Contenido creado por Sebastián Astorga
Personas

PERSONAS

Martín Olascoaga, el viajero uruguayo que recorre hace diez años los confines del mundo

Año de nacimiento: 1991. Lugar: Montevideo. Profesión: guía de viajes. Curiosidad: ya lleva diez años sin tener una base fija en el mundo.

23.12.2021 14:23

Lectura: 28'

2021-12-23T14:23:00
Compartir en

Por Federica Bordaberry

Enseguida que nació, se fue con su familia a Cardona. Allí estuvo hasta los ocho años. Recuerda vivir en un pueblo muy chico, con las puertas sin trancar. Recuerda agarrar la bicicleta y salir afuera con los perros, a la placita, a jugar al fútbol. Recuerda estar todo el tiempo afuera y que le gritaran por la puerta para que fuera a comer.

Ese niño fue inquieto. Continúa siéndolo. Le decían que rezongaba bastante porque se quejaba de lo que no le gustaba. Lo que no quería hacer, no quería hacerlo y lo expresaba. Lo echaron de varios colegios por ello, porque se enojaba con las injusticias de los profesores y golpeaba la mesa.

Aunque nunca se fue a examen, si sabía que tenía 21 faltas por año a clase, las utilizaba todas. Las tenía contadas y, para ese niño rebelde, eran su derecho.

Después se fueron a Montevideo por tres años, gracias al trabajo de su padre y cuando estaba cerca de terminar la escuela, sus padres se separaron y se fue a vivir a Durazno con su madre y sus dos hermanos. Su padre se casaría de vuelta y tendría, en el futuro, dos hijos más.

Era una ciudad nueva: ni familia, ni amigos. Su madre consiguió un campo para trabajar ahí y, cuando la acompañaba, lo dejaba faltar a la escuela. “Yo la acompañaba siempre, mis hermanos iban a la escuela y yo me iba al campo”, dice Martín Olascoaga. Desde los 11 a los 18 años estuvo muy ligado a la vida de campo y a estar al aire libre.

“Mi madre es sumamente trabajadora, nos crío a los tres, básicamente. Cuando se fue al campo yo la vi hasta pelear con un peón que sacó el facón en frente nuestro y mi madre sola, la vi cargar tanques de gasoil de 50 litros, ahora que tiene más de sesenta años se sube al caballo y carga las bolsas, ella me enseñó sobre el trabajo, a aguantar mucho”, comenta Martín.

En 2002 vivieron la crisis de la aftosa. Nunca les faltó un plato de comida, pero vivieron la escasez. Su madre mataba ella misma a la oveja porque no tenía peones que la ayudaran, la ponía en el freezer y sacaba la carne de a poco. “A nosotros de niños no nos gustaba la leche de vaca, entonces ella cortaba la leche de Conaprole y la llenaba con leche de la vaca y la cerraba, y nos decía que era Conaprole. Ella me enseño el valor de la vida simple, de no necesitar tanto”, agrega.

Estando en Durazno se dedicó, en cierta medida, al fútbol profesional. “Toda la inconformidad la canalizaba a través del deporte, entrenaba un montón e iba canalizando un poco la rabia”, dice Martín de aquel niño que siguió siendo rebelde en su adolescencia.

A los 14 lo ponían a jugar con los de 17 y a los 18 lo ponían a jugar con los de 21. Siempre tuvo el alcance físico para jugar en otras categorías y, aunque de niño jugaba en un equipo local, en la adolescencia pasó a jugar en la selección de Durazno.

Cuando tenía quince años, Durazno salió campeón del campeonato regional y se formó un equipo profesional. Entonces, Martín empezó a jugar en la B profesional para ascender a Primera. En Montevideo, jugaban contra Rentistas, Miramar, el Tanque Sisley. Después de que perdieron en ascenso, se fue a jugar a Rentistas y después a Miramar. Hasta que la rodilla dejó de funcionarle y se fue retirando, de a poco, de un ambiente que tampoco era el suyo.

