿Cuál es tu postura sobre el velo?
—Avalamos 100% el reclamo de libertad: ponerse o quitarse el velo debe ser decisión de la mujer. Ninguna institución política o religiosa tiene derecho a imponerlo. Tenemos muchas diferencias con la interpretación que se practica en Irán bajo el nombre del islam.

Y sobre una eventual salida militar…
—La solución no es invadir Irán. No vas a mejorar economía ni problemas sociales lanzando misiles. Derrocar gobiernos no ha funcionado: Afganistán, Irak, Siria, Libia… Cuando generás un vacío de poder, surgen monstruos peores. ISIS nació en Irak después de derrocar a Saddam Hussein. Al-Qaeda se fortaleció en Afganistán. Lo que se necesita son decisiones políticas y acuerdos diplomáticos, si realmente se quiere ayudar.

Para cerrar: hablaste de islamofobia como “síntoma”. ¿Cuál es la raíz?
—La raíz es el odio. A veces se expresa como islamofobia; otras, como judeofobia, cristianofobia, xenofobia o racismo. En nuestra región también me preocupa la intolerancia por diferencias ideológicas o políticas: cuántas veces [uno] no se puede ni sentar en una mesa. El odio no nace de un día para otro: es un proceso que empieza en redes, en expresiones verbales, y termina en una espiral. Por eso hay que prevenir y trabajar activamente por la paz, la armonía y el respeto.

Por María Noel Domínguez