El cambio que más lo marcó fue pasar del liceo de Durazno a estudiar Educación Física en Montevideo. Ese cambio fue grande, porque Montevideo significó libertad. “Nadie te mira, nadie te juzga, nadie te dice nada, fue encontrar quién podía ser yo o quién era yo”, cuenta. Más tarde lo encontraría de manera más profunda, fuera de Uruguay.

“Si fuera por mí no lo hubiese hecho, yo había decidido que quería viajar y quería vivir una vida diferente a los 14 años, cuando vi a los primeros viajeros que llegaron a Durazno en bicicleta”, dice Martín. Pero a él lo criaron sabiendo que tenía que tener un título debajo del brazo para después poder hacer lo que él quisiera, así que se fue a estudiar Educación Física a la Asociación Cristiana en Montevideo.

Vivió en la casa de su padre durante cuatro años, donde no perdió ninguna materia, sabiendo que terminaba y se iría a viajar, a buscar otra forma de vida. Allí aprendió que la Educación Física tiene muchísimas salidas (desde un payaso hasta el entrenamiento físico), aprendió a cuidar el cuerpo, a manejar grupos, aprendió de relaciones sociales.

“La ciudad no fue problema, me adapté enseguida, no iba mucho en ómnibus, así que cuando llegué me compré una bicicleta y durante cinco años me manejé así. Lloviendo, verano o lo que sea en bicicleta”, dice Martín.

Aunque cuando terminara su carrera se dirigiría a Australia con dos amigos a comenzar un viaje que ya lleva diez años, la decisión de viajar como forma de vida la había tomado hacía ocho años con el grupo de personas que llegó a Durazno en bicicleta. A los 16 años se iba a Rocha con sus amigos a dedo y se tiraba con su carpa donde pudiera, hasta cuando pudiera. A los 18 empezó a cruzar a Brasil a dedo y su tabla de surf. Dormía en la playa adentro del sobre de la tabla y se quedaba por ahí dos o tres meses.

Así fue como empezó a ver que se podía viajar sin dinero, que la forma de hacerlo siempre existe y que si no tenía miedo podía hacerlo. Y lo hizo. A los tres días de firmar su tesis y obtener su título se fue a Australia. Con el tiempo, abriría una empresa que acompaña a turistas a conocer lo local de países como Nepal e India. La llamaría DestinOriente.

Foto: Martín Olascoaga

Foto: Martín Olascoaga

¿Por qué Australia como primer destino?

Salió porque en esa época había mucha gente en Nueva Zelanda, teníamos 20 años en 2013 y principios del 2014. No queríamos ir a Nueva Zelanda porque ya había mucha gente, queríamos otro lugar. Primero, iba a ir solo y después empecé a hablar con dos amigos. Decidimos irnos los tres a un lugar donde esperábamos ser los únicos uruguayos. Salió Australia porque se podía trabajar, creo que también porque era lo más lejos que me podía ir en ese momento.

¿Te llegaste a desarraigar del concepto hogar?, ¿cómo cambio ese concepto en tu cabeza?

Sí, fue cambiando de a poco. Me fui cuando tenía 21 años y ahora tengo 31, ya van casi 10 años desde que me fui. Si bien vuelvo a visitar, nunca volví pensando en quedarme. Al principio fue, quizá, más de rebelde que no quería volver. Después, de a poco, pasa un año, dos, tres, cuatro, cinco, y ves que la vida sigue sin ti. Te vas acostumbrando a eso. No extraño nada, mi vida es así y sé que mi familia está allá.

Cada vez que viajás, te mezclas con cada cultura y absorbés de cada lugar. Tu propia cultura se hace ese mix de culturas. Si bien soy uruguayo, tengo mi pasaporte, mi cédula, mi familia, y quizás si tengo un hijo se crie ahí, mi cultura personal ya no es tan uruguaya. No soy patriota, no creo mucho en eso tampoco, entonces mi cultura personal es el mix de todos los lugares que he vivido. Por ahí uno se va desarraigando, vas arrancando las raíces que te atan. Mi hogar hoy es India, donde estoy hoy, pero hace dos semanas estaba en Nepal. Mi hogar es este, donde estoy ahora. No necesito, hoy en día, una casa, una base o una rutina para sentir que mi hogar está ahí. Me he acostumbrado a esto y es lo que me hace sentir bien.

¿Cómo asumió tu familia el hecho de que te ibas a Australia, pero no sabías si volvías?

Fue difícil. Al principio más difícil para mi madre y hoy, diez años después, es más difícil para mi padre. Mi padre siempre fue la persona que nos motivó mucho a viajar, decía que tenemos que viajar para ver y conocer.

Mi madre me decía que no, que recién me recibía, que qué iba a hacer cuando volviera. Para mi madre fue muy difícil, para mis amigos no porque me conocen desde el principio y siempre se había hablado de esto. De a poco se fueron acostumbrando.

Cuando terminé el viaje a Australia, volví a Uruguay con un pasaje de salida porque sabía que si volvía me iban a decir que qué iba a hacer. Entonces, volvía con un pasaje para irme y para decir que la decisión ya estaba tomada.

En un principio, cuando me fui, no usaba WhatsApp, no usaba llamadas, ni teléfono, solo nos comunicábamos por mail. Eso fue más fácil para cortar ese hilo. Yo quería cortar ese hilo y no pasar responsabilidades a nadie. Durante tres o cuatro años mandaba un mail por mes, uno a mi madre y otro a mi padre. Ese fue mi contacto durante varios años, necesitaba eso, esa distancia, y que entendieran que yo había elegido una vida diferente

Quizá, en Uruguay nos parezca extraño. Generalmente, se van al interior a vivir, se van a España o a otro lado, pero replican su vida allí. La forma de vida que elegimos nosotros, Pame y yo (que es mi compañera), hay mucha gente que la vive. Son anónimos, no son conocidos, pero hay mucha gente que la vive y se puede vivir así. Con los años han visto que nos hemos amoldado a esta vida y ya la han entendido, mi familia entiende que vivimos así y que no hay nada qué hacer con eso.

¿Alguna vez te dijeron que estabas loco por tener ese estilo de vida?

Muchas veces. Al principio, sobre todo los primeros tres o cuatro años era difícil ir para Uruguay. Ir a mi casa era más difícil que quedarnos de este lado. De este lado nadie cuestionaba las decisiones que tomábamos, nadie cuestionaba nuestro estilo de vida, pero cada vez que íbamos para allá me decían, “estás loco, por qué haces eso, buscá un trabajo en una agencia de viaje, por qué no trabajas seis o siete meses y después te vas”. Eran muchas sugerencias que hacían con cariño, pero que no me hacían bien y me hacían dudar de cosas que en realidad yo no dudaba. Muchas veces me decían que estaba loco, que era muy fácil con 22 años, pero que cuando tuviera 30 qué iba a hacer. Eso al principio, ahora ya no me dicen más.

Foto: Martín Olascoaga

Foto: Martín Olascoaga

¿Cómo conociste a Pame, tu pareja?

A Pame la conocí viajando. Yo me fui a Australia ese año, después me fui a España a trabajar. Después de España, había decidido que era tiempo de un viaje largo, de varios meses. Me fui a Sri Lanka a hacer un retiro de meditación de diez días y ese retiro me cambió mucho. Terminó de cambiarme, o realizarme, o de definir quién quería ser. Definí mucho eso y me dio mucha seguridad, así de ahí me fui a India.

Era la primera vez que iba a India, al primer lugar que iba donde no había olas, porque siempre buscaba lugares para surfear. Había sentido como un llamado. No practico yoga, ni soy místico, pero había sentido la necesidad, o lo que sea, de ir a India en ese momento.

Me había planeado un viaje de seis meses por toda India, de sur a norte y de oeste a este, viajando enteramente por tierra, con un presupuesto muy bajo de 5 o 6 dólares por día. Comía en templos, dormía en estaciones de tren, vivía en la calle, me duchaba en estaciones de tren con baños públicos, viví como seis meses enteros de esa manera. Conviví con pobres más pobres.

En ese viaje la conocí a Pame. Me fui a Boga, que es un estado donde se juntan muchos viajeros internacionales en la playa. Ahí nos conocimos. Había un mercado de hippies que hacían al atardecer y yo bajaba con el mate, se había hecho una comunidad latinoamericana, y ahí nos conocimos con Pame, que es chilena. Ella tenía su vida mucho más armada en Santiago y había dejado todo para viajar y buscar qué era lo que tenía que hacer o iba a hacer.

En ese viaje nos conocimos, después estuvimos un tiempo juntos, después cada uno tuvo que seguir su viaje y más adelante nos volvimos a encontrar en Calcuta. A partir de ahí, sigue nuestra historia hasta hoy. Esto fue hace 7 años.

Dentro de todo, bastante al comienzo de tus diez años viajando.

Yo llevaba dos años y medio de viaje, o tres, y ahí nos conocimos. Después nos encontramos en Calcuta y fueron dos años o, año y medio, juntos. A veces, lo hacíamos un poco separados porque es difícil. Para dos personas que viajan solas es más fácil buscar la vida, viajando de a dos es más difícil.

Entonces, buscamos y encontramos esa forma en que podíamos estar juntos, viajar de a dos y además generar una fuente de ingresos y hacer lo que nos gustaba. Nos llevó un tiempo pensarlo y desarrollarlo, hasta que cuando lo pudimos desarrollar pudimos quedarnos juntos. Ahora estamos juntos todo el tiempo, desde hace ya mucho tiempo.

¿Así fue como surgió DestinOriente?

Sí, de esa manera. Al principio cuando nos encontramos en Calcuta fue como una luna de miel, después yo tenía confirmado un trabajo para irme a Holanda, cerca de Ámsterdam en un restaurant. Nos despedimos con Pame porque con la gente que viaja, a veces, la relación es muy intensa. Te juntás, sos el mejor amigo o el amante y después te separás y no sabés nunca más si te volvés a ver. Viajando te despedís y nunca sabés cuándo vas a volver a ver a la persona.

Nos despedimos en India, cuando me iba a Holanda, pensando que quizá no nos veíamos más. Cada uno tenía sus cosas que hacer, buscarse la vida para seguir viajando. Cuando estaba en Holanda, ella me fue a ver y ahí nos dimos cuenta que queríamos estar juntos. Corté con el trabajo que tenía, nos volvimos a India a ver qué podíamos hacer.

Después de esos dos meses que vivimos en el norte de India pensando qué podíamos hacer, se nos ocurrió la idea de organizar grupos de viajes para que puedan ver cosas diferentes. India es muy comercial, es gigante, la habíamos conocido muy bien. Fuimos a lugares donde era el único blanco y la gente te recibe espectacular. Ahí se nos ocurrió la idea de traer turistas a conocer India, a conocerla como la habíamos conocido nosotros, para que vean lo que ve un viajero cuando se queda cuatro o seis meses, en quince días.

Nos fuimos juntos a Uruguay y Chile. Nos llevamos ropa para vender porque no teníamos plata en ese momento. Nos fuimos con cuatro valijas de ropa y la vendimos. Al llegar allá fue lo mismo. Yo hacía como dos años y medio que no iba, ella un año y medio, y la gente nos decía que nadie iba a confiar en nosotros, que por qué no le presentábamos esa idea a una agencia. Nos pusieron dudas encima. La gente, en realidad, estaba interesada. Había gente que confiaba, pero era difícil pelear contra comentarios de gente que, aunque nos quiere mucho, nos transfería dudas. Así nacieron los viajes, eso fue en 2016.

¿A dónde ofrecían destinos además de India?

Empezamos por India, ese fue nuestro primer objetivo. Nunca nos imaginamos hacer lo que hacemos hoy, que es bastante más grande y abarca un montón de gente.

Nos ocupa un montón de tiempo para bien y hay un montón de gente dependiente de DestinOriente. Al principio había que organizar dos viajes a India porque nos gustaba mucho, que la gente pudiera subirse a un tren, viajar en el tren una noche entera, llegar a un pueblo y conocer a la familia que nos había hospedado a nosotros, llevarle viajeros. Que los viajeros se favorezcan y también las familias locales, hacer un puente entre ellos, y tener mucho tiempo libre.

Hacíamos dos viajes al año, de seis u ocho personas, y después nos quedábamos en India y Nepal el resto del tiempo, conociendo otros lugares, conociendo gente. Primero fue con India, después con Nepal, después a Indonesia, después a África. Ha crecido de a poco, pero empezamos solo con India y ahora tenemos viajes en seis o siete países.

¿Qué hace un buen guía de viajes?

Nosotros nos consideramos guías de viajes y líderes de viajes. Creo que un buen guía de viaje puede ser una persona local que sepa mucho sobre un lugar en particular. Nuestro trabajo es mucho más global. Es como ser líderes porque nos vemos muy como un puente entre culturas. Una, es la nuestra y otra es la del país a donde vamos a ver.

Si te traigo a India y caminamos a la esquina y no entendés nada, es totalmente diferente, pero si hay un mediador que te introduce al lugar, las costumbres, lo que se hace y lo que no, entonces tu experiencia personal va a ser mucho más amena. Un buen guía de viaje tiene que ser un buen mediador, nunca protagonista, sino que buen conector entre el viajero y la gente o cultura local.

¿Recomendaciones básicas a la hora de viajar?

No tener miedo es lo fundamental, más hoy. La gente tiene miedo y, más que nunca, es buena oportunidad para viajar porque hay pocos turistas y se puede ver el lugar como realmente es. El viajar te lleva a ser muy humilde y respetuoso, te hace acostumbrarte a dejar los prejuicios de lado.

No puedo llevar mis ideas a un lugar diferente, no puedo intentar llevar mis ideas e implementarlas, no puedo intentar juzgar con mi cultura tampoco, hay muchas formas de entender la vida. No tener miedo es primero y lo segundo ser muy humilde y respetuoso con el lugar porque después la experiencia es mucho más trasformadora.

Si llevo la misma actitud cuando voy al Caribe, Nepal, Hawaii o a Estados Unidos, soy yo que impongo mi idea, o mi forma de ver la vida. Si soy como un camaleón, depende al lugar donde voy es cómo me visto, depende la actitud que tengo, me aprendo un par de palabras en idioma local, asumo un poco la actitud corporal que tienen, cómo se mueven, cómo caminan, cómo se manejan, entonces la aceptación por parte del lugar es mayor y mi experiencia también mayor.

Humildad y después dejar de lado los preconceptos y observar, no intentar entender todo cuando se va a un lugar con culturas diferentes, simplemente observar. Las enseñanzas llegan cuando uno se va, hay que intentar llevarse un aprendizaje del lugar al que se va. Creo que un buen viajero, más que alguien que se va de vacaciones, tiene que estar dispuesto a aprender algo, lo que sea.

Foto: Martín Olascoaga

Foto: Martín Olascoaga

¿Dónde estabas cuando golpeó la pandemia y cómo eso afectó tu trabajo?

Estábamos en Nepal con Pame, habíamos estado antes en India y habíamos estado en Uruguay el verano anterior. Nos vinimos a India a visitar a unos amigos y después nos fuimos a Nepal. Era 12 de marzo y un viaje nuestro empezaba el 15 de marzo, venían 16 personas de Uruguay a Nepal.

Había dos que ya estaban en camino, en Dubai. A la noche, estábamos en el hotel y algunos países empezaron a cerrar. Estábamos con un amigo, el dueño del hotel donde alojamos los grupos, y vimos la noticia de que a partir de las 00 horas Nepal cerraba su aeropuerto, no se podía ni entrar ni salir, no había más vuelos.

¿Qué hacíamos con los que están en Dubai? Intentamos contactarlos para que no llegaran, para que se volvieran para atrás. A todos los que estaban en Uruguay salimos a decirles que no se podía volar. Después de ese viaje teníamos siete viajes más, teníamos ochenta personas que venían en todo el año. Fue caótico por ese lado, estresante.

Ahora es más fácil si pasa eso porque, por lo menos, tenemos un historial. Antes nunca había pasado. Fue caótico para nosotros en el lado del trabajo, noches enteras sin dormir porque cuando acá es de noche allá es de día. Teníamos que estar despiertos toda la noche para poder dar respuesta a la gente que viajaba con nosotros y después durante el día para poder conseguir respuestas acá.

Fueron noches enteras sin dormir, muchas pérdidas económicas porque se perdió mucho por nuestra parte y la gente que trabaja con nosotros. Después hubo tranquilidad. Cuando pasó la primera semana y el primer mes, ya vimos que se habían cancelado todos los viajes y ahí empezó el caos para la gente que estaba de este lado porque todos se iban corriendo a su país de vuelta, vuelos de emergencia, de repatriación, y miles de dólares que pagaban para irse. Nosotros no tuvimos ninguna duda de que teníamos que quedarnos.

Fue tranquilidad total porque si elegimos el lugar en las buenas, no existía irse en ese momento. También había gente ahí, no porque seas turista la íbamos a pasar peor. En ese momento decidimos quedarnos el tiempo que fuera en Nepal. Buscamos una casa linda, un lugar que nos gustaba, dijimos que iba a pasar un tiempo hasta que volviéramos a trabajar, hicimos un presupuesto con los ahorros que teníamos de lo que habíamos trabajado antes y decidimos vivir la vida cerca de la naturaleza y esperar. Decidimos que no había que enloquecerse, no pagar no se cuánta plata para irse, quedarse y ver qué pasa.

El 2020 fue el peor año en nuestro trabajo, pero fue el mejor año a nivel personal. Tuvimos mucho tiempo libre, disfrutamos cerca de la naturaleza, sin extranjeros, sin turismo y con poco movimiento, estudiamos, leímos cosas que teníamos pendientes. A nivel del trabajo fue muy malo, pero a nivel personal fue muy bueno.

¿Cuál fue el viaje más impactante que viviste hasta ahora? El que más te removió.

El viaje más impactante que viví fue cuando me vine a India por primera vez, en 2015. Fue un viaje muy introspectivo, venía solo. Busqué durante seis meses no tener casi contacto con otros viajeros, viajar de forma muy local, colgándome de los últimos vagones del tren llenos de gente, durmiendo en el templo, comiendo lo que me daban, a veces me enfermé tanto que parecía que me iba a morir.

Ese fue el viaje que me marcó mucho, ahí perdí el miedo de no tener nada. No tenía nada, no tenía planes a futuro, no tenía dinero, vivía con lo mínimo, dormía afuera en el piso, en los países que debe ser de los peores para dormir afuera, y sentí que no estaba tan mal.

Ese viaje me sirvió para perder el miedo a no tener nada y eso me cambió bastante la vida. Sé que todo lo que puedo llegar a tener hoy, todo lo que tenemos, es pasajero. Si viene algo como la pandemia, que ya nos pasó, no nos da miedo, no pasa nada, peor de lo que ya estuve no voy a estar. Aún así en ese momento estaba feliz porque estaba haciendo algo que había elegido hacer y estaba haciendo algo que había escogido vivir. No tenemos que ser infiel a lo que queremos ser. Si uno es fiel a quien quiere ser, el resto de las cosas puede estar bien o mal en lo que tenés alrededor, pero si estás bien contigo mismo, vas a estar feliz. Ese viaje me enseñó mucho por ese lado.

A lo largo de todos estos años, ¿por qué tipos de trabajos has pasado?

Por muchos. Para irme de viaje, al principio, trabajé como profesor de educación física en grupos de entrenamiento. Había creado mi propia empresa de gimnasia laboral con un amigo en Montevideo y teníamos un grupo de entrenamiento de rollers también. Para juntar plata para irme de viaje trabajé de albañil también, lijando y haciendo paredes, etc. Trabajé en la playa como vendedor de comida, como encargado de hostels, en el campo juntando frutas y demás, trabajé en una construcción en Australia, como encargado de un velero en Ibiza, en un restaurant en Ibiza, como ayudante de cocina, como personal trainer, un poquito de cada cosa, hasta lo que llegué a hacer hoy.

¿Por qué están actualmente instalados en India?

No estamos instalados en India, vinimos por tres semanas. Estaba en Nepal con un grupo con el que fuimos a la base del Everest de trekking. Terminó el viaje y Pame estaba acá, porque no fue a este viaje. A veces nos turnamos y ella estaba en India, así que me vine a buscarla. Nos vamos a Sri Lanka, no estamos instalados en India.

Desde que estamos juntos con Pame, hace ocho años, y antes cuando estaba viajando también, nunca hemos tenido una base, siempre hemos estado moviéndonos. Vivimos con lo que tenemos, vamos teniendo bases. La ropa de montaña la dejamos en Nepal, la ropa de verano la dejamos en Bali. Hemos tenido bases de dos o tres meses, pero no tenemos un hogar, no estamos instalados en ningún lado. Vivimos con eso, tenemos dos computadoras, el teléfono y nada más.

Sí pasamos mucho tiempo en Nepal. En la pandemia nos instalamos en Nepal, nunca habíamos vivido un año en el mismo lugar y eso fue una experiencia, pero no tenemos un lugar: Nepal, India, Indonesia, Sri Lanka, Kenia, Tanzania, Chile, Uruguay.

Y después de recorrer tantas culturas, ¿qué aprendizaje te llevaste?

Son muchas y es difícil enumerar, pero lo que te enseñan las culturas es que no hay una verdad. Es muy fácil, a veces, la frase “si todo el mundo hace esto”. Todo el mundo es muy grande y todo el mundo es mucha gente y cada persona es una forma de ver el mundo y la vida. Viajar y ver diferentes culturas te enseña a aceptar eso, aceptar que no hay ninguna verdad, ni siquiera tu cultura es la propia verdad ni es como debería ser.

Hay muchas formas de ver la vida, viajar te enseña a adaptar un poco de cada una de esas, creo que el viajero, y el que se mueve mucho entre países, aprende a ser muy comprensivo y a ser muy humilde con lo que se ve alrededor, a no juzgar, a comprender y también a no tomar ninguna de ellas. Yo no tomo ninguna, voy haciendo mi propia cultura entre toda la diversidad y creo que esa es la máxima ganancia que tenemos.

Te enseña mucho vivir entre países, el ser un tiempo turista, requiere que la gente te reciba constantemente. Eso te lleva a ser muy agradecido. Nosotros vamos por lugares y la gente nos recibe, tenemos pequeñas familias en India, en Nepal, en África, todos son muy diferentes y con cada uno de ellos nos tenemos que relacionar de diferentes formas. Hay gente que habla fuerte, gente que habla lento, gente que abraza. Hay que ser comprensivos, creo que es lo que más te enseña viajar.

¿Alguna vez las diferencias culturales te pusieron en peligro?

No, si hay algo que rescato es que nunca me ha pasado nada viajando. Creo que va en la actitud que tiene uno. Nunca hemos tenido problema ni en el mundo hindú, ni en el mundo islámico, ni en África. Hay que aprender a observar, desde los gestos, desde la forma. En India la gente es muy sumisa, entonces nuestra actitud cambia mucho cuando estamos ahí. En África, la gente es más extrovertida y grave, entonces hay que cambiar la actitud.

Nunca hemos tenido una experiencia mala. Viajar lleva mucho eso de aceptar y, si alguien ha venido con algo no tan hospitalario hacia nosotros, tenemos la costumbre de dejar ir. El budismo te enseña mucho la aceptación, la comprensión y demás.

Foto: Martín Olascoaga

Foto: Martín Olascoaga

¿Qué pasa con el tema de los idiomas?

Bueno, hablamos español e inglés. Inglés se habla en todos los lugares. Tenemos la sana costumbre, si se quiere, de a dónde vamos aprender un poco el idioma. Llevo muchos grupos a Nepal, entonces puedo hablar nepalí bastante fluido. Cuando estamos en Indonesia, puedo hablar indonés bastante bien, es simple y se puede. No hablo hindi, pero hemos estudiado.

A donde vamos siempre nos tomamos el tiempo de querer aprender, de tomar algún curso. Si es por poco tiempo, al menos aprender algunas palabras. Eso es un consejo que también les daría a los viajeros, las básicas. Porque, por más que te puedan entender en inglés, si llegas y les decís “hola, cómo están, cómo va todo”, en su idioma, la gente entiende que tenés interés.

¿A dónde no viajaste todavía y te gustaría viajar? ¿Qué pendiente tenes?

No somos mucho de contar países junto a Pame. Va más en la experiencia y la forma de vida. Vivimos de viajes y eso es lo que hacemos, vivir la vida nómade, con lo puesto y yendo a los países que se nos presentan en el momento.

Ahora estamos buscando en ir a Pakistán, país que tiene mucha mala prensa, por eso me llama mucho. La gente es muy hospitalaria. Es un destino que tiene montañas y es uno de los países que está en la lista de poder ir pronto. Otro es a los cuernos de África, pero en el medio vamos viajando.

Siempre que vamos a un país, nunca vamos por menos de un mes o dos meses. No vamos solo por decir que fuimos. Por eso, no sé a cuántos hemos ido, ni los cuento, pero intentamos ir a lugares por mucho tiempo para conocer realmente el lugar y después llevar personas.

¿Hay algún destino que no irías?

No, ninguno. Hay lugares a los que quizá no les pondría tantas ganas de ir. Me gusta lo que es diferente, nos gusta lo que es diferente. Siempre buscamos por Asia y África. Nos gusta lo que se llama el “tercer mundo”, lugares que se dice que están menos desarrollados. Es donde está más desarrollado el contacto humano.

No pongo especial atención en ir a Europa, ni Estados Unidos, pero no “no iría”. Si se da la oportunidad, voy feliz, lo disfruto y me encanta, pero no es algo que tengo en mi lista. Sí conozco Europa porque hemos ido varias veces, o Estados Unidos, pero no son lugares que me llaman. Nos gusta mucho Asia y África por la historia que tienen y por el contacto humano que hay. Nos gusta mucho eso, el viaje, el lugar, el espacio natural, pero donde haya cultura, haya algo de qué aprender.

¿Cuál fue el día más feliz de tu vida?

En el momento no me di cuenta, pero creo que es el día que conocí a Pame.

¿El día más triste?

No lo tengo marcado. He tenido días tristes, cuando murió mi abuela, cuando murió mi perro. Si bien soy una persona nostálgica, no soy muy triste, acepto lo que tiene que pasar.

¿En qué momento de tu vida sentiste mayor libertad?

La siento y la sigo sintiendo cuando voy a la montaña y cuando vamos a la montaña con los grupos. Me gusta mucho surfear y cuando surfeo también, pero cuando estamos en la montaña lo sigo sintiendo. Cada vez que estamos siento libertad, siento como que está dios ahí.

¿Algo que la vida te haya enseñado a los golpes?

Que hay que seguir lo que uno quiere hacer, no hay que dejarse llevar, no hay que venderse por comodidades. Venderse en el sentido de que vendo mis ideales por la comodidad de tener algo. He entendido que eso no va porque te quita felicidad. Siempre, pase lo que pase, tenga lo que tenga, sea lo que sea, seguir lo que se quiere seguir.

Si murieras hoy, ¿irías al cielo o al infierno?

Acá la muerte está muy presente. En India, en Nepal, los cuerpos se creman a la orilla del río así que siempre está ahí y no le tengo miedo. Pienso que cuando uno muere, el alma se une de vuelta con el espíritu grande, con las almas que están arriba. No creo ni que haya cielo ni infierno. Simplemente es estadía. No creo que termine tampoco, creo que somos mucho más que esto. Ni al cielo ni al infierno, se sigue en otro ciclo, en otras formas, en otra dimisión, ni arriba ni abajo, siempre punto medio.

Por Federica Bordaberry